Posted in

Asi VIVE CARLOS SANTANA a sus 78 AÑOS

José Santana trabajaba en grupos de mariachi tocando las plazas, las fiestas de pueblo, las bodas, los bautizos, cualquier evento que pagara por música en vivo. Ganaba pesos modestos, apenas suficiente para mantener a la familia de varios hijos. era un músico de oficio, un artesano del violín que dominaba los sones tradicionales de Jalisco.

Carlos fue introducido a la música desde una edad muy temprana por el padre, que veía en los hijos la posibilidad de continuar la tradición familiar. A los 5 años, José le puso el violín en las manos, enseñándole las mismas técnicas que él había aprendido de su propio padre. Era una educación musical estricta, disciplinada, donde equivocarse significaba repetir hasta perfeccionar.

Pero el violín del mariachi tradicional no resonaba en el corazón de Carlos, como resonaba en el del padre. El niño escuchaba otros sonidos en la radio vieja que la familia tenía. El blues americano, el jazz, el rock and roll incipiente que llegaba desde Estados Unidos. Eran sonidos eléctricos, rebeldes, diferentes a los violines acústicos del mariachi.

En 1955, cuando Carlos tenía 8 años, la familia se mudó a Tijuana buscando mejores oportunidades económicas que el pueblo pequeño de Jalisco no podía ofrecer. Tijuana era una ciudad fronteriza en plena transformación dramática. La puerta entre México y Estados Unidos, donde las culturas chocaban violentamente, se mezclaban incómodamente y creaban algo completamente nuevo y único.

Era una ciudad de contrastes absolutos donde los turistas americanos buscaban entretenimiento barato prohibido en su país y los mexicanos buscaban dólares que valían ocho veces más que los pesos. Tijuana de los años 50 era una ciudad bulliciosa, caótica, peligrosa, llena de oportunidades extraordinarias y peligros mortales.

La avenida Revolución era la arteria principal repleta de bares ruidosos, clubes nocturnos con luces de neón y restaurantes para los turistas americanos que cruzaban la frontera buscando alcohol barato, música en vivo auténtica y un ambiente permisivo que el Estados Unidos puritano condenaba. José Santana trabajaba en los bares y clubes de Tijuana tocando violín en grupos de mariachi que entretenían a los turistas americanos.

Ganaba mejor que en Outlan, pero seguía siendo un ingreso modesto e inestable, aproximadamente entre 200 y 400 pesos semanales cuando había trabajo, equivalente a entre 40 y 8 de la época. Era dinero apenas suficiente para mantener a la familia en una casa modesta de dos recámaras en un barrio popular alejado del glamur artificial de la zona turística.

Carlos comenzó acompañando al padre a las presentaciones en los bares de Tijuana cuando tenía apenas 8 o 9 años. Tocaba violín en grupos donde el niño pequeño agregaba un elemento pintoresco y exótico que los turistas americanos encontraban encantador y fotogénico. Ganaba propinas modestas, monedas de 25 centavos que los americanos lanzaban generosamente cuando la actuación les gustaba o les daba lástima ver a un niño trabajando.

Pero en esos bares oscuros de Tijuana, llenos de humo de cigarrillos y olor a cerveza derramada, Carlos escuchaba música que cambiaría su vida para siempre. guitarristas eléctricos mexicanos y chicanos que tocaban blues americano, rock and roll primitivo, jazz con amplificadores que hacían temblar las paredes de adobe y los vasos de tequila en las mesas.

El sonido era potente, viseral, emocionante, de una manera que el violín acústico delicado nunca podía ser. Carlos quedaba hipnotizado viendo a los guitarristas hacer llorar las cuerdas eléctricas con bens dramáticos y vibrato expresivo. Escuchaba a guitarristas locales como Javier Batis, que tocaba Blues eléctrico en clubes de Tijuana con una intensidad que rivalizaba con los músicos americanos.

Javier se convertiría en una figura legendaria del Blues mexicano y fue una influencia directa y temprana en Carlos que observaba cada movimiento y cada técnica memorizando todo. A los 8 años Carlos convenció al padre de comprarle una guitarra. No era una guitarra eléctrica todavía, sino una guitarra acústica modesta que costó aproximadamente 100 pesos, equivalente a 16 actuales.

Era una inversión significativa para una familia pobre, pero José reconocía el talento natural en el hijo. Carlos practicaba la guitarra obsesivamente después de las obligaciones con el violín, horas diarias aprendiendo los acordes, las escalas, las canciones que escuchaba en la radio. No tenía un maestro formal.

Aprendía de oído, observando a los guitarristas en los bares, imitando, experimentando. Era una educación musical callejera, autodidacta y hambrienta. Durante finales de los años 50, Carlos trabajaba constantemente en las calles y los bares de Tijuana. A los 11, 12, 13 años tocaba la guitarra en las esquinas de la Avenida Revolución pidiendo propinas a los turistas.

Era un músico callejero, un niño pobre con una guitarra vieja ganando centavos de dólar. En esos bares pequeños y cantinas donde los dueños permitían que músicos jóvenes tocaran por propinas, Carlos no cobraba salario fijo. Vivía de la generosidad de los clientes que lanzaban billetes de uno o $ cuando la actuación era buena.

En una buena noche ganaba entre y 20, en una mala noche entre dos y 3. Pero Carlos desarrollaba un estilo único mezclando lo que el padre le había enseñado de música tradicional mexicana con el blues americano y el rock que escuchaba en la radio. Era una fusión natural, instintiva, que venía de vivir en la frontera donde dos culturas chocaban diariamente.

En 1961, cuando tenía 14 años, Carlos consiguió su primera guitarra eléctrica verdadera. Era una Gibson lesp usada y desgastada que compró en una tienda de empeño de Tijuana por aproximadamente 800 pes, equivalente a 64 de la época. Era una fortuna que había ahorrado durante meses tocando en las calles, pero esa guitarra eléctrica cambió todo.

Con la guitarra eléctrica hay un amplificador pequeño que también compró usado, Carlos comenzó tocando en bandas locales de Tijuana. Grupos modestos que tocaban en bares, fiestas y eventos donde se pagaba poco, pero se ganaba experiencia invaluable. Cobraba aproximadamente entre 50 y 100 pesos por presentación, equivalente a entre 4 y Pero el sonido que Carlos extraía de la guitarra eléctrica era diferente a lo que otros guitarristas locales hacían.

Mezclaba el fraseo fluido del blues con los ritmos latinos que llevaba en la sangre. Era una voz única, inconfundible que llamaba la atención de los músicos mayores. El salto a la fama y su fortuna. El verdadero punto de quiebre para Carlos Santana llegó en 1966 cuando tenía 19 años y formó la banda que llevaría su nombre, Santana Blues Band.

Read More