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El Trío Preguntó: Alguien sabe cantar? Cuando el Cantante Faltó — Agustín Lara Hizo Esto

deje de ser suyo y se convierta en  el problema de todos los presentes. Se detenía cada pocos pasos, miraba hacia el escenario vacío y volvía  a caminar, repitiendo un recorrido que no lo acercaba a ninguna solución. Cerca de la puerta de servicio,  en un rincón que la mayoría de los clientes ni siquiera notaba, había un piano vertical  desafinado que el salón usaba ocasionalmente para rellenar los momentos muertos entre actuaciones.

Esa noche, sentado frente  a ese piano, un joven delgado de traje gastado en los codos tocaba distraído para sí mismo, sin que nadie le prestara  atención, esperando que llegara su propio turno. uno de esos turnos de relleno menor que las orquestas  de la época reservaban para las horas en que el público principal todavía no llegaba o ya se había ido.

 Se llamaba Agustín Lara. Tenía veintitantos años. Una cicatriz que le cruzaba  la mejilla desde hacía tiempo producto de una vida que ya había incluido más incidentes de los que su edad debería permitir y una reputación que todavía no era reputación en ningún sentido formal. Se le conocía apenas en  ciertos círculos, los círculos donde tocaba piano de acompañamiento en cabarets de mala fama y en salas de cine mudo, poniendo música  improvisada a películas que nadie recordaría al día siguiente, ganándose unas monedas que

apenas alcanzaban para sostener el cuarto donde dormía. Lo que Agustín Lara  traía consigo esa noche no cabía en ninguna carta de recomendación. No tenía ningún valor Dakenteevel en ninguna oficina de ninguna disquera de la Ciudad de México. No era un contrato,  no era un apellido conocido, no era el porte de galán que dominaba entonces los escenarios de moda.

 Era algo más difícil de inventariar y más difícil de perder. El resultado de años tocando piano en la penumbra, componiendo canciones que nadie  le había pedido, escuchando cómo hablaba la gente en los cabarets del centro sobre el amor y el desamor  y guardando ese lenguaje para algo que todavía no sabía que sería una carrera.

Había llegado a la ciudad de México  desde Tracotalpan, Veracruz, siendo apenas un niño, y la ciudad lo había criado  con la misma indiferencia con que cría a todos los que llegan sin apellido y sin quien los presente. No hubo en su infancia ninguna instrucción  musical formal. ningún conservatorio, ningún maestro que lo sentara frente a un piano con método y paciencia.

Aprendió como aprenden quienes  no tienen otra opción, observando, repitiendo, robándole técnica a cualquiera que tocara cerca y estuviera  dispuesto a no ahuyentarlo. La adolescencia de Agustín había transcurrido entre oficios que no aparecerían nunca en una biografía oficial contada con orgullo.

 Había trabajado tocando piano en casas de mala reputación, en burdeles  del centro, donde el instrumento servía de fondo para conversaciones que nadie quería que se detuvieran y había sido  brevemente boxeador. en un intento de generar ingresos con el cuerpo cuando las  manos sobre el teclado no alcanzaban.

La cicatriz de su mejilla, la misma que los clientes del salón alcanzaban a notar esa noche desde las mesas cercanas, provenía de esos años, de una vida  que había exigido cuotas que un joven de familia acomodada nunca hubiera tenido que pagar. Y sin embargo, en medio de esa vida que cualquiera hubiera  descrito como precaria, Agustín no había dejado nunca de componer.

 Llevaba melodías  enteras en la cabeza durante días. tarareándolas mientras caminaba por las calles del centro, ajustando versos en silencio mientras tocaba  piezas ajenas para ganarse la noche. Había algo obstinado en esa costumbre, algo que no respondía a ninguna  promesa de recompensa, porque no había entonces ninguna certeza de que esas canciones fueran a salir alguna vez  de su cabeza para llegar a un público real.

Las letras que Agustín escribía en esos años no se parecían a las que dominaban entonces  la escena musical mexicana. No hablaban del amor con la solemnidad ranchera de los héroes y las heroínas idealizadas. Hablaban de mujeres de cabaré con una ternura poco común, de amores nocturnos y prohibidos de una ciudad de México que él conocía de memoria en sus rincones  menos presentables.

Había en esas canciones una sofisticación casi literaria, imágenes  que ningún compositor popular de la época se atrevía a poner en una canción destinada a  las masas. Había tocado esas canciones para audiencias de una sola persona, para las paredes vacías de un cabaret cerrado, para sí mismo en las madrugadas, cuando el trabajo terminaba y el sueño no llegaba todavía.

 Nadie le había pedido que las escribiera. Nadie,  hasta esa noche le había dado la oportunidad de que alguien más las escuchara con atención real. El guitarrista del trío que esa noche esperaba resolver su emergencia era, sin saberlo el gerente todavía, una de las pocas personas que conocía a Agustín de otros ambientes.

  de haberlo escuchado tocar y cantar en una ocasión tardía, cuando ya no quedaba nadie en cierto salón para juzgar lo que sonaba. Recordaba esa noche con una claridad que  lo sorprendía a él mismo, porque no era común que un quenista de acompañamiento contratado para rellenar silencios, se quedara después de su turno para cantar canciones propias  sin que nadie se lo pidiera.

 El requintista había guardado ese recuerdo sin saber que algún día le  sería útil. Y ahora, viendo al gerente caminar de mesa en mesa sin encontrar  solución, sintió que ese recuerdo dejaba de ser anécdota para convertirse en posibilidad. Se acercó al gerente con la mirada de  quien tiene una idea que no está seguro de proponer, porque proponerla significaba responsabilizarse de que funcionara.

 le dijo en voz  baja que el flaco que tocaba piano en el fondo del salón sabía cantar, que él mismo lo había escuchado una vez tarde, cuando ya no quedaba nadie más para  escuchar. El gerente detuvo su recorrido nervioso y giró la cabeza hacia el rincón donde señalaba el dedo del guitarrista.  El gerente miró hacia donde señalaba el guitarrista y vio entre la penumbra de ese rincón que casi nadie notaba, a un hombre desgarbado inclinado sobre  un piano desafinado, tocando para sí mismo sin ninguna conciencia de

que estaba siendo observado. No era la imagen que el gerente hubiera elegido para resolver una emergencia frente a un salón lleno. No tenía el porte, no tenía el traje adecuado, no  tenía nada que sugiriera que podía sostener una noche completa frente a un público exigente.

 Pero el gerente ya no tenía  margen para ser exigente. El mismo llevaba 20 minutos sin solución y cada minuto adicional acercaba la noche a un desastre que después  tendría que explicar a los dueños del salón. Caminó hacia el piano con el paso directo de quien ha decidido arriesgarse porque no le queda otra salida. se detuvo frente a Agustín y esperó  un instante antes de hablar, como si todavía dudara si la idea del guitarrista tenía sentido o si estaba a punto de hacer el ridículo.

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