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CHICHARITO HERNANDEZ : CONFESÓ TODO LO QUE LE HIZO JAVIER AGUIRRE

 Esa tarde nació un niño que pesaba 3,G 200 g, con los ojos verdes idénticos a los de su padre y con un apellido que en el fútbol mexicano cargaba el peso de tres generaciones de gloria. Su nombre completo, Javier Hernández Balcázar. El padre Javier Hernández Gutiérrez, conocido en el medio futbolístico como el Chícharo Hernández, por el color verde de sus ojos, había sido seleccionado nacional.

Había estado en el Mundial de México 1986. Había jugado contra Bélgica y Bulgaria con la camiseta verde del tricolor. El abuelo materno Tomás Balcázar Solís, era leyenda viva de las Chivas del Guadalajara. Mundialista con México en Suiza, 1954, miembro del equipo campeonísimo de los 50.

 Ese equipo guadalajarense que ganó ocho títulos en una década y marcó para siempre la identidad del club más popular de México. Tres generaciones del mismo tricolor, tres generaciones del mismo Chivas, tres generaciones cargando un apellido en cada cancha empolvada de Guadalajara. Y entre las tres generaciones, un solo apodo que ya estaba escrito antes de que el niño aprendiera a caminar.

 Chicharito, hijo del Chícharo. nieto del Tomás, heredero de un linaje que pesaba más que las medallas que colgaban en la sala de la casa de la colonia Las Águilas. La infancia de Chicharito transcurrió entre dos mundos que se cruzaban sin tocarse. Por un lado, las cenas familiares en la casa del abuelo Tomás en la calle Niño Obrero de Guadalajara, donde el viejo mundialista contaba historias de 1954, del partido contra Brasil en el Maracaná, de cómo le habían pateado las espinillas tres días seguidos sin que dijera una sola queja de cómo había

marcado un gol en el Mundial de Suiza con el tobillo izquierdo hinchado del tamaño de una pelota de béisbol. Por otro lado, las reuniones más recientes con el padre, el Chícharo, quien había vivido el mundial del 86 desde dentro, en aquel verano en que el Estadio Azteca todavía estaba lleno de gente que creía que México iba a llegar a la final.

 El niño escuchaba en silencio. Aprendió a leer antes de los 5 años. Aprendió a patear el balón con ambos pies antes de los siete. Aprendió a memorizar las alineaciones del mundial del 70 y del 80 y dos antes de los 8. La madre Silvia Balcázar era la cuarta voz de la casa, hija del mundialista, esposa del mundialista, madre del futuro mundialista.

 Una mujer silenciosa que entendía que en aquella casa el fútbol pesaba más que cualquier otra cosa que pudiera entrar por la puerta. Hay un detalle que casi nadie cuenta. Casi nadie sabe que el abuelo Tomás, antes de morir en marzo de 2020, dejó por escrito tres frases en un cuaderno azul oscuro que la familia guardó en una caja fuerte de la casa de las águilas.

 Tres frases que eran para su nieto Chicharito. Tres frases que años después coincidirían palabra por palabra con lo que un técnico llamado Javier Aguirre le susurraría en un vestidor cerrado con seguro del centro de alto rendimiento de la Federación Mexicana de Fútbol. Pero a esto vamos a volver. El primer balón profesional Chicharito lo tocó a los 9 años de edad en una cancha de tierra del Club Deportivo Guadalajara en las divisiones inferiores roj y blancas que el abuelo había vestido 50 años antes.

El entrenador de la categoría infantil, un señor llamado Ramón Morales, le dijo a Javier Hernández padre una tarde de 1997 después de la práctica. una frase que quedó grabada en la historia familiar le dijo, “Este niño no es como los otros, Chícharo. Este niño le pega al balón antes de pensar a dónde va.

 A los 14 años jugaba en el Club Deportivo Guadalajara sub15. A los 16 en la sub20. A los 17 debutó oficialmente con el primer equipo el 26 de septiembre de 2006 en un partido contra los tecos de la Universidad Autónoma de Guadalajara en el estadio 3 de marzo. Entró al campo en el minuto 82, tocó la pelota cuatro veces, no marcó, salió aplaudido y esa noche en la casa de su abuelo Tomás comieron pozole rojo a las 11 de la noche y el viejo mundialista le entregó a su nieto una camiseta vieja del tricolor del 54, la misma que había usado en el partido

contra Francia con una sola condición. ¿Qué condición le puso aquel abuelo de 1954 a su nieto de 2006? Una condición que 30 años después iba a regresar bajo la forma de una servilleta blanca firmada con tinta azul en un vestidor del centro de alto rendimiento de la FMF. Pero todavía falta. No, sigamos. No, no.

 Los siguientes tres años fueron de altas y bajas para el joven Chicharito. Hubo lesiones, hubo banca, hubo discusiones con Hans Westerhoff, el técnico holandés que dirigía a las Chivas en aquel entonces, quien no terminaba de creer en el muchacho. Hubo también una llamada que la familia Hernández Balcázar nunca olvidó.

 En febrero de 2008, el técnico de la selección mexicana mayor era Hugo Sánchez, el mítico goleador del Real Madrid. Y cuando le preguntaron en una conferencia de prensa por el joven Chicharito Hernández, Hugo respondió con una sonrisa torcida. Respondió así: “A ese muchacho le falta mucho, tiene apellido, pero el apellido no juega.” La frase se publicó en todos los periódicos deportivos de México el primero de marzo de 2008.

 La leyeron en la casa de la colonia Las Águilas. A la hora del desayuno, el padre, el Chícharo, se levantó de la mesa sin decir nada, agarró el periódico, lo dobló en cuatro y lo guardó en el cajón del escritorio. 18 meses después, ese mismo cajón guardaría otra cosa, algo más pesado, algo que sería el primer caramelo de toda esta historia.

 Lo que ocurrió en marzo de 2009 cambió la vida del joven goleador para siempre. Hugo Sánchez fue despedido de la selección mexicana después de no clasificar a la final de la Copa Oro. El 22 de marzo, la Federación Mexicana de Fútbol anunció a su nuevo técnico. El nombre fue Javier Aguirre Onaía, conocido en el medio como el Vasco Aguirre, exjador del Atlético de Madrid, extécnico de Pachuca y de Osasuna, extécnico de la propia selección mexicana en el mundial de Corea y Japón. 2002.

 un hombre serio, un hombre seco, un hombre que masticaba chicle de menta verde en las prácticas y que tenía un currículum más largo que el de cualquier otro técnico mexicano vivo en aquel momento. Lo que casi nadie supo entonces es que el primer día de Aguirre como técnico del tricolor, el 23 de marzo de 2009, lo primero que hizo al llegar al Centro de Alto Rendimiento fue pedir un sobre amarillo.

 Adentro venía una sola foto. La foto era de un muchacho rojiblanco de 20 años con la cara llena de granos de adolescente. Atrás de la foto, escrito a mano con tinta azul, una sola línea, Javier Hernández Balcázar, Chivas, hijo del Chícharo, nieto de Tomás. Aguirre dobló la foto en cuatro, la guardó en el bolsillo interior de su saco azul marino y le dijo a su asistente, “Quiero verlo entrenar dentro de 6 meses.” No antes.

Pero lo peor no es eso, porque la razón por la que Aguirre pidió esa foto, la razón por la que esperó exactamente se meses, está conectada con algo que pasó en 1954 en una cancha de Suiza entre el abuelo Tomás Balcázar y un técnico mexicano que ya está muerto. Pero vamos por orden. Los se meses que pidió Aguirre se cumplieron exactamente.

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