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HARFUCH ABRE la Caja Fuerte de ROCÍO DÚRCAL… La CINTA que Juan Gabriel Escuchó 16 VECES

 explica por qué cantó solo en una habitación de hotel y explica las seis palabras que ella le grabó tres semanas antes de morir. Quédate conmigo hasta el final porque esto solo se entiende si lo escuchas completo. La grabó el 4 de marzo, 21 días antes de morir. Esa noche en la casa de la moraleja no estaba su esposo Antonio Morales.

 Tampoco estaba ninguno de sus hijos. Solo estaba con ella el secretario personal que cobraba en efectivo todos los viernes y que 17 días después del funeral apareció muerto dentro de un coche en una curva de la carretera de Toledo, sin huellas de frenado, sin testigos, con un sobre en el asiento del copiloto que la Guardia Civil entregó cerrado a un familiar que la familia jamás logró identificar.

 Y la grabación que Harf sacó esa madrugada de la caja fuerte contiene también, en los últimos 40 segundos antes del silencio final, una pregunta que Rocío Durcal le hace a Juan Gabriel. Una pregunta que cambia todo lo que España y México creyeron saber durante 20 años sobre el cáncer que se la llevó a los 61 años.

Esto es lo que pasó esa noche del 6 de noviembre y empieza con una llamada que recibió Harf en su despacho 4 días antes, llamada desde Ciudad Juárez. Voz de mujer, 50 y tantos años. Dijo que era hija de un hombre que trabajó al lado de Juan Gabriel en Juárez durante 26 años, desde 1990 hasta agosto de 2016.

 Su padre murió de neumonía en una clínica del centro de Juárez. En marzo de 2019, la última semana de vida, le entregó una llave con tres dígitos grabados, 3 0 8 y una instrucción de seis palabras. Cuando muera yo, llama a Harfuch. La caja fuerte detrás del piano de Juan Gabriel lleva el número 308 grabado en una placa interior. Eso lo verificó la notaria.

Esa hija obedeció 6 años después. llamó a Harfu porque alguien había vuelto a la casa de Juan Gabriel en septiembre. Alguien había cambiado el candado de la puerta principal. Alguien estaba buscando lo mismo que ella tenía en la mano desde 2019. Y esa hija quería que el mundo supiera lo que su padre había custodiado durante 26 años antes de que el Oto alguien terminara lo que vino a hacer esa noche.

 Y por eso Harfó la orden esa madrugada. La casa de Juan Gabriel en Ciudad Juárez está en una colonia residencial al pie de la sierra de Juárez, 3200 m² de terreno, dos plantas, tejado de teja roja descolorida. La temperatura esa noche era de 8 ºC sobre 0. Viento del desierto, polvo amarillo en el aire. Las dos camionetas blindadas de la secretaría subieron sin escolta visible por la calle Manuel Doblado.

 Harf bajó primero. Detrás de él cuatro peritos federales, una notaria pública del estado de Chihuahua y un comandante de la policía estatal que acompañaba el operativo por jurisdicción local. La casa llevaba clausurada desde septiembre de 2016, dos semanas después de la muerte de Juan Gabriel en Santa Mónica, sin servicio, sin agua, sin luz.

 La familia había trasladado los objetos importantes a un guardamuebles en el paso. Lo que quedaba dentro era mobiliario sin valor y archivos personales que ninguno de los herederos quiso revisar, pero alguien había cambiado el candado de la puerta principal hacía menos de se semanas. Y nadie de la familia sabía quién.

 Y había algo más, una luz encendida en la planta de arriba, ventana del fondo. La habitación que había sido el dormitorio principal de Juan Gabriel durante los últimos 12 años de su vida. La bombilla estaba al ralentí, como si llevara horas encendida con muy poca potencia. La casa no tenía servicio eléctrico contratado desde hacía 9 años.

No debería haber luz en ninguna habitación, pero había luz. Y arriba, detrás del cristal, una sombra cruzó dos veces de izquierda a derecha. En los 7 minutos que el equipo tardó en abrir el candado, lo vieron dos peritos y la notaria. Cuando la puerta cedió y subieron a la planta de arriba, la habitación estaba vacía, la bombilla estaba apalada, la cama hecha, pero el colchón conservaba en el lado derecho la huella tibia de un cuerpo que había estado sentado allí menos de 15 minutos antes. El cerrajero forzó el candado en

12 minutos. La puerta se abrió hacia adentro. Lo primero que salió fue el olor polvo de desierto acumulado durante años. madera vieja del piano y debajo de todo un olor más sutil, olor a velas viejas, velas de iglesia, velas que llevaban mucho tiempo sin encenderse, pero que alguien había encendido recientemente.

 La cera fresca todavía manchaba una bandeja de plata en la sala adyacente. linterna de Harf recorrió al recibidor suelo de baldosa de barro con dibujo geométrico, dos consolas de madera tallada a los lados con jarrones de cerámica de talavera cubiertos de polvo. Encima de una de las consolas, un sobre de papel manila cerrado sin destinatario.

 Llevaba escrita una sola fecha a lápiz. 25 de marzo, sin año. La notaria lo fotografió antes de tocarlo y Harf entró al pasillo principal. Tres puertas a la izquierda, dos puertas a la derecha, la última puerta al fondo, la sala de música, la puerta estaba cerrada con un candado pequeño que llevaba 12 años sin abrirse.

 El candado lo puso Juan Gabriel en septiembre de 2013, una semana después de recibir desde Madrid un paquete certificado enviado por Antonio Morales Junior. Dentro venían el cuaderno verde de Rocío, dos carpetas con correspondencia interceptada. y una nota manuscrita de Antonio que decía siete palabras. Esto era lo que ella te pidió.

 Juan Gabriel guardó todo en la caja fuerte 308, cerró la sala y no volvió a entrar. Murió 3 años después, sin contarle a nadie lo que custodiaba. El cerrajero lo abrió en 40 segundos. Harf entró primero. Lo que vio adentro lo describió una notaria en su acta de la madrugada con seis palabras. Parecía una sala recién barrida, pero el polvo no mentía.

 14 años de quietud, pelusas grises sobre el atril del piano, una taza de café petrificada en una mesita auxiliar y al fondo, sobre una mesa de Palo Santo, un disco de oro enmarcado con un postit amarillo pegado en la esquina. El disco era el de Amor Eterno, 18 millones de copias vendidas solo en América Latina.

 La canción más sonada en velorios mexicanos durante cuatro décadas. La canción que Juan Gabriel le dio a Rocío Durcal en 1990, escrita originalmente para su madre Victoria. Y el postit pegado en la esquina del marco tenía letra de Juan Gabriel, tinta azul, cuatro líneas para Rocío, cántala tú, cántala mejor que yo y guárdame un sitio.

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