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HARFUCH ENTRA a la Mansión de EL PUMA… Y la Caja Fuerte Revela Por Qué su Hijo Apareció MUERTO

La fachada es blanca de estilo mediterráneo, con detalles en piedra natural que le dan un aire de hotel de lujo europeo. Dos pisos, ventanales oscuros, una puerta principal de madera maciza con aldabón de bronce. El cerrajero tarda 40 segundos. El primer click suena como si la casa hubiera estado esperando.

 Lo primero que sale es el olor. Aire. acondicionado central a temperatura baja, mezclado con un perfume viejo de esos que quedan impregnados en las cortinas cuando alguien lleva décadas usándolos. Harfuch entra primero. La linterna recorre un recibidor amplio con piso de mármol beige, una escalera curva con barandal de hierro y un candelabro de cristal que cuelga del techo del segundo piso.

En las paredes hay cuadros al óleo, paisajes, caballos, un retrato que parece sacado de una galería de arte, un hombre joven con cabello negro peinado hacia atrás. camisa abierta mirando a un punto fuera del cuadro. Es el puma. Debe tener 40 años en esa pintura, tal vez menos, y junto al retrato, un clavo vacío, un cuadro que alguien descolgó.

La marca en la pared dice que ahí hubo algo durante años, pero ya no está. A la derecha, un pasillo largo lleva al estudio privado. La puerta está abierta. Harfuch entra y la linterna ilumina primero los discos. Decenas de discos de oro y platino enmarcados alineados en la pared como un museo personal. 60 álbumes, seis décadas de carrera.

 Debajo de los discos Una repisa con fotografías. El Puma con Carlos Andrés Pérez. El Puma con Julio Iglesias, el Puma en un escenario enorme con los brazos abiertos frente a lo que parecen 20,000 personas. Y al fondo, junto a la ventana, una caja fuerte empotrada en la pared detrás de un estante de libros que alguien movió recientemente.

Se nota porque el polvo del piso tiene marcas. Alguien estuvo aquí hace poco. El perito abre la caja fuerte en 40 minutos. Lo que Harfuch encuentra adentro lo obliga a sentarse en la silla del escritorio y quedarse callado durante casi un minuto. Hay tres carpetas de documentos legales, un sobre de papel manila con el sello de un bufete de abogados de Caracas, varios estados de cuenta bancarios de instituciones en Miami y las islas Caimán, y algo que no esperaba nadie.

Un sobre blanco, tamaño carta, sin abrir. La solapa está pegada con cinta adhesiva transparente y en la parte de afuera, escrito a mano con tinta azul, se lee una sola línea. Para José Luis Rodríguez de Juan José. El sobre llegó a esa mansión. Alguien lo puso en esa caja fuerte y nadie lo abrió. Vamos a dejar ese sobre donde está.

Todavía no es el momento. Antes necesitas entender algo. Los estados de cuenta que Harfuch encontró junto a ese sobre cuentan una historia que los números no pueden disimular. El patrimonio estimado de José Luis Rodríguez supera los 40 millones de dólares. Solo la mansión donde estamos vale ocho. 60 álbumes grabados, 16 telenovelas, más de 50 años de giras por América Latina, Europa y Estados Unidos.

 Y del otro lado de esos números hay un hombre que nació en Caracas, que se parecía tanto a el Puma que la gente lo paraba en la calle para pedirle autógrafos, que fue criado por la propia madre del Puma, que llevaba el apellido Rodríguez, porque el hermano del cantante lo reconoció legalmente y que murió a los 53 años sin que su supuesto padre le hubiera dirigido una palabra en más de 30 años, 40 millones de dólares.

Y la carta que le envió su propio hijo ni siquiera la abrió. En este video te voy a contar cuatro cosas que casi nadie sabe sobre José Luis Rodríguez el Puma y te voy a avisar cuando llegue cada una. La primera, como el último de 11 hijos de un comerciante español que murió cuando él tenía 6 años terminó construyendo un imperio de 40 millones de dólares y dejando una familia destrozada en cada país donde puso un pie.

 La segunda, lo que pasó el primero de julio de 1986 en un juzgado de Caracas, el día que firmó el divorcio más televisado en la historia de Venezuela y lo que Lila Morillo dijo años después sobre lo que él hizo cuando su hija Liliana tenía 6 años. La tercera, ¿quién era realmente Juan José Rodríguez? ¿Por qué las hijas que el puma sí reconoce lo llamaban hermano? ¿Y qué decía esa carta que dejó antes de morir? La cuarta.

Lo que Harfuch encontró en ese sobre blanco que lleva años cerrado dentro de la caja fuerte de la mansión más cara de Coral Gabbles. Si me pasa algo, hay dos personas que la van a publicar. Recuerda esa frase, José Luis. Rodríguez González. Nació el 14 de enero de 1943 en la parroquia Santa Rosalía en Caracas, un barrio pobre del centro de la ciudad.

 Casas de bloque sin pintar, calles de tierra, vecinos que se prestaban azúcar porque nadie tenía suficiente. Fue el último de 11 hijos. El último, el que llegó cuando ya no había ni cama donde ponerlo. Su padre, José Antonio Rodríguez era un comerciante español que cruzó el Atlántico con lo puesto y montó un negocio pequeño en Caracas, que nunca creció lo suficiente para alimentar 11 bocas sin que alguien se fuera a dormir con hambre.

Su madre, Ana González, era una mujer venezolana con las manos agrietadas de tanto lavar ropa ajena, la espalda doblada de cargarijos y una convicción política que le iba a costar todo lo que tenía. Cuando José Luis tenía 6 años, su padre murió. Así, de un día para otro. El comerciante español que salía todas las mañanas a abrir su negocio dejó de salir 11 hijos, una viuda, un velorio donde no alcanzaron las sillas y un país gobernado por Marcos Pérez Jiménez, un dictador militar que perseguía a cualquiera que tuviera vínculos con

partidos de oposición. Ana González era activista de Acción Democrática. repartía panfletos, organizaba reuniones clandestinas. En la Venezuela de Pérez Jiménez eso era una sentencia, no de cárcel, de desaparición. Una noche tocaron la puerta. Ana agarró a los hijos que pudo, metió lo que cabía en una maleta y se fue a Ecuador.

 José Luis tenía 6 años. Acababa de perder a su padre y ahora cruzaba una frontera montado en un autobús con su madre y sus hermanos, sin saber si iban a volver, sin saber a dónde llegaban, sin saber nada, excepto que en su casa ya no podían estar. En Ecuador pasaron meses, tal vez más de un año, comiendo lo que había, durmiendo donde los aceptaban.

 Ana trabajaba en lo que le dieran. Cuando el régimen de Pérez Jiménez cayó, volvieron a Caracas, pero la Caracas que encontraron ya no era la misma. La casa estaba vacía. El negocio del padre ya no existía. Lo único que Ana pudo hacer fue meter a José Luis en la escuela técnica industrial para que aprendiera un oficio electricista, un trabajo seguro, un sueldo fijo, algo que le diera de comer sin depender de nadie.

Pero José Luis no quería arreglar cables. José Luis se escapaba de clase para ir a cantar. Se paraba en las esquinas del centro de Caracas y cantaba boleros para quien quisiera escucharlo. Tenía una voz que no correspondía con su cuerpo flaco de adolescente mal comido. Una voz grande de tenor, con un vibrato natural que hacía que la gente se detuviera en la calle.

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