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Javier Solís: 70 Años de MENTIRAS…. El MACABRO Pacto con Agustín Lara que Salió a la Luz

Si están listos para enfrentar la dura realidad detrás del brillo, acompáñenme a la habitación 406  en abril de 1932 en el número  165 de la calle Simón Bolívar en el centro de la Ciudad de México. Un niño de apenas un año de edad llamado Gabriel Siria Levario fue abandonado por su propia madre biológica.

Juana Aleevario Plata.  Ella trabajaba en un puesto de un mercado público y no podía hacerse cargo de la crianza del niño después de  que su esposo, Francisco Sirie Mora abandonara a la familia. El niño fue entregado a su tío  Valentín Levario Plata y a su esposa Ángela López Martínez para ser criado en una pequeña casa del barrio pobre de Tacubaya.

 Gabriel creció llamando papá a su tío y mamá a su tía durante el resto de su vida. Conocía a sus padres biológicos, mantenía el contacto con ellos, pero nunca se dirigió a ellos con los términos de mayor intimidad. Esta separación creó una profunda fractura psicológica sobre cómo el valor de un ser humano puede verse alterado dependiendo de las circunstancias.

Incluso antes de saber leer, Gabriel ya entendía que en la  realidad de la vida podían coexistir dos historias paralelas, una versión oficial en el papel y una verdad cruda detrás de puertas cerradas. La vida en Tacubaya no dejaba espacio para el romanticismo ni los sueños lejanos, cuando el hambre estaba siempre presente  en cada comida.

Gabriel apenas terminó el quinto grado de primaria antes de verse obligado a Sa abandonar la escuela para lanzarse a las calles a ganar dinero y ayudar a su familia. Antes de cumplir los 15 años ya dominaba el oficio de carnicero en el establecimiento La Providencia en la colonia Condesa y comenzaba a participar en concursos de canto locales.

El premio por sus victorias solía ser  apenas un juego de ropa nueva o un par de zapatos para poder seguir trabajando. Posteriormente  pasó a entrenar boxeo profesional durante 6 años consecutivos hasta que su padre biológico intervino argumentando que no era una profesión decente. Irónicamente, el oficio más decente que eligió después fue cantar en bares llenos  de humo bajo una identidad completamente falsa.

 Cada paso en la juventud de Gabriel estuvo marcado por tener que renunciar a una parte de su verdadero ser a cambio de supervivencia material. En 1955, a los 24 años, Gabriel Sirie Alevario consiguió un trabajo para cantar todas las noches en el bar Azteca, ubicado en la calle San Juan de Letrán, justo enfrente del salto del agua.

Se trataba de una cantina popular,  un lugar donde los clientes iban a beber más que a disfrutar de la música. Por sugerencia de su íntimo amigo Manuel Garay, decidió desechar su antiguo nombre artístico Javier Luquín para adoptar uno nuevo. Javier Solís. Una noche a mediados de 1955, Julito Rodríguez Reyes, miembro del famoso trío Los Panchos, entró por casualidad en este bar.

inmediatamente reconoció el peso en la voz del joven que cantaba en aquel escenario improvisado. Julito llamó a Felipe Valdés Leal, director  artístico de discos Columbia, para hablarle de la voz con el futuro más brillante que jamás había escuchado. Este encuentro condujo a la firma de aquel contrato fatídico  en enero de 1956.

borrando oficialmente  el nombre de Gabriel Siria del mapa musical mundial. El 15 de enero de 1956, Gabriel Siria Levario entró en las oficinas de discos Columbia en la calle Bucarelli, con un par de zapatos recién lustrados por primera vez en meses. Felipe Valdés Leal, el director artístico, puso sobre la mesa un contrato que exigía la renuncia total a su nombre real para siempre.

Gabriel no llegó con las manos vacías, pues traía consigo dos grabaciones que él mismo había financiado de su propio bolsillo en un pequeño estudio  independiente. Los temas eran punto negro y Virgen de Barro, grabados con tecnología precaria, pero con una honestidad vocal que ya no volvería a repetirse.

La empresa tomó esas cintas originales de cinta magnética y las guardó bajo llave en una bóveda oscura. En lugar de promocionarlas, la disquera decidió enterrarlas para obligar al artista a grabar material nuevo bajo sus condiciones económicas. Esas grabaciones originales no verían la luz hasta el año 1969, mucho después de que su cuerpo estuviera bajo tierra.

discos. Columbia de México tenía una estrategia financiera muy clara para su nuevo producto comercial. Si lanzaban las grabaciones independientes de 1956, el margen de beneficio para la  empresa sería mucho menor que con las producciones propias. Prefirieron explotar la voz de Solís durante una década.

 con contratos leoninos que lo obligaban a una productividad física inhumana. Solo tras su fallecimiento fortuito, la empresa entendió que la nostalgia de los fanáticos era una mina de oro por explotar comercialmente. En 1969 y nuevamente  en 1990 lanzaron esas canciones viejas  que Javier había grabado cuando aún era un carnicero desconocido.

La industria no solo compró el futuro de este hombre por unos pocos pesos, sino que se adueñó de su pasado para subastarlo después de su entierro. No hubo respeto por el esfuerzo inicial de Gabriel, solo un cálculo frío sobre cuándo el mercado pagaría más por su voz. En los primeros tres años de su contrato, Javier Solís no tuvo permitido desarrollar un estilo musical propio en el estudio de grabación.

Felipe Valdés Leal ordenó de manera explícita que imitara los giros vocales y el fraseo exacto de Pedro Infante, quien había muerto en 1957. La industria necesitaba llenar el vacío comercial  dejado por el ídolo de Huamuchil. y vio en Solís al sustituto perfecto para mantener las ventas.

 Cada vez que Javier intentaba imprimir su propio sello en una canción, los productores detenían la grabación para exigirle que sonara más parecido al difunto. Esta imposición lo obligó a convertirse  en una sombra, en un repetidor de una identidad que ya no le pertenecía. El artista vivía atrapado en la paradoja de ser el cantante más escuchado y al mismo tiempo el hombre con la voz más silenciada de México.

 La famosa voz de terciopelo fue un producto diseñado en una oficina, no el resultado de una búsqueda artística libre. El departamento de marketing de Columbia decidió que un carnicero de la calle Simón Bolívar no tenía el atractivo necesario para vender discos de mariachi a gran escala. Inventaron que Javier Solíss era originario de Nogales, Sonora, y que poseía sangre de la tribu Yaki en sus venas de forma directa.

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