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Lo que Araceli González nunca quiso que Argentina supiera

Creció rodeada de sencillez, de mate en la cocina, de vecinos que se conocían de toda la vida, de una infancia sin lujos, pero con algo que el dinero no compra. Raíces. ¿Vos te acordás cómo era la Argentina de esos años? Esos barrios del sur de Buenos Aires, esas calles donde los chicos jugaban hasta que oscurecía.

En ese mundo creció Araceli. Desde muy pequeña demostró algo especial. A los 5 años ya ganaba aplausos en festivales de danzas. Había en ella una presencia que la gente sentía cuando la miraba. Algo difícil de definir, pero imposible de ignorar. Pero cuando ella tenía apenas 8 años, ocurrió algo que marcaría su carácter para siempre. Sus padres se separaron.

Para una nena de 8 años, ver cómo su familia se rompe en pedazos es una de las experiencias más devastadoras que existen. Y Araceli lo vivió en silencio, lo guardó adentro y lo convirtió en combustible. Junto a su madre y su hermano Adrián se mudaron primero a Jaedo y luego a Ramos Mejía.

 Fue allí en esas calles del Conurbano, donde empezaría a forjarse uno de los rostros más reconocidos de la historia argentina. A los 9 años ya formaba parte de la agencia Cohen. A los 12 debutó en su primera publicidad y a los 15 una nota en la revista Siete Días la bautizó con un apodo que quedaría grabado para siempre. La chica que bajó del cielo.

¿Recordas esa publicidad? ¿Esa imagen de una chica joven fresca con ese pelito corto tan particular mirando a cámara con una seguridad imposible para su edad? Muchos argentinos la vieron por primera vez así y sintieron que ya la conocían de toda la vida. Era la época dorada de las modelos argentinas. Los años 80 en Argentina eran un mundo particular.

El país salía de años muy oscuros. La democracia recién había vuelto y en ese clima de esperanza y de ganas de vivir, la moda y la televisión explotaron de una manera que hoy resulta difícil de imaginar. Pancho Doto era el rey de las pasarelas y Araceli era su estrella más brillante. Conquistó las tapas de para ti, de plena, de mujer.

 Viajó a España, filmó en África, firmó con Caro Cuore a los 20 años. Era, sin ninguna duda, una de las mujeres más admiradas de la Argentina. Pero mientras el mundo la admiraba desde lejos, ella solo quería una cosa, algo que ninguna portada ni ningún contrato podía darle. Quería una familia, quería ese amor simple que había visto desmoronarse en su infancia y que juraba que ella iba a construir diferente.

Y vos, ¿cuántas veces en la vida uno cree que puede reescribir la historia de sus padres? Cuántas veces esa determinación choca contra una realidad mucho más complicada de lo esperado. A fines de los años 80, cuando todavía vivía en Ramos Mejía, Araceli conoció a Rubén Torrente. Él era un joven actor de perfil bajo, discreto, de los que no necesitan el centro de la escena para existir.

 Y en él, Araceli encontró algo que los flashes nunca le habían dado. Calma. Años después recordaría aquella época con una ternura que partía el corazón. Solo teníamos un colchón, un pez negro con ojos de huevo y una ventanita chiquita por la que entraba un aire nuevo. Una de las mujeres más famosas del país durmiendo en un colchón en el piso con un pez de compañía y siendo completamente feliz.

¿No te parece que eso dice más de quién era Araceli por dentro? Que cualquier portada de revista. En 1988, con apenas 20 años se casaron y ese mismo año llegó Florencia, la hija soñada, la primera pieza de esa familia Ingals que tanto anhelaba. Sin embargo, la vida de madre y esposa en un pequeño departamento del con urbano difícilmente podía convivir con la carrera ascendente de una top model que el mundo reclamaba.

La fama crecía, los proyectos se multiplicaban y las distancias, primero físicas, luego emocionales, empezaron a crecer también. ¿Cuántas parejas conocés que se hayan roto no por desamor, sino simplemente porque dos personas crecen y no siempre crecen en la misma dirección? En 1991, cuando Florencia tenía apenas 3 años, Araceli y Rubén se separaron sin escándalo, sin declaraciones cruzadas, con una madurez que muchas parejas en esa situación no logran.

Y años más tarde, cuando Rubén Torrente fallecería en marzo de 2025, Araceli le dedicaría unas palabras que emocionaron a todos. Hija hermosa, te abrazo, esa almita bella. Ambos te amamos desde el día uno. Eras nuestra prioridad. Él quería mujer y así fue. Te ama porque seguirá cuidándote de cerca. Eso lo sabés.

Ese amor que sobrevive a todo. ¿Vos creés que ese tipo de vínculo, el que trasciende la pareja pero no pierde el afecto? ¿Es posible o es demasiado difícil para la mayoría? Pero aquello era solo el comienzo, porque en los primeros años de la década del 90, en un set de televisión que rebosaba de juventud y talento, Araceli González estaba a punto de conocer al hombre que cambiaría su vida para siempre, para bien y también de maneras que ella no podía imaginar. Para mal.

Corría 1991. Canal 3 se lanzaba la banda del Golden Rocket. Un elenco extraordinario. Diego Torres, Fabián Vena, Gloria Carrá, Eleonora Wexler y entre ellos una modelo que debutaba como actriz y un chico desconocido que soñaba con conquistar la pantalla chica. Uno se llamaba Adrián Soar. La otra era Araceli González.

¿Vos te acordás de la banda del Golden Rocket? ¿Recordas esas tardes viendo esa tira? Esa argentina joven y esperanzada de principios de los 90. Qué época, ¿no? En la ficción sus personajes se enamoraban. En la vida real también. Hola, hola TV, ¿cómo va? Adelante. La atracción fue inmediata. Él era el joven ambicioso que quería comerse el mundo.

 Ella era la estrella consagrada que buscaba un compañero de ruta. La combinación resultó explosiva y lo que siguió fue algo que muchos argentinos recuerdan con nostalgia. El nacimiento de Polka, la productora que revolucionaría la televisión argentina. Pero acá hay un capítulo que durante años se mantuvo en las sombras. Un capítulo que Araceli tardaría mucho tiempo en contar y que cuando lo contó generó un terremoto.

Según sus propias palabras, fue ella quien aportó dinero para que Paul K pudiera despegar. Cuando uno está en pareja tiene que confiar, diría años después. Confié en él. Me devolvió la plata, pero no con intereses. Hay muchas cosas que no cierran. Pensá en eso. Una de las productoras más poderosas de la televisión latinoamericana.

Y en el origen de esa historia, según uno de sus protagonistas, hay dinero de Araceli González. ¿Cuántos de los que vieron esas novelas sabían eso? Lo que siguió fue una época de gloria para ambos. Polka producía éxito tras éxito y en 1994 Araceli protagonizó Nano junto a Gustavo Bermúdez, un personaje sordomudo que demandó meses de preparación, meses estudiando lenguaje de señas, una entrega que le valió su primer premio Martín Fierro como actriz revelación.

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