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Fernando Colunga: 30 Años de MENTIRAS… La CRUEL Verdad que Blanca Soto no puede OCULTAR.

 Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero antes de entender por qué Miami se convirtió en el símbolo de esta historia, hay que regresar al principio, cuando Fernando Colunga todavía no era un misterio, sino el hombre que Televisa convirtió en una fantasía nacional. Todo comenzó mucho antes de Miami, mucho antes de Blanca Soto,  mucho antes de que los medios hablaran de un bebé nacido en silencio  y de una vida privada blindada como si fuera un secreto de estado.

Todo comenzó el 3 de marzo de 1966 en Ciudad de México, cuando nació Fernando Colunga Olivares, un niño que todavía no sabía que algún día su rostro sería vendido como una promesa nacional.  No nació siendo el galán perfecto. Eso se fabrica, se pule, se ensaya,  se ilumina desde el ángulo correcto.

Antes de los trajes impecables, antes de las miradas intensas, antes de las escenas donde millones de mujeres juraban que ese hombre era el amor que nunca tuvieron, Fernando era un joven que estudió ingeniería civil, que pudo haber terminado entre planos, cálculos y edificios. Pero el destino o la industria tenía otro papel preparado para él.

 Primero llegó desde abajo,  no como protagonista, no como ídolo. Llegó como doble, como presencia secundaria, como  cuerpo que sustituía a otro cuerpo frente a una cámara. En dulce desafío, detrás de Eduardo Yáñez, Fernando aprendió algo que marcaría  toda su vida. En la televisión a veces el rostro que el público ama no es una persona, es una construcción.

Después vino el CEA de Televisa y ahí empezó la maquinaria. Pasillos largos, salones de actuación, profesores corrigiendo cada gesto, cámaras midiendo cada movimiento,  productores observando quién tenía eso que nos enseña. Presencia, disciplina, hambre. Colunga tenía las tres, pero además tenía algo que Televisa necesitaba desesperadamente en los años 90.

 Una masculinidad limpia,  elegante, vendible. Un hombre que podía entrar a la sala de millones de hogares sin incomodar a nadie. Y entonces llegó María, la del barrio en 1995.  Talía era el huracán. Soraya Montenegro era el escándalo. Pero Colunga apareció como ese rostro sereno que hacía creíble la fantasía.

 El hombre correcto, el hombre noble, el hombre que toda telenovela necesitaba para que el sufrimiento pareciera tener recompensa. Después vinieron Esmeralda en 1997, La usurpadora en 1998, Amor Real en 2003. Mañana es para siempre en 2008, una tras otra, éxito tras éxito. Pantallas encendidas en México, en América Latina, en Europa  del Este, en países donde ni siquiera hablaban español, pero entendían perfectamente lo que vendía ese rostro.

Fernando Colunga ya no era solo un actor, era una marca, era un molde, era el galán contra el que todos los demás eran comparados. Mientras otros actores necesitaban escándalos para mantenerse  vivos, él hacía lo contrario. Se escondía, no daba explicaciones, no abría su casa, no exhibía romances, no convertía su cama en publicidad.

 Y al principio eso lo hizo parecer distinto, más fino, más serio, más profesional.  Pero piensa en eso un momento. En una industria donde todos venden algo, ¿qué significa que un hombre venda silencio? El México televisivo de los 90 no era un lugar amable para las dudas. El protagonista  masculino debía ser fuerte, deseable, indiscutible.

 Tenía que mirar a la mujer como si pudiera salvarla y al mismo tiempo convencer al público de que nada en él estaba fuera del molde. El machismo no era solo una costumbre, era una regla de mercado, una cláusula no escrita, una jaula con aplausos. Y Colunga aprendió a vivir dentro de esa jaula. Sonreía en entrevistas, promocionaba novelas, recibía elogios, provocaba rumores con compañeras  como Talia, rumores que alimentaban la fantasía sin obligarlo a confirmar nada.

  Todo funcionaba porque nadie exigía demasiadas respuestas. El  público quería al galán, no al hombre. Televisa quería el producto, no la verdad. Y Fernando parecía entenderlo mejor que nadie. La perfección no se rompe, se oculta. Esa frase empezó a perseguirlo sin que nadie la pronunciara, porque cada premio, cada portada, cada escena romántica aumentaba el precio de cualquier confesión futura.

Mientras más alto subía, menos derecho tenía a caer. Mientras más perfecto parecía, más peligroso se volvía ser humano. Detrás de los foros, detrás de las luces, detrás de los  besos escritos por guionistas, quedaba un hombre cada vez más encerrado en la imagen que lo había hecho inmortal. Y cuando un hombre pasa demasiados años defendiendo  una máscara, llega un momento en que la máscara empieza a defenderse sola.

 Ahí nació la verdadera maldición de Fernando Colunga. No en un hospital de Miami, no en una filtración, no en los rumores. Nació en la cima cuando descubrió que el éxito podía darle todo,  menos permiso para vivir sin miedo. Y entonces apareció Puebla, no como un destino turístico, no como una ciudad de iglesias, cúpulas y calles antiguas.

apareció como una sombra, como ese lugar que, según versiones de la prensa de espectáculos, habría guardado durante años una de las historias más delicadas alrededor de Fernando Colunga. Durante décadas, los rumores sobre la vida privada de Colunga circularon en voz baja, no en conferencias, no en comunicados, en pasillos, en camerinos, en mesas de productores, en conversaciones que terminaban apenas alguien se acercaba demasiado.

 Nadie tenía una prueba definitiva,  nadie podía poner un documento sobre la mesa y decir, “Aquí está.” Pero en el mundo del espectáculo mexicano, muchas veces el rumor no necesita gritar  para destruir. Basta con que permanezca, basta con que vuelva cada cierto tiempo, basta con que el silencio del protagonista lo haga crecer.

 Y Colunga siempre eligió el silencio. Piensa en eso un momento. Un hombre que podía besar  en pantalla a las mujeres más deseadas de México, que podía mirar a una actriz a los ojos  y convencer a millones de que ahí había amor verdadero. No respondía casi nada cuando la pregunta salía del guion.

 Su vida sentimental era una habitación cerrada. Sus romances, si existían, nunca se entregaban completos. Sus respuestas eran cortas, medidas, elegantes, como si cada palabra hubiera sido revisada antes de salir de su boca. La perfección no se rompe, se oculta. Según versiones difundidas por periodistas de farándula, el nombre que empezó a rondar esa habitación cerrada fue Rafael Moreno Valle, el poderoso político poblano que llegó a ser gobernador de Puebla.

  un hombre de poder, un hombre de helicópteros, escoltas, oficinas blindadas, hoteles de lujo y contactos  en las alturas. No era un actor, no era un productor, no pertenecía al mismo escenario, pero sí al mismo país donde el poder y la fama siempre han sabido encontrarse a puerta cerrada. Las versiones más escandalosas hablaban de viajes discretos, de fines de semana en Angelópolis, de habitaciones reservadas lejos de miradas indiscretas, de entradas privadas y pisos completos protegidos por seguridad.

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