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Eduardo Capetillo: El Galán Que lo Tenía Todo Se Derrumbó en Vivo… Lo Que Escondió Durante Años…

Tercero, el momento exacto en que se derrumbó frente a  México llorando pidiéndole perdón a su propio hijo. Y cuarto,  ¿qué pasó con Vivi Gaitán, la mujer que estaba a su lado en aquella boda de cuento? ¿Y qué quedó realmente  de esa pareja 30 años después? Te voy  a avisar cuando llegue cada una, pero para entender  esa lágrima del 2024, hay que regresar mucho antes.

Hay que regresar a una época que tú viviste,  a una época que estaba en tu sala todas las noches. 13 de abril de 1970.  Nace un niño dentro de una de las familias más conocidas de México y no por la televisión.  por los toros. Su padre es Manuel Capetillo,  un torero de leyenda de los que llenaban plazas, de los que la gente iba a ver  con el corazón en la boca.

un hombre que se ganó la vida parándose frente a un animal de 500 kg y no moverse. Y por si el apellido del padre fuera poco, hay un  detalle que casi nadie cuenta. La madre de Eduardo, Carmen Vázquez, era  española y antes de casarse con Manuel Capetillo había estado  casada con otro matador de leyenda, Carlos Arrusa, de quien quedó viuda.

 a pensar en eso. Este niño no nació solo  en una familia de toreros. Nació en el cruce de dos dinastías del  toreo con la sombra de dos leyendas encima antes de aprender a caminar. Para que entiendas de dónde venía este niño, tienes que entender  lo que era el mundo del toreo en aquellos años.

Aquello iba mucho más allá de un oficio. Era una forma  de vivir y, sobre todo una forma de entender la hombría. El torero  salía a la plaza a jugarse la vida de verdad con miles de personas  mirando, sin red,  sin una segunda oportunidad. Carlos Arrusa, el  primer esposo de su madre, había sido uno de los más grandes de la historia.

 un hombre que toreó al lado del legendario Manolete y que llenó plazas a ambos lados  del océano. Y Manuel Capetillo, su padre, pertenecía a esa  misma estirpe de hombres que convertían el miedo en arte delante del público. En  una casa así, el valor no se pedía, se daba por sentado. Llorar, dudar,  mostrarse frágil eran cosas que sencillamente no cabían en el día a día de un capetillo.

Y un niño  aprende lo que ve. Aprende sin que nadie se lo diga con palabras  que para ser querido en esa casa hay que ser fuerte. Crecer entre esos dos apellidos era cargar con una herencia hermosa y pesada al mismo tiempo. Hermosa porque significaba pertenecer a la  realeza de una tradición centenaria pesada, porque cada paso se daba comparado con gigantes.

La familia tenía  su mundo en el campo, en el rancho, entre caballos y toros bravos,  en ese méxico rural y señorial donde el apellido lo era todo. Ahí se esperaba que los hijos varones siguieran el camino del padre, el traje de luces, la plaza, el riesgo. Y aquí  quiero que pienses en algo.

¿Cuántos hombres de tu generación crecieron de esa  manera, con un padre al que había que impresionar y al que nunca se le podía fallar, con la orden silenciosa de aguantar,  de no quejarse, de ser el fuerte, pasara lo que pasara. Esa orden silenciosa marcó a Eduardo desde antes de que supiera lo que era una cámara  y lo iba a perseguir durante el resto de su vida.

Piensa en lo que significa crecer así. En esa casa,  ser hombre tenía un significado muy concreto. El hombre no tiembla,  el hombre no se queja, el hombre aguanta, manda,  da la cara y jamás deja que nadie lo vea débil. Esa fue la primera escuela emocional de Eduardo. Antes que  la televisión, antes que la música, antes que la fama, estuvo esa idea heredada de lo que un capetillo debía ser.

Y recuerda eso porque es la raíz de todo lo que vino después. Sus hermanos  también estaban en el medio. Guillermo Capetillo, actor y torero, rostro conocido  de las telenovelas. Manuel, también ligado al ruedo y al espectáculo.  Era una dinastía completa y dentro de una dinastía,  un hijo no nace libre, nace con un apellido que tiene que  sostener.

El camino estaba atrasado desde antes de que él pudiera opinar. La plaza, el traje de luces, el toro, el aplauso  de la fiesta brava. Eso se esperaba de un capetillo. Pero Eduardo eligió otro camino.  No quiso la plaza de toros, quiso el escenario.  Siendo todavía un niño, se metió a tomar clases de actuación con  la actriz Marta Zavaleta y clases de jazz en los centros de preparación de Televisa.

Y a los 13 años se subió a un concurso de televisión  que tú seguramente viste. Se llamaba Juguemos a cantar. Ahí con una canción llamada Mi grupo toca rock, el niño Capetillo se llevó el segundo lugar. Fue su primera probada del aplauso y el aplauso cuando llega  a esa edad se vuelve una droga antes que cualquier sustancia.

Poco  después llegó otra puerta, el teatro musical. Eduardo formó parte de Vaselina,  la versión en español del musical Grease, ese fenómeno que en México lanzó  a toda una generación de jóvenes artistas. El muchacho de la familia de toreros cantaba, bailaba y actuaba sobre un escenario  lejísimos del ruedo que le habían reservado.

Y lo hacía bien también que la maquinaria más poderosa del entretenimiento mexicano  ya lo tenía en la mira. Ahora quiero que recuerdes cómo era esa época. No te voy a dar una lección de historia de la televisión. Te voy a  recordar tu propia sala. Acuérdate, tú llegabas de trabajar o  de la cocina o de acostar a los niños, prendías la televisión y ahí estaban ellos todas  las noches como si fueran de la familia.

Esos muchachos que cantaban y bailaban en la pantalla  eran el sonido de fondo de tu casa. Sonaban en el radio del coche, estaban en  la portada de las revistas que comprabas en el puesto de la esquina y uno de ellos estaba a punto de convertirse en el rostro  que definiría a toda una generación de galanes.

Aquí viene lo primero que te prometí.  La máquina que lo fabricó. Noviembre de 1985. Eduardo Capetillo  tiene 15 años, 15. Y de pronto recibe la llamada que cambia su  vida. Lo invitan a entrar a Timbiriche. Para que entiendas la dimensión de esto, déjame ponerte en contexto  qué era Timbiriche en ese momento.

Era el grupo  más poderoso de México, un fenómeno que había nacido a principios de los 80  de la mano del productor Luis de Llano y que para mediados de la década llenaba estadios,  vendía discos por millones y tenía a las adolescentes haciendo guardia fuera de los hoteles. Por ese grupo pasaron nombres que tú conoces de memoria.

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