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Esta es La Oscura Maldición que Rocío Dúrcal se llevó a la tumba y nadie supo hasta ahora.

Y una niña con esa voz, con esa cara, con ese ángel imposible era exactamente lo que necesitaba. Lo que nadie cuenta es lo que eso le costó a ella. La industria del entretenimiento  del año ancho 50 no tenía protocolos de bienestar infantil, no tenía psicólogos en los estudios, no tenía leyes que limitaran las horas de trabajo de los menores.

Lo que tenía era productores con contratos y padres que habían crecido en la escasez y que veían en sus hijos algo que ellos nunca pudieron tener. Rocío Cravó su primer los 15 años. A los 16 ya era una estrella y a los 17 tenía una agenda que habría quebrado a cualquier adulto. Personas cercanas a su entorno en esa época que pidieron no ser identificadas en entrevistas posteriores describieron una situación que no tenía nada de glamurosa.

una adolescente que viajaba sola en trenes nocturnos, que comía lo que había en los camerinos, que lloraba antes de salir al escenario y que aprendió muy pronto que llorar era algo que había que hacer en silencio y lejos de las cámaras. Esa habilidad para ocultar lo que ocurría por dentro iba a definir toda su vida, porque Rocío Durcal aprendió desde niña que lo que el mundo veía de ella y lo que ella realmente era eran dos cosas completamente distintas y que confundir las dos podía destruirla.

Su paso al cine llegó en un 161 con canción de juventud. El éxito fue inmediato y brutal. En dos años rodó siete películas, siete con diferentes directores, diferentes equipos, diferentes locaciones, siempre sonriendo, siempre disponible, siempre Rocío Durcal,  que no era María de los Ángeles de la Ceras Ortiz, sino un personaje construido en  despachos por hombres que sabían muy bien lo que el público quería consumir.

Lo que el público quería era pureza,  inocencia, una chica de barrio que había triunfado sin perder su humildad. Y Rocío les daba exactamente eso, porque era lo único que le permitían dar. Pero en las noches, cuando las cámaras se apagaban y los productores se iban a sus cenas, había algo que ninguna entrevista  de la época capturó con honestidad.

Había una chica que no tenía privacidad, que no tenía adolescencia,  que no tenía ningún control sobre ninguna decisión de su propia vida. Los contratos los firmaba su familia, los viajes los organizaban, los estudios, la ropa que usaba la elegían los directores de arte, hasta la forma en que peinaba, el cabello era decisión de alguien más.

¿Cuándo te conviertes en una persona real si desde los 7 años te construyeron para hacer otra cosa? Esa pregunta no tiene una respuesta cómoda y Rocío tardó décadas en intentar responderla. El punto de inflexión llegó en 1967 y hay algo en ese año que las biografías oficiales pasan muy rápido, demasiado rápido, para que no te des cuenta de que hay algo que no quieren que te quedes mirando.

Ese año Rocío Durcal tenía 23 años, era la actriz más taquillera de España y tomó una decisión que sacudió a toda la industria, una decisión que los que estaban en su entorno describieron en privado  como el primer acto de rebeldía real de su vida. que tu concuencia será que nunca salieron en ningún titular. En 1967 conoció a Junior, o más precisamente,  la industria puso en escena el encuentro con Junior de una manera que parecía casual y que no lo era en absoluto.

Junior era el nombre artístico de José Luis Moreno, un músico de éxito moderado que venía de una familia con conexiones en el mundo del espectáculo. El romance fue rápido, público y perfectamente cronometrado para coincidir con el lanzamiento de una película. en la que ambos protagonizaban una historia de amor.

El marketing de aquella época tenía sus propias formas de operar y mezclar la vida personal de las estrellas con la promoción de sus proyectos era una práctica tan común que nadie en la industria la cuestionaba. Lo que sí fue real fue que Rocío se enamoró genuinamente, de una manera que la gente de su entorno más cercano describe como la primera vez que la vieron completamente fuera del personaje, la primera vez que parecía una persona y no una actuación.

Se casaron en 1969  y con ese matrimonio comenzó algo que ninguna de las personas presentes en aquella boda supo nombrar en ese momento, pero que todos reconocerían después, mirando hacia atrás. El principio de una de las relaciones más complejas, más contractorias y más opacas que ha dado el mundo del espectáculo en lengua española.

Junior era ambicioso,  más de lo que su carrera como músico le permitía satisfacer y Rocío, que ya era una marca global, representaba algo que iba mucho más allá del amor conyugal. Representaba un trampolín,  una plataforma, una palanca. Persersonas que trabajaron con él durante esos años describen a un hombre que tenía una inteligencia estratégica muy clara sobre lo que significaba estar casado con la mujer más famosa del mundo hispanohablante.

Eso no quiere decir que no la amara. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. Las personas complejas hacen eso. Amar y usar al mismo tiempo sin que ninguna de las dos cosas cancele a la otra. Lo que sí quiere decir es que el matrimonio tuvo desde el principio una dinámica de poder que Rocío tardó muchos años en ver con claridad.

Junior tomaba las decisiones, elegía los proyectos, negociaba los contratos, controlaba las finanzas y  Rocío, que había pasado de que su vida, la que la controlara una industria, que la controlara un marido, siguió haciendo lo único que sabía hacer desde los 7 años, sonreír  y cantar. La mudanza a México cambió todo. Llegaron en 1971.

Y lo que encontraron allí no era solo un mercado nuevo, era una identidad nueva para ella. México tenía una relación con la música ranchera que España no podía entender desde adentro. Y cuando Juan Gabriel escuchó la voz de Rocío Durcal por primera  vez, algo ocurrió que nadie en la industria había anticipado. Juan Gabriel y Rocío Durcal.

Hay pocas colaboraciones en la historia de la música popular que hayan producido tanto y que al mismo tiempo escondan tanto. Hay algo que los documentales sobre Juan Gabriel mencionan de pasada que merece detenerse mucho más tiempo. La naturaleza real de la relación entre él y Rocío.

No romántica, que eso quedó claro desde el principio para todo su entorno,  sino algo más profundo y más difícil de clasificar. Una intimidad que ninguno de los dos supo explicar públicamente, pero que las personas que los rodeaban en los estudios de grabación y en las giras describen  de una manera que resulta perturbadora cuando la ves en perspectiva.

Juan Gabriel le escribía canciones que conocía sus miedos, sus miedos  reales, los que ella nunca le había contado a nadie. Personas que estaban en las sesiones de grabación del álbum Amor Eterno cuentan que Rocío lloraba entre toma y toma de una manera que no tenía nada de actuación.

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