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La CANCIÓN que SALVÓ a CARLOS SANTANA (y lo cambió todo)

 San Francisco, 1970, un estudio de grabación. Carlos Santana toca una sola nota. La nota suena, sigue sonando. El ingeniero de sonido mira el reloj, nadie dice nada. La nota no para. Después de Woodstock, Carlos Santana era famoso. Ese era exactamente el problema. La canción que salvó su carrera no era suya, era de una banda británica que casi nadie en América  Latina conocía.

 Y lo que Santana hizo con ella no tiene nombre en ningún manual de producción.  Si alguna vez sentiste que esa canción sonaba como si hubiera sido hecha específicamente para ti, no estabas equivocado y la razón es más precisa de lo que imaginas.  Woodstock en agosto  de 1969 fue el mayor escenario que Carlos Santana había pisado y salir de ahí convertido en una sensación fue la peor cosa que  le podría haber pasado en ese momento.

 No porque la fama fuera indeseada, sino porque la fama sin una base sólida es una deuda que la industria cobra con intereses. La crítica especializada de rock de esa  época tenía una manera muy específica de procesar lo que Santana había hecho en Woodstock. Era excitante, era diferente, era el tipo de cosa que  funcionaba en un festival al aire libre con 200,000 personas y sustancias en el ambiente.

 La pregunta que nadie respondía todavía  era si eso mismo iba a funcionar en un disco de estudio, en una radio, en el  tipo de contexto donde se decidía si un artista tenía carrera larga o era un fenómeno de temporada. La industria del rock anglosajón en  1969 tenía muy poca experiencia clasificando lo que Santana hacía.

 No era blues, no era rock psicodélico en el sentido de San Francisco, no era jazz latino en el sentido de  Nueva York, era una mezcla de percusión afrocubana, guitarra eléctrica con influencia del blues del Delta y una sensibilidad  melódica que venía de Jalisco y de las calles de Tijuana, donde Santana había crecido antes de llegar a California.

 El problema de no pertenecer a ninguna categoría  es que la industria no sabe dónde ponerte y lo que no sabe  dónde poner tiende a dejarlo caer.  Bill Graham, el manager que llevaba a Santana desde sus comienzos en San Francisco, entendía ese riesgo con una claridad que no todos en el equipo compartían.

 El segundo disco tenía que hacer algo que el primero no había podido hacer completamente. Establecer que lo que Santana hacía no era un accidente de festival, sino un lenguaje musical con reglas propias, con profundidad propia, con la clase de autoridad que hacía que la crítica dejara de usar la palabra exótico y empezara a usar la palabra maestro.

 Esa presión que era real y que todos en el equipo sentían fue lo que llevó a Carlos Santana a buscar algo que ningún productor le hubiera recomendado, un cover. Pero para entender la magnitud de ese riesgo, hay que entender quién era realmente Carlos Santana antes de que Woodstock lo convirtiera en un nombre que todo el mundo reconocía sin que nadie supiera bien qué significaba.

 Carlos Santana había llegado a San Francisco desde Autlán de Navarro, Jalisco, siendo adolescente, sin hablar inglés, con una guitarra que su padre le había enseñado a tocar y con la memoria de los mariachis en Tijuana, donde había trabajado tocando para turistas antes de cruzar la frontera.

 Eso no era el currículum que la industria del rock de los años 60  buscaba en sus figuras. Las figuras del rock venían de Chicago, de Detroit, de Liverpool, de lugares donde el Blues  y el Rideman Blues habían dejado una marca reconocible en el lenguaje  musical. Santana venía de un lugar donde el rock era algo que se escuchaba desde afuera, algo que llegaba en la radio desde otro país y que uno absorbía sin la mediación de  una tradición local que te dijera cómo procesarlo.

 Lo que eso produjo y que nadie en la industria estaba midiendo todavía era un músico que había  absorbido el blues y el rock sin las reglas de pertenencia cultural que vienen con la herencia directa. Santana tocaba el blues como alguien que lo había aprendido desde afuera, con el respeto y la libertad simultáneos de quien ama algo sin deber lealtad a su historia interna.

 Eso le permitía  hacer con él que los músicos formados dentro de la tradición no podían hacer sin sentir que estaban violando algo.  Cuando Graham le advirtió que hacer un cover para el segundo disco era un riesgo, tenía razón en el análisis y estaba equivocado en la conclusión. El riesgo era real. Un artista que todavía  no había establecido completamente su identidad propia, haciendo una versión de una canción ajena, podía ser leído como alguien que no tenía material suficiente, que necesitaba tomar prestado porque no

tenía nada propio que  ofrecer. Esa lectura era posible. también era completamente incorrecta para describir lo que Santana tenía en mente. Lo que Santana había escuchado en la versión de Flitwood Mac no era una canción que quería imitar, era una estructura que quería usar como punto de partida para llegar a un lugar donde la versión original no había llegado y donde nadie más podía llegar porque nadie más tenía exactamente su combinación de herramientas.

  La canción que Santana eligió para resolver ese problema no era suya  y esa era exactamente la trampa. Peter Green había escrito Black Magic Woman para Flitwood Mac en 1968. La versión original era un blues lento, denso, con la oscuridad característica de Green, que era uno de los guitarristas más respetados de su generación en Inglaterra.

 Era una gran canción. Era también completamente diferente a lo que Santana iba a hacer con ella. La decisión de fusionar Black Magic Woman con Gypsy Queen, una pieza de Gabor Sabo, no fue el resultado de un proceso creativo largo  ni de una reunión de producción donde alguien presentó la idea en un pizarrón. Fue una decisión tomada en el estudio en tiempo real cuando Santana estaba improvisando sobre la estructura de Green y en algún momento la melodía de Sabo apareció debajo de sus dedos como si siempre hubiera pertenecido ahí. Los

dos temas en conjunto duraban más de 5 minutos, que en 1970 era una duración que las radios no aceptaban en sus formatos  estándar. Busca en los primeros 30 segundos el momento donde el blues de Green y el jazz de Sabo empiezan a respirar juntos. Es el momento donde la canción deja de ser un cover y empieza a hacer algo que no tiene nombre anterior.

  Lo que Gabor Sabo representaba en esa ecuación era algo que la crítica de Rock tardó años en articular correctamente. Sabo era un guitarrista húngaro  que había emigrado a Estados Unidos y que tocaba jazz con una influencia de música gitana del este de Europa que no tenía precedente en el jazz americano.

Era en su propio mundo exactamente lo que Santana era en el suyo, alguien que absorbía una tradición desde afuera y la transformaba con esa distancia. Cuando Santana puso Gypsy  Queen debajo de Black Magic Woman, estaba superponiendo dos maneras de ser extranjero  dentro de una música que no era originalmente tuya y el resultado era algo que sonaba más auténtico  que cualquiera de los dos por separado.

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