Los reportes de inteligencia lo ubicaban constantemente en la zona centro y norte de la capital. Se movía con impunidad. Sabía que las autoridades lo buscaban, pero confiaba en que la estructura que lo respaldaba era lo suficientemente fuerte para protegerlo. Se equivocó. Esa confianza sería su perdición, porque mientras él creía estar seguro en las inmediaciones de Flores Magón, los agentes ya habían cerrado el cerco, lo que hizo para llegar a ese momento superó cualquier pronóstico de crueldad que las autoridades pudieran imaginar. La zona
de operación del machete abarcaba colonias donde las familias llevan generaciones viviendo, Azcapotzalco, Benito Juárez, territorios que antes eran tranquilos y que él ayudó a convertir en plazas de extorsión sistemática. Su modus operandi era preciso y despiadado. Identificaba comercios prósperos, negocios familiares, pequeños empresarios.

Entonces llegaba la primera advertencia, una llamada, un mensaje, a veces una visita directa. Paga o enfrenta las consecuencias. Quienes se negaban descubrían que las amenazas no eran vacías. El cobro de piso era apenas el principio. La Unión Tepito, con operadores como el machete, había perfeccionado un modelo criminal diversificado.
Cuando un comerciante no podía pagar, perdía su negocio. Cuando una familia poseía una propiedad valiosa, recibía una oferta que no podía rechazar, firmar el inmueble voluntariamente o enfrentar la violencia. Los despojos se realizaban con una metodología calculada. Primero llegaba la intimidación psicológica. Llamadas constantes, seguimientos, amenazas veladas.
Si eso no funcionaba, escalaba. Amenazas directas a familiares. Demostración de fuerza armada. Adultos mayores, familias completas. Nadie quedaba exento. Las víctimas preferían ceder antes que arriesgar sus vidas. Firmaban documentos apócrifos. Abandonaban propiedades que habían tardado décadas en pagar. La Unión Tepito blanqueaba millones mediante estos inmuebles robados, revendiéndolos a través de prestanombres y redes de abogados corruptos.
El patrón era siempre el mismo. Ubicaban inmuebles en zonas de crecimiento inmobiliario. Colonias como Condesa, Roma, Santa María la Rivera, propiedades que valían millones, pero cuyos dueños eran adultos mayores vulnerables o familias sin recursos para defenderse legalmente. Llegaba el primer contacto, un supuesto comprador interesado.
Una oferta ridículamente baja. Cuando los dueños rechazaban, comenzaba el verdadero operativo: vigilancia constante, llamadas a medianoche, seguimientos al salir de casa. Eventualmente la familia entendía el mensaje, “Vende o pierde todo, incluyendo la vida.” Algunos intentaron resistir, acudieron a autoridades, presentaron denuncias, buscaron protección legal.
Descubrieron que la Unión Tepito tenía tentáculos más largos de lo que imaginaban. Abogados que bloqueaban procesos, funcionarios que archivaban denuncias, policías que filtraban información al grupo criminal. La resistencia solo provocaba que la presión aumentara, pero había crímenes aún más oscuros en su historial.
Los asesinatos de mujeres vinculados a el machete revelaban un patrón perturbador. Mujeres que se negaban a participar en redes de explotación, víctimas que intentaban escapar del control del grupo criminal. Testigos que sabían demasiado. La violencia contra ellas no era colateral, era intencional, calculada, ejemplar.
Un mensaje para cualquiera que pensara en desafiar la estructura de la Unión Tepito. Las investigaciones documentaron casos específicos que las autoridades no pueden revelar completamente por protección a familiares. Lo que sí trascendió fue suficiente para clasificar a el machete como objetivo de alto impacto. Una joven que rechazó trabajar en un esquema de trata, un testigo que vio demasiado durante un despojo.
Una mujer que intentó denunciar las actividades del grupo. Todas terminaron muertas. Todas con el mismo denominador común, habían cruzado el camino de la Unión Tepito en territorios donde el machete operaba. El grupo criminal entendió hace años que controlar territorio no es solo controlar esquinas para vender droga, es controlar personas, sus negocios, sus casas, sus cuerpos, sus vidas.
La expansión de la unión hacia el despojo de inmuebles les permitió blanquear efectivo de manera más eficiente. Cada propiedad robada se convertía en un activo legal. Se revendía a precio de mercado mediante prestanombres. El dinero sucio se transformaba en inversiones aparentemente legítimas. Desarrolladores, inmobiliarios sin escrúpulos colaboraban en el esquema.
Compra propiedades despojadas a través de intermediarios, construían edificios, vendían departamentos. Todo parecía legal en el papel, pero detrás de cada escritura había una familia desplazada por amenazas. Detrás de cada desarrollo inmobiliario había víctimas que habían perdido el patrimonio de toda una vida.
Resulta que cada delito dejaba rastros. Cada acto de violencia generaba evidencia. Las autoridades llevaban meses reuniendo pruebas. Lo que encontrarían después de su captura revelaría la verdadera magnitud del horror. Los trabajos de inteligencia comenzaron semanas antes de la detención, seguimientos discretos, análisis de comunicaciones, mapeo de sus rutas habituales y puntos de reunión.
El machete creía moverse con libertad, pero cada paso estaba siendo monitoreado. Las fiscalías de la Ciudad de México habían abierto carpetas de investigación específicas, testimonios de víctimas que sobrevivieron a extorsiones, denuncias de familiares de mujeres desaparecidas o asesinadas, reportes de despojo que incluían descripciones físicas coincidentes.
Poco a poco la red de evidencia se tejía más apretada. Los investigadores obtuvieron acceso a material audiovisual, grabaciones de cámaras de seguridad que lo ubicaban en escenas de crímenes, vídeos de vigilancia que lo mostraban junto a otros operadores de la Unión Tepito durante actividades ilícitas. El contenido era perturbador.
Las imágenes confirmaban lo que las víctimas habían declarado un patrón sistemático de violencia y despojo. Una de las líneas de investigación más sólidas provino de análisis forense digital. Teléfonos celulares incautados en operativos previos contra la Unión contenían conversaciones comprometedoras, mensajes que coordinaban extorsiones, fotografías de inmuebles objetivo, listas de víctimas potenciales.
El nombre de el machete aparecía con frecuencia, no como un operador menor, sino como coordinador de células específicas, alguien con capacidad de tomar decisiones sobre quién vivía y quién moría en su territorio. Los expertos en análisis criminal rastrearon patrones de comunicación, horarios en que se activaba, zonas donde su teléfono generaba señal con mayor frecuencia, contactos con otros miembros de la estructura criminal.
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Cada dato era una pieza del rompecabezas y el rompecabezas mostraba una imagen escalofriante. Pero había algo más, algo que las autoridades no esperaban encontrar. Resulta que el machete no solo ejecutaba órdenes, también reclutaba. Testimonios indicaban que había incorporado a menores de edad en actividades criminales, adolescentes que terminaban atrapados en una espiral de violencia de la que ya no podían salir.
La estructura de la Unión Tepito funciona así. Los niveles superiores evitan exponerse. Sicarios como el machete hacen el trabajo sucio y debajo de ellos una red de jóvenes descartables reclutados mediante promesas de dinero fácil y luego atrapados por deudas o amenazas. El perfil psicológico elaborado por especialistas revelaba información inquietante.
El machete no mostraba remordimiento. Veía la violencia como herramienta de trabajo. Las víctimas eran obstáculos para sus objetivos criminales, no seres humanos con familias y derechos. Esta frialdad emocional lo hacía especialmente peligroso. No había negociación posible, no había apelación a la compasión. Cumplía órdenes sin cuestionarlas y daba órdenes esperando obediencia absoluta.
Las autoridades encontraron además conexiones preocupantes. La Unión Tepito no opera en aislamiento. Tiene vínculos con otras organizaciones criminales, incluyendo grupos extranjeros que han extendido su presencia en la Ciudad de México. El Tren de Aragua, grupo venezolano especializado en trata y explotación sexual, mantiene enlaces con la unión.

Ambas estructuras se benefician mutuamente. Una aporta control territorial, la otra especialización en ciertos delitos. Los crímenes contra mujeres vinculados al machete podrían estar relacionados con estas redes de trata. Mujeres que intentaban escapar, víctimas que se negaban a continuar siendo explotadas. Documentos incautados mostraban que algunas propiedades despojadas se utilizaban como centros de operación para trata de personas, casas de seguridad donde retenían a víctimas, inmuebles que en apariencia eran negocios legítimos, pero funcionaban
como fachadas para actividades ilícitas. El alcance de la operación criminal era mayor de lo que inicialmente se sospechaba. No se trataba solo de un sicario violento, era un engranaje clave en una maquinaria que generaba sufrimiento a escala industrial. Lo cierto es que la evidencia acumulada era contundente, suficiente para clasificarlo como generador de violencia de alto impacto, suficiente para que las autoridades decidieran actuar de inmediato.
El operativo se planeó con precisión quirúrgica. Nada podía fallar. Un sicario como el machete con los contactos y recursos de la Unión Tepito podría desaparecer en cuestión de horas si percibía alguna amenaza. La pregunta permanecía sin respuesta. Cuando finalmente lo capturaran, ¿las autoridades realmente actuarían? ¿O sería otro caso más que terminaría diluyéndose en el sistema de justicia mexicano? La mañana del 28 de abril de 2026, elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana ejecutaron el operativo Flores Magón Tlatelolco, una
zona céntrica donde nadie esperaría encontrar a un sicario buscado por múltiples delitos de alto impacto. El machete estaba acompañado por una mujer y otro hombre cuando los agentes lo interceptaron. Los tres fueron asegurados sin que pudieran oponer resistencia. El cerco había sido perfecto.
Lo trasladaron de inmediato bajo estricto dispositivo de seguridad a las instalaciones de la Fiscalía de Homicidios y Delitos de Alto impacto en Azcapotzalco, la misma alcaldía donde había cometido varios de sus crímenes. La noticia se difundió rápidamente. Medios locales reportaron la captura. Las autoridades emitieron comunicados destacando el golpe contra la Unión Tepito, pero las familias de las víctimas ya habían visto esta película antes.
Detenciones de alto perfil que terminan en liberaciones por tecnicismos legales, sicarios que salen libres bajo fianza, investigaciones que se estancan por falta de seguimiento o por intervención de abogados bien pagados. La Unión Tepito no ha sobrevivido tantos años por casualidad. Tiene recursos, tiene contactos, tiene abogados especializados en encontrar vacíos legales.
Roberto Mollado Esparza, el Betito, supuesto líder de la Unión. Lleva años en prisión, pero sigue operando desde el interior. Tiene amparos que evitan su traslado a penales federales de máxima seguridad. recibe visitas de abogados que llevan efectivo y órdenes. David García Ramírez, el pistachche, otro cabecilla detenido, mantiene influencia en las calles mediante familiares y operadores leales.
Si los líderes pueden operar desde prisión, ¿qué impide que un sicario como el machete haga lo mismo? Las carpetas de investigación están ahí, la evidencia existe, los testimonios de víctimas son claros, pero el sistema de justicia mexicano tiene fugas por todos lados. Jueces que liberan por falta de pruebas cuando las pruebas existen.
Ministerios públicos que no integran correctamente las investigaciones. Audiencias que se posponen indefinidamente hasta que los plazos legales vencen y los acusados quedan libres. Las autoridades anunciaron que en las próximas horas se determinaría su situación legal, que se iniciarían procesos por cada uno de los crímenes que se le imputan, crímenes contra mujeres, homicidios, extorsión, despojo violento. La lista es larga.
La pregunta es si la justicia será igual de larga, porque mientras el machete enfrenta posibles décadas de prisión, la Unión Tepito sigue operando. Otros sicarios ya están ocupando su lugar. Otros comerciantes están siendo extorsionados esta misma noche. Otras familias están siendo despojadas de sus hogares.
La captura de un operador no desmantela la estructura. Es como cortar una cabeza de la hidra. Dos más crecen en su lugar. Las cifras oficiales son contundentes. En 2024 se registraron 797 asesinatos de mujeres por razones de género en México. En lo que va de 2026, la tendencia no muestra señales de disminución significativa.
Mientras las autoridades guardaban silencio sobre los detalles del caso, la gente comenzaba a exigir algo más que comunicados de prensa. La detención del machete no generó celebraciones, generó preguntas. ¿Cuánto tiempo pasará en prisión? ¿Saldá libre en meses por algún tecnicismo? ¿Seguirá operando desde el interior como tantos otros? Las familias de las víctimas conocen bien la respuesta.
Han visto como el sistema falla una y otra vez. Una madre que perdió a su hija en un crimen vinculado a grupos criminales espera años por justicia. Un comerciante despojado de su negocio nunca recupera lo que le quitaron. Una familia desplazada por amenazas jamás regresa a su hogar.
Para ellos, la captura de un sicario no es victoria. Es apenas un respiro momentáneo antes de que otro tome su lugar. La Unión Tepito representa todo lo que está mal en el sistema de seguridad mexicano, un grupo criminal que lleva décadas operando en la capital del país, que ha sobrevivido a múltiples administraciones, que se adapta, evoluciona, se fragmenta y se reorganiza.
Sus métodos han cambiado con el tiempo. Ya no se limitan al narenudeo en Tepito. Ahora operan en 10 de las 16 alcaldías. Blanquean dinero mediante despojo de inmuebles. Rentan su nombre a otras células criminales por 80,000 a 100,000 pesos mensuales. Han convertido el terror en franquicia. El caso del machete refleja una realidad más amplia.
Los crímenes contra mujeres en México no son casos aislados. Son síntoma de una violencia estructural que atraviesa todo el país. 797 mujeres asesinadas por razones de género en 2024. 11 asesinatos de mujeres cada día en América Latina, según organismos internacionales. Cifras que deberían avergonzar a cualquier sociedad.
Y detrás de cada número hay una historia. Una mujer que tenía planes, familia, sueños. Alguien que fue reducida a estadística por la violencia criminal o la violencia doméstica. La indignación pública crece, pero no siempre se traduce en cambios reales. Protestas que duran semanas, ashats que se vuelven tendencia, exigencias de justicia que resuenan en redes sociales.
Luego el ciclo noticioso avanza. Otro caso ocupa los titulares. La atención colectiva se dispersa. Las víctimas quedan en el olvido. ¿Qué hace falta para romper este círculo? Autoridades que investiguen sin miedo a las represalias. Fiscalías que integren correctamente las carpetas de investigación.
Juces que no liberen criminales por tecnicismos. Policías que no estén coludidos con los grupos que deberían combatir. Suena simple. En la práctica es casi imposible porque la Unión Tepito no opera en el vacío. Tiene vínculos con autoridades corruptas. Paga sobornos, infiltra instituciones, compra protección.
Cada sicario detenido es reemplazable. Cada líder capturado tiene susores esperando. La estructura es más grande que cualquier individuo. El machete ahora enfrenta la justicia. Su situación legal se determinará en las próximas semanas. Podría pasar décadas en prisión. Podría salir libre en meses. Lo que no cambiará es la realidad de fondo.
Mientras existan territorios disputados para el narcotráfico, habrá violencia. Mientras el despojo de inmuebles genere millones, habrá víctimas. Mientras los crímenes contra mujeres queden impunes, habrá más asesinatos. La captura de un sicario no resuelve nada de eso. Apenas rasca la superficie de un problema que tiene raíces profundas en la desigualdad, la corrupción y la impunidad.
¿Será el machete distinto o será uno más en la larga lista de criminales que el sistema eventualmente devuelve a las calles? Solo el tiempo lo dirá. Pero las víctimas ya no tienen tiempo, solo tienen una tumba y familias que exigen respuestas que probablemente nunca llegarán.