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CARLOS GIRÓN: de CLAVADISTA OLÍMPICO a la MISERIA… La SÓRDIDA verdad que México olvidó

 El marcador oficial diría 905,025 puntos para el soviético y 892,140 para el mexicano. Pero para muchos mexicanos esa plata nunca se sintió como plata. Se sintió como un oro arrancado en la mesa. Escucha esto. No existe una sentencia deportiva que diga mafia. No existe un documento oficial que use esa  palabra.

 Lo que sí existe es una controversia documentada, una repetición concedida al atleta local, protestas de competidores que alegaron trato desigual y una herida que no cerró. Por eso esta historia hay que contarla con precisión, porque si la exageras la vuelves chisme, pero si la cuentas como ocurrió duele más. Carlos Girón fue el hombre que puso a México otra vez en la conversación mundial de los clavados.

  Fue medallista olímpico, fue campeón panamericano, fue bronce mundial, fue elegido clavadista mundial de trampolín en 1981. Fue reconocido por el salón internacional de la natación. Y aún así, 40 años después de aquella tarde en Moscú,  su nombre volvió a los titulares no por un homenaje de estado, no por una estatua, no por una beca vitalicia celebrada en cadena nacional, sino por una cama de hospital, una neumonía severa, una infección que complicó  el cuadro, un respirador, mensajes contradictorios y una familia obligada a salir a aclarar

que seguía con vida cuando ya lo estaban  despidiendo. Piensa en eso un momento. México lloraba el oro que le habían quitado en 1980, pero en enero de 2020 miraba a su héroe luchando por respirar en el centro médico nacional La Raza. El mismo país que repitió durante décadas a Carlos Girón Le robaron el oro.

 Tuvo que enfrentar una pregunta más incómoda.  ¿Qué hizo realmente por Carlos Girón cuando Carlos ya no podía subir al trampolín, cuando ya no servía para la foto? ¿Cuando ya no era el joven perfecto suspendido en el aire? Hoy en Sombras del Olimpo vas a conocer cuatro cosas que casi nunca se cuentan completas.

 Primera, cómo un niño que aprendió a lanzarse al agua por necesidad terminó convertido en una figura internacional de los clavados. Segunda, ¿por qué el resultado de Moscú 1980 sigue siendo una de las controversias más dolorosas del olimpismo mexicano? Tercera, ¿qué pasó con Carlos después de la medalla cuando el aplauso se volvió trabajo, política deportiva, consultorio y memoria? Cuarta.

 ¿Cómo fueron sus últimos días? ¿Qué se sabe de su hospitalización? ¿Y por qué su muerte reveló una verdad incómoda sobre la forma en que los países consumen a sus atletas? Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más fuerte. No la repetición del clavado de Portnov, no la plata manchada por la sospecha, no la ceremonia retrasada, sino la imagen final de un campeón que sobrevivió a los jueces de Moscú, pero no pudo sobrevivir a la indiferencia con la que muchas veces se trata a las viejas leyendas.

Pero antes necesita saber cómo llegó hasta ahí, porque todo empezó lejos del podio, lejos de las cámaras y lejos de la idea romántica de héroe nacional. Carlos Armando Girón Gutiérrez nació el 3 de noviembre de 1954 en Mexicali, Baja California. Ese dato parece frío como todos los datos de enciclopedia, nombre, fecha, lugar, pero detrás de esa línea hay una vida marcada por el movimiento.

La historia que se repite en los perfiles de Girirón lo coloca también en Acapulco, en contacto con el agua, con el oficio de lanzarse, con esa cultura mexicana del clavado que no nació en albercas impecables, sino en riscos, en espectáculo, en riesgo y en necesidad. Se cuenta que de joven se lanzaba al agua para ganar monedas de turistas.

 No era todavía una rutina olímpica. No había jueces calificando la entrada. No había puntuación de dificultad. No había una federación aplaudiendo. Había agua, cuerpo, hambre de futuro y una intuición física que después se convertiría en técnica.  Grábate esto. El clavado no perdona. En otros deportes puedes compensar un error con velocidad, fuerza  o resistencia.

En el clavado el error se ve en silencio. Se ve en la rodilla doblada, en la punta de los pies, en la cadera que abre antes de tiempo, en la salpicadura que traiciona el impacto. La gente cree que el salto dura poco, que son apenas 2 segundos en el aire, pero para un clavadista esos 2 segundos contienen años.

 Contienen madrugadas, repeticiones, golpes contra el agua, hombros adoloridos, miedo, disciplina y una relación extraña con la gravedad. Carlos Quirón entendió eso antes que muchos. En México los clavados tenían historia. No era un deporte cualquiera. Venían nombres como Joaquín Capilla, esa figura gigantesca que había ganado medallas olímpicas y que había puesto una vara casi imposible.

 Después vinieron otros resultados importantes, pero también años de sequía. Para un joven clavadista mexicano, competir en esa escuela significaba cargar con fantasmas. Cada salto era suyo y al mismo tiempo era de todos los que habían saltado antes. Cada competencia internacional era una prueba contra rivales y contra la memoria.

 Carlos entró temprano en el radar nacional. A los 17 años ya estaba en Juegos Olímpicos. Munix 1972 no fue su consagración, pero fue su bautizo. En el trampolín de 3 m terminó noveno, en plataforma de 10 m octavo. Para cualquiera que solo mira medallas, eso parece poco. Para quien entiende el deporte, eso era una señal.

 Un adolescente mexicano había entrado entre los mejores del mundo en dos pruebas distintas. No era casualidad, no era suerte, era una base. Escucha esto, Munich no fue solo una competencia, fue una escuela brutal. Los Juegos Olímpicos de 1972 fueron un escenario cargado de presión, historia y tragedia internacional.

Carlos Girón llegó ahí muy joven con una técnica todavía en construcción y salió sabiendo que pertenecía a ese nivel. No volvió a México como campeón, pero volvió con algo que a veces pesa más que una medalla, la certeza de que podía competir contra los monstruos del deporte. Ese detalle importa porque en los años siguientes Girón no desapareció.

 No fue el típico talento juvenil que aparece una temporada y luego se pierde. Al contrario, empezó a construir una carrera larga en un deporte que castiga el cuerpo y la mente. En 1975, en los Juegos Panamericanos de la Ciudad de México, ganó oro en plataforma de 10 m y bronce en trampolín de 3 m.  Ese mismo año, en el campeonato mundial de natación en Cali, Colombia, obtuvo bronce en plataforma.

 Para un país que necesitaba señales de grandeza deportiva, esos resultados eran oxígeno. Aquí viene la primera revelación que te prometí. Antes de Moscú, antes de la polémica, antes de que México gritara robo, Carlos Girón ya había demostrado que podía subir al podio contra los mejores. No era solo el mexicano al que le quitaron un oro.

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