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¡DESGARRADOR SECRETO! Así VIVE LUCHA VILLA su TRAGEDIA en 2026

Ellas la procuran y son ellas, nadie más, las que filtran lo que sale a la prensa sobre cómo sigue de salud. Claro, tú lo ves desde fuera y dices, “¡Qué vida tan pacífica!” Falso. La gente que ha logrado colarse a verla cuenta cosas superdintas. Un panorama que te rompe el alma si recuerdas a la fiera que dominaba la tarima.

 Pero aguanta, ya llegaremos a esos detalles oscuros más adelante. Primero, lo primero, tenemos que echar a andar la máquina del tiempo para dimensionar el trancazo que fue esto, porque una cosa es decir pobre lucha y otra muy distinta es entender como esta desgracia sacudió a un país entero y a toda su gente cercana. Mira, si de verdad quieres captar lo que a México le arrebataron esa mañana de agosto de 1997, tienes que saber quién diablos era esta señora.

 Su nombre de pila, Lucelena Ruiz Bejarano. Vio la luz un 30 de noviembre del año 1936 allá en Santa Rosalía de Camargo, en el mero Chihuahua, un pueblito norteño X, donde lo único extraordinario, pues era ella. Desde chavita se daba a notar y cómo no, midiendo 1, con 75 cm, entraba a un lugar y paralizaba a todos. Así de imponente era.

 Tenía una percha y unos rasgos que te dejaban tonto. Preciosa la mujer. Pero su arma secreta, híjole, esa garganta profunda, rasposita, te abrazaba, pero al mismo tiempo retumbaba con una fuerza brutal. de esos cantos que no te entran por las orejas, sino que te vibran directo en el esternón y me querías decir no sé qué cosa.

 Magia pura. O traes ese don de fábrica o búscate otro oficio. Aparte piénsalo. La música ranchera en la década de los 60 era un club de Toby. Puros hombres. A las cantantes de esa época las arrumbaban allá arriba en un balcón del palenque. Cero interacción. Echaban sus gorgoritos desde un palco lejano mientras la raza estaba allá abajo echando trago.

 La arena donde volaban las plumas de los gallos y la tierra de los toros. Eso era sagrado para los vatos. ¿Y qué hizo Lucha? Mandó esas reglas al demonio. Fue la pionera, se bajó al ruedo, se plantó justo a la mitad del redondel, cara a cara con la gente, al tú por tú con cualquier cantante masculino. La respuesta del público.

 Se rindieron a sus pies, la endiosaron. Ahí mero fue donde la bautizaron como la reina de los palenques. Y la verdad le quedaba cortito el título. Le decían la grandota de Camargo. Obvio por su altura. Sí. Pero más bien era una forma de decirle que era una gigante en toda la extensión de la palabra o la ronca de chihuahua, porque te echaba esos agudos rasposos que te ponían la piel chinita.

 Nadie le llegaba a los talones ni intentando copiarla. Si hablas de los años 60 y 70, ella y Lola Beltrán eran las absolutas dueñas del changarro, lo más top de la música ranchera en México. Y no te hablo de que destacaban, no, eran las amas y señoras. Pero chécate el dato de cómo empezó todo este fenómeno. Con un méndigo vestido que ni siquiera era suyo.

 De más chamaca andaba de decan y modelo. Trabajaba en unas caravanas que traía un promotor argentino que se llamaba Luis Dylon. Total que una noche este señor arma un show para lanzar a dos promesas del ranchero, un chavo y una chava. El problema la mujer les dejó tirada la chamba y nunca llegó. Y pues Lucha andaba por ahí de modelo, de bonita no más, pero tenía ovarios.

 Pidió que le prestaran un traje, agarró el micrófono y se soltó a cantar como si no hubiera un mañana. Imagínate la cara del pobre Dylon cuando escuchó semejante vozarrón saliendo de esta mujerona altísima y preciosa. Fue flechazo instantáneo. Adiós a Lucy Rose. El manager le puso lucha a Villa. Su excusa, que Villa pegaba más duro.

Sonaba más a revolución, a puro México. Así de loco. Una leyenda que nació de pura chiripada y de tener el valor de aventarse ya agarrando vuelo. Y con el empujoncito de José Ángel Espinoza Ferrusquilla, la metieron de lleno a la X Y, la catedral de la radio en el país en aquellos ayeres.

 Ahí mismo se aventó su primer disco de larga duración con la disquera Musart. Y lo más cabrón, ahí se cruzó en su camino el mismísimo José Alfredo Jiménez, el rey absoluto de nuestra música, la escogió a ella. Quería que esa voz cantara sus letras. Agarró y le compuso la media vuelta. Pum. su primer trancazo comercial a nivel nacional.

 Una rola tan icónica que, ya te la sabes, muchísimos años después el sol, Luis Miguel la revivió para ponerla de moda otra vez y no paró ahí. Le regaló joyitas como la mano de Dios o que se me acabe la vida. Pero ojo, hubo una rola en especial que siempre tuvo un misterio escondido. Amanecí en tus brazos, temazo. Cada que la prensa arrinconaba a José Alfredo para sacarle a quién se la había dedicado, el viejo se hacía el loco y le daba la vuelta al tema.

 Ya llovió desde entonces, pero su hijo soltó la sopa hace poco. Dijo que su papá no más les contaba el chisme a medias, que la letra era para una chavita que se había casado con un compadre de ellos ahí mismo en la farándula. Ya sabes cómo es esto, los cantantes y sus chismecitos ocultos. El caso es que rayando la mitad de la década de los 60, Lucha ya no era una simple novata probando suerte.

 Era la jefa indiscutible de las rancheras. Se la pasaba metida en el estudio sacando discos a lo bruto y donde se paraba atascaba los palenques. Desde la frontera en Tijuana hasta la península en Mérida no cabía ni un alfiler. La tenías hasta en la sopa. Prendías la tele, ahí estaba, encendías la radio, igual, pero agárrate porque el salto que estaba a punto de dar la iba a catapultar a las grandes ligas.

 Se metió a hacer cine y eso la separó del montón. Pasó de ser una intérprete fregona a convertirse en un monstruo del escenario, una artista completa. Pocas lo lograron en aquellos tiempos. Corría 1964. Roberto Gabaldón, un director de esos pesados, la jala de protagonista para El Gallo de Oro.

 Una peli que traía un peso brutal. Historia de Juan Rulfo y un guion metido a mano por Carlos Fuentes y el mismísimo Gabriel García Márquez. Estaba cañón el nivel de esa producción. Lucha le dio vida a Bernarda Coutinho, la famosa caponera, una vieja que cantaba en las ferias y le funcionaba como amuleto de la suerte a un gallero. Te cae que ese personaje lo inventaron pensando en ella.

 Le quedó como anillo al dedo. Se la rifó tanto actuando que se llevó a su casa su primer premio Diosa de Plata y el álbum con la música de la peli. ¡Uf! Se vendió como pan caliente. Así no más. De echar palomazos en vivo, saltó a hacer una superestrella de la pantalla grande de un solo golpe. Lo que vino después fue brutal.

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