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4 ALERTAS que SACUDEN a COLOMBIA — FEDERICO GUTIÉRREZ ADVIERTE a GUSTAVO PETRO por HIDROITUANGO

Para entender la magnitud de lo que Federico Gutiérrez reveló esa mañana, hay que entender primero lo que es Hidroituango y lo que significa para la vida cotidiana de millones de familias colombianas. Porque cuando uno escucha que hay una amenaza sobre una represa, no siempre dimensiona en términos concretos y personales lo que eso quiere decir.

Y Gutiérrez lo explicó con una claridad que hace que uno sienta el peligro no como un titular de noticiero, sino como algo que toca directamente su propia vida y la vida de las personas que más quiere. Hidroituango está ubicada sobre el río Cauca, en el norte de Antioquia, en una zona de cañones profundos y montañas imponentes que los colombianos del campo conocen bien.

Una zona que ha sido históricamente una de las más difíciles del país en términos de orden público, donde la guerrilla y las estructuras criminales han operado durante décadas porque la geografía los favorece y porque la presencia del Estado siempre ha sido más débil que en las ciudades. Y en esa zona, en ese territorio difícil y estratégico, Colombia decidió construir su represa más grande, su seguro energético, la obra que cuando esté en plena operación va a generar el 17% de toda la electricidad que el país consume. Hoy en

este momento, mientras ustedes leen estas palabras, Hidroituango ya genera entre el 7 y el 8% de la energía de Colombia y eso significa que de cada 100 bombillos que están encendidos en este país en este instante entre siete y ocho están funcionando gracias a esa represa. Y cuando el proyecto esté completo con las ocho turbinas operando a plena capacidad, ese número va a subir al 17, lo que quiere decir que de cada 100 bombillos 17 dependerán de que Hidroituango siga funcionando sin interrupciones y que cualquier ataque

que dañe esa infraestructura no es un atentado político abstracto, sino un golpe directo a la vida de millones de familias colombianas que se quedarían sin luz, sin nevera, sin agua caliente, sin los equipos médicos que necesitan sus enfermos, sin las bombas que llevan el agua a los edificios sin todo lo que hace posible la vida moderna en este país.

Eso es lo que los criminales del Frente 36 de las disidencias de las FARC están amenazando cuando sobrevuelan hidroituango con drones de guerra, cuando infiltran personas dentro de la represa para grabar vídeos de extorsión, cuando atacan las torres de energía de Medellín que forman parte de la misma red eléctrica que alimenta la vida de millones de personas.

Y eso es lo que Federico Gutiérrez le explicó al país con una claridad y una valentía que no tienen muchos políticos colombianos. ¿Por qué decir lo que dijo, nombrar lo que nombró, señalar lo que señaló? Tiene un precio político y personal muy alto en la Colombia de hoy. Pero antes de hablar de lo que Gutiérrez dijo y de cómo lo dijo y de lo que significó que lo dijera, hay que hablar de la noche anterior, de esa llamada que recibió a las 9:30 o 10 de la noche del primero de marzo de 2026.

Porque esa llamada es el momento en que la historia empieza, el instante en que la amenaza que existía en las sombras salió a la luz de una manera que ya no se podía. Ignorar ni minimizar ni explicar con eufemismos diplomáticos. Federico Gutiérrez tenía planeado viajar aidroituango al día siguiente, el 2 de marzo, para hacer un anuncio que era motivo de orgullo para Antioquia y para Colombia entera, que la obra más importante del país había alcanzado el 95% de avance, que las cuatro turbinas nuevas estaban en proceso de instalación sumándose a las

cuatro que ya generaban energía. que el sueño de tener hidroituango funcionando a plena capacidad estaba más cerca que nunca y que toda esa energía, toda esa capacidad de iluminar hogares y mover industrias y sostener hospitales estaba llegando a su momento de madurez después de años de construcción difícil y accidentada.

Era un anuncio positivo, era un anuncio de progreso, era exactamente el tipo de noticia que los colombianos de bien necesitan escuchar en medio de tantas crisis y tantas preocupaciones. Y el alcalde de Medellín y el gobernador de Antioquia estaban preparados para darla con el entusiasmo que merece una obra de esa magnitud, acompañados de 100 periodistas que iban a cubrir el evento y de los trabajadores de EPM que llevan años construyendo esa represa con su esfuerzo y su dedicación.

Pero la llamada de las 9:30 cambió todo porque las personas de seguridad que estaban haciendo la avanzada en Hidroituango, el equipo que va antes para verificar que las condiciones sean seguras para la llegada de los funcionarios, estaban conectadas en esa llamada junto con generales de la policía y del ejército.

y lo que reportaron no era un riesgo menor ni una precaución de rutina, sino una amenaza concreta y específica, que había sobrevuelos de drones de gran capacidad del Frente 36, de las disidencias de las FARC en la zona y que ante la visita del alcalde y el gobernador existía la posibilidad real de un atentado que no solo pondría en riesgo la vida de ellos, sino la de los 100 periodistas que los acompañarían y la de los trabajadores que estaban en el proyecto.

Ustedes que han vivido en Colombia suficiente tiempo para saber lo que significa recibir una advertencia así. Los que recuerdan las épocas en que los atentados eran parte del paisaje cotidiano de este país, los que perdieron amigos o familiares en explosiones o emboscadas, los que vivieron con el miedo de viajar por las carreteras porque nadie sabía si había una mina o un retén ilegal.

A la vuelta entienden perfectamente el peso de esa llamada a las 10 de la noche. Entienden lo que significa que el propio ejército le diga a un alcalde elegido democráticamente que no puede ir a su propio departamento porque los criminales tienen drones de guerra y pueden atacarlo. Entienden que eso no es una exageración ni una maniobra política, sino la descripción brutal de una realidad que Colombia estaba viviendo en ese momento y que Gutiérrez tuvo el valor de mostrar sin filtros.

La decisión de cancelar el viaje fue clara e inmediata. Porque si no hay condiciones de seguridad, no hay visita. Porque ningún anuncio de progreso vale la vida de las personas que lo van a hacer, ni la de los periodistas que lo van a cubrir. Y esa decisión responsable que cualquier persona sensata tomaría en las mismas circunstancias fue también el detonador de lo que vino después, porque Gutiérrez no se limitó a cancelar el viaje en silencio y esperar que el tema pasara sin más explicaciones, sino que decidió salir a hablar, a

explicar por qué habían cancelado. y en esa explicación terminó contándole al país mucho más de lo que el gobierno de Petro hubiera querido que se contara, porque la amenaza de los drones no era una novedad, no era un acontecimiento aislado que había surgido de la nada, sino el último capítulo de una historia que venía acumulándose durante un año y medio, una historia de ataques sistemáticos a la infraestructura energética del país que el gobierno había minimizado, que los medios del establecimiento habían cubierto con poca

profundidad y que la mayoría de los colombianos no conocía en toda su dimensión, porque nadie había salido a contarla con la claridad y la contundencia con que Gutiérrez la contó ese 2 de marzo. En un año y medio, el Frente 36 de las disidencias de las FARC, bajo el mando de alias Calarca había ejecutado tres atentados terroristas contra torres de energía en Medellín y el área metropolitana.

Había extorsionado a EPM de manera sistemática. Había enviado imágenes desde dentro del cuarto de máquinas de hidroituango en un mensaje que no necesitaba traducción. que decía en términos inequívocos, “Ya estamos adentro, paguen o apagamos el país.” Y había construido en silencio una capacidad operativa en Medellín y sus alrededores que los generales de la policía y el ejército reconocían como una amenaza real y creciente.

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