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El Papa Francisco le pregunta a Mujica: “¿Se puede vivir sin miedo?” — su respuesta los congela

Era un día común, de esos que Pepe disfrutaba con la simplicidad de quien ha aprendido a encontrar riqueza en lo cotidiano. A sus 89 años, cada amanecer era un regalo que no daba por sentado. Había aprendido esa lección en los años oscuros, cuando los amaneceres eran solo un concepto teórico en la oscuridad del pozo.

 Ahora, cada rayo de sol que tocaba su rostro arrugado era una pequeña victoria contra aquellos que quisieron romperlo y no pudieron. Lucía Topolanski, su esposa, compañera de lucha y de vida, había salido temprano a una reunión en el Frente Amplio. Antes de irse había dejado café recién hecho en la cocina y una nota garabateada en su letra angular.

No te olvides de tomar tus pastillas, viejo terco. Mujica sonrió al leer la nota. Después de décadas juntos, seguía siendo la única persona que podía llamarlo terco sin que él se ofendiera. Tal vez porque tenía razón o tal vez porque el amor verdadero incluye el derecho a decir verdades incómodas. La chakra era pequeña, apenas unas hectáreas de tierra que para cualquier estándar moderno serían consideradas insignificantes.

Pero para Mujica era un universo completo. Cada planta tenía su historia. Cada rincón guardaba memorias de conversaciones importantes, de decisiones tomadas entre surcos de tierra, de lágrimas derramadas cuando los amigos se iban y no volvían. Aquí había gobernado un país, no desde escritorios de caoba y sillones de cuero, sino desde esta tierra que le manchaba las manos y le recordaba diariamente que todo poder es temporal, pero la tierra permanece.

El teléfono sonó dentro de la casa, ese viejo aparato de disco que Mujica se negaba a reemplazar. ¿Para qué? Solía decir cuando Lucía sugería comprar uno más moderno. Este funciona. Si no está roto, no lo arregles. Era una filosofía que aplicaba a todo en su vida, desde los teléfonos hasta las relaciones humanas, desde los tractores hasta las ideologías políticas.

Mujica dejó la regadera junto a las lechugas, observando por un momento como el agua se filtraba lentamente en la tierra sedienta. Había algo meditativo en ese acto simple de regar plantas. Era un recordatorio de que el crecimiento requiere paciencia, que las cosas buenas no pueden apurarse, que cada gota cuenta, aunque parezca insignificante, en el gran esquema de las cosas.

 caminó despacio hacia la casa, secándose las manos en el pantalón gastado, que tenía más remiendos que tela original. Sus pasos dejaban huellas húmedas en el piso de madera vieja del porche. No le gustaban las interrupciones en su rutina matinal, pero había aprendido primero en la guerrilla y luego en la política, que a veces la vida tenía planes diferentes a los que uno hacía regando lechugas o planeando revoluciones.

Del otro lado de la línea, una voz con acento argentino se presentó como el secretario personal del Papa Francisco. Mujica frunció el seño, pensando que era una broma de mal gusto o tal vez uno de esos programas de radio que se especializaban en gastar bromas a políticos retirados. recibía llamadas extrañas de vez en cuando, estudiantes que buscaban consejos para sus tesis, periodistas que querían la frase del día, gente que simplemente necesitaba hablar con alguien que los escuchara.

 Pero esto parecía diferente. Había algo en la formalidad de la voz, en el peso de las palabras que sugería autenticidad. Don José”, dijo la voz con una reverencia que Mujica encontró vagamente incómoda. “El Santo Padre desea conversar con usted. Este es un asunto de gran importancia personal para él.” Mujica se recostó contra la pared, el teléfono pegado a su oreja.

 Podía ver por la ventana de la cocina como Manuela se había despertado y cojeaba lentamente hacia el bebedero de las gallinas. ese recipiente de metal abollado que habían encontrado en un basural y que ahora servía con dignidad su nuevo propósito. Viene a Uruguay en dos semanas para una visita pastoral privada muy discreta, continuó el secretario.

 Le gustaría encontrarse con usted personalmente. No habrá prensa, no habrá protocolos oficiales, solo una conversación entre dos hombres que comparten, digamos, ciertas perspectivas sobre la vida y el poder. Hubo algo en esa última frase que tocó algo profundo en Mujica. Cuántas veces había sentido esa soledad peculiar de quien ve el mundo de forma diferente.

Cuántas veces había anhelado una conversación real, sin poses, sin agendas ocultas, solo dos seres humanos tratando de entender este lío hermoso y terrible que llamamos existencia. Mujica se rascó la cabeza sintiendo el cabello ralo que le quedaba. Cada cana, una medalla de batallas vividas. y sobrevividas. Su mirada vagó por la cocina humilde, la mesa de formica con quemaduras de cigarrillos de décadas, la heladera vieja que hacía un ruido como de tos crónica, las tazas desparejadas colgadas en ganchos improvisados.

Este era su palacio y no lo cambiaría por el Vaticano ni por todas las residencias presidenciales del mundo. Mire, yo no soy muy de protocolo, ¿sabe?, respondió finalmente, su voz llevando ese tono de honestidad brutal que había caracterizado su presidencia. Si el Papa quiere tomar unos mates y hablar de la vida, que venga más.

 Pero acá no hay alfombras rojas ni nada de eso. Hay tierra. gallinas, una perra coja y café que a veces sale bueno y a veces no tanto. Si eso le sirve, bienvenido sea. Hubo una pausa al otro lado, un silencio que Mujica interpretó como sorpresa o tal vez desconcierto. imaginó al secretario papal, probablemente en alguna oficina lujosa del Vaticano, tratando de procesar que el expresidente de Uruguay acababa de invitar al Papa a tomar mate entre gallinas.

 Precisamente por eso quiere visitarlo don José, respondió finalmente la voz. Y Mujica creyó detectar una nota de alivio, tal vez incluso de alegría. El Papa Francisco busca conversaciones auténticas, sin artificios. Dice que está cansado de los dorados y los protocolos que separan a los hombres de su humanidad. Bueno, de eso acá no tenemos, dijo Mujica con una risa seca.

 De humanidad tenemos de sobra. De dorados, ninguno, a menos que cuentes el color del tractor oxidado como dorado. Cuando colgó, Mujica se quedó mirando el teléfono viejo colgado en la pared, ese aparato anacrón ico que se negaba a morir como él se había negado a morir en el pozo. Conocía la historia de Jorge Bergoglio. Había leído sobre él con curiosidad cuando fue elegido papa.

 sabía de su humildad genuina, no la falsa humildad de quien posa para las cámaras, sino la humildad real de quien había elegido vivir entre los pobres de Buenos Aires mucho antes de que alguien le pusiera una mitra en la cabeza. Sabía de cómo había rechazado los Palacios Vaticanos para vivir en una residencia simple, cómo cocinaba su propia comida cuando podía.

 Cómo se escabullía a veces del Vaticano para caminar por Roma como un hombre común. Eran dos hombres que habían elegido caminos similares desde lugares muy diferentes. Uno desde el comunismo ateo, otro desde el catolicismo devoto. Pero ambos habían llegado a la misma conclusión que el poder sin humildad es tiranía y la riqueza sin propósito es prisión.

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