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Asi Fue La Lujosa Vida De Ricardo Rocha – La Vida Tranquila de la Voz que Nadie Podía Callar.

 El 26 de marzo de 1947 nació Ricardo Rocha Reinaga en ese barrio que México ha usado durante décadas como sinónimo de todo lo que prefiere no mirar, pobreza, crimen, violencia, el lugar donde se forjan campeones de box y también donde se forman las redes que abastecen de mercancía robada a media ciudad. Su padre era zapatero, su madre costurera.

Dos oficios que en el México del 47 significaban exactamente lo que suenan. Trabajo manual honesto que paga las tortillas y los frijoles y muy poco más. Ricardo creció entre el laberinto de calles de Tepito, aprendiendo lo que ese barrio enseña, con una precisión que ninguna escuela puede igualar, que el mundo tiene un doble estándar tan obvio y tan permanente que o uno aprende a vivir con él o aprende a pelearlo.

Ricardo eligió pelearlo y ese instinto de combate instalado en él desde los primeros años de su infancia en Tepito sería la fuerza que impulsaría cada una de sus decisiones profesionales durante los siguientes 50 años. En 1968, Ricardo Rocha se inscribió en administración de empresas en la UNAM, la carrera que nunca ejercería, porque ese año México no era el país para pensar en negocios.

 Era el año de los estudiantes, el año de la plaza de las tres culturas, el año en que el gobierno del presidente Gustavo Díaz Oordaz ordenó abrir fuego sobre una manifestación pacífica y cambió para siempre la relación entre el Estado mexicano y la generación que lo presenciaría. El 2 de octubre de 1968, Ricardo Rocha estaba ahí.

 No en las trincheras, no liderando columnas de estudiantes, pero ahí, en ese espacio donde la historia se partía en dos y donde los que la vivieron salieron siendo personas diferentes a las que entraron. Vio cuerpos, vio pánico, vio al gobierno mintiendo sobre lo que había hecho. Y algo en él cristalizó con la claridad de las revelaciones que llegan cuando la realidad es demasiado brutal para ser ignorada.

 La verdad importa, contarla importa y callarse tiene un costo que él no estaba dispuesto a pagar. Esa decisión tomada entre los escombros de Tlatelolco sería el fundamento de una carrera que durante cinco décadas lo pondría frente a presidentes, frente a empresarios, frente a celebridades y frente a las instituciones más poderosas de México.

Siempre haciendo preguntas que otros preferían no hacer. Los primeros años en los medios fueron los de cualquier principiante que no tiene contactos ni apellidos, los de los empleos modestos y los estudios sistemáticos de cómo funciona el mundo al que uno quiere entrar. Hacia 1975, Rocha comenzó a hacer prácticas de oratoria en el canal 8, parte de televisión independiente de México.

 No era glamoroso, pero era una entrada. Y entonces, en 1977 llegó el momento que los periodistas de su generación recuerdan como su punto de quiebre. Nicaragua, la revolución sandinista estaba derrocando a la dictadura de los Somosa y Ricardo Rocha se fue más de dos meses a cubrir esa historia desde adentro. No desde un hotel seguro con conexiones satelitales, desde el terreno, desde los caminos de tierra y los campamentos y los momentos donde el periodista tiene que decidir si retrocede o sigue adelante. Rocha siguió adelante. El

trabajo que produjo desde Nicaragua fue distinto a todo lo que los medios mexicanos habían recibido de esa región. crudo, directo, con el peso de alguien que estaba viviendo lo que contaba en lugar de recibirlo de segunda mano. Los elogios llegaron de inmediato y con los elogios llegó algo más valioso, la reputación de ser alguien que no le temía a los lugares difíciles ni a las preguntas incómodas.

Esa reputación valía dinero, mucho dinero. El primer gran salto económico de la carrera de Ricardo Rocha llegó cuando convenció a Emilio Azcárraga Milmo, el tigre, el presidente de Televisa, de financiar un proyecto de contenido para adultos mayores. No había nadie en el mundo del entretenimiento mexicano que pudiera llegar a la oficina del tigre sin una invitación previa y salir con un contrato. Rocha lo hizo.

Eso dice algo sobre el tipo de periodista que era y también sobre el tipo de negociador que era. Porque en el México de la comunicación de los años 80, Televisa no era solo una empresa de televisión. Era el monopolio que decidía quién existía en la pantalla y quién no existía, quién era famoso y quién era invisible, qué historias llegaban al público y cuáles se quedaban sin contar.

Y el niño de Tepito fue a ver al dueño de ese monopolio y lo convenció de que su idea tenía valor. El programa para gente grande fue la primera materialización de ese acuerdo y simultáneamente Rocha empezó a conducir el noticiero radial panorama informativo que se transmitiría durante 14 años con alcance en México, Estados Unidos y Europa.

 14 años al aire en radio, 14 años de un mismo programa significa contratos renovados sistemáticamente, regalías por formato, derechos de emisión y el tipo de ingreso estable que los periodistas de televisión rara vez tienen, porque la televisión es más volátil que la radio. En esos 14 años, el patrimonio de Ricardo Rocha empezó a tomar la forma que tendría hasta el final de su vida.

1984 fue el año del primer premio nacional de periodismo. La categoría era entrevista en televisión. El trabajo premiado venía de su actividad en Televisa y el reconocimiento era de esos que en la industria de los medios mexicanos abren puertas que antes estaban cerradas. No solo simbólicamente, los periodistas que ganan el Premio Nacional de Periodismo en México son los que los directores de los medios más poderosos llaman cuando necesitan una figura con credibilidad suficiente para darle peso a su producto editorial. Y

esas llamadas tienen tarifas que reflejan exactamente esa credibilidad. La tarifa de Ricardo Rocha por aparición, por conducción de programa o por reportaje especial subió de manera constante durante los años siguientes. Un periodista con premio nacional de periodismo, con 14 años de panorama informativo y con la reputación de haber cubierto Nicaragua, negociaba sus contratos desde una posición que pocos de sus contemporáneos tenían.

 Pero fue la década de los 90 donde Ricardo Rocha construyó la columna vertebral de su patrimonio y fue esa misma década donde protagonizó los episodios más polémicos y más reveladores de su carácter. En los años 90 fue corresponsal en los conflictos más explosivos de América Latina, Guerrero, Chiapas. Los reportajes sobre la masacre de Aguas Blancas, las comunidades indígenas desplazadas y la entrevista al subcomandante Marcos.

 El icónico vocero del Ejército Zapatista de Liberación Nacional era en 1994 una de las figuras más buscadas y más esquivas del mundo periodístico latinoamericano. Todo el mundo quería sentarse con él, muy pocos podían. Rocha pudo no porque tuviera acceso privilegiado a las estructuras del gobierno que perseguía a Leslen. Exactamente por lo contrario, porque los zapatistas confiaban en él, porque sabían que sus preguntas no eran las de alguien que estaba cazando un titular, sino las de alguien que genuinamente quería entender lo que estaba pasando.

entrevista se convirtió en una pieza de archivo del periodismo mexicano y el nombre de Ricardo Rocha quedó asociado para siempre con el tipo de periodismo que requiere más que un micrófono y una cámara. Requiere confianza. En 1995, Televisa lo invitó a dirigir la división de radio Radiópolis, un cargo ejecutivo, no solo periodista, director, eso significaba salario ejecutivo, participación en decisiones editoriales que afectaban a docenas de programas y presentadores.

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