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LA HIJA SECRETA QUE TITA MERELLO OCULTÓ POR 50 AÑOS

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Hay algo que pasa con Tita Mereello que no pasa con ninguna otra figura de su época. Cuando uno menciona su nombre, la gente no piensa en una actriz, no piensa en una cantante, piensa en una mujer, una mujer de verdad, tosca, brava, filosa como un cuchillo, con ese lunfardo en la boca que sonaba a Buenos Aires más que cualquier otra cosa.

Tita no era linda en el sentido convencional. Ella misma lo decía sin que le doliera demasiado. “Yo no soy linda,” decía. “pero tengo algo que las lindas no tienen.” Y tenía razón. Tenía una verdad en la cara, en los ojos, en la voz que la gente reconocía de inmediato, porque era la verdad de los que no tuvieron nada, de los que crecieron con hambre, de los que aprendieron que si no te abrías camino vos, nadie te lo habría.

Pero detrás de esa mujer dura como el mármol había una herida que nunca cerró del todo. ¿Sabías que Tita Merello fue madre? Probablemente no. ¿O quizás escuchaste algo, algún rumor, alguna mención al pasar en algún programa de televisión que nunca terminó de explicarse? Porque esa parte de su historia fue sistemáticamente ignorada.

Por ella misma, en parte, por los medios en parte. Hombres están y por una argentina que prefería la leyenda limpia a la verdad complicada. Si voy, si vengo. Pero la verdad complicada es la única que vale la pena contar y hoy la vamos a contar. Para entender por qué Tita hizo lo que hizo, hay que entender de dónde vino.

Y de dónde vino Tita Mereello no es un dato menor, es el centro de todo. Laura Ana Mereello nació el 11 de octubre de 1904 en el barrio de Santelmo, Buenos Aires. No el Santelmo de hoy con sus restaurantes y sus turistas sacando fotos. El Santelmo de principios de siglo, donde las familias vivían asinadas en conventillos.

donde el olor a humedad y a cocina ajena era el perfume de todos los días, donde los chicos aprendían a esquivar borrachos antes de aprender a leer. Su madre era italiana, su padre prácticamente un fantasma. De él no se sabe casi nada y lo poco que se sabe no es bueno. Desapareció temprano, como desaparecían muchos padres en ese Buenos Aires de conventillo y miseria, sin explicación, sin despedida, sin culpa aparente.

La madre de Tita hizo lo que pudo, que no fue mucho porque no tenía con qué. trabajó en lo que encontró, limpió casas ajenas, lavó ropa ajena, cuidó hijos ajenos y mientras tanto, sus propios hijos crecían como podían. Tita era la mayor y eso en ese mundo significaba una sola cosa, que tenía que ayudar, que tenía que aportar, que la infancia, si es que alguna vez existió, iba a durar muy poco.

A los 7 años, Tita ya trabajaba, no jugaba, trabajaba, vendía diarios en la esquina, limpiaba escaleras, hacía mandados para los vecinos del conventillo, cualquier cosa que le pusiera unos centavos en la mano. Y fue en esa misma esquina, en ese mismo conventillo ruidoso y apretado, donde Tita descubrió dos cosas que iban a cambiar su vida para siempre.

La primera que tenía una voz, una voz distinta, grave para una nena, ronca, con algo adentro que hacía que la gente dejara de hablar cuando ella cantaba, no porque fuera perfecta técnicamente, sino porque sonaba real, sonaba a algo que la gente reconocía, aunque no supiera nombrarlo. Y la segunda cosa que descubrió Tita en esa esquina de Santelmo fue que la atención de los demás podía ser una herramienta que si uno sabía cómo usarla, la atención podía abrirte puertas, podía alimentarte, podía, si todo salía bien, sacarte del

conventillo para siempre. Esa nena de 7 años con voz de mujer y hambre de décadas ya estaba calculando su escape. Pero antes de que ese escape llegara, iba a pasar algo que Tita nunca contó del todo. Algo que ocurrió cuando tenía apenas 16 años, algo que la marcó más profundo que el tango, más profundo que el cine, más profundo que todos los aplausos que vinieron después.

Y eso es exactamente lo que vamos a ver en la siguiente parte. Pero primero quédate porque lo que viene es la parte que nunca se contó en ningún programa de televisión argentino. Buenos Aires, 1920. Tita tiene 16 años. Ya no es la nena del conventillo que vendía diarios en la esquina, pero tampoco es todavía la mujer que Argentina va a conocer y amar.

Es algo intermedio, algo frágil que todavía no sabe bien qué forma va a tomar. Trabaja en un café del centro, sirve mesas, escucha tangos, observa. Tita siempre observaba. Era su manera de aprender en un mundo donde nadie le iba a enseñar nada gratis. Miraba cómo se movían las mujeres que tenían más que ella, cómo hablaban, cómo se reían, cómo conseguían lo que querían.

Y en ese café del centro, Tita conoció a un hombre. No vamos a dar el nombre porque hay versiones encontradas y no es nuestro estilo señalar sin certeza. Lo que sí se sabe, lo que distintas fuentes del ambiente artístico de la época coinciden en señalar, es que ese hombre era mayor que ella, bastante mayor, que tenía dinero, que tenía contactos en el mundo del espectáculo y que le prometió a Tita lo único que ella necesitaba escuchar, que la iba a ayudar a cantar.

A los 16 años, con el hambre de toda una infancia encima, eso era suficiente para creerle a cualquiera. La relación duró poco. Como duran las relaciones que empiezan con una promesa y terminan cuando la promesa se cumplió o quedó claro que nunca se iba a cumplir. Pero antes de que terminara, algo pasó. Tita quedó embarazada.

Paren un segundo. Estamos hablando de Buenos Aires en 1920, una ciudad donde una chica de 16 años, sin padre, sin dinero, sin apellido, que valiera algo, quedaba embarazada de un hombre que no era su marido. ¿Saben lo que eso significaba? Significaba el fin o algo muy parecido al fin. significaba la vergüenza pública, el rechazo social, la puerta cerrada de todos los lugares donde Tita quería entrar.

El hombre desapareció. Como había desaparecido el padre de Tita años antes. Cómo desaparecían los hombres en esa Buenos Aires cuando las cosas se complicaban. Sin explicación, sin hacerse cargo, sin mirar atrás. Y Tita se quedó sola con 16 años, con un bebé creciendo adentro y con una certeza helada que le apretaba el pecho cada vez que intentaba pensar en el futuro.

Si ese bebé nacía y ella lo criaba, la carrera que estaba empezando a soñar no iba a existir. No era un cálculo frío. Era el único cálculo posible en ese momento, en ese contexto, con esas cartas en la mano. Una madre soltera con un hijo no llegaba a los escenarios del centro. No en 1920, no en Argentina, no con el apellido Mereello y sin un peso en el bolsillo.

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