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La soledad del mejor del mundoEl extranjero que ganó cinco ligas en el Real Madrid

 Hay que retroceder al verano de 1985 para entender de dónde viene todo esto. Cuando Hugo llegó al Real Madrid, el club ya tenía una identidad propia, una generación que había crecido junta desde las categorías inferiores, que se conocía de memoria como solo pueden conocerse los hombres que comparten vestuario desde niños: Emilio Butragueño, Michel González, Manolo Sanchiz, Rafael Martín Vázquez, cuatro jugadores que habían subido juntos desde el Castilla, que habían celebrado juntos los triunfos, que habían llorado juntos las derrotas, que hablaban el mismo

idioma. No solo por ser españoles, sino por algo más profundo, un código invisible que se construye con años de convivencia. A ese grupo llegó un mexicano de 27 años, pelo negro, ojos intensos, confianza en sí mismo. Una confianza que muchos confundieron desde el principio con arrogancia. Hugo lo llamó la quinta de los machos.

 Lo dijo en una entrevista con esa sonrisa que podía significar muchas cosas a la vez. El término era un guiño de orgullo, una forma de afirmar que él y los otros fichajes traían algo diferente al equipo, algo más físico, más agresivo, pero también era una forma de construir su identidad dentro de un grupo al que no pertenecía del todo, porque la quinta del buitre tenía sus propios códigos, sus propias bromas, sus propios rituales de vestuario.

 Y Hugo llegó cuando ya todo estaba construido. que ninguna crónica contó bien fue lo que ocurría antes y después de los partidos en los pasillos, en los viajes de concentración, en esos momentos sin cámaras donde los hombres muestran quiénes son de verdad, el grupo de la quinta se movía con la naturalidad de quienes no necesitan esforzarse.

Butragueño siempre con esa elegancia tranquila que irritaba a los rivales y seducía a la prensa. Mikel, intenso, apasionado, con ese castellano de los barrios que sonaba a autenticidad. Martín Vázquez, técnico y silencioso, el artista que no necesitaba hablar para hacerse entender, y Hugo Sánchez era brillante, goleador y profundamente solo.

 No era hostilidad, eso hay que decirlo con claridad. No existía el rechazo abierto. Era algo más sutil y, por eso mismo difícil de combatir. Era la distancia que separa a quien pertenece de quien visita. y Hugo vistiera la misma camiseta blanca cada domingo, pero era un visitante dentro de su propio equipo. Pero entonces llegaban los partidos y todo cambiaba.

 Dentro del terreno de juego, Hugo Sánchez era otra criatura. La tensión desaparecía. El extranjero se convertía en el líder porque los goles no entienden de fronteras y cuando el balón encontraba a Hugo en el área, la jerarquía del vestuario se disolvía. La temporada 1986 a 87 fue la demostración más brutal de lo que podía hacer ese equipo.

 Hugo marcó 34 goles en la liga. 34. Un número sin comparación en el fútbol español de aquella década. Cada vez que Michel levantaba la vista encontraba la carrera de Hugo. El balón llegaba con una precisión que parecía acordada de antemano. Mitel para Hugo como Stockton para Malone en la NBA. Dirían años después.

 una sociedad perfecta que surgió de manera casi automática porque el talento tiene su propio lenguaje y estaba butragueño. Con Hugo en el equipo, el buitre se liberó de parte de su carga goleadora. Empezó a moverse con una libertad diferente. Aparecía donde no se le esperaba, atraía marcas y las dejabaas para que sus compañeros encontraran el camino al gol.

 Era una pareja que se complementaba sin habérselo propuesto nunca, construida sobre la inteligencia de dos hombres que entendían el fútbol de formas distintas, pero se entendían fuera del campo. Esa es la pregunta que no aparece en las estadísticas. Lo que sí es cierto es que el Real Madrid ganaba ligas con una regularidad asombrosa.

 La de 1986, la de 1987, la de 1988. Tres títulos consecutivos, uno detrás de otro. Hugo estaba en el centro de todo eso. Era el goleador, el más determinante, el más temido por los rivales. Y sin embargo, hay una imagen que define perfectamente lo que vivió Hugo durante esos años. No es una imagen de gol, no es una celebración, es una imagen del vestuario, aunque nadie la fotografió nunca, porque las imágenes más importantes de la historia del fútbol son las que no se ven.

 Hugo entraba al vestuario después de los partidos. Los demás ya estaban en grupos hablando, riéndose de algo del campo o de algo completamente ajeno al fútbol. Conversaciones en castellano rápido, lleno de referencias madrileñas. Hugo las entendía perfectamente, pero en ellas no había crecido. Bromas que venían de años atrás, de partidos del Castilla que Hugo nunca había visto, de noches que no había compartido.

 Se duchaba y se vestía en silencio. Y a veces se preguntaba en silencio si los títulos eran suficientes para llenar ese espacio. No podía fallar, no después de todo lo que había sacrificado, porque había algo más que pesaba sobre Hugo en aquellos años. Las normas del fútbol español de los 80.

 limitaban el número de extranjeros por partido, solo dos plazas y Hugo era uno de ellos. Eso significaba que cada decisión del entrenador lo colocaba en una categoría distinta. No era simplemente el delantero que podía ser suplente o titular según el momento. Era el extranjero. Ocupaba una de las dos plazas reservadas para los que no eran españoles.

 Esa categoría, tan técnica, tan fría en papel, tenía consecuencias en la percepción de todos. Hugo no era un compañero más, era el extranjero que ocupaba una plaza de extranjero. Pero entonces llegó la Copa de Europa de 1988. Nadie en el madridismo lo olvidará jamás. El Real Madrid de aquella temporada era el mejor equipo de España, sin ninguna duda.

 Había ganado la liga con autoridad. Hugo había marcado 29 goles, su tercer pichichi consecutivo. El equipo de Bin Hacker tenía todo lo que un equipo puede tener y llegaron a las semifinales de la Copa de Europa con la sensación de que el destino les pertenecía. El rival era el PSVEN, un equipo holandés sólido, trabajado, eficiente, no el más brillante de Europa, pero uno de los más difíciles de vencer.

 El partido de ida fue en el Bernabéu el 6 de abril de 1988. En el minuto 4, el portero Van Broikelen derribó a Hugo Sánchez dentro del área. Fue señalado penalti. Hugo tomó el balón con la serenidad de siempre, lo colocó en el punto, lo transformó con precisión quirúrgica. 1 a0. El Bernabéu rugió. Parecía que todo iba a salir bien, pero el PSV igualó y el partido terminó con un 1 a un que olía a peligro.

 En la vuelta en Eindoven, el 0 a0 fue una sentencia. La quinta del buitre había sido eliminada por un equipo que no ganaría un solo partido en adelante hasta levantar el trofeo. El vestuario de Eintov en esa noche era un mar de silencio y de lágrimas contenidas. Hugo estaba sentado en aquel banco. Hugo no lloraba.

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