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El Pasado Oscuro de Cantinflas: Un Hijo Oculto, Una Tragedia y más de 70 Millones Perdidos

 A su lado, en esos últimos momentos, estaba su sobrino Eduardo, quien había sido como un hijo para él después de que su único hijo reconocido, Mario Arturo Moreno Ivanova, muriera trágicamente en 1994. Espera, eso está mal. Mario Arturo murió en 2017, no en 1994. Dejemos que la historia se desarrolle correctamente.

 A su lado, en esos últimos momentos, estaba Eduardo Moreno Laparade, el sobrino que Mario había criado prácticamente como hijo propio después de la muerte de su esposa Valentina Ivanova, en 1966. Eduardo sostenía la mano de su tío mientras la vida se escapaba. “Tío, ¿hay algo que necesites decirme?” ¿Algo importante?, preguntó Eduardo con lágrimas en los ojos.

 Mario, con voz apenas audible. susurró el banco. Los Ángeles. Caja 447. Cuando sea tiempo. Eduardo no entendió completamente. En ese momento pensó que eran delirios de un hombre muriendo, pero esas palabras lo perseguirían durante años. El funeral de Cantinflas fue monumental. Más de 50,000 personas se reunieron en el panteón español para despedir al ídolo.

 Presidentes, actores internacionales, la gente común que había crecido con sus películas. Todos lloraban al hombre que había puesto a México en el mapa cultural mundial, pero detrás de las lágrimas había tensión, porque Mario Moreno había muerto sin dejar instrucciones claras sobre su fortuna masiva. Su único hijo legal, Mario Arturo Moreno Ivanova, inmediatamente asumió control de todo.

Las propiedades, los derechos cinematográficos, las cuentas bancarias, todo. Eduardo Moreno, el sobrino, no recibió nada oficialmente en esos primeros días. Lo que el público no sabía era que la relación entre Mario Arturo y su padre había sido complicada durante décadas. Mario Arturo, nacido en 1961 de la unión entre Cantinflas y su esposa rusa, Valentina Ivanova Subarev, había crecido en la sombra gigantesca de un padre legendario.

 “Fue difícil ser hijo de Cantinflas”, confesaría Mario Arturo años después en entrevistas raras. Porque la gente siempre esperaba que fuera gracioso, talentoso, carismático como él. Pero yo era solo un niño que quería la atención de su padre y mi padre pertenecía a México, no a mí. La relación se fracturó aún más cuando Valentina murió en 1966 de cáncer.

 Mario Arturo, con apenas 5 años sintió que su padre se sumergió tanto en el trabajo que prácticamente lo abandonó emocionalmente. Eduardo Moreno, el sobrino, se convirtió en la figura que llenó ese vacío. Siendo hijo de Pedro Moreno, hermano menor de Mario Cantinflas, Eduardo había estado cerca de su tío toda su vida.

 Y cuando la esposa de Mario murió, Eduardo, que tenía 15 años en ese momento, comenzó a pasar más tiempo en la mansión de su tío. Mi tío me necesitaba explicaría Eduardo décadas después. No podía estar solo en esa casa llena de recuerdos de Valentina y yo lo adoraba, era mi héroe, así que me mudé prácticamente a su casa durante años.

 Eduardo ayudaba a Mario con todo, organizaba su agenda, manejaba correspondencia, incluso aprendió el negocio del entretenimiento trabajando en las producciones de su tío. Pero cuando Mario murió en 1993, la dinámica cambió brutalmente. Mario Arturo, el hijo legal, tomó control inmediato de todo el imperio Cantinflas y una de sus primeras acciones fue informarle a Eduardo que ya no era necesario en las oficinas de Cantinflash Films.

 Fue como una bofetada”, recordaría Eduardo. Pasé 28 años trabajando para mi tío, ayudándolo, siendo su confidente, y su hijo me echó como si fuera un empleado cualquiera. Eduardo intentó razonar con Mario Arturo, explicándole que su padre había mencionado algo sobre un banco en Los Ángeles en sus últimos momentos, pero Mario Arturo lo descartó como delirio o malentendido.

 Durante los siguientes 4 años de 1993 a 1997, Mario Arturo manejó el legado de Cantinflas con control absoluto, vendió algunas propiedades, negoció derechos de películas con estudios internacionales y vivió opulentamente del dinero que las películas de su padre seguían generando en regalías, pero había problemas legales comenzando a aparecer.

 Otros miembros de la familia Moreno comenzaron a cuestionar si Mario realmente había muerto sin testamento. Era inusual que un hombre tan meticuloso, tan cuidadoso con sus negocios, no hubiera dejado instrucciones claras. Abogados fueron contratados. Búsquedas se realizaron en notarías de toda la Ciudad de México, pero no apareció nada hasta agosto de 1997.

Eduardo Moreno, quien había estado trabajando en empleos menores tratando de reconstruir su vida después de ser expulsado del Imperio Cantinflas, recibió una carta certificada de Bank of America en Los Ángeles. La carta informaba que una caja de seguridad rentada a nombre de Mario Moreno Reyes, el nombre legal de Cantinflas, estaba a punto de ser abierta por inactividad después de 4 años y que según registros Eduardo Moreno Laparad estaba listado como contacto secundario autorizado para acceder a la caja en caso de muerte del

titular. Eduardo sintió un escalofrío. Las últimas palabras de su tío. El banco. Los Ángeles. Caja 447. Cuando sea tiempo. Este era el momento. Eduardo voló a Los Ángeles el 15 de agosto de 1997 con documentos probando su identidad y el certificado de defunción de su tío. Fue escoltado a las bóvedas del Bank of America en Beverly Hills.

 La caja de seguridad 447 era pequeña pero pesada. Cuando la abrieron, dentro había tres cosas: un sobre amarillo grueso, un collar de oro con un medallón y una fotografía en blanco y negro de una mujer joven que Eduardo nunca había visto. Eduardo abrió el sobre con manos temblorosas. Dentro había un documento legal de 12 páginas.

Era un testamento fechado el 3 de marzo de 1989, 4 años antes de la muerte de Mario. Y lo que decía en las primeras líneas hizo que Eduardo casi dejara caer el documento. Yo, Mario Moreno Reyes, en pleno uso de mis facultades, declaro lo siguiente. Tengo dos hijos, Mario Arturo Moreno Ivanova, nacido de mi matrimonio con Valentina Ivanova y Mario Moreno García, nacido el 14 de febrero de 1956 de mi relación con Tita Mara, cuyo nombre real es María del Socorro García Castellanos.

 Eduardo leyó esa línea tres veces para asegurarse de que no estaba alucinando. Cantinflas tenía otro hijo. Un hijo nacido en 1956, 5 años antes de que se casara oficialmente con Valentina. Un hijo que tendría ahora 41 años y que nadie en la familia sabía que existía. El testamento continuaba con detalles devastadores. He mantenido a Mario Moreno García en secreto durante toda su vida para protegerlo del escrutinio público y para proteger a mi esposa Valentina del dolor de saber que tuve un hijo antes de casarnos. Pero ahora que planeo este

testamento, necesito asegurarme de que si algo me pasa, mi hijo Mario García sea reconocido y reciba lo que legalmente le corresponde. El documento especificaba que la fortuna de Cantinflas debía ser dividida en tres partes. 40% para Mario Arturo, 40% para Mario García y 20% para Eduardo Moreno por su lealtad y amor durante mis años más difíciles.

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