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JAIME DE MARICHALAR me confesó algo en su peor noche. Llevo años sin poder olvidarlo

 Se lo voy a contar. Pero para que entienda el peso de lo que me dijo, necesita entender primero en qué situación estaba ese hombre. ¿Qué veía yo todos los días? ¿Qué se respiraba en esa casa? Porque lo que se respiraba en esa casa no lo contaba nadie. Jaime de Marichalar era un hombre educado, muy educado, de esa educación antigua de buena familia que uno nota en cómo saluda y en cómo da las gracias y en cómo trata a la gente que trabaja para él.

 Conmigo fue siempre correcto, siempre. En años de trabajo nunca me levantó la voz, nunca me hizo sentir menos, nunca pasó por mi lado sin reconocer que yo estaba ahí. Eso en ese ambiente no era lo más común. Le digo la verdad, era un hombre que leía mucho, que tenía buen gusto, que sabía de arte, de arquitectura, de esas cosas que uno aprende cuando ha tenido acceso a ellas.

Desde pequeño, cuando estaba animado, hablaba con entusiasmo de sus proyectos, de ideas que tenía, de cosas que quería hacer. Y cuando no estaba animado, que eran muchos días, se quedaba quieto, muy quieto, con esa quietud de la gente que ha aprendido a no mostrar lo que siente, porque mostrarlo tiene un coste.

 El coste en esa casa era alto. Mire, hay un momento en que uno lleva suficiente tiempo en una casa y empieza a entender las reglas que no están escritas, las reglas de quién manda y quién no manda, de a quién se escucha y a quién se escucha menos. de quién entra a una habitación y la habitación cambia y quién entra y la habitación sigue igual.

 Esas reglas en esa casa eran muy claras y Jaime de Marichalar no estaba en el lado que usted podría esperar. Déjeme que le cuente una cosa que pasó un martes por la mañana, una cosa pequeña, de esas que no salen en las revistas, pero pedicen más que cualquier portada. Yo estaba preparando el desayuno. Él había bajado. Ya estaba en el salón con unos papeles.

Llegó alguien de la familia, alguien con peso en esa casa, con mucho peso. Y sin saludarle, sin pararse, le dijo de pasada, “Jaime, eso que propusiste ayer no hablaremos después.” Y siguió andando. Yo estaba a 3 m. Él lo sabía. Yo lo sabía. se quedó con los papeles en la mano, mirando el sitio donde la otra persona había estado.

 Un segundo, dos, y luego los dobló, los metió en la carpeta y me dijo, “Pilar, ¿hay café?” Le dije que sí. Le traje el café y no dijo nada más. Pero yo vi su cara esos dos segundos y en esos dos segundos había algo que me resultó muy familiar. Era la cara de alguien que ha aprendido a tragarse las cosas porque sabe que de nada sirve escupirlas.

¿Usted ha conocido a alguien así? Alguien que aguanta y aguanta y sonríe y aguanta. Yo sí. Yo lo he visto muchas veces en mi vida y siempre termina igual. Siempre. Pero eso se lo cuento después. Primero necesito que entienda cómo era el día a día, porque lo que Jaime me confesó aquella noche, no se entiende si uno no ha visto antes cómo era su vida dentro de esa casa.

Los niños eran lo mejor de su vida. Eso se notaba sin que él tuviera que decirlo. Cuando estaba con ellos era otra persona. Se le quitaba ese peso que llevaba encima el resto del tiempo. Jugaba con ellos, les contaba cosas, los escuchaba con una paciencia que a mí me llamaba la atención porque no era la paciencia del que cumple, era la paciencia del que quiere estar ahí.

 Los niños lo querían, eso también se notaba. Y había días en que verlos juntos a los tres y saber lo que yo sabía sobre cómo estaban las cosas me costaba. Me costaba porque uno tiene sentimientos aunque le paguen para no tenerlos. Hubo una tarde que él llegó de fuera. Había estado en no sé qué reunión, algo de trabajo, algo relacionado con sus proyectos de diseño que siempre tenía entre manos.

 Llegó con buen ánimo, cosa que no era tan frecuente como debería. Subió a ver a los niños. estuvo un rato con ellos y cuando bajó le salió al paso alguien en el pasillo y le dijo algo en voz baja que yo no escuché bien, pero escuché su respuesta. Dijo muy despacio. Está bien, como queráis. Y se fue a su cuarto. No salió en toda la noche.

 Yo recogí la cocina, apagué las luces y antes de irme me paré un momento en el pasillo. Había un silencio en esa casa que pesaba. de los que se notan en el pecho. Me fui a casa pensando que hay personas a las que la vida les ha puesto en sitios que no han elegido del todo y que luego resulta muy difícil salir de esos sitios sin que te cueste algo muy grande.

 Los meses que siguieron fueron tensos. Había algo que se estaba moviendo por debajo, algo que yo notaba en las conversaciones que se cortaban cuando yo entraba, en las llamadas que se hacían en habitaciones con la puerta cerrada, en las caras de ciertas personas cuando se cruzaban con él en los pasillos. Algo se estaba decidiendo y él lo sabía.

Yo lo sabía porque lo vi, porque una mañana sin querer pasé cerca de una habitación cuya puerta estaba entreabierta y escuché su nombre. Escuché su nombre y escuché cosas que no voy a repetir todas porque no me corresponde, pero escuché suficiente para entender que lo que se estaba hablando en esa habitación lo cambiaba todo y que él todavía no lo sabía del todo.

 O quizás sí, quizás lo sabía y estaba esperando. Eso también pasa. A veces uno sabe lo que viene y no puede hacer nada más que esperar a que llegue. Esa semana lo vi diferente. más callado aún si cabé más dentro de sí mismo. Pasaba tiempo en su despacho por la puerta cerrada. salía a caminar solo, cosa que antes no hacía tanto.

 Y conmigo, que llevábamos ya tiempo trabajando juntos y nos teníamos esa confianza silenciosa que se construye sin que nadie la declare. Conmigo estuvo más cercano. Me daba los buenos días con más pausa. Me preguntaba cosas, no cosas importantes, cosas pequeñas. ¿Cómo estaba yo? Si había descansado, si tenía mucho trabajo esa semana.

Cosas que uno pregunta cuando necesita un poco de humanidad ordinaria y no sabe muy bien dónde encontrarla. Y entonces llegó la noche de la que le voy a hablar. Era tarde. Yo debería haberme ido ya, pero había una cosa que quería dejar hecha antes de marcharme. Estaba en la cocina. La casa estaba en silencio.

 Los niños dormían y él apareció en la puerta de la cocina con cara de no haber dormido en días. Me miró. Yo lo miré y me dijo, “Pilar, ¿tiene usted un momento?” Le dije que sí. Se sentó a la mesa de la cocina. Yo me quedé de pie un momento y luego me senté también porque algo me dijo que esto no era una conversación de pie. Estuvo callado un rato mirando la mesa y luego empezó a hablar.

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