Enero de 1936, barrio de los portales, Ciudad de México. Ese es el origen real de Enrique Lizal de Chávez, aunque durante años circuló la versión errónea de que había nacido en Tepiic, Nayarit, una confusión que él mismo se encargó de desmentir en sus últimas entrevistas con esa precisión casi académica que lo caracterizaba.
Su padre, el ingeniero Juan Ignacio Lisalde, era además caricaturista y amante de la poesía. No era un hombre de televisión ni de espectáculos. Era un hombre de libros y de dibujos y de la cultura popular del México de los años 30 y 40, que combinaba perfectamente con el barrio de Portales, una zona que entonces empezaba a crecer sobre los terrenos de la antigua hacienda de Nuestra Señora de la Soledad.

A los 6 años, el Padre le enseñó a leer sonetos, no cuentos de hadas, sonetos. El mismo niño que leía Sonetos a los 6 años, a los 12, se había sumergido en las obras de Honoré de Balsac y William Blake. A los 18 ya había publicado su primer libro. Esa formación intelectual temprana e inusual marcaría para siempre la manera en que Enrique Lisalde entendía la actuación, no como una profesión de imagen, sino como un oficio intelectual, como la interpretación de textos escritos por seres humanos complejos para ser representados ante otros seres
humanos igualmente complejos. Era primo del cantante Óscar Chávez y era hermano menor de Eduardo Lizalde, uno de los poetas más importantes de México en el siglo XX. En esa familia, la mediocridad simplemente no tenía cabida. La pregunta que nadie le hacía directamente, pero que todos se hacían al ver su trayectoria, era simple.
¿Por qué no cantó? Enrique estudió ópera en el Conservatorio Nacional. entrenó su voz durante años con los maestros del canto lírico mexicano. Tenía las herramientas para haber sido tenor, para haber llenado el palacio de bellas artes con esa voz grave y perfectamente modulada que las mujeres de tres generaciones describieron como un instrumento de seducción más efectivo que cualquier flor o cualquier regalo.
Eligió no hacerlo. La actuación lo llamó con más fuerza, específicamente el Teatro Universitario, donde en los primeros años de los 60 el joven Lisalde encontró un mundo de textos exigentes y directores que no toleraban la mediocridad y que, en cambio, recompensaban la inteligencia con la que un actor se acercaba al papel.
La transición a la televisión y al cine llegó de manera natural, como le llega a los actores con suficiente talento. ¿Alguien lo vio? Alguien habló y las puertas empezaron a abrirse. Pero la carrera de Enrique Lizalde nunca fue la de un actor que iba por donde lo llamaban, fue la de un actor que eligió con cuidado.
El año 1966 fue el año en que México entero conoció a Enrique Lisalde de una manera que ninguna producción anterior había logrado. Corazón Salvaje. La telenovela basada en la novela de Caridad Bravo Adams era uno de los proyectos más ambiciosos que Televisa había producido hasta ese momento. La historia de Juan del el pirata y contrabandista que operaba en la isla de la Martinica a principios del siglo XIX requería un actor que combinara una presencia física imponente con la capacidad de transmitir a la vez la brutalidad del personaje y su
profundidad emocional. El casting eligió a Enrique Lisalde y lo que hizo con Juan del fue exactamente lo que hacía siempre con cada papel que tomaba. Lo convirtió en un ser humano real con contradicciones reales en lugar de en el héroe de cartón que un actor más convencional hubiera entregado.
La audiencia respondió con una intensidad que los productores no esperaban. Las cartas llegaban por miles a los estudios de Televisa. Las mujeres escribían sobre Juan del con una devoción que mezclaba el amor romántico con algo más cercano a la adoración. Y Enrique Lisalde, que había elegido la actuación sobre el canto en parte porque creía que el teatro le permitiría mantener más control sobre su imagen pública, se encontró de repente convertido en el galán más codiciado de la televisión mexicana.
No lo celebró, lo administró con la misma precisión de contador que aplicaba a todo lo demás en su vida. El año después de Corazón Salvaje, Enrique se casó con Tita Greg. 1965. Una actriz, una mujer que entendía el mundo desde el que él hablaba, que no necesitaba que le explicaran por qué él llegaba a casa a las 3 de la mañana después de un ensayo de teatro, que no se sentía amenazada por las cartas de admiradoras porque sabía exactamente cuál era su lugar.
tuvieron cuatro hijos y ocho nietos que Enrique alcanzó a conocer. El matrimonio duró hasta la muerte de él en 2013. 48 años juntos. En un mundo del espectáculo donde los matrimonios duran lo que dura la fama, 48 años es un número que habla de algo que no tiene que ver con la conveniencia ni con la imagen pública. Habla de amor o al menos de la variedad más sólida y más discreta de él.
Pero antes de llegar a los años de mayor estabilidad y mayor prosperidad, hay que hablar del episodio más turbio de la vida de Enrique Lisalde. episodio que él nunca confirmó públicamente, el que sus cercanos conocían, pero que en la prensa mexicana de los años 70 circulaba en susurros y nunca en titulares, porque Enrique tenía el tipo de reputación que hacía que los periodistas pensaran dos veces antes de publicar algo que él no hubiera aprobado.
Alma Muriel. Alma Muriel del Sordo nació en octubre de 1951 en la ciudad de México. Era 15 años menor que Enrique. Era actriz. tenía esa combinación de belleza intensa y fragilidad emocional que en la industria del entretenimiento atrae y destruye al mismo tiempo. El punto de conexión entre los dos fue la industria.
En los estudios de Televisa, en los pasillos de los sets de filmación, dos actores de distintas generaciones, pero del mismo mundo, se encontraron en el tipo de circunstancia que la proximidad constante genera cuando dos personas tienen suficiente en común. La relación fue intensa desde el principio y secreta desde el principio.
Enrique estaba casado. Tita Greek no aparecía en los programas de chismes ni en las revistas del corazón. Porque ese era el trato tácito que ella y Enrique habían establecido. Su vida privada era privada, sus hijos eran privados, sus conversaciones a las 3 de la mañana eran privadas, pero una relación con Alma Muriel nunca podía ser completamente privada, porque Alma era una mujer de emociones sin filtro, una mujer para quien la intensidad del amor y la intensidad de la desesperación vivían en el mismo vecindario y se visitaban con
una frecuencia que sus parejas anteriores habían descrito como agotadora. La relación progresó. Duró tiempo suficiente para que ambos se involucraran de maneras que no se podían deshacer fácilmente. Y entonces Enrique intentó terminarla. La noche en que todo se derrumbó fue una de esas noches en que el alcohol baja las defensas que la razón había construido con cuidado.

Alma, que según quienes la conocían, tenía una historia de episodios de intensidad emocional extrema cuando el dolor se volvía insoportable, reaccionó a la ruptura de una manera que ninguno de los presentes olvidó jamás. Se hirió, fue hospitalizada. Los días que siguieron a ese incidente fueron los más silenciosos de la carrera pública de Enrique Lisalde.
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No habló, no dio entrevistas, no apareció en los programas de espectáculos que en ese momento ya existían y que de haber tenido acceso a esa historia la habrían convertido en el escándalo de la temporada. Enrique simplemente se borró del ojo público durante un tiempo y cuando reapareció fue con la misma elegancia discreta con que siempre manejaba todo, como si no hubiera pasado nada que mereciera discutirse en público. Alma sobrevivió.
Continuó su carrera con una energía que desafiaba lo que había pasado. Siguió protagonizando telenovelas exitosas. siguió actuando, siguió siendo una de las villanas más creíbles de la televisión mexicana de los años 80, pero ambos cargaron ese episodio de maneras que ninguno describió completamente en vida. Después de corazón salvaje y de los años turbulentos, la carrera de Enrique Lizalde entró en el periodo más prolífico y más lucrativo de su existencia.
Las décadas de los 70 y los 80 fueron sus años de oro en términos financieros. La televisión mexicana de esa época funcionaba con un modelo que favorecía enormemente a los actores que Televisa identificaba como seguros para el rating. Un actor con el nombre de Enrique Lisalde en el cartel garantizaba cierto número de espectadoras desde el primer capítulo.
Eso era una garantía financiera que los productores pagaban en consecuencia. El salario de un primer actor de Televisa en los años 70 y 80 para alguien con el historial de Lisalde se estimaba en el sector entre los 150,000 y los 300,000 pesos mensuales de la época. Calculados a valores actuales, esos números representan entre 750,000 y 1,500,000 pesos por mes de trabajo.
En las temporadas más activas, Enrique Lisalde podía estar trabajando en dos producciones simultáneamente, alternando días en el set de una telenovela con ensayos de teatro por las noches. Un ritmo de trabajo que sus colaboradores describían como de máquina, pero de la máquina más elegante que habían visto. 40 telenovelas a lo largo de su carrera, 30 películas, producciones teatrales innumerables, discos de poesía que él consideraba tan importantes como cualquier otra cosa que había hecho y que en su momento encontraron un mercado
sorprendentemente sólido entre el público que la música popular no alcanzaba. Y ahora hablemos de cómo vivió, porque Enrique Lisalde fue de los actores de su generación que entendieron algo que muchos de sus contemporáneos no supieron manejar, que los ingresos del espectáculo son variables y que la única manera de garantizar estabilidad real que siga llegando trabajo.
Su casa en la ciudad de México, en una colonia tranquila del sur de la capital, donde vivió con Tita y sus cuatro hijos durante los mejores años de su carrera, era el reflejo exacto de su carácter, elegante, sin ser ostentosa, funcional, sin ser austera. El corazón de esa casa no era el salón de recepciones ni el comedor de gala, era la biblioteca.
una biblioteca que sus hijos y sus amigos cercanos describían como uno de los espacios más impresionantes en manos privadas que habían conocido. Miles de volúmenes organizados con un sistema que solo Enrique entendía completamente. Literatura latinoamericana junto a los clásicos de la tradición europea. Poesía en varios idiomas, ensayo, filosofía.
Los autores que había descubierto en sus años de formación intelectual en el barrio de Portales, mezclados con los que fue añadiendo durante 50 años de lecturas apasionadas. El valor de esa colección, calculado según los precios actuales del mercado de libros antiguos y de primera edición superaba fácilmente el millón de pesos en libros, en papel, en el tipo de riqueza que no cotiza en la bolsa, pero que en la vida de un hombre, dice más sobre quién fue que cualquier automóvil o cualquier reloj.
El taller de carpintería. Esta es la historia que menos gente conoce de Enrique Lisalde y que más lo define. En algún momento de los años 70, Enrique descubrió la carpintería, no como hobby de fin de semana, como vocación paralela, como el lugar donde el actor, que durante el día interpretaba personajes de otras personas, podía por la noche ser completamente él mismo con una sierra y una pieza de madera.
Se convirtió en evanista. No un aficionado que hace cajas de madera en Navidad. Un artesano serio que aprendió técnicas de ensamble, de acabado, de selección de maderas que los carpinteros profesionales del país reconocían cuando veían su trabajo. Los muebles que Enrique fabricó están hoy en la casa de sus hijos y en la de sus nietos.
piezas únicas que no se pueden comprar en ninguna tienda porque no se fabricaron para vender, sino para usar, para que la madera que él eligió y trató con sus propias manos siguiera siendo parte de la vida de las personas que quería, incluso después de que él ya no estuviera. El teatro de Coyoacán lleva hoy el nombre de Enrique Lisalde. en su honor como galán de telenovelas, en su honor como hombre de teatro, como el actor que durante décadas eligió el teatro exigente y crítico sobre las producciones más comerciales que le habrían generado más ingresos
inmediatos. Esa elección también dice quién era. Los automóviles de Enrique Lisalde no eran los deportivos de motor rugiente que sus compañeros de generación exhibían en las revistas de espectáculos. eran automóviles de calidad discreta y duradera. un sedán de línea alemana que compró a mediados de los años 70 y que condujo durante más de 15 años con la fidelidad de quien prefiere conocer perfectamente algo antes de cambiar a algo desconocido.
un automóvil que en las calles de la Ciudad de México de esa época era una señal inequívoca de una prosperidad seria y no de la ostentación temporal que el negocio del espectáculo genera a menudo en quienes no saben administrarla. Después vino un vehículo más grande, una camioneta ejecutiva que usaba para los viajes a presentaciones de teatro en el interior de la República, cómoda y silenciosa como él prefería todo.
La suma de sus vehículos nunca fue un museo de lujo, era simplemente el tipo de herramienta que un hombre que trabaja necesita para trabajar. El dinero de 50 años de carrera se vio reflejado en una propiedad que sus cercanos describen como cómoda y bien ubicada, pero nunca excesiva.
en la colección de arte que fue acumulando a lo largo de las décadas, con preferencia por los artistas mexicanos del siglo XX, que conoció personalmente en los círculos culturales donde se movía, en los viajes a Europa que él y Tita hacían en los periodos entre grabaciones, viajes que para Enrique no eran vacaciones, sino extensiones del aprendizaje que nunca dejó de hacer.
El patrimonio total que Enrique Lisalde acumuló a lo largo de su carrera, incluyendo propiedades, colección de arte, biblioteca, derechos de actuación e ingresos acumulados de cinco décadas de trabajo en televisión, cine y teatro, se estimó por personas cercanas a la familia en cifras que superaban los 20 millones de pesos en el momento de su muerte.
20 millones de pesos construidos sin un rancho ostentoso, sin caballos de competencia, sin automóviles de colección, sin las joyas y los accesorios de lujo que otros de su generación usaban como señales de estatus, con libros, con teatro, con madera trabajada a mano, con la voz que grabó en discos de poesía que seguían vendiéndose décadas después de haberlos grabado.
era el patrimonio de Enrique Lisalde, tan diferente a lo que el mundo del espectáculo producía habitualmente, que resultaba casi subversivo. Los últimos años de Enrique llegaron con la hepatitis primero y luego con el cáncer de hígado que su cuerpo no pudo combatir. Problemas de visión que se fueron agravando, la salud que había sido tan sólida durante décadas, cediendo lentamente con la precisión implacable que las enfermedades graves imponen.
Pero sus hijos recuerdan que hasta el final Enrique seguía siendo el mismo hombre. Seguía leyendo, aunque con dificultad, seguía escuchando música clásica, que había sido su otra gran pasión desde joven. Seguía siendo exigente con las palabras, intolerante con la mediocridad en cualquier forma que apareciera, curioso sobre el mundo con la misma intensidad que cuando tenía 12 años y leía a Balsac en el barrio de Portales.
El 3 de junio de 2013, un lunes por la mañana, Enrique Lizalde murió en su casa de la Ciudad de México. Tenía 76 años. Lo rodeaban Tita y sus hijos y sonaba, desde algún equipo de sonido en la habitación el requiem de Gabriel Foré, la pieza que los músicos llaman la canción de cuna de la muerte por la calma con que envuelve al oyente.
No pudo haber sido una coincidencia. Un hombre que eligió cada papel que interpretó, que eligió cada libro que leyó, que eligió cada mueble que fabricó y cada palabra que declamó, también eligió la música con que quería irse y eligió bien como siempre. Sus restos descansan en la tumba familiar del Panteón Jardín.
El teatro del Centro Cultural de Coyoacán lleva su nombre desde el año 2016. Sus muebles siguen en las casas de sus hijos. Sus libros están donde los dejó y su voz, esa voz de tercio pelo que nunca necesitó gritar para que todos se callaran a escucharla. Sigue disponible en los archivos de 40 telenovelas y 30 películas y en los discos de poesía que él consideraba su trabajo más honesto.
Enrique Lisalde fue lo que en el mundo del espectáculo es más raro que cualquier fortuna o cualquier premio. Fue coherente. El hombre que era en privado era el mismo que era en público. El actor que aparecía en pantalla construyendo personajes de profundidad era el mismo que en casa construía muebles de madera con sus propias manos.
El galán de telenovelas que las mujeres adoraban era el mismo hombre que llevaba 48 años con la misma mujer. Esa coherencia, que parece simple cuando se describe, pero que en la práctica pocos en su mundo lograron mantener durante cinco décadas bajo la presión constante de la fama, fue su verdadero legado. Más que cualquier mueble, más que cualquier biblioteca, más que cualquier propiedad que se pueda tazar.
¿Y tú qué recuerdas de Enrique Lisalde? La voz que paralizaba la conversación cuando aparecía en pantalla. A Juan del en la Martinica de Corazón Salvaje, al Padre exigente y tierno que interpretó en Chispita junto a la pequeña Lucerito. O quizás a ese hombre elegante de gafas oscuras que pedía autógrafos y fotos con la misma amabilidad con que había construido toda su vida.
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