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Fui el MÉDICO de PAQUIRRI y la noche antes de morir me confesó algo que me DESTROZA

Era un hombre de pocas palabras, pero de mucha presencia. Cuando entraba en una habitación, la habitación cambiaba. No es que fuera altivo ni distante, es que tenía algo que yo he visto en muy poca gente en toda mi vida. Una calma que venía de adentro de haber tomado decisiones difíciles y haberlas sostenido.

 Los toreros que duran son así, los que no se rompen pronto. Pero esa calma tenía una grieta y esa grieta tenía nombre. Ahora bien, antes de contarle cuál era esa grieta, necesito que entienda algo. Necesito que entienda cómo era aquella época, qué se decía, qué se callaba y por qué un hombre como él vino a contarme a mí, su médico, algo que no le había contado a nadie más, porque si no entiende eso, no va a entender lo que pasó después.

 Y lo que pasó después es lo que cambia todo. Era el 28 de septiembre de 1984. La noche antes de la corrida de Pozo Blanco. Yo estaba en el hotel, no dormía bien esa noche, que ya le digo que algo tenía el aire de esa ciudad que me ponía inquieto. Aunque uno nunca sabe si esas cosas las nota antes o las construye después en la memoria.

 Me llamaron a la habitación. Era tarde, pasaban de las 11. Era el doctor, ¿puede bajar? Bajé. Lo encontré en el bar del hotel, solo con un café que no había tocado. Me senté enfrente, le miré la cara. Tenía los ojos cansados, pero no de sueño. Era otro tipo de cansancio. El de alguien que lleva tiempo cargando con algo que pesa demasiado para seguir cargándolo solo. ¿Cómo está usted?, le pregunté.

Mal, me dijo. Y punto, sin adornos. En 30 años de medicina, cuando un hombre como Paquirri dice mal, así de esa manera, sin explicar nada más, uno aprende a esperar, a no llenar el silencio, a dejar que el otro encuentre la puerta por sí mismo. La encontró. Estoy pensando en retirarme. Lo miré. Él miraba el café. Lo sabe alguien más.

Usted ahora. Respiré. Le pregunté por qué y entonces empezó a hablar despacio al principio, como quien desata un nudo que lleva mucho tiempo apretado. Y luego más rápido. Y yo escuchaba con el bolígrafo en el bolsillo y sin tocarlo, porque aquello no era una consulta, aquello era otra cosa. me habló de la presión, del peso de ser quién era, de los contratos, de los compromisos, de la gente que dependía de él económicamente y que nunca se lo agradecía, sino que simplemente lo daba por hecho.

 Me habló de sentirse solo dentro de su propia vida, de levantarse por las mañanas y no reconocer del todo la persona que le devolvía el espejo. Y luego hizo una pausa, una pausa larga, y dijo algo que yo no esperaba. Ahora bien, lo que me dijo en esa pausa es lo que más me ha costado contar todos estos años y se lo voy a contar.

 Pero antes necesito que entienda una cosa sobre Isabel Pantoja, porque sin entender eso, las palabras de Paquirry esa noche no tienen todo el peso que tienen y merecen todo su peso. Espere, déjeme que me reponga un momento. Hay cosas que uno ha guardado tanto tiempo que cuando las saca se nota que estaban apretadas muy dentro.

 Isabel Pantoja llevaba ya un tiempo siendo parte de su vida. Todo el mundo lo sabía o casi todo el mundo. Era una de esas relaciones que estaba en boca de todos, pero que nadie entendía del todo. Desde fuera, yo la había visto con él en un par de ocasiones. Era una mujer de mucha personalidad, eso se notaba desde lejos.

De esas personas que ocupan mucho espacio en una habitación, aunque no digan nada, y Pakirri, que también ocupaba espacio, parecía achicarse un poco cuando ella estaba cerca. Eso me llamó la atención desde el principio, pero no era asunto mío, o eso creía yo. Esa noche en el bar del hotel, Pakirri me miró y me dijo algo que no he olvidado en 40 años.

 Me dijo, “Doctor, yo quiero esa mujer, pero hay algo que no cuadra y no sé si soy yo el que no cuadra o es la situación entera.” Le pregunté qué quería decir y entonces me contó algo. me contó que semanas antes había tenido una conversación con ella que lo había dejado descolocado, una conversación sobre dinero, sobre los contratos, sobre quién decidía qué en su vida profesional y me dijo textualmente que había salido de esa conversación con la sensación de que él era el torero, sí, pero que las decisiones importantes las tomaba otra persona y eso le

molesta. Le pregunté. se quedó callado un momento y luego dijo, “Me molesta no saber si me molesta porque tengo razón o porque tengo miedo de tenerla. Eso me lo dijo él.” Con esas palabras, un hombre que se enfrentaba a toros de 500 kg me estaba diciendo que tenía miedo de mirar de frente algo que estaba pasando en su propia casa.

 ¿Usted entiende lo que le estoy diciendo? ¿Entiende el tamaño de eso? Yo le escuché, le hice algunas preguntas y llegué a una conclusión esa noche que no le dije a él porque no era mi lugar, pero que llevo pensando desde entonces. Aquel hombre estaba atrapado, no en la plaza, que ese era el único sitio donde era completamente libre,  atrapado en su vida, en las expectativas, en las dependencias que se habían ido creando alrededor de él, como una red que parecía de oro, pero que pesaba como el plomo.

 Y lo que me contó después, ya entrada la madrugada, eso sí que no me lo esperaba. Eso cambia todo lo que usted cree saber sobre lo que pasó en Pozo Blanco. Pero antes de llegar ahí, necesito contarle algo sobre los días anteriores, sobre lo que pasó en el entorno de Paquirri esas últimas semanas, porque hay una conversación que tuvo  lugar, una conversación de la que yo me enteré de manera indirecta, pero de la que tengo testimonio, que explica muchas cosas que siempre quedaron sin explicar.

 Me lo contó una persona que trabajaba cerca de él, una mujer que llevaba años en ese mundo y que lo vio todo desde dentro. me lo contó meses después de Pozo Blanco, cuando ya todo había pasado y el dolor ya había bajado un poco de temperatura, aunque nunca desaparece del todo. Eso le digo yo. Esta mujer me dijo que en las semanas previas a Pozoblanco hubo una discusión, una discusión seria sobre los contratos de esa temporada, sobre compromisos que Paquirri había firmado y que algunos de su entorno no querían que cumpliera y que él se negó a romperse.

dijo que un hombre de palabra cumple lo que firma, le cueste lo que le cueste. ¿Y sabe usted qué le contestaron? Le contestaron que él era el nombre en el cartel, pero que había otras personas cuya carrera también dependía de las decisiones que él tomara. Eso se lo dijeron a él, a Paquirri, y él siguió adelante.

 Fue a Pozo Blanco, cumplió y yo, que lo había escuchado la noche anterior, hablar de retirarse, de empezar de nuevo, de irse quizás a vivir una vida más tranquila con sus hijos. Yo que lo había visto esa noche con una vulnerabilidad que poca gente le conoció jamás, tuve que ver al día siguiente cómo lo sacaban de la plaza en Andas. No me voy a extender en eso.

 Hay cosas que uno no describe porque las palabras hacen daño y porque no es necesario. Pero lo que sí voy a contar es lo que pasó después, en las horas siguientes, en el hospital. Y lo que pasó en ese hospital es algo que muy poca gente sabe y que explica por qué durante todos estos años me callé. Porque me lo pidieron.

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