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Bukele Para el Tráfico al Ver a un Niño Vendiendo Agua en un Semáforo.. Su Gesto Sorprendió a Todos

 Sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía la botella de agua. “¿Están en las bartolinas, señor presidente.” El silencio llenó el interior del vehículo. Bukele se inclinó hacia delante. En las Bartolinas, ¿desde cuándo? Desde hace 8 meses. Los acusaron de estar con las pandillas. La voz de Miguel se quebró. Pero no es cierto, señor presidente.

 Mi papá tenía su puesto de pupusas en el mercado y mi mamá vendía verduras. Un trueno retumbó a lo lejos mientras la lluvia se intensificaba. ¿Con quién vives ahora? Con mi abuela en Soyapango, pero está enferma, por eso vendo agua, respondió Miguel. Buquele sacó su billetera. El jefe de seguridad se tensó. Toma dijo mientras le extendía un billete de dólares y luego le dio una tarjeta.

 Este es mi número personal. Si necesitas algo, llámame. Gracias pu, señor presidente”, dijo Miguel tomando el billete con manos temblorosas. “Anota los datos del niño”, ordenó Bukele a su asistente. Nombre completo, dirección, nombres de sus padres, todo. El semáforo cambió a verde. Los carros detrás comenzaron a sonar el claxon.

 Nos vemos pronto, Miguel”, prometió Bukele mientras la caravana se alejaba, Bukele observaba por el espejo retrovisor la figura del niño cada vez más pequeña bajo la lluvia. En su mente comenzaba a teclear un mensaje a su jefe de gabinete, investigar el caso de los padres del niño, prioridad máxima y que sea discreto.

 Las palabras de Miguel resonaban en su mente. Algo no cuadraba en esa historia y él estaba decidido a descubrir la verdad. El centro histórico quedó atrás, pero la imagen del niño con la camiseta del águila se mantenía grabada en su memoria. Esta vez el régimen de excepción había tocado muy cerca de su corazón. ¿Estás seguro de esto, Nayib?, preguntó Marina, su asesora principal, mientras dejaba un folder sobre el escritorio presidencial en Santa Tecla.

 Investigar casos particulares podría abrir una caja de Pandora. El aroma de las pupusas revueltas recién llegadas de la pupucería La Seiva se mezclaba con la tensión en la oficina. Bukele tomó una, pero apenas la probó. Mostrame lo que encontraron”, ordenó ignorando la advertencia. Miguel Antonio Renderos Campos, 12 años, sus padres Roberto Renderos y María Campos, eran vendedores del mercado central hasta marzo del año pasado.

 Fueron detenidos durante un operativo nocturno. El ministro de seguridad, que estaba de pie junto a la ventana intervino. Señor presidente, ese operativo fue exitoso. Capturamos a 15 personas vinculadas con extorsiones. Bukele desplegó las fotos sobre su escritorio. Roberto y María sonreían en una imagen familiar, rodeados de frutas y verduras en su puesto.

 ¿Y la evidencia contra ellos?, preguntó Bukele. Marina ojeó el expediente. Tres testimonios anónimos los vinculan como colaboradores. Supuestamente guardaban dinero de la renta, explicó. Supuestamente, enfatizó Bukele. ¿Qué más? Encontraron $5,000 en efectivo en su casa. Son comerciantes del mercado”, dijo Bukele.

 “Yo tenía más efectivo que eso en mi restaurante.” El ministro se acercó al escritorio. “Presidente, con todo respeto, hemos capturado más de 50,000 pandilleros. El país está más seguro que nunca. Si empezamos a cuestionar cada caso, Bukele se levantó bruscamente. Y si nos equivocamos, si hay inocentes entre esos 50,000, siempre hay daños colaterales en una guerra”, murmuró el ministro. Daños colaterales.

La voz de Bukele se endureció. Eso es, Miguel, para vos un daño colateral. El silencio invadió la oficina. Marina intercambió miradas con el ministro. Necesito más información, ordenó Bukele. Quiero ver las declaraciones completas, los videos del operativo, todo y que sea confidencial. Señor presidente, el ministro dio un paso adelante.

 Los medios internacionales ya están cuestionando el régimen de excepción. Si se llega a filtrar que estamos revisando casos, por eso lo dije confidencial”, cortó Bukele, “y tráeme el expediente del informante que los denunció. Quiero saber quién es y por qué lo hizo.” Marina comenzó a tomar notas. ¿Algún límite de tiempo?, preguntó.

 48 horas, respondió Bukele volviendo a acomodarse en su asiento. Y Marina investiga si había conflictos en el mercado antes de la detención. Disputas por puestos, amenazas, lo que sea. Cuando quedó solo, Bukele observó la pupusa intacta sobre su plato. Su mente viajaba al rostro de Miguel bajo la lluvia.

 “Va a ser una semana larga”, murmuró mientras abría su laptop para revisar las estadísticas del régimen de excepción. En la pantalla los números mostraban un país más seguro, pero por primera vez desde que comenzó el programa, Nayib Bukele se preguntaba cuál era el verdadero precio de esa seguridad.

 El mercado la tiendona bullicioso y lleno de actividad recibió a Nayib Bukele vestido de civil con gorra y lentes oscuros. Su equipo de seguridad, igualmente camuflado, se mezcló entre la gente. “Café con quesadilla, mi amor”, ofreció una vendedora mayor. “¿Cuánto tiempo tiene vendiendo aquí, señora?”, preguntó Bukele mientras se sentaba en el pequeño puesto. “30 años, papito.

 Aquí vi crecer a medio San Salvador.” Sonrió la mujer mientras le servía el café. “Un momento vos”, dijo Bukele levantando un dedo a sus labios. La señora asintió comprendiendo. Entonces conoció a Roberto Renderos y María Campos, murmuró él. La mujer se tensó mirando a ambos lados antes de inclinarse sobre el mostrador. Los renderos.

 Gente honrada, señor presidente. Roberto hasta organizó una colecta cuando mi nieta se enfermó. Y María, ella denunció a los pandilleros que nos extorsionaban. ¿Qué? Buk le preguntó sorprendido. María los denunció. Fue hace un año. La voz de la mujer bajó aún más. Un tal Spider quería su puesto. Les exigía más renta cada semana.

 María se plantó o dijo que ya no aguantaban. Bukele bebió su café lentamente, procesando la información. ¿Qué pasó después? Una noche llegó la policía. Se los llevaron a los dos. Spider apareció al día siguiente con otros vendedores. Tomó el puesto. Ahora nadie dice nada por miedo. El presidente apretó la tasa con fuerza. Este Spider sigue aquí en el pasillo cuatro.

 Tiene tres puestos ahora. Bukele se levantó dejando un billete de $20. Señora, si alguien pregunta, dijo, “Preguntar qué, papito?” “Yo solo vendí café”, respondió la mujer guiñando un ojo. Mientras caminaba hacia el pasillo cuatro, su jefe de seguridad se acercó. “Señor presidente, Marina llamó. Encontraron algo en los testimonios anónimos.

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