La trama te enganchaba. Un pugilista en el retiro chambeando de mesero en un antro nocturno que cae rendido a los pies de Carmen. La fichera estrella encarnada por Saya fue un cóctel de drama y comedia muy picosito que le dio una patada a la censura santurrona de nuestro cine. Verla con esos atuendos de infarto y en escenas tan candentes presumiendo cuerpazo, fue un shock total para la época.
A partir de ahí, la maquinita de hacer dinero no paró. Ella era el gancho principal, el tremendo mujerón al que capos de la comedia como Alfonso Sayas y Rafael Inclán andaban correteando sin parar. Puro relajo, albur de grueso calibre, picardía a tope y risas para rematar. Al ser la reina absoluta del género, Saya Montenegro cobraba unas cifras de locura.
Pero a ver, hablemos de billetes de verdad. ¿Qué tantos lujos se daba esta diosa que traía babeando a Medio México? Agárrate bien de la silla porque estas cifras te van a volar la cabeza. Así estaba la tremenda cartera de Saya Montenegro. Fue, indiscutiblemente una de las estrellas más cotizadas y mejor remuneradas de nuestra pantalla grande durante los años 70 y 80.
Aunque los críticos fresas lo hacían menos, el cine de ficheras era una auténtica mina de oro y sus protagonistas se forraban de lana. Para que te des un quemón de cómo estaba la movida, podemos tantear su sueldo echándole un ojo a lo que facturaban. otros pesos pesados de esa industria. En los plenos años 70, cuando apenas calentaba motores, esta mujer ya se metía al bolsillo entre 80,000 y 150,000 pes por proyecto.
Para que me entiendas, esos 150,000 de aquella época hoy serían nada menos que 1,800,000 pesotes por cada grabación, ya pisando los 80s. Cuando nadie le hacía sombra en el género, sus honorarios se fueron literalmente a las nubes. La diva exigía entre 250.000 y 400.000 pesos por cinta. Traducido al dinero de hoy, estamos hablando de unos alucinantes 5 millones de pesos por película.
Y ojito que en su época de oro se aventaba entre tres y cinco largometrajes por año. Échale números y verás que desde 1970 y5 hasta 1990 se embolsaba entre 750,000 y 2 millones de pesos anuales, o sea, de 9 a 25 millones actuales puramente actuando, pero ojo que ahí no paraba la cosa. También le sacaba jugo a las famosas fotonovelas que dejaban muchísima lana en los 70.
Por cada historia terminada se metía entre 50.000 y 100.000 pesos, que hoy en día serían entre 600,000 y 1,200,000 pesos fresquecitos. Por si fuera poco, rompía las tarimas como vedet en los teatros de revista y cabarets más exclusivos del país. Bastaba con Armar Show un fin de semana, puro viernes y sábado a doble función para llevarse entre 30,000 y 60,000 pes o lo que es igual de 360,000 a 720,000 pesos actuales en un par de días.
Si juntamos la pantalla grande, las revistas y la artisteada nocturna, en su apogeo de 1970 y 5 a 1990, esta mujer producía anualmente entre 1,illón y 2,illones y medio de los viejos pesos. Hablamos de 12 a 30 millones actuales cayéndole cada año por 15 calendarios seguidos. Así amasó su primer imperio en el espectáculo. Pero el verdadero campanazo financiero y de poder VIP le cayó del cielo al cruzarse con José López Portillo en 1984.
El señorón había gobernado al país entre 1976 y 1982. Ya fuera de Los Pinos en el 84, seguía moviendo los hilos y teniendo palancas impresionantes, gozando de una chequera inagotable, hasta que quedó totalmente hipnotizado por los encantos de la bedet de sangre europea. Andar con este exmandatario catapultó a Saya a lujos que ni juntando el sueldo de todos los actores del país se podrían pagar.
Entró por la puerta grande a mansiones, andaba en camionetones llenos de guaras, volaba en jets particulares y cenaba con la crema inata de los políticos y magnates mexicanos. Al dar el sí en el altar por allá de 1995, se coronó con todas las de la ley como la esposa de un expresidente. Tras fallecer el político en 2004, ella se quedó con propiedades y privilegios tremendos hasta su último respiro en 2024.
De hecho, en julio de 2022 nos enteramos que cobraba una jugosísima pensión de 1,680 y 8,730 pesos por ser viuda presidencial. Básicamente tenía la vida resuelta y un sueldazo asegurado para siempre, sin mover un dedo, sumando todo su imperio mediático, los shows, el bodorrio con el expresidente y lo que heredó, calculan que al despedirse de este mundo nos dejó un guardadito de entre 150 y 250 millones de pesos actuales.
Quizá no le pegaba a los niveles de la doña o Cantinflas, pero vaya que era un dineral brutal para pasársela a cuerpo de rey por décadas enteras, rodeada de inmuebles y contactos pesados. Su historial de bienes raíces es el reflejo purito de cómo escaló de ser un rostro del cine a la compañera del poder presidencial, empezando en un depa chilango en los 70s.
Cuando recién picaba piedra en nuestro país, dándole a las revistas y buscando su oportunidad en la gran pantalla, Saya rentaba un nidito muy coqueto en la famosa colonia Nápoles, un barrio bastante fresón y acomodado de la capital mexicana. Un pisito sin tantas pretensiones de unos 80 m², apenas con sus dos cuartos. la sala para las visitas, su cocineta y un bañito.
Cero lujos, pero estaba super a gusto y a tiro de piedra de los foros de filmación. Pagaba unos 3,000 pes al mes por ahí de los años 70, algo así como 30 y 6,000 pes de hoy. Se la pasaba sola y sin despilfarrar, guardando cada centavo hasta que amarró su primer depa en Polanco allá por 1978. Tras reventar las taquillas con bellas de noche y los churros que le siguieron, la lana empezó a lloverle en serio.
Fue entonces que se armó de su primer nidito. Un pisazo en Polanco, la zona más nice y fresa de toda la capital. Imagínate 120 m² en un complejo supermerno con guardias, elevador y todas las comodidades de la época. Dos cuartos, dos baños, un salonzón, comedor, cocina completa y su terracita. Le costó 850,000 pesosenteros, unos 10 millones de pesos.

Ahorita soltó el billete sobre la mesa. Cero deudas. Ese fue el gran trofeo de su estrellato, su trinchera durante su época dorada en la pantalla grande. Ahí armaba la bohemia con directores y famosos. Sin ser un palacio, era el hogar ideal para una diva. Su entrada al mundo presidencial entre 1980 y 4 y 1995. Pero agárrate, porque su mundo dio un giro de 180 gr cuando se enredó con José López Portillo en 1984.
El exmandatario ya no despachaba en Los Pinos, pero conservaba unos privilegios brutales, incluyendo su cacerón principal en las lomas de Chapultepec, en la zona más picuda del país. Una cazona tipo California con más de 800 m², áreas verdes inmensas, alberca, tenis, cine privado y lujos a la bestia. La actriz se la vivía ahí por meses enteros, dándose trato y vida de auténtica primera dama, pese a que el político seguía amarrado legalmente con Carmen Romano hasta 1991.
Ese lugar era majestuoso. Imagina techos altísimos, mármol por todos lados, mobiliario traído de Europa, arte carísimo y una biblioteca atascada de libros. Como el señor se daba aires de intelectual, tenían un comedor para 20 invitados y un patio para pachangas de la crema inata de la política y la farándula.
La mujer nadaba en atenciones, chefs, muchachas, jardineros, chóeres y guaras a su entera disposición. Un nivel de opulencia que ni la mismísima doña María Félix soñó en su época de oro. Además, se la pasaban de viaje. El don tenía mansiones en Acapulco, la eterna primavera y medio país. Los fines de semana eran puro derroche de glamour, su refugio morélense en el año 2000.
Cuando él falleció en 2004, le dejó un buen de bienes raíces. La joya de la corona fue una quintita en Cuernavaca, donde se fue a esconder de los chismes y los paparazzi para pasar sus últimos días. Una belleza rústica colonial con unos 400 m² de puro confort, áreas verdes gigantes y su buena alberca escondida en una zona supercalmada de la ciudad de la eterna primavera.
Ahí pasó sus últimos 20 años viendo a ratos a Navila y Alexander, pero casi siempre solita, cero reflectores, pura paz, lejísimos del relajo farandulero. En esa misma casona nos dejó el 14 de febrero de 2024 a los 78 años por un derrame fulminante tras batallar con un agresivo cáncer de pulmón. En cuanto a los carrazos, la verdad es que a ella le importaban un reverendo comino en comparación con otras divas.
En su mero apogeo ni siquiera agarraba el volante. Como andaba de llamado en llamado, tener nave propia salía sobrando. Las productoras le mandaban su propio transporte para llevarla y traerla de los sets. Así se estilaba antes. Si le urgía moverse, agarraba un taxi de sitio o ponía sus chalanes a manejar. Cero evidencias de que se haya patinado su lana en coches exóticos durante su época dorada frente a las cámaras. Era una mujer superlista.
metía su billete en cosas que dejaran, no en fierros que pierden su valor nada más salir de la agencia. Ya cuando se emparejó con López Portillo, olvídate, tener coche propio pasó a la historia por completo. El exjefe de estado tenía su séquito y camionetones blindados pagados de por vida.
A ella la paseaban en tremendas flotillas gubernamentales, puro Lincoln o Cadilac con chafirete de lujo, siempre escoltados por guaruras hasta los dientes abriendo paso. Verla pisar una alfombra roja en los 80 y 90 te volaba la cabeza. Caían tres naves sincronizadas. Los gorilas checaban que no hubiera moros en la costa y SAS ella bajaba de la camioneta de en medio cual reinaza del país, puro peso pesado.
¿Para qué comprarse un carrazo si ya te movías como jefa de estado con escolta oficial? Ya viuda. Por fin se animó a comprar su propia camionetita utilitaria bastante X. Seguro una Honda o algo por el estilo, nada más para dar el rol por Cuernavaca. Cero faramaya, pura practicidad.
A sus 58 años ya le valía queso el que dirán. La Montenegro fue una fiera administrando su marca e imagen por muchísimo tiempo. En las décadas de los 70 y 80 le cayó el 20 de que ella misma era una máquina de hacer billetes. No solo una cara bonita, generaba un morbo tremendo. Agotaba tirajes y atascaba las alas. No daba paso sin guarache, cobrando regalías por cada fotito, póster o comercial donde saliera.
La farándula le soltaba de 10,000 a 25,000 pesos por exclusiva, una locura de entre 120,000 a 300,000 del águila de hoy. Y para rematar vendía sus fotos firmadas a los fans. Un negocito por debajo del agua que le dejaba su buen dinerito siempre, como la gran bedet que era. Armaba shows en teatros s exclusivos y en los mejores cabarets de la ciudad.
Nada de antros rascuaches, puro escenario VIP donde los meros meros del billete se iban a echar un taco de ojo. Imagínate la locura. Cuando Saya Montenegro pisaba el icónico teatro blanquita en la capital chilanga, no cabía ni un solo alfiler. Aunque suene de locos, con un aforo reportado de 16 personas y el pase a 200 pesitos en aquellos talleres, una noche les dejaba la tremenda cantidad de 320,000es de pura taquilla.
¿Y adivina qué? Como la reina indiscutible del show, ella se llevaba su jugosa tajada del 15 al 20%, o sea, entre 40 y 8060 y 4,000 pesos diarios contantes y sonantes. Ya pegándole a finales de los años 70, esta diosa amarró acuerdos de exclusividad bien pesados con gigantes del cine, asegurando que la cámara jamás dejara de grabarla. Esa movida fue su mina de oro.
le daba la paz mental de saber que mínimo rodaría de tres a cuatro cintas anuales con su cheque segurito por adelantado. Claro, tuvo que darle las gracias a la competencia, pero vaya que fue un negociazo redondo donde ella salía ganando a lo grande. Tras heredarle aquel imperio de bienes al expresidente López Portillo, no despilfarró nada.
confió ciegamente en su muchacho Alexander para que le manejara la chequera familiar con Lupa. Su gran secreto, poner varias casas en renta para que el dinero fluyera solito, apostándole a lo seguro, puras cuentitas de banco y bonos del gobierno. Cero apuestas locas en la bolsa. Esa jugada maestra y cautelosa le regaló a Saya 20 añotes de puro derroche y bidorra sin mover un solo dedo.
Un verdadero cuento de hadas. Hablamos de una mujer que respiró puro glamurta sociedad por décadas, coronándose como la reina del jet cuando fue la flamante esposa de José López Portillo. En su época dorada de vedet, cada vestido era un dardo envenenado de sensualidad, escotazos de infarto y modelitos embarrados que presumían su cuerpazo de diosa.
Eran los 70 y 80, mucho antes de las quejas ecologistas, cuando las divas de verdad se paseaban envueltas en lujosísimos abrigos de bisón, zorro o chinchillas sin remordimientos. Tenía una colección de pieles carísimas que rondaban entre los 50, 1000 y 100,000 pesos la pieza. Y siendo la consentida de López Portillo, las joyotas le llovían a cántaros.
El hombre derrochaba billete y romanticismo, esmeraldas, oro y diamantes a pasto. Su favorito, una gargantilla de brillantes brutal que él le dio por su aniversario en 1990. Agárrate. Esa joyita valía unos $200,000 de esos tiempos, lo que hoy serían más de cuatro melones de dólares pesaditos y listos para gastar.
Y no andaba viendo la hora en cualquier cosita. Traía en la muñeca al menos un par de Rolex y un cartier exclusivísimo para presumir en sus pachangas de alcurnia. Toda la crema inata de México durante los 80 y 90 se rendía a sus pies en las fiestas más top y exclusivas del país, desde banquetes VIP en Los Pinos con el mismísimo presidente hasta fiestones en embajadas o robando miradas en bellas artes y en las galerías de arte más picudas.
La trataban como la verdadera primera dama en las sombras. Le hacían reverencia al verla. Le daban las mesas VIP y los meseros casi se agarraban a trancazos por servirle su trago. Sus cenas eran en el Fouquets, el Bellinghausen o el San Angelin. Pagar la cuenta para dos en los 90 salía de 3,000 a 8,000 pes.
Unos 36,000 a 96,000 pes de ahorita, del brazo de su político estrella, recorrió Europa, Gringolandia y Sudamérica como la realeza. Puros vuelos privados o echando rostro en la envidiable primera clase para que te des un quemón. Volar a Europa a todo lujo en esos gloriosos años 90 salía en varios miles de dólares por piocha y eso solo el viajecito redondo.
Descansaban en verdaderos palacios como el Rits parisino o el Saboy Londinense. Una vida de auténticos mis reyes que poquísimas mexicanas han soñado. Pero aguanta, hablemos de su legado en el cine. Ya que checamos los lujos obscenos de la Montenegro, toca echarnos un clavado en esas joyas de la gran pantalla que la coronaron como la diosa máxima del cine nacional.
Fue allá por 1975 cuando Bellas de noche reventó la taquilla de la mano del director Miguel M. Delgado, este exitazo parió el famosísimo cine de ficheras. Ahí se metió en la piel de Carmen, una bailarina de cabaret con muchísima clase y sueños de grandeza, que termina perdidamente enamorada de un pjilista ya en el retiro.
Echaban chispas en pantalla. Las salas reventaron de gente por meses enteros y para 1979 con muñecas de medianoche, nadie la bajaba de su trono absoluto. Daba vida a una rumbera sorteando las broncas pesadas de la vida nocturna. Luego vino Blanca Nieves y sus siete amantes en 1980 con un nombre que prendía fuego, aunque el chisme central era una bola de náufragos atorados en una isla, dándose de cocolazos, con tal de ganarse los huesitos de la despampanante saya, a quien por supuesto rescataban al final.
Puro suspenso y cero picardía. Pero el megatrancaso pegó con la pulquería en 1981, donde la hacía de la guapísima heredera de un local T poro, trayendo, babeando a un montón de galanes de barriada encarnados por las leyendas de la comedia Alfonso Sayas y Rafael Inclan. El giro perrón llegó con Pedro Navaja en 1984, inspirada en la rola de Rubén Blades.
Ahí cayó bocas. demostró que tenía talento de sobra para el drama rudo y no solo para la comedia pícara. Y ni hablar de sus palomazos con el mismísimo enmascarado de plata. Saya también compartió créditos y trancazos en un montón de pelis con el santo, santo contra la magia negra, por ahí de 1973, luego armando trío con Blue Demon y Frankenstein en el 74 y locuras como los vampiros de Coyoacán.
Eran un cóctel loquísimo de costalazos, monstruos de terror y ciencia ficción chafa. Pero eso sí, metían a la gente a los cines a montones y dejaban dinerales asegurados, pese a que la gente estirada y los intelectuales le hacían el fuchi. El dichoso cine de ficheras sacudió por completo la cultura y se volvió un fenómeno social brutal.
Era el espejo crudo de todas las broncas y tensiones de nuestra sociedad en aquellos alocados años 70 y 80. Y ahí reinaba nuestra saya montenegro con esa facha divina tan europea y soltándose el pelo sin tapujos, la mujer traía arrastrando la cobija a cuanto macho mexicano se le cruzaba enfrente. Era el amor platónico de la cuadra, esa herera exótica e intocable que todos babeaban por tener, pero que solo podían idolatrar pegados a la pantalla grande.
Aunque siendo superhonestos, estas pelis también tenían su lado gacho. Posificaban durísimo a las mujeres y le daban cuerda a todo ese machismo que ya traíamos de arrastre. A ella le valió gorro. Se montó en esa ola con los ojos bien abiertos porque sabía que le dejaba montañas de billetes. Ahora sí, vamos al chismecito caliente con José López Portillo. Agárrense.
El romance clandestino entre la Vedet y el exmandatario fue, sin duda alguna, el escándalo político y farandulero más explosivo en la historia del México contemporáneo. El flechazo ocurrió allá en Sevilla en plena Semana Santa de 1984. Ella andaba presumiendo su talento en una tremenda gira teatral, mientras que él andaba desestresándose y paseando tras soltar la silla presidencial apenas dos añitos atrás.
Según el chismorreo que la misma actriz le soltó a la prensa, la hera iba turisteando bien quitada de la pena, viendo los desfiles religiosos sevillanos, cuando de la nada escuchó un bozarrón que le gritaba a lo lejos. Saya de pronto giró y ahí estaba López Portillo echándole un saludo super efusivo.
¿Qué anda haciendo por acá? Le soltó él. Al revés. ¿Usted qué hace aquí? Oiga, le contestó ella. Empezaron la plática y el exmandatario no dudó en invitarla a cenar. Esa velada fue el arranque de muchísimas más. Al terminar su gira, el destino los juntó allá en Roma. “Ni le di vueltas”, confesó. me la pasaba increíble a su lado. “Es padrísimo estar con alguien con quien la plática fluye”, recordaba Saya años más tarde.
Él ya le pegaba los 68 años y ella andaba en los 38. 30 años de brecha, pero las chispas saltaban. El gran detallito. Él seguía amarrado a Carmen Romano, nuestra primera dama del 76 al 8 y2, con quien tenía tres hijos, José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina. Imagínense la bomba cuando el chisme reventó en México. La prensa se le fue a la yugular, la tachaban de rompehogares, arrimada y la vedet que engatuzó al expresidente.
Paraacmo, la familia del político no la tragaba, sobre todo su hermana Margarita, quien movía los hilos de la radio, la tele y el cine en ese sexenio. Alucinaba a Saya jurando que era una trepadora que solo quería exprimir a su hermano. Pero el exmandatario andaba arrastrando la cobija por ella. Hasta en su libro, Umbrales le dedicó palabras llenas de fuego y profunda admiración.
Nada de aventurillas de ruco poderoso. Esto iba en serio. En 1985, a un añito del flechazo, Saya trajo al mundo a Nabila López Portillo Asimovic. La nena llegó al mundo cuando en el papel él seguía siendo el esposo oficial de doña Carmen Romano. Hubo un truene temporal por tantas broncas y grilla familiar, pero el amor pudo más.
Para 1987 nació su hijo Alexander. Fue hasta 1990 y uno que el político por fin le firmó el divorcio a Carmen, cerrando casi 40 años de matrimonio. Un rompimiento súper por la paz y más que necesario para que cada quien agarrara su rumbo sin tanto drama. En 1995, a 4 años del truene, José y Saya se casaron por lo civil a puerta cerrada.
Nabila ya tenía 10 añitos y Alexander 8. Por fin eran una familia de adeveras. La neta, yo ni quería boda ni chamacos, pero conocer a José me volteó el mundo”, confesó ella. Tristemente, el ocaso del expresidente estuvo rudo. Mientras él daba el viejazo y su salud caía, sus primeros hijos y la tía Margarita le declararon la guerra total.
Querían arrancárselo de las manos. Soltaban el veneno de que lo traía de títere, que no más iba tras la lana y que le tenía superprohibido ver a sus muchachos. En el 2004 con un López Portillo ya en las últimas, su familia metió la demanda de divorcio a escondidas a nombre de él, alegando que el Señor ya no estaba en sus cinco sentidos.
Pero el destino se adelantó. Falleció el 17 de febrero del 2004 sin que salieran los papeles. Se nos fue a los 83 años. Tras casi dos décadas al lado de Saya, ella se quedó hecha pedazos. Se le había ido el amor de su vida y para rematar se le vino encima un pleitazo legal durísimo por la herencia contra los hijastros. Tras darle el último adiós a su marido, la actriz se topó con una guerra interminable en los tribunales contra la familia de él.
Los hijos del primer matrimonio juraban y perjuraban que Saya no tenía vela en el entierro para quedarse con propiedades de Abolengo de los López Portillo. Pero ella no se dejó, siendo la esposa legítima, exigía la mitad de lo armado en el matrimonio, más lo del testamento. Ese agarrón duró años.
El chisme completo nunca salió a la luz pública, ya que esos juicios, pero al final se quedó con varias propiedades, incluyendo la casona de Cuernavaca de sus últimos días y la jugosa pensión de viuda que superaba el 1600,000 pesos anuales. Ya con su marido muerto y la tormenta legal superada, Saya le dijo adiós a los reflectores. Se fue a Cuernavaca a llevar una vida super relax y lejísimos del escándalo.
Seguía viendo muchísimo a sus chavos. Nabila le tiró por el lado de las artes plásticas, montando exposiciones padrísimas en galerías mexicanas. Mientras tanto, Alexander se encargó de mover los hilos de los negocios de la familia, siempre tras bambalinas y con perfil bajísimo. De vez en cuando, Saya se dejaba ver en la tele, sobre todo en programas de chisme donde recordaba sus años dorados y su amorío presidencial.
Siempre lo mencionaba con un amor y respeto bárbaros. De actuar, nada. Su última cinta fue en el 2005 por allá en Canadá. El cine ya le daba total flojera. Ya había probado las mieles y las hieles de la vida. Para su mala suerte, en la recta final, a Saya le pegó un duro cáncer de pulmón. El problemón fue que se lo detectaron bastante tardecito cuando el mal ya estaba superreado.
Se la pasó internada en los mejores hospitales privados de Cuernavaca y la capital, pero el era agresivísimo. Justo el 14 de febrero del 2024, en pleno día del amor, Saya colapsó por un derrame cerebral ahí en su casa de Cuernavaca. Todo fue culpa de ese cáncer que ya le había dado en la torre a su sistema vascular.
nos dejó a los 78 años cobijada por Nabila y Alexander. Fue la mismísima Nabila quien soltó la triste noticia a la prensa. “Mi mamá se nos fue super en paz, sin sufrir y en la casa que adoraba”, declaró la Asociación Nacional de Intérpretes no tardó en sacar el pésame oficial, despidiendo a un auténtico pilar del cine mexicano de los 70s y 80s.
Todos los medios se inundaron de notas kilométricas alabando su época de oro, esa belleza que paraba el tráfico y obvio su polémico romance con López Portillo, recordando su vida tapizada de lujos y alborotos. En redes sociales los homenajes no pararon de llover. Generaciones de cuates que crecieron babeando con sus películas andaban de luto.
Se les había ido el amor platónico de sus juventudes. Su despedida fue super íntima, puro familiar directo. Aaya la cremaron tal como pidió. Así que olvídate de ir a buscarle tumba pública. Las cenizas se las quedaron los hijos. Y miren, su legado está lleno de contrastes bárbaros. Por una parte fue la reina indiscutible del cine de ficheras.
Reducía a las mujeres a simple carne de cañón. alimentaba el machismo tóxico y terminó hundiendo el prestigio internacional de nuestra industria cinematográfica. Ella es el retrato perfecto de esa época priista, donde la farándula y la silla presidencial dormían en la misma cama. Ese romance presidencial fue la prueba descarada de cómo el gobierno, la televisión y los tratos chuecos armaban sus propias fiestas de derroche.
Aunque si dejamos de lado los golpes de pecho, esta actriz resultó ser una fiera que jamás dejó escapar su gran golpe de suerte. Pisó tierras aztecas a sus 23, siendo una foránea sin un quinto en la bolsa. 30 primaveras más tarde dormía en mansiones como la señora de un exmandatario, astuta, fría y con hambre de triunfo. Jamás pidió perdón por darse la gran vida y la gozó a su absoluto antojo.
La riqueza auténtica de esta diva no radicaba en su ropa de alta costura o en esos brillantes de infarto, tampoco en sus palacios de gobierno. Su mayor tesoro fue echarse a la bolsa a toda una nación ajena, enamorar al mero mero del país y reinar durante 78 años bajo sus propias e inquebrantables reglas. Ella dejó clarísimo que combinar belleza con cerebro es el arma perfecta para forjar tu camino, así le prendas fuego a la moral de las buenas costumbres.
comprobó que tener hambre pesa más que tu cuna y que ser dueña de tus pasos es el máximo privilegio. Ojalá te haya atrapado este viaje por los escándalos de nuestra protagonista, tanto como a mí me fascinó armarte el chismecito. Si te sabes algún otro trapito sucio de su trayectoria o su amorío presidencial, suéltalo allá abajo.
Me muero por leer esos secretos y platicarlos con la banda. Cuéntame en la caja qué locura de su biografía te dejó con el ojo cuadrado o si hay alguna cinta suya que lleves en el corazón. Si a ti también te prende ver a las celebridades quitándose las máscaras y sacando sus peores demonios, tienes que echarle un ojo a los demás relatos sobre las leyendas de nuestra farándula nacional.
Pícale a suscribir, prende esas notificaciones y quédate cerquita. Te juro que los próximos capítulos van a estar de locos. Yeah.