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JULIO URÍAS: CONFESÓ LA ASQUEROSIDAD QUE LE HIZO A SU ESPOSA

 Le practicaron ocho cirugías. La última, a los 10 años. El párpado izquierdo le quedó caído de manera permanente y en la primaria del barrio los compañeros lo molestaban llamándolo el tuerto. Le pegaban en el recreo, lo dejaban afuera de los partidos del patio. Julio aprendió desde niño dos cosas. La primera, a esconder lo que sentía.

 La segunda, a responder con violencia física cuando alguien lo provocaba. Su padre Carlos lo metió a una academia de béisbol a los 9 años. A los 12 ya lanzaba a más de 100 km porh. A los 15, scouts de los Dodgers de Los Ángeles fueron a Culiacán a verlo lanzar en un partido de fuerzas básicas. Y a los 16 años recién cumplidos, los Dodgers firmaron a Julio Urías como prospecto internacional por 450,000.

El zurdo de Culiacán se mudó solo a Estados Unidos, sin hablar inglés, sin haber terminado la preparatoria, con una visa juvenil, un padre que se quedó en México y una madre que lo despidió en el aeropuerto de Mazatlán sin saber cuándo iba a volver a verlo. Aquí entra el primer caramelo de esta historia.

 Porque la noche que Julio se subió al avión rumbo a Los Ángeles, su madre le entregó en el aeropuerto una pequeña medalla de la Virgen de Guadalupe con una cadena delgada de plata, una medalla que ella había comprado en el santuario de Tepellac durante una peregrinación familiar dos años antes. La madre se la colocó en el cuello al adolescente.

Le dijo que no se la quitara nunca, que esa medalla iba a protegerlo de las cosas malas que iba a encontrar. Lejos de casa. Julio Urías cumplió esa promesa durante 11 años exactos. La medalla la llevó puesta cuando debutó en Grandes Ligas a los 19 años. La llevaba cuando lanzó la final de la Serie Mundial 2020, cuando firmó la extensión de contrato multimillonaria, cuando se casó con su novia mexicana Daisy Pérez en una ceremonia privada de Los Ángeles.

 Y la medalla la llevaba puesta también esa noche del 3 de septiembre cuando un oficial de la policía de Los Ángeles le sacó las esposas del cinturón y se las puso en las muñecas en el estacionamiento del BMO Stadium. Pero esa noche todavía está a unos años de distancia. Lo que pasó primero fue otra cosa. Su carrera explotó.

 Debutó con los Dodgers en 2016 a los 19 años. El lanzador mexicano más joven en hacerlo. En Grandes Ligas, desde Fernando Valenzuela, cuatro temporadas como pieza secundaria de la rotación. Lesión grave en el hombro izquierdo en 2017. Cirugía, recuperación lenta, vuelta a los Dodgers en 2019 y entonces en 2020 vino el año que lo cambió todo.

 Pandemia mundial, temporada acortada, serie mundial en una sola sede neutral en Texas. Y Julio Urías, 24 años, se convirtió en el lanzador relevista que cerró el sexto y último juego de la Serie Mundial contra los Rays de Tampa Bay. El último out lo registró él, el campeonato lo levantó él. La foto de portada de Sports Illustrated del día siguiente fue él.

Primer mexicano en cerrar una serie mundial. 14 millones de dólares de contrato anual. Selección de las estrellas. 20 victorias en la temporada 2021. Líder en victorias de toda la Liga Nacional. As de los Dodgers. Y mientras Uría subía a la cima del béisbol mundial, en su vida personal estaba pasando algo que la prensa deportiva nunca contó.

 Aquí es donde aparece Daisy. Daisy Pérez, mexicana, nacida en Mazatlán, Sinaloa, 2 años mayor que Julio, hija de un médico cardiólogo y una maestra de primaria. Estudió comunicación en la Universidad de Guadalajara. Se mudó a Los Ángeles a los 22 años para trabajar en una agencia de marketing latino y conoció a Julio Urías en una fiesta privada del consulado mexicano en Beverly Hills en marzo de 2018 durante la presentación oficial de un nuevo programa cultural binacional.

Llevaba puesto un vestido azul. Hablaba inglés con acento ligero. Sabía de béisbol porque su padre era fanático de los tomateros y conocía la historia de los Urías de Culiacán por amigos en común. Julio Urías, 21 años recién cumplidos, la vio cruzar el salón, se acercó, le pidió el teléfono, Daisy se lo dio y al día siguiente Julio le mandó el primer mensaje.

 Una frase corta, simple, sin doble sentido. Una frase que Daisy iba a guardar en una carpeta del teléfono durante los siguientes 5 años. Quiero conocerte. Pero bien, sin prisa. Daisy aceptó la primera cita esa misma semana. Salieron 6 meses, se hicieron novios y aquí es donde empezó algo que la familia de Daisy en Mazatlán iba a tardar dos años en notar.

 Las primeras peleas serias entre Julio y Daisy ocurrieron durante el verano de 2018 antes de que se mudaran juntos. Discusiones por teléfono que terminaban con Julio colgando. Mensajes de texto enviados a las 3 de la madrugada que Daisy borraba al día siguiente y una noche específica en agosto de ese año en la que Daisy le pidió a su amiga Carla, una abogada mexicana radicada en Los Ángeles, que la recogiera de un restaurante de Hollywood porque Julio se había ido manejando borracho, dejándola sola en la puerta. Pero al día

siguiente, Julio aparecía con flores, con disculpas, con regalos caros y con la promesa de cambiar. Daisy le creyó. Se mudaron juntos a un departamento en Marina del Rey en otoño de 2018. Se hicieron pareja oficial, compartieron las llaves del departamento, empezaron a planear el futuro y Julio, durante los primeros tr meses de la convivencia fue exactamente el hombre que Daisy había conocido en la fiesta del consulado hasta que llegó la primera Navidad.

Diciembre de 2018, Daisy invitó a Julio a pasar las fiestas con su familia en Mazatlán. Su madre, Lupita, preparó la cena de Nochebuena. Su padre cardiólogo, Dr. Eduardo Pérez, llevó a Julio al patio trasero de la casa para hablar en privado durante 20 minutos. Y lo que el padre cardiólogo le dijo al lanzador de los Dodgers esa noche del 24 de diciembre, según le iba a contar Daisy 4 años después, a la terapeuta del cuaderno azul oscuro durante una sesión conjunta de pareja.

 Fueron ocho palabras exactas. Si la tocas, te vas a arrepentir, muchacho. Julio escuchó al padre cardiólogo, asintió, le dio la mano y regresó al comedor a sonreír delante de toda la familia Pérez, como si la conversación del patio no hubiera ocurrido. Pero esa misma noche, en la habitación de huéspedes de la casa de los Pérez en Mazatlán, según iba a aparecer años después en el cuaderno azul oscuro, Julio Urías agarró a Daisy del brazo izquierdo por primera vez.

 le dejó marcas que duraron tres días, marcas que Daisy escondió debajo de un suéter de manga larga durante toda la cena familiar del 25. No se las enseñó a su madre, no se las contó a su padre cardiólogo. Marcas que ella misma se convenció de que habían sido una accidente. Aquí entra algo que tienes que entender, porque el patrón que la terapeuta del programa antiviolencia doméstica iba a identificar 5co meses después en el cuaderno azul oscuro del consultorio del West Side, ya estaba en marcha antes de la boda, ya estaba en

marcha antes del primer arresto, ya estaba en marcha cuando Julio Urías levantaba el trofeo de la serie mundial 2020 y la cámara de televisión enfocaba a Daisy, aplaudiendo en las gradas con una sonrisa. tensa que nadie en México supo leer en directo, pero esa serie mundial todavía no había llegado. Lo que pasó primero fue otra cosa.

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