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Trabajé con ROCÍO DÚRCAL y el último día que la vi me confesó algo que me destroza

 Lo noté yo antes de que ella lo reconociera en voz alta. Son cosas que ve quien está cerca de alguien todos los días. Un cansancio que no desaparece después de dormir. Un esfuerzo que antes no hacía falta y que ahora sí. Pequeñas señales que una aprende a leer cuando lleva suficiente tiempo mirando. Le dije algo una mañana.

 con cuidado, contacto, pero se lo dije. Me miró un momento y me dijo, “Ya lo sé, Pilar, pero mientras puedas sigo.” Esa frase también se me quedó. Mientras pueda sigo. Era su manera de estar en la vida entera. Seguir con el cansancio encima, con los años encima, con lo que fuera encima. Seguir, porque parar significaba algo que no quería nombrar todavía.

 Los años siguientes fueron complicados de maneras distintas. Hubo momentos buenos, muchos. Hubo momentos difíciles que no hacen falta detallar porque son de ella y de su familia y hay cosas que pertenecen a las personas aunque esas personas ya no estén. Pero hay una cosa que sí voy aar una cosa que vi y que tiene que ver con lo que me dijo al final.

 Hubo una época, ya entrados los 2000, en que Rocío estaba lidiando con algo que el mundo de fuera no veía del todo, una presión que venía de varios sitios a la vez y que a mí, que la veía todos los días, me parecía demasiado para una sola persona. Presión de la industria, que siempre quiere más y más rápido y más grande. Presión de los compromisos que se habían firmado en momentos en que el cuerpo daba más de lo que daba ahora.

 presión de mantener una imagen pública que no dejaba margen para el bajón, ni para el error, ni para simplemente tener un día malo y que se notara. Y en medio de todo eso, la familia Antonio, que la conocía de verdad y que la quería de una manera que yo he visto pocas veces entre dos personas.

 Y los hijos que crecían y tenían sus propias vidas y sus propias complicaciones, como tienen todos los hijos en algún momento, era mucho, demasiado para cargarlo sola. y Rocío tenía la tendencia de cargarlo sol. Una tarde, después de una reunión larga con el equipo donde se habían tomado decisiones que a mí no me habían parecido las mejores, pero que no era mi lugar discutir, me la encontré en el pasillo de su casa con una expresión que no le había visto antes, cansada, pero con algo más debajo del cansancio.

 Le pregunté si estaba bien. Me dijo, “Pilar, ¿alguna vez has tenido la sensación de que todo el mundo quiere un pedazo de ti? y que al final del día no queda nada para una misma. Le dije que sí, que creo que todo el mundo lo siente en algún momento. Me dijo. El problema es cuando ese momento dura años.

 lo dijo y siguió caminando. Y yo me quedé ahí parada pensando que acababa de escuchar algo que no era solo una queja de un mal día, era algo más profundo, el agotamiento de alguien que lleva demasiado tiempo dando y que ha ido olvidando poco a poco cómo recibir. Eso me preocupó más de lo que dejé ver, porque hay personas que cuando llegan a ese punto buscan ayuda, hablan, piden, se apoyan y hay personas que se van volviendo más silenciosas, que siguen funcionando, que siguen sonriendo, que siguen subiendo al escenario y

llenándolo todo, pero que por dentro van en una dirección que nadie ve porque nadie está mirando en el sitio correcto. Rocío fue de las segundas y yo, que debería haber mirado más, miraba menos de lo que tendría que haber mirado. Me lo reprocho todavía. Hubo una noche en una ciudad que no voy a nombrar porque la situación fue demasiado íntima para ponerle geografía, que la encontré después de un concierto sentada en el camerino con todos los demás ya fuera y la puerta casi cerrada.

 El maquillaje todavía puesto, las luces de ese espejo de camerino que son tan duras y que no perdonan nada. Entré a preguntarle si necesitaba algo. Levantó la vista y me miró por el espejo y me dijo algo que me paró el corazón. Me dijo, “Pilar, ¿tú crees que he hecho bien las cosas?” Le pregunté a qué se refería.

 Me dijo a todo, a las decisiones que he tomado, a las que no he tomado, a lo que he dicho y a lo que no he dicho cuando debía decirlo. Me quedé callada un momento. Luego le dije que desde donde yo la había visto había hecho las cosas con honestidad, que eso no siempre significa hacerlas perfectas, pero que la honestidad vale más que la perfección.

Me miró un momento más por el espejo y luego se giró, cogió el desmaquillador y no dijo nada más. Pero esa pregunta, esa pregunta me acompañó durante mucho tiempo. He hecho bien las cosas. No es la pregunta de alguien que está bien, es la pregunta de alguien que lleva tiempo revisando su propia historia y encontrando cosas que no le gustan, cosas que ya no puede cambiar, cosas que se quedan sin decir o sin hacer o sin resolver.

 Y con Rocío yo sabía, sin que me lo hubiera contado del todo, que había algunas de esas cosas. Había una relación que se había enfriado con el tiempo y que a ella le pesaba más de lo que mostraba. Había decisiones profesionales que en su momento parecieron correctas y que con los años habían dejado un sabor extraño. Había personas que habían pasado por su vida y que se habían ido de maneras que no habían cerrado bien, con palabras que se quedaron en el aire.

Rocío Dúrcal - Wikipedia, la enciclopedia libre

 Esas cosas no desaparecen, se quedan dentro y van pesando. Y el cuerpo, que es más sabio que la cabeza, a veces empieza a pesar también. Los últimos años los viví con una mezcla de admiración y de un miedo que no me atreví a nombrar en voz alta. Admiración porque la veía seguir cuando cualquiera habría parado. Seguir ensayando, seguir comprometiéndose, seguir buscando en cada canción algo que entregar al público, aunque entregar se hubiera vuelto más difícil.

 físicamente y miedo porque sabía que ese ritmo tenía un límite y que el límite se estaba acercando, aunque nadie lo dijera. El último día que la vi fue en su casa. Yo ya no trabajaba con ella de la misma manera que antes. Las circunstancias habían cambiado. Mi vida habíazo. Y aunque seguíamos en contacto, la intensidad de los primeros años era ya un recuerdo.

 Fui a verla porque me llamó ella. me dijo que quería verme. Así, sin más explicación. Llegué una tarde de invierno. La casa estaba tranquila. Antonio me abrió la puerta, me saludó con esa calidez suya de siempre y me dijo que estaba en el salón. Estaba sentada en el sofá con una manta sobre las rodillas y la luz de la lámpara pequeña encendida.

 Tenía menos color del que yo recordaba, pero cuando me vio sonrió. Y esa sonrisa era la de siempre, la de Rocío de verdad, la que no era para el público, sino para las personas. Me senté a su lado. Estuvimos un rato hablando de cosas de fuera, de mis hijos, de Madrid, de una película que habíamos visto las 12 en épocas distintas y que habíamos recordado alguna vez.

 Conversación de dos personas que se conocen bien y que no necesitan tema para estar cómodas. Y luego hubo un silencio, un silencio distinto. Y fue entonces cuando me cogió la mano y me dijo, “Piladó la mano un poco más.” He vivido toda mi vida cantando lo que otros sienten. Y hay una cosa que nunca he cantado porque nunca he sabido cómo ponerla en palabras. Esperé.

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