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La CACHETADA que EVITA Nunca PERDONÓ y que DESTRUYÓ a LIBERTAD LAMARQUE

Y lo que ocurra en este set durante los siguientes meses no va a ser solo un conflicto de actrices, va a ser el principio del destierro más largo y más silencioso que vivió una artista argentina en el siglo XX. Hoy vas a conocer la historia completa, la que los manuales escolares no enseñan. La que la propia libertad tardó 40 años en escribir en su autobiografía, la que dos países siguen debatiendo más de 70 años después.

¿Qué pasó realmente en ese rodaje? ¿Qué se dijeron las dos mujeres? ¿Y qué no se dijeron? ¿Por qué la artista más importante de Argentina tuvo que cruzar la frontera con una valija y no volver a vivir en su país durante dos décadas? ¿Qué pagó su familia mientras ella construía su segunda vida lejos de todo lo que amaba? ¿Y qué secreto se llevaron a la tumba las dos protagonistas de esta historia, sin que ninguna lo dijera nunca con todas las palabras? Porque hay países que expulsan a sus mejores voces y después lloran cuando ya

no las escuchan. Y Argentina lo hizo con plena conciencia y sin pedir disculpas. Antes del Set, antes de Evita, antes del exilio, hay que entender quién era realmente Libertad la Marque para entender la magnitud de lo que perdió. Porque esta historia no arranca en 1945, arranca mucho antes. Arranca en una ciudad del interior, en una familia de inmigrantes, en una nena que aprendió a pararse en un escenario antes de aprender a leer bien el reloj.

Rosario, Santa Fe. 24 de noviembre de 1908. Una ciudad portuaria con olor a río y a familias recién llegadas de Europa con la ilusión de que en este continente nuevo las cosas podían ser distintas. En esa ciudad nació Libertad Lamarque Bousa, hija de Gaudencio Lamarque, descendiente de franceses que llegó desde Uruguay y de Josefa Bousa Nieto, española de origen coruñés que ya había enviudado y criado seis hijos antes de conocer al padre de libertad.

Una familia ensamblada, como se diría hoy, una familia donde el dinero se estiraba, donde sobrevivir era el idioma cotidiano, donde los niños aprendían temprano que nada llegaba solo. El padre de libertad la llevó a actuar en teatros de Rosario cuando ella tenía 7 años. 7 años. Mientras otros chicos del barrio jugaban en la vereda o ayudaban con las tareas de la casa, Libertad ya sabía lo que era pararse en un escenario con luz encima y una sala expectante mirándote.

Ya sabía lo que era el silencio de un minuto antes de empezar a cantar. Ese silencio que o te paraliza o te libera. Y en su caso la liberó. Pero aprender a actuar a los 7 años tiene un precio que nadie le explica a una nena. El precio es que te acostumbrás a que el mundo te mire, a que el mundo te evalúe, a que tu valor se mida en aplausos y en si la sala quedó satisfecha.

Eso moldea una personalidad de una manera que es difícil de revertir. Libertad la mar que creció sabiendo que su lugar en el mundo dependía de lo que hacía sobre un escenario y eso la hizo extraordinariamente capaz en el arte y extraordinariamente vulnerable en la vida. En 1924, con 16 años, tomó la decisión que cambia la vida de todos los que vienen de las provincias con talento y con hambre.

 Se fue a Buenos Aires sola, sin red, con la voz como único pasaporte. La capital tenía esa frialdad particular que tienen las ciudades grandes para los que llegan desde afuera, creyendo que el talento es suficiente. A veces lo es, a veces no. En el caso de libertad fue suficiente, pero costó. En 1926, con el apoyo de Asusena Maisani, una de las pocas mujeres que ya tenía nombre propio en el mundo del tango, Libertad grabó su primer disco para RCA Víctor.

 Tenía 18 años y ese mismo año hizo algo que definiría gran parte del dolor de su vida adulta. se casó con Emilio Romero, apuntador de teatro en el Nacional. Tenía 17 años cuando tomó esa decisión. 17. De ese matrimonio nació su única hija, Mirta, una criatura que llegó al mundo mientras su madre empezaba a construir algo que muy pocas mujeres de esa época lograron, una carrera profesional propia, con nombre, con contrato, con cachet.

Pero el matrimonio con Romero no era lo que parecía desde afuera. Libertad tardó años en decirlo en voz alta, en entrevistas y en su autobiografía, con la reticencia de las personas que cargaron algo doloroso durante mucho tiempo antes de animarse a nombrarlo. Malos tratos. Un hombre que usaba su ausencia para controlarla.

Un matrimonio que duró en los papeles 12 años porque en Argentina no había ley de divorcio y no podían separarse legalmente. Pensá en eso un momento. La artista que empezaba a ser la más famosa de Argentina, atada en lo personal a un hombre que la maltrataba sin poder divorciarse porque la ley no lo permitía, el mismo país que la aplaudía de pie en los cines no tenía ninguna norma que la protegiera como persona.

Esa paradoja no es un detalle menor. Esa paradoja explica muchas cosas sobre cómo vivió Libertad la Marque, sobre qué tipo de coraza fue construyendo con los años, sobre por qué cuando llegó el momento del conflicto en el set, no lo procesó como una persona que tenía todo asegurado, sino como alguien que ya sabía lo que era pelear sola contra algo más grande.

Y entonces llegó el punto más oscuro de su vida personal, antes de que Evita existiera como amenaza, antes de que la política la tocara directamente. 1935, Santiago de Chile. Libertad estaba de gira. Del otro lado de la cordillera, su exmarido Emilio Romero, aprovechó su ausencia para hacer algo que ninguna madre puede imaginar sin que se le cierre el pecho.

 Agarró a Mirta, la hija de las dos. y se la llevó a Uruguay sin aviso, sin permiso, sin posibilidad legal de que Libertad lo detuviera con facilidad, porque el sistema judicial de la época no tenía mecanismos ágiles para estas situaciones, y porque cruzar fronteras con una hija sin el consentimiento de la madre era mucho más fácil en aquel tiempo que hoy.

Según las crónicas de la época y según lo que la propia libertad contó años después, ese momento fue el de quiebre total. La mujer que cantaba sobre el amor con una honestidad que hacía llorar a las salas, que interpretaba el abandono y la pérdida como si lo hubiera vivido en carne propia, llegó a un punto de desesperación tan extremo en ese viaje a Chile que intentó quitarse la vida.

Se tiró desde el balcón de un hotel, sobrevivió, se recuperó y encontró en Alfredo Malerba, un pianista y compositor rosarino que la conocía desde hacía años, al hombre que la ayudó a recuperar a su hija, a rearmarse emocionalmente y a seguir adelante. Malerba no fue solo el segundo marido, fue el autor de dos de los tangos más famosos que ella grabaría, Besos Brujos y Madre selva.

 Dos canciones sobre el amor y la pérdida, que en el caso de libertad no eran metáforas ni ejercicios creativos, eran autobiografía, eran la manera que ella tenía de procesar en el arte lo que no podía decir en la vida cotidiana sin exponerse demasiado. Porque hay países que expulsan a sus mejores voces y después lloran cuando ya no las escuchan.

Y Argentina primero la hirió adentro de su propia casa, mucho antes de herirla desde el estado. Para llegar a entender lo que pasó en el rodaje de 1945, hay que entender primero lo que estaba en juego, no solo para Libertad, sino para todo el mundo del cine argentino de esa época. Para 1938, Libertad Lamarque era la artista más famosa de Argentina.

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