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Jayne Mansfield: Todos Creían Conocerla… Hasta Aquella Última Noche

 Su nombre es Jane Mansfield y la historia que están a punto de escuchar no es la de los chistes ni la de las revistas de la época, porque detrás de la rubia tonta que el mundo creyó conocer había una mujer que estudió varios idiomas, que tocaba el violín y el piano, de la que se decía que tenía un coeficiente intelectual capaz de dejar mudos a los periodistas.

 Una mujer que construyó su propia leyenda con sus propias manos y que terminó devorada por esa misma leyenda. Lo que pasó aquella madrugada en Luisiana le dio la vuelta al mundo en cuestión de horas y casi nada de lo que se dijo esa semana era verdad. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio.

 Vera Jane Palmer nace el 19 de abril de 1933 en Brinmore, un pueblo tranquilo de Pennsylvania, hija única. Su padre Herbert es abogado. Su madre Vera, fue maestra de escuela. La llaman por su segundo nombre Jane. Desde el primer día es una niña rubia, despierta, observadora. de las que se quedan mirando a los adultos como si ya estuvieran tomando apuntes para usarlos más tarde.

 La familia tiene una vida cómoda y previsible, una casa decente, un buen apellido, un padre que sale cada mañana al despacho. Durante 3 años, la pequeña Jane crece rodeada de esa seguridad tibia que solo conocen los niños muy queridos. Y entonces todo se rompe. Jane tiene 3 años cuando su padre cae fulminado por un infarto.

 De un día para otro, el hombre fuerte de la casa, el que ganaba el dinero, el que sostenía el mundo entero de aquella niña, ya no está. Es demasiado pequeña para comprender la palabra muerte, pero no es demasiado pequeña para sentir el hueco que deja ese silencio nuevo que se instala en las habitaciones y ya no se va. Retengan esa edad.

 3 años, porque esa cifra va a volver al final de esta historia de la manera más cruel que puedan imaginar. Su madre, viuda y todavía joven, hace lo que puede para reconstruir una vida. Con el tiempo se vuelve a casar con un ingeniero y la familia se muda lejos a Dallas, Texas. Allí, bajo un cielo enorme y caluroso, la niña encuentra una forma de llenar el vacío que dejó la muerte de su padre.

 Y esa forma son las clases. Piano, violín, danza, idiomas. Jane lo absorbe todo y lo absorbe rápido, casi con hambre, como si quisiera demostrarle algo a alguien que ya no está para verlo. En las paredes de su cuarto de adolescente empieza a pegar fotografías de las grandes estrellas de cine. Las mira durante horas como quien estudia un mapa hacia un tesoro escondido.

 les cuenta a sus compañeras de clase con una seguridad que a todas las desconcierta, que un día su cara va a estar en esas mismas revistas. Nadie le cree. Es una chica de Texas, hija de una viuda, sin contactos, sin dinero, sin nada. De ese vacío nace entonces un sueño enorme, desproporcionado. Años más tarde le contaría a los periodistas que desde muy pequeña tenía una sola idea clavada en la cabeza.

 Iba a ser estrella de cine, no actriz, estrella. La diferencia entre esas dos palabras importa y la vamos a entender muy pronto. Pero antes que la fama llegaron el matrimonio y la maternidad. Con apenas 16 años, Jane se enamora de un joven llamado Paul Mansfield y queda embarazada. A principios de 1950, casi una niña todavía se casa con él.

 Poco después nace su primera hija, Jane Marie. La adolescente que soñaba con marquesinas de neón es de pronto una esposa y una madre en Texas con un bebé en brazos, una cocina que atender y un apellido nuevo. Ese apellido es Mansfield y aunque el matrimonio con Paul demasiado, ella lo va a conservar para siempre.

 La razón suena bien, suena a estrella, suena a luces de marquesina. Lo asombroso es que ni siquiera la maternidad la desvía del plan. Mientras cría a su hija recién nacida, Jane se inscribe en la universidad, estudia teatro, toma clases de actuación, de dicción, de baile, lee, memoriza, ensaya frente al espejo del baño cuando la bebé duerme.

 Hay una frase suya de aquellos años de juventud que lo explica todo. Un periodista se sorprendió de sus excelentes calificaciones y ella respondió con una sonrisa cargada de intención, que sí, que tenía un promedio altísimo, pero que con la mayoría de los hombres convenía esconder la inteligencia. Esa frase es la llave de toda su vida, no la olviden.

 Porque Jane Mansfield comprendió, muy joven y muy bien, una regla brutal del mundo que le tocó vivir, que una mujer hermosa podía abrir con su cuerpo puertas que jamás abriría con su cabeza y tomó una decisión consciente, fría, casi de ajedrecista. decidió usar esa regla a su favor, aunque el precio fuera que nadie nunca jamás la tomara del todo en serio.

Pero el sueño y el matrimonio no tardan en chocar de frente. Paul es un joven serio, de buena familia, que quiere una vida normal, un hogar tranquilo, un empleo seguro, una esposa que lo espere cada noche. Jane quiere algo que no cabe dentro de ninguna casa. Cuando estalla la guerra de Corea y Paul es llamado al frente, ella se queda sola en Texas con su bebé y en lugar de esperar resignada a que pase el tiempo, aprovecha cada hora libre para prepararse: clases, ensayos, concursos, cualquier cosa que la acerque 1 milímetro a su meta. Cuando

Paul por fin regresa de la guerra, Jane le pone las cartas sobre la mesa. Quiere irse a California, quiere intentarlo de verdad. Él acepta a regañadientes porque la ama y porque cree ingenuamente que se le va a pasar. No se le pasó. Lo que Paul aún no sabía es que aquel acuerdo era también el principio del fin de su matrimonio.

 Hollywood iba a darle a Jane todo lo que ella había pedido y a cambio le iba a quitar casi todo lo demás. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. En 1954, Jane hace las maletas, toma a su hija pequeña y se lanza de cabeza hacia el lugar con el que llevaba soñando desde que tenía memoria.

 Hollywood llega sin contactos, sin dinero, sin nada más que una determinación que daba un poco de miedo. Otras chicas guapas aterrizaban en Los Ángeles y esperaban sentadas a que alguien las descubriera, a que un productor mágico se cruzara por casualidad en su camino. Jane no esperaba nada de nadie. salía a la calle a cazar su destino con sus propias manos todos los días sin descanso.

 Y aquí empieza una de las campañas de autopromoción más asombrosas en la historia del cine. Para hacerse notar, Jane empieza a coleccionar títulos de concursos de belleza uno tras otro, sin importar lo absurdos que sonaran. se convierte en Miss Photoflash en Miss Lámpara de magnesio, en reina de no se sabe cuántas ferias y promociones.

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