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El Papa Francisco le pregunta a Mujica: “¿Cómo se encuentra a Dios?” — respuesta los deja mudos

 El Volkswagen escarabajo celeste aguardaba en el camino de tierra. Era el mismo auto que había conducido durante su presidencia, negándose rotundamente a usar vehículos oficiales blindados. “Si no podés andar tranquilo entre tu gente, algo estás haciendo mal”, había dicho entonces, y esas palabras se habían convertido en parte de su leyenda.

 El motor tosió un par de veces antes de arrancar, como siempre, y Mujica sonrió con esa complicidad que uno desarrolla con las cosas viejas y confiables. El camino hacia Montevideo serpenteaba entre campos donde pastaban vacas olando ajenas a que quien pasaba había rechazado 90% de su salario presidencial, viviendo con $00 mensuales mientras donaba el resto a programas de vivienda para los más necesitados.

Las nubes bajas típicas del río de la plata amenazaban lluvia, pero Mujica conocía ese cielo. Sabía que aguantaría hasta la tarde. En el aeropuerto internacional de Carrasco, un pequeño grupo de periodistas ya aguardaba. No había comunicado de prensa oficial, pero en Uruguay poco se mantenía en secreto, especialmente cuando se trataba del expresidente más querido y controversial del país.

 Una joven reportera se acercó mientras Mujica bajaba del escarabajo, arrugando el saco que Lucía había insistido que llevara. “Señor Mujica, ¿es cierto que se reunirá con el Papa Francisco?”, preguntó ella. Extendiendo un micrófono, Pepe la miró con esos ojos pequeños pero penetrantes, que habían visto tanto, que habían llorado en celdas oscuras, que habían brillado de esperanza cuando finalmente cayó la dictadura.

Mire, mi hijita, voy a Roma porque un viejo amigo quiere conversar nada más que eso. Dos viejos hablando de la vida dijo con esa honestidad brutal que era su marca. ¿De qué hablarán? insistió otro periodista. Mujica se detuvo, las manos en los bolsillos, el viento revolviendo su cabello blanco y escaso. De lo que hablan los viejos, supongo, de la vida, de la muerte, de lo que fuimos y de lo que dejamos.

 Francisco y yo venimos de lugares parecidos, ¿sabe? Él de las villas de Buenos Aires, yo de Montevideo. Los dos conocemos el olor del barro en los pies descalzos, el hambre que duele en las tripas, la dignidad de la gente pobre que vale más que todo el oro del mundo. Las palabras cayeron como piedras en agua quieta. Los periodistas garabateaban frenéticamente en sus libretas, sabiendo que esas frases darían la vuelta al continente.

Ujica subió al avión con la misma naturalidad con que subiría a un ómnibus interdepartamental, saludando a la tripulación con apretones de mano firmes, preguntando nombres, orígenes, familias. Durante el vuelo transatlántico, mientras otros pasajeros dormían o miraban películas en pequeñas pantallas, Mujica observaba por la ventanilla la inmensidad del océano.

Pensaba en su juventud Tupamara, en los años de prisión, en los compañeros que no salieron vivos, en rosa, su gran amor asesinado por la dictadura. recordaba noch interminables en el calabozo, cuando el silencio era tan denso que podía escuchar los latidos de su propio corazón, cuando la oscuridad era tan absoluta que perdía la noción de si tenía los ojos abiertos o cerrados.

Recordaba el olor a humedad y orín, el frío que penetraba los huesos, las voces de los torturadores resonando en pasillos de cemento, pero también recordaba momentos de una belleza casi insoportable. El día que vio una mariposa posarse en la reja de su celda después de meses de no ver ningún ser vivo que no fuera humano, cómo lloró de emoción ante esa simple manifestación de vida libre.

Recordaba como los presos se pasaban mensajes tapeando códigos en las paredes, construyendo una red de solidaridad y resistencia que los carceleros nunca pudieron romper completamente. Recordaba cómo aprendió a valorar lo mínimo. Un rayo de sol que se filtraba por una rendija, el canto lejano de un pájaro, el sabor del agua limpia cuando finalmente se la daban.

 pensaba en cómo la vida da vueltas incomprensibles, como un guerrillero que pasó 14 años en mazmorras militares, dos de ellos en el fondo de un pozo donde apenas podía ponerse de pie, donde las ratas le comían la comida y a veces intentaban morderle los pies mientras dormía. Terminaba volando a Roma en primera clase para encontrarse con el líder de 1300 millones de católicos.

La ironía no se le escapaba, pero tampoco lo enorgullecía particularmente. Era simplemente otra vuelta más en la extraña espiral que había sido subida. Roma lo recibió con esa mezcla de antigüedad y modernidad que caracteriza a las ciudades eternas. Las calles estrechas del centro histórico, los vespas zigzagueando entre taxis amarillos, las fachadas ocres de edificios que habían visto pasar imperios.

 Mujica declinó la limusina oficial que le ofrecieron y caminó desde el hotel hasta el Vaticano, acompañado solo por un asistente uruguayo que había insistido en acompañarlo. “Don José debería tomar el auto. Son casi 3 km”, sugirió el joven diplomático preocupado por el protocolo. “Caminar nunca le hizo mal a nadie, gurí. Además, quiero ver la ciudad con mis propios pies.

” respondió Mujica, deteniéndose en una pequeña plaza donde una mujer africana vendía baratijas a turistas asiáticos, ese mosaico humano que es Roma en el siglo XXI. Los guardias suizos en la entrada de la ciudad del Vaticano lo reconocieron de inmediato. Uno de ellos, un joven de mejillas rosadas y ojos claros, se cuadró con respeto genuino.

 Es un honor, señor Mujica, dijo en un italiano entrecortado. Pepe le palmeó el hombro. El honor es mío, muchacho, pero no me digas, señor, que me hace sentir más viejo de lo que soy. Los pasillos del palacio apostólico olían a incienso antiguo y cera de velas. Los frescos del renacimiento observaban desde techos imposiblemente altos, mientras Mujica caminaba con sus zapatos gastados sobre mármoles que habían sostenido los pies de papas y emperadores durante siglos.

Pero nada de eso lo intimidaba. Había aprendido hacía mucho que las personas son personas sin importar los títulos o palacios. Francisco lo esperaba en una sala modesta, muy lejos de las opulentas estancias Vaticanas. El Papa había elegido ese espacio deliberadamente, sabiendo que Mujica se sentiría más cómodo en un ambiente despojado.

 Cuando se encontraron, no hubo genuflexiones ni formalidades. Se abrazaron como dos viejos conocidos que comparten historia, ideales y origen rioplatense. “José, hermano, qué alegría verte”, dijo Francisco con ese acento porteño inconfundible. Bergoglio, estás más flaco, ¿no te están dando de comer acá?”, bromeó Mujica.

 Se sentaron en sillas simples de madera, separados apenas por una mesa donde había mate, dulce de leche y bizcochos. Francisco sirvió el mate con gesto experto, esa ceremonia rioplatense que trasciende religiones y fronteras. ¿Sabes, José? Te invité porque hay algo que necesito preguntarte, algo que me quita el sueño”, comenzó Francisco, sus ojos oscuros fijos en Mujica.

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