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CANELO ÁLVAREZ: LA ASQUEROSA VERDAD QUE MARISOL GONZÁLEZ OCULTÓ MÁS DE 13 AÑOS

Volvía cuando ya estaba oscuro. Cargaba siempre las manos con tierra seca debajo de las uñas y mantenía a una familia de 10 personas con un salario que apenas alcanzaba para los  frijoles. Ana María Barragán tenía 39. Cargaba al niño número ocho con las mismas manos con las que había cargado a los otros siete. Rigoberto, Daniel, Ricardo, Víctor, Gonzalo, Ramón y Ana Helda.

la única hermana mujer en una casa llena de hombres. Cuando Santo Saúl llegó al mundo aquella tarde de julio, su madre supo, por la forma en que el niño abrió los ojos al mirarla, que iba a ser distinto a los demás. El pelo rojo se lo notaron al tercer día y la primera palabra que oyó el niño de pequeño  en la casa de los Álvares Barragán fue una palabra que iba a marcarlo para siempre. Canelo.

Ese apodo de niñez cargado al principio con cariño y con un poco de burla iba a convertirse 22 años después  en una marca registrada que mueve más de 200 millones de dólares por cada pelea. Pero antes de los 200 m000ones, el muchacho pelirrojo de Juanacatlán tuvo que subir a un autobús urbano todos los sábados de su infancia  con una bolsa de hielo en cada mano para llevar dinero a su casa.

El negocio familiar de Los Álvarez Barragán eran las paletas de hielo, una pequeña paletería en el centro de Juanacatlán, montada por Santos Álvarez en los años 80 después de dejar el campo. La paletería sobrevivía a base de horas de trabajo familiar. Toda la casa preparaba paletas, toda la casa salía a venderlas. A los 7 años, el pequeño santo Saúl ya tenía su ruta asignada.

Los sábados por la mañana, su padre lo levantaba a las 6, le ponía una sudadera gris con capucha para esconder el cabello rojo, porque al niño le daba pena salir así a la calle. Le entregaba dos bolsas de hielo con 25 paletas adentro cada una y le decía la misma frase todas las semanas. Parado en el portón de la casa, regrésate cuando ya no quede ni una.

El niño se subía al autobús urbano de la ruta 56. Recorría el centro de Juana Acatlán, pasaba a las colonias de la periferia, caminaba por el mercado, le gritaba a los pasajeros la frase que le había enseñado su hermano Rigoberto. Paletas de hielo, sabor limón, sabor  mango, sabor tamarindo, 10 pesos cada una.

Algunos pasajeros le compraban por compasión, otros  se reían del pelirrojo, algunos le decían canelo y a él le bajaba la cara. Pero el niño regresaba siempre con la bolsa vacía y le entregaba el dinero a su padre sin contarlo. Esa frase del padre dicha cada sábado a las 6 de la mañana le enseñó al muchacho dos cosas que iban a marcar todas las decisiones de su vida adulta.

La primera, no volver sin haber terminado el trabajo. La segunda, que el cariño en su casa se medía en producto vendido. Si no había producto vendido, no había cariño. Esa segunda lección,  aprendida en un autobús de Juanacatlán a los 7 años iba a convertirse 20 años después en la regla con la que el muchacho pelirrojo iba a tratar a cada mujer que entró en su vida.

Cada relación funcionaba como una venta. Si ya estaba cerrada, había que abrir la siguiente. Sin remordimiento, sin pausa. A los 10 años, Santo Saúl empezó a entrenar boxeo con su hermano mayor, Rigoberto. Rigoberto Álvarez  tenía 18 años cuando lo metió por primera vez al gimnasio. Era un gimnasio modesto de la colonia Las Pintas. Olía a sudor viejo y a vaselina.

El piso del cuadrilátero estaba parchado con cinta gris y había una frase escrita con marcador negro en la pared del  baño que el niño nunca olvidó. Aquí no hay segundas oportunidades. Rigoberto tenía un sueño, convertirse en campeón mundial. Para conseguirlo, había abandonado la escuela, había dejado el negocio familiar de las paletas y había convencido a sus padres de  que el boxeo era el único camino para sacar a la familia de la pobreza.

A los 14 años, Santo Saúl ya tenía 30 peleas a Mateur ganadas.  A los 15 empezó a entrenar formalmente con miras a profesional. A los 16 se quitó la sudadera con capucha  por primera vez. Salió a la calle con el pelo rojo descubierto y le dijo a  su madre parado en la cocina mientras ella picaba cebolla para la comida.

Una frase que ella nunca olvidó. Le dijo, “Voy a comprarle una casa nueva a mamá. una grande, una donde quepamos los 10. donde quepamos los 10.  Ana María Barragán asintió sin levantar la mirada. Ella había escuchado la misma promesa antes, hecha por Rigoberto,  después por Ricardo, después por Gonzalo.

Cuatro de sus siete hijos varones ya le habían prometido la  misma casa nueva y todavía vivían los 10 en la misma casa vieja de Juanacatlán.  Pero esta vez la madre sintió algo distinto. Sintió que el pelirrojo no estaba prometiendo,  estaba avisando. 4 años después de esa frase en la cocina, los siete hermanos varones de la familia Álvarez Barragán  entraban al récord Guinness por algo que jamás se había hecho en la historia del boxeo mundial.

Pero ese mismo año, el muchacho pelirrojo ya empezaba a vivir una segunda  vida que su madre no podía ni imaginar. Era el 28 de junio del 2008. Auditorio Benito Juárez de Zapopan, a 15  km de Juana Acatlán. Esa noche, los siete hermanos varones Álvarez  Barragán subieron al cuadrilátero en la misma función de boxeo.

Rigoberto, Daniel,  Ricardo, Víctor, Gonzalo, Ramón y Santo Saú. Todos peleando peleas separadas, todos con la misma sangre, todos vestidos con calzones rojos, diseñados especialmente para esa noche por su hermana Ana Helda. El resultado fue cuatro victorias y tres derrotas. Ganaron Santos Saúl, Rigoberto, Ramón y Ricardo.

Perdieron Gonzalo, Daniel y Víctor, pero el resultado fue lo  de menos. Esa noche, los siete hermanos Álvarez Barragán entraron oficialmente al libro de los Récord Guinness como  la única familia en la historia del boxeo mundial en pelear siete hermanos en una sola  función. Un récord que sigue vigente hasta el día de hoy y que ningún linaje deportivo  en el planeta ha podido superar.

A las 11:30 de la noche, los siete hermanos se abrazaron en el centro del cuadrilátero, cada uno con el guante todavía puesto, cada uno con las marcas frescas de los golpes recibidos. Santos Álvarez, el padre lloró por primera vez en público delante de 4000 personas. Esa misma noche, en una mesa lateral del auditorio Benito  Juárez, el campeón mexicano más legendario del boxeo de aquellos años, miraba la pelea sentado al lado del entrenador del Canelo, era Julio César Chávez González,  y le dijo al entrenador sin quitarle los ojos al

pelirrojo de 18 años, una frase que iba a aparecer años después en cada documental del Canelo. Ese chamaco va a ganar más dinero que todos nosotros juntos.  Tenía razón. Lo que Julio César Chávez no podía saber esa noche  mientras observaba al pelirrojo de 18 años festejar el récord mundial con sus seis hermanos, es que ese muchacho ya cargaba dentro del pecho un secreto que jamás iba a contar en cámara, un secreto que tenía nombre, cara y una hija pequeña en Michigan.

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