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La Casa MALDITA De JORGE NEGRETE — Esto es Lo Que Nadie Se Atrevió A Decir

 Nadie en el archivo sabe quién escribió eso. Nadie sabe en qué año y nadie hasta la fecha ha podido explicar qué resolución interna convirtió la casa natal de uno de los iconos más grandes de México en un lugar al que no se puede entrar. Eso es lo primero que hay que entender. Esta casa existe, está ahí y lleva décadas sin abrirse al público, a diferencia de las casas natales de otros personajes de peso similar, Juárez, Hidalgo, Posada.

 Esas están abiertas, restauradas, con museo y guía turístico. La de Negrete, no. La de Negrete tiene los postigos cerrados y una cadena en la puerta que se oxida despacio bajo el sol. La versión oficial, cuando hay versión oficial, dice que el inmueble está en proceso de restauración. Ese proceso lleva, dependiendo de a quién le preguntes, entre 20 y 40 años.

Los vecinos más viejos del callejón recuerdan que ya estaba cerrada cuando ellos eran niños y sus padres la recordaban cerrada. También hay una mujer, doña Consuelo, que vivió 92 años a tres casas de distancia. Murió en 2019. Antes de morir le contó a su nieta algo que su nieta no supo qué hacer con eso durante años hasta que alguien empezó a hacer preguntas.

 Doña Consuelo decía que de niña, en los años 40, cuando Negrete ya era famoso y la casa ya estaba vacía, había noches en que se veía luz adentro, una luz que se movía no como foco, como vela, y que esas noches invariablemente alguien tocaba a las puertas de los vecinos temprano en la mañana, preguntando si habían visto algo, si habían escuchado algo.

 hombres que doña Consuelo describía como de traje oscuro, sin sombrero, que no eran del barrio y que no volvían a aparecer después de preguntar, “Guarda eso en la mente, porque vamos a regresar a esa luz.” La familia Negrete llegó a Guanajuato con el siglo. El padre David Negrete González era militar, hombre de disciplina, de rangos, de silencios obligatorios.

 La madre Emilia Moreno cargaba con el peso de una familia numerosa y con algo más, una reputación en el barrio que oscilaba entre el respeto y el miedo. No era bruja, no en el sentido de las películas, era algo más mundano y más inquietante. Era una mujer que sabía cosas, que guardaba cosas, que tenía, según los testimonios que sobreviven de personas que la conocieron, una habitación en la parte trasera de la casa a la que los hijos no entraban.

 Jorge era el cuarto de siete. Creció entre uniformes militares y canciones que su madre tarareaba en voz baja. Salió de Guanajuato joven, como salen todos los que tienen algo urgente que demostrar y nunca regresó a vivir ahí. visitó la ciudad en algunas ocasiones, siempre brevemente, siempre con la agenda apretada de un hombre que tiene miles de personas esperándolo en cada ciudad.

Pero la casa familiar, la casa de su infancia, nunca fue reclamada públicamente, nunca convertida en monumento, nunca abierta. La pregunta que nadie hace en los documentales de homenaje es esta. ¿Por qué? Porque hay algo que no cuadra en la historia oficial de Jorge Negrete, algo que sus biógrafos más cercanos dejaron fuera, algo que los archivos de la Ciudad de México tienen incompleto y algo que una persona que trabajó durante 12 años en el STPC, el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica, mencionó en

una conversación que quedó grabada y que llegó a nuestras manos de una forma que no podemos revelar lo que esa persona dijo sobre la casa de Guanajuato. rato va a cambiar la forma en que ves al charro cantor para siempre. Empecemos por lo que sí está documentado, porque incluso lo documentado tiene huecos que gritan.

 Jorge Negrete se convirtió en figura pública en los años 40. Su voz, su físico, su presencia en pantalla construyeron un arquetipo que México necesitaba en ese momento. El charro noble, el macho con corazón, el hombre que canta y enamora y defiende a los débiles. Era un producto perfecto para una industria cinematográfica que estaba encontrando su identidad y para un país que necesitaba héroes de exportación.

Funcionó. Dios mío. Si funcionó. Negrete fue en su momento una de las figuras más reconocidas del mundo hispanohablante, pero detrás de esa imagen había un hombre con una vida privada que sus equipos de relaciones públicas trabajaron sin descanso para mantener bajo control. Sus matrimonios son conocidos.

 Gloria Marín, con quien tuvo una relación tumultuosa y pública. María Félix, con quien se casó en 1952, apenas un año antes de su muerte. Pero lo que no está en los libros es la lista de personas que pasaron por su vida antes de esos nombres famosos. Personas que firmaron documentos, personas que recibieron dinero a cambio de silencio.

Personas que desaparecieron del radar tan eficientemente que ni siquiera aparecen en las notas de chisme de la época. Y eso en el México del cine de oro, donde los periodistas de espectáculos tenían ojos en todas partes. Dice mucho. Uno de esos nombres es el de una mujer que vive en Guanajuato.

 Una mujer cuya identidad completa no vamos a revelar aquí porque su familia todavía existe y porque todavía hay personas vivas que la recuerdan. Pero, ¿a quién vamos a llamar Rosario? Rosario conoció a Jorge Nagrete antes de que fuera famoso. Lo conoció cuando él todavía era el hijo del militar, el joven con voz bonita que cantaba en fiestas locales.

 Y según los testimonios que llegaron a nosotros a través de un intermediario de confianza, Rosario y Jorge tuvieron un hijo. Un hijo que nunca apareció en ningún registro oficial vinculado al nombre Negrete. un hijo que Rosario crió sola en silencio, con el apoyo de una cantidad de dinero que llegaba cada mes desde la Ciudad de México en un sobre sin remitente.

 Y cuando ese hijo murió joven, en circunstancias que los registros del Estado Civil de Guanajuato clasifican simplemente como muerte por causas naturales, sin mayor detalle, los sobres dejaron de llegar. Y poco después, la casa familiar de los Negrete, que hasta entonces había tenido a una persona viviendo ahí, una persona anciana, una empleada que Emilia Moreno había contratado décadas antes y que se quedó incluso después de que Emilia murió, fue cerrada, sellada, cadena en la puerta.

 La empleada, una mujer que los vecinos conocían como Petra, no volvió a ser vista en el barrio nunca. Nadie reportó su desaparición porque en el Guanajuato de los años 50, una empleada doméstica anciana que deja de aparecer no genera el tipo de preguntas que generaría hoy. Simplemente se va, se muere, se va a vivir con algún familiar en algún rancho, el rastro se diluye y la casa se queda cerrada.

 Pero Petra dejó algo y lo que dejó es la razón por la que esta historia existe. Un hombre que trabajó durante años en el catastro municipal de Guanajuato y que prefiere no ser identificado contó que durante una revisión de archivo en los años 80 encontró entre los papeles de una propiedad de la zona un sobre que no correspondía al expediente donde estaba.

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