Le dijo, “En esta familia nadie llega lejos. Ninguno de mis hermanos llegó a nada. Tu abuelo se murió de hambre. Yo me romperé el lomo lavando los pisos del muelle [música] hasta que se me acabe el resuello. Y ahora veo a los primos de Florida que van a ganar más en [música] una semana de lo que yo gano en un mes. Y soltó otra lágrima.
Encima del papel, [música] el niño limpiabotas de 8 años recién cumplidos le tomó la mano a su padre y le hizo una [música] promesa. Una promesa que le iba a costar. 40 años después [música] pedirle perdón a Dios, le dijo, “Papá, yo voy a llegar a ser el mejor del mundo en algo, [música] no sé en qué, pero tú vas a estar orgulloso de llamarte [música] como yo me llamo.
” Domingo Ramos miró a su hijo y le sonrió sin [música] creerle, pero le sonrió. Número cumputo. Número cumpo. Esa noche [música] el niño guardó el cajón de limpiabotas debajo de su cama y nunca más lo volvió a sacar. Al día [música] siguiente caminó 3 km hasta un gimnasio de boxeo [música] que quedaba en la calle Independencia.
Un gimnasio modesto con un solo ring de madera y olor a sudor viejo. [música] El dueño del gimnasio era un hombre negro con una cicatriz en la ceja izquierda. le decían [música] el mulato Sandoval. Era el entrenador más respetado de la provincia de Matanzas. [música] El niño llegó, se paró enfrente del mulato y le dijo que quería ser boxeador.
El mulato lo miró de arriba a abajo, [música] le calculó los huesos, le tocó los brazos y le contestó, “Estás muy [música] chiquito, estás muy flaco. Aquí no aceptamos niños limpiabotas.” [música] El chamaco no se movió. El mulato le repitió que se fuera. El chamaco siguió ahí parado. Al cuarto día consecutivo, de ver al niño parado en la puerta del gimnasio, el mulato Sandoval soltó la [música] toalla, le dio un par de guantes viejos y le dijo, “Sube al ring traes adentro.
Lo que el niño limpiabotas traía adentro. [música] Cambió la historia del boxeo cubano para siempre. Número. El primer [música] rival del chamaco fue un muchacho de 15 años, hijo de un panadero, el mulato [música] Sandoval. Pensó que sería un calentamiento, una manera de medir las ganas del chico de Matanzas. [música] El chamaco de 8 años recién cumplidos le metió tres [música] golpes seguidos al panadero, le rompió el labio y abrió la ceja [música] del muchacho con el último. El mulato Sandoval.
se paró en el centro del [música] ring, levantó al panadero y miró al chamaco con otros ojos y le dijo, “Mañana vuelve a las 5 de la mañana.” Esa fue la primera [música] frase que recibió el chamaco. Como hombre, no [música] como niño limpia botas. El mulato Sandoval lo empezó a entrenar 5 horas todos los días desde las 5 de la mañana [música] hasta las 10.
Después lo mandaba a la escuela y por la tarde, otra vez al gimnasio hasta las 8 de la noche le enseñó a saltar la cuerda, a moverse [música] de lado, a esquivar con la cintura, pero sobre todo le enseñó a soltar el golpe en un solo [música] movimiento, sin avisar. Domingo Ramos, el padre [música] iba a verlo entrenar.
Los sábados se sentaba en una banca de madera sin decir nada. Solamente lo observaba durante 3 horas seguidas. Una tarde le preguntó al mulato Sandoval si su hijo iba a llegar [música] a algo. El mulato Sandoval lo miró fijo y le contestó. [música] Le dijo, “Domingo, tu hijo va a llegar a ser lo que ningún cubano [música] ha podido llegar a hacer, pero también va a cargar.
[música] lo que ningún cubano ha podido cargar. Domingo Ramos asintió sin entender bien [música] y se fue caminando hasta su casa. Número fue Domingo Ramos. [música] A los 11 años, Ultimio ya tenía 30 peleasur a los 12, 70, a los 13, más de 100. Su récord era casi perfecto, solo había [música] perdido dos veces y siempre por decisión, nunca por knockout.
[música] Pero había algo extraño, algo que el mulato Sandoval notó desde la [música] primera semana de entrenamiento. El chamaco tenía las manos más duras que cualquier boxeador [música] que el mulato había visto en su vida. algo extraño en los nudillos, algo en la densidad del hueso que volvía a cada uno de sus [música] golpes.
En una pequeña explosión, a los 14 años, el chamaco rompió la mandíbula de un boxeador adulto en un combate a Mateur en 100 fuegos. [música] Al joven adulto se lo llevaron al hospital y le tuvieron que poner alambres en la cara. En [música] en en el mulato Sandoval se asustó, lo llevó a un médico, le pidió [música] que le revisara las manos al chamaco.
El médico le dijo que las manos del muchacho eran un fenómeno raro que tenía los [música] huesos del puño más densos que el promedio, como si tuviera pequeños bloques [música] de piedra bajo la piel. El médico le advirtió al mulato que con ese tipo de pegada, el chamaco iba a lastimar gravemente a más de un rival. El mulato Sandoval guardó esa advertencia para él solo.
No se la [música] contó al chamaco, no se la contó al padre y empezó a pensar cómo podía aprovechar comercialmente esa pegada para el público [música] de la época. Un noqueador, era una mina de oro. Las arenas se llenaban. [música] Los apostadores ponían dinero. Los promotores hacían carteles enormes con el nombre del noqueador [música] en letras rojas.
El mulato Sandoval le dijo a sus contactos en la [música] Habana que tenía una joya en su gimnasio de Matanzas y empezó a moverlo [música] hacia la capital. El chamaco viajó por primera vez a La Habana a los 15 [música] años en un autobús viejo, sin asientos, lleno de campesinos que iban [música] a vender frutas. Llegó cargando una mochila de tela donde había guardado tres camisas, [música] un pantalón y los guantes que le había regalado el mulato.
La habana lo deslumbró. Los edificios altos, las luces, [música] los coches americanos, los hoteles de la playa. Esa misma noche lo llevaron a su primer combate profesional el 5 de octubre de 1957. Estaba a punto de cumplir 16 años. El rival se llamaba Charles Pringle, un cubano de 21 años con buen récord amateur.
Lo subieron al ring de la arena Trejo, una arena modesta con olor a humo de tabaco y bombillas amarillas colgando del techo. El chamaco se puso los guantes, tembló un segundo y entró. [música] Cuatro asaltos después, Charles Springle estaba acostado en la lona, inconsciente. El público se levantó de los asientos. Los apostadores se acercaron al rincón del chamaco.
Los managers cubanos que estaban viendo el combate se voltearon a mirarse entre ellos y empezaron a hablar. Los primeros combates profesionales del chamaco fueron una serie de demoliciones brutales, ocho knockouts seguidos, [música] todos antes del cuarto asalto. Los apostadores cubanos empezaron a buscarlo.
Los periodistas empezaron a hablar de él. Los promotores pedían fechas. El chamaco tenía 16 años. iba a las arenas con un saco prestado que le quedaba grande. Era flaco, era humilde, hablaba poquito y le pegaba como un animal. Pero los managers cubanos tenían un plan, un plan que iba a definir la identidad del chamaco por el resto de su existencia.
El plan era subirlo al ring con un boxeador débil, un boxeador que no figurara en ningún ranking, un boxeador que casi no entrenara. para que el chamaco lo destrozara enfrente de un público pagado y se corriera la voz de que ese muchacho de matanzas era el noqueador más letal [música] de toda Cuba. El boxeador débil que eligieron los managers se llamaba José Blanco.
Le decían el tigre y aquí empezó la primera tragedia de toda su vida. Imagina por [música] un momento que tu propio hijo subiera a un ring sin saber que el rival ya estaba sentenciado antes de empezar la pelea. El tigre blanco era un boxeador desnutrido de 24 años que vivía en un cuarto rentado en la zona vieja de La Habana.
Llevaba 12 peleas profesionales. Había ganado solamente cuatro. [música] tenía problemas de salud crónicos. Estaba flaco, estaba enfermo, toscía sangre cada dos semanas y en el barrio se decía que peleaba para poder mandarle dinero [música] a su madre. Los managers cubanos conocían perfectamente [música] el estado de salud del tigre.
Sabían que el tigre no debía haber subido al ring ningún día de los últimos 6 meses, pero los apostadores querían un buen espectáculo y los managers cubanos tenían un noqueador adolescente que podían vender como el siguiente gran fenómeno cubano si lograban que destruyera a un rival enfente del público de la manera más espectacular posible.
El combate se pactó para el 8 [música] de noviembre de 1958. La sede fue una arena modesta en el centro de la Habana con capacidad para 100 personas. Esa noche estaban metidas 2000, apretadas, [música] sudando, apostando. No, no. El chamaco llegó a la arena 3 horas antes del combate. [música] Se sentó en el camerino solo, sin entrenador presente, [música] le habían dicho que el mulato Sandoval no iba a poder asistir por una gripe que lo había tumbado. Era mentira.
El mulato Sandoval [música] había decidido no subir esa noche al rincón del chamaco porque sabía lo que iba a pasar y no quería tener nada que ver con la responsabilidad. Pero el chamaco [música] no sabía nada de eso. El chamaco solamente sabía que tenía que ganar. [música] Subió al ring. A las 9 de la noche, el tigre blanco lo esperaba en la otra esquina.
Flaco, [música] pálido, con los pómulos hundidos. Era 30 cm más alto que el chamaco, pero pesaba 10 kg menos. Sonó la campana. [música] Y lo que pasó en los siguientes ocho asaltos le marcó el alma. para los próximos 59 años. [música] Le pegó al tigre blanco, como nunca antes le había pegado. A ningún hombre. Le pegó con cada uno de los músculos [música] que tenía en el cuerpo.
Le pegó con la rabia de haber sido un niño limpiabotas. Le pegó con la frustración de haber visto llorar a su padre. [música] En el cuarto asalto, el tigre blanco empezó a sangrar por la boca. El referte a ver al médico de la comisión. El médico [música] levantó el pulgar indicando que la pelea podía continuar.
Más tarde se sabría que ese médico estaba en la nómina de los mismos managers [música] que habían organizado la pelea. En el sexto asalto, el tigre blanco cayó a la lona por primera vez. El público gritó. Los apostadores se levantaron de los asientos. El referie empezó la cuenta. [música] El tigre logró levantarse a los 8 segundos en el séptimo asalto [música] cayó por segunda vez.
Le costó más trabajo levantarse. El referee se acercó a su esquina. Le preguntó si quería [música] seguir. El tigre movió la cabeza. Dijo que sí. En el octavo asalto, [música] el chamaco le metió tres golpes seguidos a la cabeza y el tigre blanco cayó por tercera vez [música] y ya no se levantó. El médico de la comisión subió al ring, [música] le tomó el pulso al tigre, lo abrió los párpados, le revisó las pupilas y le hizo una seña al promotor.
Lo cargaron en hombros, lo subieron a una ambulancia vieja de los años [música] 40 y lo trasladaron al hospital municipal de La Habana, donde no había ni los [música] equipos necesarios, ni los médicos especializados, ni mucho menos la anestesia para operarle. lo que [música] tenía adentro del cerebro. José Blanco, el tigre perdió la vida esa misma noche [música] por las heridas que el chamaco de Matanzas le había metido en la cabeza.
El chamaco se enteró 3 horas después en el camerino vacío cuando uno de los managers entró, cerró la puerta [música] y le habló suavecito. Y aquí pasó algo que ningún cronista deportivo [música] se atrevió a publicar en los periódicos cubanos. De aquella época, los managers del chamaco, que habían arreglado todo para vender al niño [música] como un noqueador letal, se reunieron con él esa misma madrugada en el camerino vacío de la arena.
Le pusieron una mano en el hombro, le sirvieron un vaso de agua y le hablaron suavecito. Le dijeron, “Esto no [música] fue tu culpa.” El tigre estaba enfermo. El tigre no tenía que haber subido al ring. Tú [música] no eres el responsable. Y le pusieron su primer apodo profesional. Le dijeron, “Desde hoy tú eres Sugar porque le [música] has puesto azúcar a la muerte.
” El chamaco tenía 16 años y [música] 11 meses. Estaba sentado en aquel banquito de madera con la sangre del tigre blanco, todavía pegada en los guantes, [música] y le habían acabado de poner un apodo que celebraba la [música] primera muerte que cargaba sobre los hombros. Esa palabra Sugar [música] iba a viajar con él por todo el mundo.
Iba a aparecer en los carteles de Estados Unidos, [música] en los rótulos de los rings de México, en las páginas deportivas de [música] Europa. No, no, no. Pero el chamaco sentado ahí no sabía [música] que el apodo era una sentencia que iba a cargar hasta el último [música] día de su existencia. Cuando llegó a su casa de matanzas, tres días después del combate, [música] encontró a su padre sentado en la cocina esperándolo con el periódico abierto [música] sobre la mesa como anuno e a cono a a cono [música] anuno con con
Domingo Ramos miró al chamaco y le hizo una sola pregunta. [música] le preguntó, “¿Sabías que ese muchacho estaba enfermo?” [música] El chamaco bajó la mirada, le contestó que no. Domingo Ramos [música] cerró el periódico, le sirvió un café y le dijo una frase que el chamaco iba a recordar por el resto de sus días.
[música] Le dijo, “Hijo, tú no mataste a nadie. A ese muchacho lo mataron antes de que tú te subieras al ring, pero ahora vas a tener que cargar con un muerto que no era tuyo y eso es lo más difícil que le puede pasar [música] a un hombre. El chamaco asintió en silencio y al día siguiente volvió al gimnasio y le dijo al mulato Sandoval [música] que quería seguir peleando.
El mulato lo abrazó y empezó a preparar el siguiente movimiento. [música] movimiento que iba a llevar al chamaco hasta el campeonato del mundo, pero también hasta la segunda [música] muerte que cargaría sobre los hombros. Una muerte que iba a ocurrir 5 años después [música] en un estadio repleto a más de 3,000 km de la Habana [música] en un país que se iba a convertir en su nueva patria hasta el final.
Número, ese país [música] era México. El 1 de enero de 1959, [música] cuando el chamaco estaba a punto de cumplir 18 años, pasó algo en Cuba que iba a cambiar el destino del [música] boxeo profesional y de paso iba a cambiar el destino del chamaco. Fidel Castro entró triunfante a la Habana. Los rebeldes de la Sierra Maestra bajaron de los cerros, [música] tomaron los cuarteles y empezaron a transformar.
Cada uno de los rincones de la isla. A los pocos meses, el nuevo gobierno cubano anunció [música] la prohibición del boxeo profesional, argumentando que era un deporte [música] burgués, un espectáculo donde los hombres se golpeaban por dinero [música] mientras otros se enriquecían. El chamaco, que había estado peleando [música] profesionalmente desde los 15 años, se quedó de un día para otro sin manera de ganarse la vida.
Recuerda esto [música] porque va a ser importante más adelante. El último combate del chamaco en suelo cubano [música] fue el 30 de diciembre de 1960 contra un boxeador llamado Sergio Gómez. lo noqueó sin sudar con pato con compa [música] Gom era el campeón nacional cubano peso pluma, [música] con un récord intacto en su país y ni una sola arena donde poder volver a subirse a un ring.
Esa noche después del combate se sentó en el camerino solo con los guantes todavía [música] puestos y se puso a llorar. Era la primera vez que el chamaco [música] lloraba en un camerino. Domingo Ramos, su padre, llegó a recogerlo a la 1 de la madrugada. Lo encontró [música] sentado en la banca. Con la cara mojada, el padre se sentó a su lado, lo abrazó y le hizo [música] una sola pregunta.
Le preguntó, “Si te vas, ¿cuándo vuelves?” El chamaco le contestó, “Que no sabía.” Domingo Ramos le tomó la mano, [música] le quitó los guantes despacito, como cuando era un niño limpiabotas, y le dijo que se fuera, [música] que llegara a ser el mejor del mundo, como había prometido, y que regresara. Cuando [música] esto se acabara, el chamaco asintió.
Esa misma semana llegaron a la casa de la familia Ramos, tres hombres [música] con maleta. Uno de ellos iba a salvarle la vida al chamaco, otro lo iba a traicionar. 5 años después eran agentes de boxeo profesional [música] que habían escuchado del cubano noqueador y querían sacarlo de la isla. Y uno de esos tres hombres era [música] un cubano más alto, más viejo, que también había sido boxeador y que también [música] había salido de la isla tres meses antes buscando seguir su carrera en [música] el extranjero.
Se llamaba José Ángel Nápoles, pero todos le decían, “Mantequilla, mantequilla, mantequilla [música] Nápoles” iba a convertirse en la próxima leyenda del boxeo cubano nacionalizado [música] mexicano en uno de los mejores boxeadores de toda la historia del deporte. Y aquella tarde de 1961, [música] Mantequilla Nápoles se sentó en la sala de los ramos, tomó café y le ofreció al chamaco un boleto de avión hacia un país que iba a recibirlo como si fuera [música] un hijo.
Ese país era México, Petra. La madre llevó al chamaco al patio, le cortó un pedazo de [música] pelo, lo guardó en una bolsa de tela y lo metió en el dobladillo de un pañuelo. Le dijo que ese pañuelo era para San Lázaro, que cuando llegara [música] a México lo dejara en una iglesia cualquiera, el chamaco. Se guardó el pañuelo en el bolsillo del saco y se subió al avión el 20 de noviembre de 1961.
Llevaba una maleta de cartón, tres camisas, un pantalón, los guantes que le había regalado el mulato Sandoval. Eh eh eh eh. Y un sobre con $4 que su madre le había guardado durante 6 años. aterrizó en el aeropuerto de la ciudad de México a las 3 de la tarde. Hacía frío, hacía mucho frío y lo que iba a pasar.
En los siguientes 6 años en la capital mexicana lo iba a convertir en leyenda viva y en condenado eterno. Al mismo tiempo, el chamaco, que nunca había salido del Caribe, salió de la terminal del aeropuerto vestido con una camisa de manga corta y se quedó parado en la banqueta temblando. Mantequilla Nápoles. [música] Lo recibió en la puerta, le quitó el saco que llevaba puesto y se lo colocó encima de los hombros.
lo subió a un coche [música] y lo llevó a un departamento modesto en la colonia Doctores y y a pocas cuadras de la Arena, México, le dijo, “Aquí vas a vivir, en este barrio vas a entrenar y desde mañana mismo vas a empezar de nuevo.” El chamaco dejó la maleta en una esquina del cuarto, se asomó a la ventana [música] y vio la ciudad por primera vez.
Esa misma noche, Mantequilla Nápoles lo llevó a cenar tacos al pastor en una esquina de la colonia Roma. Le pagó la cena y mientras comían le explicó las reglas. le contó cómo funcionaba la mafia del boxeo mexicano. Le advirtió de los managers tramposos. Le presentó a su primer entrenador en Suelo Azteca, un señor mayor llamado Cullo Hernández, [música] el chamaco.
Comió en silencio y empezó a vivir su segunda vida. 5 [música] días después de aterrizar, lo subieron a un ring en Puebla, combatiendo contra un mexicano llamado [música] Rafael Camacho. Era el 13 de diciembre de 1961, su primer combate [música] en suelo mexicano. Y aquí pasó algo extraño. chamaco, que llevaba 3 años sin perder un combate, que tenía un récord casi perfecto en Cuba.
[música] Perdió esa noche en Puebla. Por descalificación, el árbitro alegó un golpe bajo intencional. El golpe no fue intencional. Lo confirmaron tres jueces independientes después del combate, el público [música] mexicano lo abucheó. Le gritaron, “¡Cubano, vete a tu isla!” Y cubano, cubano, cubano, cubano, [música] cubano.
El chamaco bajó del ring con la cabeza inclinada, recogió sus cosas y regresó a la ciudad de México en un autobús nocturno de segunda clase, sin dormir, pensando que tal vez había sido un error salir de Cuba, pero algo cambió. En las siguientes peleas, Cuyo Hernández le hizo dos modificaciones a su técnica, le levantó la guardia y le cambió el balance del pie izquierdo.
Y el chamaco [música] empezó a ganar otra vez y a ganar y a ganar. [música] 21 de febrero de 1962. Le ganó a Cándido Tenorio en [música] el auditorio municipal. 14 de abril le ganó a Tony Velázquez. 3 de junio. Noqueo a Manuel Rocha. A no. En el segundo asalto, 22 de septiembre, le ganó a Joey López, famoso boxeador mexicoamericano.
[música] En la Arena Olimpia, cinco peleas seguidas, cinco victorias, cuatro de ellas por la vía rápida, una más en París contra Rafiu King, un nigeriano que vivía en Francia, lo noqueó en el cuarto asalto frente al público europeo. Pero esto que voy a contar ahora casi nadie lo sabe porque el chamaco nunca quiso [música] que se publicara.
Mientras estuvo vivo, una noche después de su quinta [música] victoria mexicana. Conoció a una mujer mexicana en el restaurante del hotel del Prado. [música] Era una empleada que llevaba bandejas a las mesas, 22 años, pelo negro, ojos cafés, una sonrisa tímida. Se llamaba Marta, el chamaco. [música] La invitó a un café.
Al día siguiente la invitó otra vez, la tercera vez la invitó a cenar y [música] en la cuarta le pidió que lo acompañara a sus combates. Marta lo acompañó tres meses después de conocerlo hasta el ring de la Arena México. Lo vio noquear a Manuel Rocha. En el segundo asalto aplaudió, [música] lloró un poco y desde esa noche empezaron a salir oficialmente.
El chamaco se enamoró [música] sin ruido, sin gestos grandes y sin promesas anticipadas. simplemente empezó a llamarla todos los días [música] a las 7 de la noche antes de subir al gimnasio. Una noche le dijo a Cuyo Hernández que cuando todo esto acabara, [música] cuando ganara un cinturón mundial, iba a casarse con esa mujer mexicana, cuyo Hernández [música] le sonrió, le tocó el hombro y le dijo que primero tenía que ganar el cinturón.
A los 20 años recién cumplidos, el chamaco ya estaba clasificado [música] para pelear por el campeonato del mundo, peso pluma, el rival. Era una leyenda, un boxeador afroamericano [música] que medía 1, con60 cm, a quien le decían el pequeño gigante y q e e q e e. E e eh [carraspeo] e eh e eh e [carraspeo] meu cu e e pe e me e pe me e e [lloros] [música] pe e e e Eh, eh eh.
Su nombre era Davey Moore. David Moore era el monarca mundial de peso pluma. Llevaba 4 años con el cinturón, [música] cinco defensas exitosas, cara redonda, sonrisa [música] blanca, dientes parejos. Era el favorito absoluto del público estadounidense. Había salido en la portada de la revista Ring Magazine. Había aparecido en programas de [música] televisión.
Tenía esposa, cinco hijos pequeños y casa propia. En Ohio. [música] La pelea se pactó para el 21 de marzo de 1963. La sede iba a ser el Dodger Stadium de Los Ángeles. [música] Repleto 50,000 personas. El chamaco viajó a Los Ángeles tres semanas antes del combate, [música] cuyo Hernández lo acompañó. Mantequilla Nápoles lo iba a alcanzar.
[música] La semana del combate, el chamaco se hospedó en un hotel modesto [música] de la calle Olympic a 10 cuadras del estadio. Se entrenó, comió, durmió, caminó [música] por la sexta avenida, vio carteles enormes con su cara y la cara de David Moore. Una noche, [música] Mantequilla Nápoles le hizo una llamada al hotel. le dijo, “Acuérdate de la promesa [música] que le hiciste a tu padre.
Esta es la noche que estabas esperando.” El chamaco colgó el teléfono y se quedó [música] mirando el techo hasta el amanecer. Esa misma semana, Mantequilla hizo otra llamada, esta vez a Matanzas, [música] a Casa de los Ramos, para informarle a Domingo la fecha del combate por el cinturón mundial. A a a [música] ma a [música] Domingo Ramos estaba sentado en la cocina con un café enfrente, escuchó a mantequilla, [música] asintió tres veces, le dio las gracias y colgó.
Esa misma tarde caminó hasta la iglesia de San Lázaro de Matanzas. Se sentó en la última banca y se puso a [música] rezar. le pidió a Dios que el día del combate su hijo no matara a nadie más [música] por la promesa que le había hecho a los 8 años. Domingo [música] Ramos sabía que en Cuba lo seguían recordando como el chamaco [música] que mató al tigre blanco y rezaba para que el hijo no cargara con un segundo muerto, lo que Domingo Ramos no sabía.
[música] Mientras rezaba esa tarde era que su oración llegaba tres días tarde [música] para evitar la tragedia. Marta, la mujer mexicana, se enteró del combate [música] por las páginas deportivas del periódico Esto lo leyó tres veces, recortó [música] la noticia, la metió en un sobre y la guardó debajo de su almohada.
Pero esa noche Marta [música] tuvo un sueño que iba a recordar el resto de su vida. soñó con un boxeador afroamericano acostado en un hospital [música] con la cabeza vendada y una mujer negra sentada junto a la cama llorando. Altre Miling. Marta [música] nunca había visto una sola foto de Davey Moore Nunca había visto una sola foto de Geraldine Moore, pero en el sueño [música] los dos tenían cara y los dos le hablaban en inglés.
Marta despertó a las 5 [música] de la mañana sudando, encendió la luz del cuarto y se quedó sentada en la cama hasta el amanecer. A la mañana siguiente sacó el recorte del periódico [música] Esto y lo metió en el fondo de un cajón donde no lo pudiera volver a ver [música] hasta que la pelea terminara. Esta foto a quedar en ese cajón hasta la noche [música] del 21 de marzo, cuando el chamaco se subiera [música] al ring del Dodger Stadium.
Y otra cosa que pocos cronistas [música] mexicanos han mencionado, Marta esa misma semana caminó hasta [música] la Basílica de Guadalupe, se hincó frente al manto sagrado y rezó la misma oración que Domingo Ramos estaba rezando [música] en la iglesia de San Lázaro de Matanzas. En el mismo momento le pidió a la Virgen que el chamaco no cargara con un segundo muerto, pero la [música] Virgen no la escuchó, como tampoco escuchó a Domingo Ramos, como tampoco [música] escuchó a Petra, la madre, que en Matanzas estaba rezando [música] junto a su esposo por
el alma de su hijo cubano tres oraciones simultáneas [música] en tres ciudades distintas. por la misma alma y ninguna de las tres [música] funcionó. Y aquí pasó algo que ninguno de los tres rezadores llegó a saber hasta el día de sus respectivas [música] muertes. En la misma semana en que Petra y Domingo rezaban en Matanzas [música] y Marta rezaba en la Basílica de Guadalupe, otra mujer estaba rezando en una iglesia bautista de Springfield, [música] Ohio.
Esa mujer se llamaba Geraldine Mur. era la esposa de David Moore y rezaba [música] por lo mismo que ellos rezaban, le pedía a Dios que su esposo no saliera lastimado. Aquella noche en el Dodger [música] Stadium, cuatro oraciones simultáneas en cuatro ciudades por dos hombres distintos y ninguna llegó. Adiós. Esa pelea [música] histórica, la que iba a cambiar el deporte para siempre es algo que vamos a ver.
con mucho detalle [música] más adelante, porque ahora, 54 años después de aquella noche [música] en el Dodger Stadium, hay algo más urgente que tenemos [música] que entender. El 30 de agosto de 2017 en la colonia Doctores de la Ciudad de México, [música] a pocas cuadras de donde había llegado por primera vez en 1961. La esposa del campeón cubano estaba ayudándolo a bajar las escaleras del departamento modesto donde vivían.
Eran las 11:30 de la mañana. El campeón cubano iba vestido, como siempre, se vistió. Durante los [música] últimos 50 años traje gris perla, camisa blanca, corbata sujeta con un prendedor en lugar de nudo, gafas oscuras, [música] sombrero Panamá, bastón de madera. tenía 75 años. [música] Llevaba 18 meses sintiendo un dolor que ningún doctor le había explicado.
Bien, la esposa, una mujer mexicana [música] de pelo cano que se había casado con él en 1964. 3 meses después de la pelea [música] contra David Moore, le pidió que se sostuviera del barandal, que el escalón estaba mojado, que la limpiadora [música] acababa de pasar el trapeador, pero él, que durante toda su vida se había levantado solo, después de cada caída, soltó la mano del barandal y dio un paso.
Lo que pasó en los siguientes dos segundos es la razón por la que ningún mexicano pudo despedirse del último gran ídolo cubano que se quedó a vivir en esta tierra. Dos. Dos. Pero antes de contar esos 2 segundos, hay algo que necesitas [música] entender. El campeón cubano no estaba enfermo [música] por accidente. El campeón cubano llevaba 30 años pidiéndole a Dios [música] que lo enfermara.
No, lo confesó en una entrevista con la jornada [música] en el lobby del hotel Birreyes del centro histórico de la Ciudad de México. El año 2008, el periodista le preguntó si extrañaba pelear y él levantó la mirada, tomó un trago de café y le contestó. Le dijo, “Lo que extraño es poder dormir sin que me visiten los dos muchachos que dejé sin vida. adentro de un ring.
Lin, el periodista, no se atrevió a publicar esa frase. [música] La guardó en una libreta vieja durante 9 años hasta el día que el campeón cubano se murió [música] y se atrevió a sacarla en el obituario. Entonces, esos 2 segundos, el campeón cubano resbaló en el escalón mojado, cayó hacia adelante, estiró las dos manos.
para detenerse contra el suelo y la cadera derecha se le quebró en tres pedazos. La esposa gritó. Los vecinos del edificio bajaron a ayudarla. [música] Llamaron a una ambulancia, lo subieron en la camilla, lo trasladaron al hospital a nueve cuadras del departamento. [música] En el hospital, tres doctores diferentes le hicieron tres estudios diferentes y los tres coincidieron.
En el mismo diagnóstico, [música] el campeón cubano no tenía una cadera rota por culpa del escalón mojado. Eh, tenía una cadera rota [música] porque adentro de los huesos llevaba 18 meses creciendo, una enfermedad que ya le había comido, la próstata y ya le estaba comiendo, los huesos. Y aquí vino lo más oscuro.
[música] Los tres doctores se sentaron con la esposa en una sala vacía. Le explicaron que el campeón cubano necesitaba una operación de cadera urgente, [música] pero que ninguno de los tres se atrevía a operarlo. Le explicaron que el corazón no iba a aguantar la anestesia, que los huesos [música] estaban tan débiles que las pinzas no iban a sostener la cadera nueva, que la enfermedad estaba tan avanzada que cualquier operación era [música] acelerar lo inevitable.
La esposa lloró en silencio y les hizo una sola pregunta. le preguntó, “¿Cuántos doctores en toda la ciudad de México estarían dispuestos a [música] operarlo?” El doctor más viejo la miró, tomó aire y le contestó. Le dijo, “Señora, ya hemos consultado con todos los traumatólogos de los principales hospitales de la capital.
Ninguno de ellos quiere asumir [música] la responsabilidad de firmar la operación de su esposo. La esposa [música] bajó la cabeza, asintió, firmó los papeles y se llevó al campeón cubano de regreso al [música] departamento modesto de la colonia Doctores, donde había vivido. sus últimos 28 años. Lo acostaron en la cama, boca arriba, con la cadera quebrada en tres pedazos, sin poder moverse, sin poder voltearse y mucho menos levantarse para ir al baño.
Y le pusieron una bolsa de hielo encima del muslo para amortiguar [música] el dolor. Pasaron las primeras 24 horas. El campeón cubano se quedó mirando el techo sin hablar, sin pedir nada de agua y mucho menos comida. Solamente mirando el techo. Tri. Y aquí pasó algo que la viuda nunca le contó a ningún periodista.
[música] Hasta el día que se murió. La esposa le acercaba la mano, le tocaba la frente con la palma abierta, le susurraba palabras al oído y se ponía a contarle historias [música] viejas del hotel Birreyes, de los Villares de Eje Central, de Mantequilla Nápoles, del mulato Sandoval, [música] de su padre Domingo, de su madre Petra.
Él no contestaba. Pasaron las siguientes 24 horas. El segundo día recibió una llamada en el teléfono de la casa. Era Mauricio Sulaimán, [música] el presidente del Consejo Mundial de Boxeo, hijo del legendario don José Suleimán, que había sido una de las personas que más había cuidado al chamaco cubano [música] durante los últimos 50 años.
Mauricio le habló 10 minutos, le contó cosas viejas. [música] le recordó la noche del 21 de marzo de 1963. El campeón [música] cubano sostuvo el teléfono con la mano izquierda, cerró los ojos y por primera vez en 48 horas empezó [música] a llorar. No, no. Cuando Mauricio Sulaimán cortó la [música] llamada, la esposa se acercó a la cama, le acomodó la corbata con el prendedor [música] sin nudo, como él siempre quiso.
Le quitó las gafas oscuras, le secó las lágrimas y le hizo una pregunta que llevaba 30 años queriendo [música] hacerle. Le preguntó, “¿Por qué nunca quisiste rezar conmigo en la iglesia?” El campeón cubano [música] tragó saliva, abrió los ojos y le contestó. le dijo, “Porque hace 58 años yo le pedí [música] a Dios una sola cosa.
Le pedí que si algún día tenía que rendir cuentas por los dos muchachos que dejé sin vida adentro de un [música] ring, me dejara rendirlas despacio y solo, sin sacerdote presente, sin testigos y, por supuesto, [música] sin perdón.” La esposa lo abrazó y él le susurró al oído la última frase que iba a decirle. Sí. Ah, ah, ah, le dijo, [música] “Ya estoy listo, que ya viene el que tiene que venir.
” Y cerró los ojos. A las 5:30 de la tarde del 3 de septiembre de 2017, el campeón [música] cubano dejó de respirar. La esposa lo besó en la frente, le acomodó el sombrero Panamá sobre el pecho y llamó a Mauricio Sulaimán. [música] Mauricio Sulaimán publicó la noticia en las redes sociales del Consejo Mundial de Boxeo.
3 horas después, solamente [música] escribió una sola línea. Escribió, “Adiós al amigo que ya estaba descansando [música] porque la viuda le había contado que el campeón cubano llevaba 30 años pidiéndole a Dios que lo dejara descansar.” [música] por fin de los dos muchachos que cargaba adentro. Pero el campeón cubano [música] no descansó esa misma noche, porque para descansar necesitaba terminar de contar una [música] historia que llevaba 54 años sin contar, número una historia que solamente la viuda conocía [música] completa. Una historia que empezaba en
el lobby de un hotel de Los Ángeles [música] tr días antes del combate en el Dodger Stadium. Cuando un periodista de Los Angeles Times [música] le hizo una pregunta a David Moore y Davey Moore le contestó [música] con una frase que tres días después se iba a convertir [música] en la profecía más exacta del boxeo mundial, porque David [música] Moore predijo la forma exacta en la que iba a perder la vida y el chamaco cubano la cumplió al pie de la letra Era el 18 de marzo de 1963, [música] 3 días antes del combate por el cinturón
mundial peso pluma. Davey [música] Moore, el monarca afroamericano, estaba dando una rueda de prensa en el lobby del hotel Statler de Los Ángeles, sentado en una silla alta [música] junto a su entrenador Willy Ketchum y junto a su esposa. Geraldine sonreía [música] con esa sonrisa blanca de dientes parejos que había [música] conquistado al público estadounidense durante los últimos 4 años.
Llevaba un traje gris bien cortado, una camisa azul claro y un reloj de oro que le había regalado el alcalde de Springfield, su ciudad natal. Los periodistas le hicieron preguntas. Durante 45 minutos le preguntaron sobre las cinco defensas exitosas, por los hijos, por la casa nueva en Ohio y por los planes que tenía después de retirarse.
Y al final, un periodista de Los Angeles Times le hizo la última pregunta [música] de la rueda de prensa. Le preguntó qué pensaba del retador cubano [música] que venía desde México. David Moore se acomodó la corbata. se rió un poco y le contestó. le dijo. El cubano tiene buena pegada, [música] tiene valor, pero para llevarse el cinturón, de regreso a México, va a tener que matarme.
Esas fueron [música] las palabras exactas que David Moore pronunció tres días antes de la pelea. El periodista anotó [música] la frase, la publicó al día siguiente en la portada de [música] la sección deportiva de Los Angeles Times, sin saber que estaba publicando [música] la sentencia de muerte del propio campeón.
Esa misma noche del 18 de marzo, [música] el chamaco cubano estaba en el hotel Olympic de Los Ángeles, Mantequilla [música] Nápoles, le llevó una copia del periódico, le tradujo el titular y le leyó lo que había dicho David Moore, [música] el chamaco. Escuchó la traducción sin mover ni una pestaña. Cuando mantequilla [música] terminó, le pidió la copia del periódico, la dobló y la guardó en el bolsillo [música] de su saco a su lado, cuyo Hernández, su entrenador mexicano, le preguntó qué pensaba [música] el chamaco. Tragó saliva y le contestó. le
dijo, “Voy a pelear con respeto, [música] como siempre he peleado. Pero si Davey Moore quiere que su frase se cumpla, que se cumpla lo que el chamaco no [música] sabía. Esa misma noche era que su padre Domingo en Matanzas acababa de despertar [música] sudando de una pesadilla por primera vez en 15 años. El 21 de marzo de 1963, recuerda este nombre, David Moore, va a perseguir al chamaco hasta el último [música] día.
De su existencia, 50,000 personas llenaron el Dodger Stadium. [música] La pelea era el evento estelar de una cartelera que incluía otros tres campeonatos. La transmisión llegó a los Estados Unidos, a México completo, a Cuba [música] comunista y por las ondas cortas, a toda Centroamérica. Guarda esto en [música] tu mente.
Esta pelea iba a cambiar la historia del boxeo profesional para siempre. En Matanzas, Domingo Ramos se sentó en la cocina junto a una vieja radio Senit [música] con una taza de café tibio. Las manos le temblaban apenas un poquito. Petra, [música] la madre, estaba parada detrás de él con un rosario entre los dedos rezándole a San [música] Lázaro.
En la ciudad de México, Marta, la novia mexicana, estaba en el departamento de la colonia Doctores, [música] sentada en un sillón con dos vecinas esperando la transmisión por la radio XW. [música] El chamaco se vistió en el camerino con sus pantaloncitos rojos y una bata [música] azul que decía sugar en letras blancas, mantequilla.
Le ajustó los vendajes, cuyo Hernández le pegó los guantes y le susurró [música] al oído. le dijo, “Recuerda a tu padre, a Matanzas y al cajón de limpiabotas que dejaste guardado bajo tu [música] cama.” David Moore salió al ring primero con su bata blanca, con sus pantaloncitos azules saludando a las 50,000 [música] personas. Sonriendo, David Moore.
Después salió el chamaco. Aplausos divididos. Algunos abucheos, [música] mucho ruido. El referee George Latka. Los llamó [música] al centro del ring, les explicó las reglas. Davey Moore le sonrió al cubano, le tocó el guante y le susurró algo que el chamaco [música] no entendió por el ruido del público. Después se sabría que David Moore le había deseado suerte en inglés, [música] pero también se sabría algo más, algo que solamente Geraldine Moore, su [música] viuda, iba a contarle a un periodista de Springfield. 40 años
después sonó la campana del primer asalto. Los primeros seis asaltos fueron parejos. Davey Moore movía la cabeza, esquivaba bien, conectaba ganchos cortos. El chamaco iba al frente tirando ráfagas, aprovechando cada acercamiento. Antes de cada asalto. Los dos boxeadores se saludaban en el centro del ring con un toque de guantes, con una inclinación de cabeza.
Era una ceremonia grave, pero llena de respeto. En el séptimo asalto, el chamaco le metió un gancho corto en el hígado. David Moore bajó la guardia por un segundo y el chamaco le metió otro gancho. En la cabeza David Moore cayó hacia atrás y la nuca pegó, pero no pegó contra el lienzo del ring, pegó contra la tercera cuerda que estaba detrás de él.
Aquí tenemos que detenernos porque algo muy pocos cronistas mexicanos han contado sobre esa noche. Las cuerdas del ring [música] del Dodger Stadium no eran de soga, eran de acero. Forrado con tela la empresa que había instalado las cuerdas. [música] Esa misma semana era una empresa nueva con sede en Chicago que estaba probando un material más resistente.
Para los rings profesionales, tres comisiones estatales habían revisado las cuerdas antes del combate y habían firmado la autorización, pero ninguno de los inspectores había golpeado las cuerdas para medir la elasticidad real. Las cuerdas del Dodger Stadium aquella noche eran prácticamente rígidas y la nuca de David Moore pegó contra esa rigidez como si hubiera pegado contra una barra de acero cubierta con un trapo.
La cabeza de David Moore rebotó hacia adelante, [música] cayó a lienzo y se quedó inmóvil. El referee empezó a contar. A la cuenta de ocho. David Moore [música] movió la mano izquierda. A la cuenta de nueve. Movió la cabeza. A la cuenta de 10 logró ponerse de pie, pero la [música] esquina tiró la toalla.
El combate se detuvo en el séptimo asalto con knockout técnico. El chamaco [música] levantó los brazos. La multitud rugió. 50,000 personas [música] aplaudieron. Mantequilla Nápoles saltó al ring, lo [música] abrazó, cuyo Hernández le tomó la cara con las dos manos y le besó la frente. David Moore se sentó en su banquito, le quitaron los guantes, le dieron agua, sonrió, caminó por su propio pie hasta el camerino, adentro del camerino habló con varios periodistas.
Durante [música] 15 minutos, uno de ellos le preguntó qué había pasado. David Moore tomó un trago de agua y le contestó. Le dijo, “Yo estaba fuera de forma, así de llano y así de sencillo. Esta noche simplemente no estaba en mi mejor forma y volvió a sonreír. Cuando los periodistas se fueron, David Moore empezó a sentir [música] un dolor detrás de los ojos.
Ah, le pidió a Willy Ketchum que le acercara una toalla húmeda. Se la puso en la frente, cerró los ojos. No, no y cayó inconsciente. Willy Ketchum gritó, llamó a la ambulancia. Lo llevaron de urgencia al hospital [música] White Memorial de Los Ángeles. Los doctores le hicieron estudios durante toda la noche y al amanecer salieron de la sala de operaciones.
Buscaron a Geraldine, la esposa, la sentaron en una silla, le tomaron la mano y le explicaron que el cerebro de su esposo tenía un daño, que no se podía operar, que el latigazo, [música] cuando la nuca pegó contra la cuerda de acero, le había roto el tallo [música] cerebral y le advirtieron que solamente quedaba esperar. Pasaron 75 horas.
El 25 de marzo [música] de 1963, a las 9 de la mañana, David Moore dejó de respirar sin haber recuperado el conocimiento, [música] sin haber podido despedirse de sus cinco hijos y sin haber podido tomarle la mano [música] a su esposa, cumpliéndose al pie de la letra la profecía que el propio [música] campeón había pronunciado tres días antes de subir [música] al ring.
El chamaco cubano estaba en el hotel Olympic. Cuando recibió la noticia, Mantequilla Nápoles subió al cuarto, lo encontró sentado en la cama, todavía con la bata de Sugar puesta mirando el techo, [música] mantequilla. Se sentó al lado del chamaco, le tocó el hombro y le dio la noticia. Co, [música] el chamaco no lloró, no habló, solamente bajó la cabeza, pasó media hora en silencio.
Luego le pidió a Mantequilla [música] que le consiguiera un boleto de avión inmediato a Springfield, Ohio, mantequilla. Le preguntó, [música] “¿Para qué el chamaco?”, le contestó. le dijo, “Quiero ir a hablar con la esposa de David [música] Moore, quiero pedirle perdón. Mantequilla Nápoles le compró el boleto.
Esa misma tarde el chamaco viajó a Springfield [música] solo, sin entrenador, sin asistente y por primera vez en su vida, sin manager, [música] llegó al hospital a las 8:30 de la noche. Preguntó por Geraldine Moore, [música] la enfermera, le pidió que esperara. Geraldine bajó, lo reconoció por las fotos del periódico, se quedó parada frente a él.
Sin decir una [música] palabra, el chamaco le entregó un sobre con todo el dinero que había ganado. Por la pelea del Dodger Stadium, eran $1,000. Él, él, él, él, él, [música] el él. Geraldine lo miró, no abrió el sobre, no lo aceptó, se acercó, le acomodó la solapa del saco, le hizo una pregunta en voz [música] baja, le preguntó cómo se llamaba su esposa, el chamaco.
Le contestó que estaba a punto de casarse con una mujer [música] mexicana llamada Marta. Geraldine asintió, le devolvió el sobre y le hizo una sola petición. [música] le pidió que si algún día Dios le daba al chamaco la [música] oportunidad de morirse despacio, la aprovechara, que la dejara durar, [música] que sufriera cada uno de los segundos que su esposo no había podido [música] sufrir.
El chamaco se quedó quieto, sostuvo el sobre con dinero [música] en la mano izquierda y le contestó que sí, que cumpliría. Geraldine le dio [música] la espalda. y subió las escaleras del hospital. Aquí es donde tenemos que detenernos [música] porque lo que pasó en los días siguientes, pocas personas [música] en el mundo lo saben desde el balcón del Vaticano.
El Papa Juan X3, [música] que estaba a un mes de morir por un cáncer estomacal, hizo una declaración a los periodistas internacionales. Pidió que el boxeo profesional fuera prohibido [música] en el mundo entero. lo llamó una práctica indigna para los hijos de [música] Dios y para los hombres que se respetan a sí mismos.
La declaración [música] salió en los periódicos de Italia entera, de Francia con sus diarios revolucionarios, de los Estados Unidos [música] y por supuesto de México. Número como momento. [música] En Nueva York, un cantante folk de 22 años que se acababa de hacer famoso [música] tomó una guitarra, se subió al escenario y compuso una canción.
En esa misma semana se llamaba [música] ¿Quién mató a David Moore? El cantante era Bob Dylan y le preguntaba en cada estrofa, ¿quién había matado al boxeador afroamericano? La respuesta iba [música] pasando por el referie del combate, por la multitud del estadio, por el manager corrupto y también pasaba [música] por los apostadores, por los periodistas y por las leyes mismas hasta llegar al chamaco cubano que había tirado el [música] último golpe.
La canción se convirtió en un himno de protesta [música] cantada también por [ __ ] Seer, cantada también por Philots en cada esquina de Estados Unidos, el estado de California estuvo [música] a punto de prohibir el boxeo profesional para siempre. Una comisión legislativa se reunió tres veces para discutirlo. Número K.

Al final decidieron mantener el deporte, pero cambiaron las reglas de seguridad de los rings. Por orden directa de esa comisión, [música] las cuerdas de acero se prohibieron para siempre en todos los [música] rings profesionales de los Estados Unidos. Tun Tom era una [música] victoria silenciosa de Geraldine Moore, que aceptó la nueva regla [música] en silencio, sin asistir a ninguna ceremonia oficial.
[música] Pero el chamaco cubano no tuvo ninguna victoria. El chamaco cubano acababa de cumplir 21 años, [música] de ganar el cinturón mundial peso pluma y de cumplir la promesa que le había hecho a su padre. [música] 15 años antes en una cocina de Matanzas, pero acababa de quedar marcado para siempre como el [música] único boxeador del planeta que había matado a dos hombres adentro de un ring profesional, cuyo Hernández le organizó la defensa del título el 13 de julio del mismo año contra Rafiu King, el nigeriano [música] que vivía en Francia,
el mismo que ya había noqueado en París. dos [música] contra dos. lo defendió sin problema, por decisión unánime en la Arena México, frente al [música] público mexicano que lo recibió como a un hijo. defendió tres veces más contra [música] Mitsunor Seeki, contra Floyd Robertson hasta que llegó su cuarta defensa.
[música] Pero lo que vino después de esa cuarta defensa lo cambió todo. El 26 de septiembre de [música] 1964, en el toreo de Cuatro Caminos, el rival era un mexicano joven llamado Vicente Saldívar. Vicente Saldívar tenía 21 años, mismo que [música] el chamaco. Era diestro, tenía piernas rápidas, pegada técnica y odio.
Odio por el cubano que les había quitado el cinturón a los mexicanos, [música] que llevaba un año entrenando para arrebatárselo. Y odio por el ídolo que se había robado al público de su país. El combate [música] estuvo lleno. Desde el primer asalto, el chamaco cubano empezó tirando ráfagas. [música] Vicente Saldíar lo aguantó sin moverse.
No, no. Y aquí empezó la caída. En el quinto asalto, Vicente Saldíar conectó un gancho que le bajó la guardia al chamaco. [música] En el séptimo le abrió una herida encima del ojo izquierdo. En el noveno le tiró la primera caída. En el undécimo, [música] el refere Ramón el bello Berumen se acercó al rincón del [música] chamaco, vio la cara hinchada, la sangre y detuvo el combate.
A Vicente Saldívar levantó los brazos, se llevó el [música] cinturón y se convirtió en el nuevo monarca mundial, peso pluma. El chamaco cubano [música] bajó del ring con la cabeza inclinada cubriéndose la cara con la [música] toalla. No sabía que la noche del Dodger Stadium había sido la última gran noche de su carrera, que a partir de ahora [música] iba a ir cuesta abajo hasta el día que se retirara y todavía [música] le faltaba por sufrir la injusticia más grande de toda su trayectoria.
[música] 3 años después, julio de 1967, el chamaco [música] peleó por el cinturón, pero esta vez en la categoría peso ligero [música] contra el puertorriqueño Carlos Ortiz. A El combate fue en [música] la plaza de toros de la Ciudad de México, 15,000 personas. La transmisión llegó a todo el [música] continente.
15 asaltos completos, ráfagas a ráfagas, caída a caída. Sangre a sangre, [música] cuando sonó la última campana, el anunciador subió al ring, recibió las tarjetas de los jueces, las miró, [música] tomó el micrófono y anunció al chamaco como el nuevo campeón mundial peso ligero. [música] El público mexicano estalló. Los periodistas subieron al ring Mantequilla Nápoles.
Levantó al chamaco en hombros, pero dos minutos [música] después, el anunciador levantó la mano, pidió silencio y dijo que había sido un error, que el ganador era Carlos Ortiz por knockout técnico. En el quinto asalto, el público empezó a gritar. botellas, sillas, insultos. La policía tuvo que rodear el ring para sacar a Carlos Ortiz por la puerta de atrás.
Nu y el chamaco se quedó sentado en su rincón llorando sin moverse. Por segunda vez en su vida lo habían usado una vez para vender [música] una pegada letal y otra vez para vender. Una decisión injusta. [música] Aquí vino la conexión que nadie quiso ver. La promesa que el niño limpiabotas le había hecho a su padre en aquella cocina [música] de Matanzas la promesa de ser el mejor del mundo.
Sí, se cumplió. [música] El chamaco. Fue campeón mundial peso pluma. Entró al salón de la fama internacional. Su padre lo abrazó [música] antes de morir y le dijo que estaba orgulloso. Pero hubo una segunda promesa que nadie conocía. una promesa que el chamaco le hizo a la viuda de David Moore en el hospital de Springfield, Ohio, tres días después de la pelea, cuando ella le pidió que si algún día Dios le daba la oportunidad de morirse despacio, la aprovechara.
Y el chamaco, que era un hombre de palabra, cumplió esa promesa. También pasó 18 meses con la enfermedad, comiéndolo por dentro, acostado, sin poder moverse, 48 horas con la cadera rota, sin que ningún doctor le diera el alivio de una anestesia. El chamaco cubano murió [música] despacio como Geraldine Moore se lo había pedido y solamente cuando estuvo seguro de que había sufrido lo suficiente para que Dios le perdonara.
Las dos muertes que cargaba, cerró los ojos para descansar. [música] Por fin, esa misma noche del 3 de septiembre de 2017, [música] la viuda mexicana sacó de un cajón, un cajón viejo de limpiabotas que el chamaco había guardado toda su vida. Y en número, adentro del cajón [música] había una foto en blanco y negro de Domingo Ramos, el padre sentado en la cocina de Matanzas en 1949 con un periódico arrugado, [música] encima de la mesa, atrás de la foto, una nota escrita con letra temblorosa.
Decía, “Hijo, si llegas a ser el mejor del mundo, cumple. [música] Pero no te olvides que el mejor del mundo carga lo que nadie quiere cargar. La viuda apagó la luz del cuarto y se quedó [música] sentada en la cama junto al cuerpo del chamaco hasta que llegó la gente de la funeraria. Cuando llegó la gente, [música] la viuda pidió que enterraran al chamaco con la corbata sujeta con el prendedor sin nudo, con el sombrero Panamá encima del pecho y con el cajón de [música] limpiabotas a los pies del ataúd. Lo enterraron así en el
panteón [música] francés de la ciudad de México con 200 personas, Mauricio Suleimán, los hijos, [música] los nietos y un grupo pequeño de boxeadores mexicanos que habían sido sus alumnos durante los últimos 20 años. Mantequilla Nápoles no pudo asistir. Llevaba 2 años. Postrado en una silla de ruedas en bahía de Tampa, Florida.
Su hijo mandó una corona de flores con una nota que decía, “Hasta pronto, compadre.” Y aquí termina la historia del último gran ídolo cubano que se quedó a vivir en Tierra Mexicana, pero no termina la pregunta que dejó sembrada en el aire. Porque si tú que estás escuchando esta historia esta noche tuvieras un [música] hijo de 7 años con un cajón viejo de limpiabotas pidiéndote permiso para caminar de noche hasta un gimnasio de boxeo, [música] ¿qué le dirías? Le dirías que sí porque el deporte te puede sacar de la pobreza.
Le dirías que no, porque adentro de un ring puedes terminar cargando muertos que no son tuyos. Quédate pensando esa pregunta esta noche. Cuando se apague la luz de tu casa, cuando tu esposa esté dormida, tu hijo también, tu padre, hasta tu madre y tú quedes despierto pensando, porque al final esta historia no es solamente [música] la historia de un campeón cubano que se quedó a vivir en Tierra Mexicana.
Es la historia [música] de cualquier padre que le hace una promesa a un hijo y de cualquier hijo que le hace una promesa a [música] un padre y de los muertos que se cargan por cumplirlas. Si conoces a alguien que esté cargando un muerto [música] que no le pertenece, compártele este video esta noche.
Y si esta historia te hizo pensar en alguien de tu propia familia, llámalo mañana. Suscríbete al canal para seguir contando las [música] historias que nadie se atreve a contar enteras. [música]
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