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A los 93 años, Chavela Vargas admite lo que todos sospechábamos de su infierno

 Pero el México de mediados del siglo XX no es un refugio de paz para una  mujer distinta. Es el imperio absoluto y brutal del machismo, un ecosistema  salvaje donde la debilidad es devorada sin la más mínima piedad. ¿Qué hace una criatura acorralada para sobrevivir entre lobos?  mimetismo. Chabela Vargas entiende rápidamente que para no ser aplastada debe transformarse en el depredador más temido del bosque.

 Aquí presenciamos la magistral creación de la máscara, el nacimiento sangriento  de la coraza. Se corta el cabello con tijeras afiladas, se enfunda en pantalones de hombre,  se cruza un poncho rojo fuego sobre el pecho, se cuelga un revólver pesado en la cintura y enciende un grueso cigarro. La historia  pop la romantiza a ciegas.

La venden en documentales alegres como el máximo símbolo de la rebeldía, una pionera inquebrantable de la  libertad. Pero la disección del comportamiento humano nos arroja una verdad muchísimo más oscura,  cruda y dolorosa. Detrás del poncho rojo, el revólver en la cintura y la actitud arrogante.

 ¿Quién consolaba a la mujer que  tuvo que disfrazarse del hombre más rudo de México solo para sobrevivir y amar en libertad? Esa voz aguardientosa  y esa actitud desafiante jamás fueron expresiones de libertad pura. Eran una armadura de acero forjada  con pánico, un gigantesco mecanismo de defensa.

 Chabela  tuvo que comportarse como el macho más duro, agresivo e intimidante de toda la cantina, simplemente porque le aterraba ser lastimada de nuevo. Fingió ser invencible porque debajo del poncho la pistola y el humo seguía habitando  esa misma niña pequeña de Costa Rica. La niña encerrada en el cuarto oscuro llorando en silencio dispuesta a matar  o morir con tal de mendigar un gramo de amor genuino. Año 50 y 60.

 Las noches bohemias de la Ciudad de México arden en humo, sudor y pasiones clandestinas. En los escenarios tradicionales  reinaba la música ranchera comercial, siempre adornada con trompetas festivas y escuadrones de mariachis ruidosos. Pero ella sube a la tarima y aniquila todo ese colorido circo de un solo tajo.

Despide a los músicos. Se queda completamente sola bajo el foco de luz.  Una guitarra de madera, un pesado poncho de lana y una voz de lija que rasga la oscuridad. Chabela Vargas no canta. Ella arranca  las palabras de sus entrañas. Ella llora y desangra las canciones. Transforma melodías festivas en lamentos trágicos y descarnados.

 Escupe el  dolor sobre el micrófono con una crudeza tan violenta y real que congela la sangre de todo aquel que la escucha. Es un  éxito arrollador visceral y sin precedentes. Rápidamente se corona como  el rey absoluto de la noche. Domina a la élite intelectual. Bebe  codo a codo con titanes como Diego Rivera.

 Enamora a las mujeres más hermosas, adineradas y poderosas de la alta sociedad, que se rinden ante su  magnetismo brutal, hipnótico, casi peligroso. Se convierte en la macha suprema, una deidad intocable que camina pisando  fuerte, destrozando con sus botas las estrictas reglas morales de una época sumamente conservadora.

 Pero las leyes de la psique humana dictan una sentencia implacable. Mientras más ensordecedor es el aplauso del público, más letal es la dosis de anestesia que necesitas para silenciar a tus propios monstruos en la madrugada. La fama desmesurada no curó el enorme agujero negro de su pecho, simplemente  lo infectó.

 La psicología conductual nos advierte sobre el peligro mortal de fusionarte con tu propia máscara.  Chabela quedó atrapada, acorralada, sin salida en el personaje del chico malo y empedernido que ella misma había diseñado para  sobrevivir. Para mantener su corona de acero en un ecosistema dominado por hombres violentos y machistas,  sentía la obligación psiquiátrica de ser infinitamente peor que todos ellos juntos.

 Tenía que beber  el doble de litros de tequila que cualquier charro experimentado en la cantina. Tenía que gritar más fuerte. Tenía que maldecir con más rabiosa intensidad.  tenía que coleccionar amantes fugaces y romper corazones sin piedad en un ataque preventivo para asegurar que absolutamente  nadie tuviera el poder de romper el suyo.

 El éxito comercial y el estatus de icono bohemio se transformaron en un veneno de consumo obligatorio. Se obligó a sí misma a interpretar 24 horas al  día, a la bebedora invencible, a la fiera indomable que no necesita a nadie. Cada copa levantada entre ovaciones, cada noche de excesos era un ladrillo de plomo  en el muro que la asfixiaba.

 Chabela Vargas estaba tragando ácido sulfúrico disfrazado de tequila frente  a un público enloquecido. El mundo entero aplaudía frenéticamente su dolorosa autodestrucción,  creyendo ciegamente que estaban presenciando la máxima expresión del arte puro. Los oscuros expedientes de la vida bohemia en México están repletos de pasajes borrosos  manchados con sangre, pólvora y alcohol.

 Las lenguas biperinas de la alta sociedad siempre susurraron sobre lo que realmente sucedía  a Puerta Cerrada cuando la música cesaba de sonar. Visualicen la mítica azul en Coyoacán. Fiestas febriles e interminables.  Chabela conviviendo bajo el mismo techo que el titán Diego Rivera y la inescrutable  Frida Calo.

Existen fuertes sospechas y murmullos incesantes sobre un romance volcánico prohibido  y altamente destructivo entre las dos mujeres. Pones desbordadas que, lejos del falso romanticismo de las biografías modernas rozaban peligrosamente  los límites del desequilibrio clínico. Pero los investigadores del alma humana no se dejan engañar por el humo poético.

 En este punto exacto, el expediente íntimo de Vargas muestra un patrón  sumamente perturbador. Ataques de celos irracionales y desproporcionados. Gritos desgarradores resonando en las paredes en mitad  de la madrugada. Vasos de cristal reventados contra los muros pesadas.

 Mesas de madera volcadas  y el sonido ensordecedor de un revólver siendo disparado al aire simplemente para zanjar una discusión de borrachos. La violencia física y verbal se estaba  convirtiendo rápidamente en su único idioma. La prensa amarillista escarvaba desesperadamente buscando  escándalos de Alcoba, pero ignoraba por completo al verdadero y letal monstruo con el que la cantante dormía cada noche.

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