Todo de una manera que una nota cuando está cerca. Discutían. Claro, con el carácter que tenían los dos era inevitable. Pero detrás de cada discusión había algo sólido que aguantaba, un fondo de confianza que parecía irrompible. parecía, [resoplido] porque con el tiempo fui viendo cosas que no cuadraban, cosas pequeñas al principio, detalles que una sola no significan nada, pero que sumados empiezan a dibujar, algo que una no quiere ver, pero ve igual.
La primera vez que lo noté fue una tarde que Paquirri vino a buscarla y ella no estaba. Y había un compromiso, una reunión con el representante que se había alargado y él esperó en el salón. Yo le serví café y estuvimos un rato en silencio y de repente me preguntó algo que me dejó parada. Me dijo, “Dolores, ¿usted cree que Isabel es feliz?” Me quedé con la taza en la mano.
Le pregunté por qué me preguntaba eso a mí. Me miró con esos ojos suyos que tenían algo muy directo, muy sin rodeos, de hombre que viene del campo y del riesgo y que no tiene tiempo para las cosas a medias. me dijo, “Porque usted la conoce mejor que nadie, mejor que yo, seguramente. No supe qué contestar. Le dije que la veía bien, que estaba trabajando mucho, pero que eso siempre la había llenado. Él asintió.
Pero la manera en que asintió no era la de alguien que se ha quedado convencido, era la de alguien que ha hecho una pregunta, sabiendo que la respuesta completa no iba a llegar por esa vía. Esa conversación me quedó dentro y las semanas siguientes estuve más atenta, mirando más, escuchando más de lo que ya escuchaba, que ya era bastante, y fui viendo la grieta.
No era una cosa grande, no era una traición, ni una mentira, ni nada que una pueda señalar con el dedo y decir, “Aquí está el problema.” Era algo más difícil de nombrar. era que Isabel, con el paso de los años y el éxito creciendo y la vida volviéndose cada vez más grande y más complicada, había ido construyendo algo alrededor suyo que a Paquirri le costaba entrar. No porque ella lo quisiera así.

Estoy convencida de que no era, sino porque el mundo del espectáculo, cuando te va bien de verdad, te va cambiando de maneras que una no siempre controla. te rodea de personas que dependen de ti, que te adulan, que organizan su vida alrededor de la tuya. Y poco a poco esa burbuja se vuelve tan grande que quien está fuera de ella, aunque sea la persona que más quieres, empieza a quedar al otro lado del cristal.
Pakirri estaba al otro lado del cristal y él [música] lo sabía. Hubo una noche, no mucho antes del final, que me lo confirmó de una manera que no olvidé. Era tarde. Yo estaba recogiendo la cocina y él entró a buscar agua. Llevaba el semblante de quien lleva un rato dando vueltas por la casa sin saber qué hacer con el cuerpo.
Se sentó en la silla de la esquina, esa silla donde siempre se sentaba él cuando quería pensar, y se quedó mirando la mesa. Yo seguí recogiendo, sin decir nada, sin mirarlo demasiado. Y entonces dijo, sin dirigirse a mí exactamente, como hablando para el aire. Hay momentos en que me pregunto si ella me necesita o si simplemente me tiene.
Lo dijo muy en voz baja. Yo paré lo que estaba haciendo. Él levantó la vista y me miró como si se hubiera dado cuenta de que había hablado en voz alta sin querer. Hizo un gesto con la mano de esos de quien quita importancia a algo que en realidad se la tiene toda. Me dijo, “No haga caso. Dolores. Son cosas del cansancio.
” Pero no eran cosas del cansancio. Y los dos lo sabíamos. Hay una diferencia que la gente que ha amado de verdad conoce muy bien. La diferencia entre que alguien te necesite y que simplemente te tenga. Que te necesite significa que algo en su vida no funciona igual sin ti. Que te tenga significa que estás, que ocupas un lugar, pero que ese lugar podría reorganizarse si hiciera falta.
Pakirri empezado a sentir que él era lo segundo y eso para un hombre como él era devastador de una manera que no tenía palabras. Porque él la quería de verdad, de esa manera que no se fabrica y que no se [música] aprende. La quería con todo lo que tenía, con su mundo del toro y su carácter y su manera directa de estar en la vida.
Y quería que ella lo necesitara de la misma manera. Pero Isabel estaba construyendo un mundo tan grande que nadie podía llenar todos sus rincones. Y él que hubiera dado cualquier cosa por ser suficiente, iba descubriendo poco a poco que nadie era suficiente para todo eso. La grieta creció, no con peleas. Las peleas habrían sido más fáciles.
Las peleas dan la oportunidad de decir las cosas, de ponerlas encima de la mesa, de resolver o de romperse del todo. La grieta creció en silencio, en esos silencios que se instalan entre dos personas que antes llenaban el aire de cosas y que de repente ya no saben qué decirse cuando están solos. Yo lo vi en la cocina, en el salón, en los desayunos que cada vez eran más cortos y más callados.
Y un día, pocas semanas antes de Pozo Blanco, ocurrió algo que me dejó helada. Él vino a buscarla. Ella estaba en una reunión que no podía interrumpir. La asistente le dijo que esperara, que no tardaría. Él esperó 15 minutos, 20, y luego se levantó, cogió el abrigo y antes de irse se paró en la puerta y me miró. Solo me miró sin decir nada.
Pero en esa mirada había algo que yo no había visto nunca en sus ojos, una especie de resignación tranquila que era mucho peor que el enfado. El enfado tiene energía. La resignación es lo que viene cuando la energía se ha acabado de esperar que algo cambie. se fue y yo me quedé en el pasillo pensando que acababa de ver algo que no debería haber visto, algo que dolía más de lo que tenía sentido que me doliera a mí, que solo era la mujer que recogía la cocina y hacía la compra y llevaba 20 años en aquella casa sin ser
de la familia. Pero cuando una ha estado cerca de dos personas tanto tiempo, algo de ellas se te queda dentro aunque no quieras. Y lo que se me quedó de él fue esa mirada, esa mirada de la puerta que vi en septiembre de 1984, cuando llegó la noticia desde Pozo Blanco, reflejada en los ojos secos de ella, sentada en la silla de la cocina, porque creo que en ese momento ella entendió lo que había perdido y que quizás lo entendió demasiado tarde.
La noche del 29 de septiembre de 1984 no dormí. Me quedé en mi cuarto, que estaba en la misma casa, escuchando los sonidos que llegaban desde el resto de las habitaciones, pasos, voces en voz baja, el teléfono que sonaba y paraba y volvía a sonar, y ese silencio de ella que era distinto a todos los silencios que le había conocido, porque Isabel Pantoja tenía muchos silencios, los había aprendido con los años.

El silencio antes de salir al escenario, que era concentración pura. El silencio después de una discusión que era orgullo contenido. El silencio de las madrugadas cuando algo le daba vueltas y no encontraba la manera de pararlo. Pero el de aquella noche era otro. Ese era el silencio de alguien a quien le han quitado algo.
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Antes de que pudiera terminar de entender lo que tenía. Me levanté a las 3 de la mañana, fui a la cocina, encendí la luz pequeña, puse agua a calentar y a los pocos minutos escuché pasos. Los suyos los conocía de memoria. Entró, me vio, no dijo nada. Se sentó en la silla de la esquina, la silla de él. Eso fue lo primero que me partió, que se sentara en la silla de él.
Le puse una manzanilla delante sin preguntarle. Ella la miró un momento y luego miró la mesa. Y estuvo así un rato largo que ninguna de las dos me dimos. Y entonces dijo muy despacio con esa voz que era casi un hilo, “Dolores, yo lo quería.” Le dije que lo sabe. Me dijo, “pero no sé si se lo demostré suficiente. Me quedé callada. Ella siguió mirando la mesa.
Me dijo, “Hay veces que una está tan metida en lo suyo que no ve lo que tiene al lado hasta que ya no está.” No era una pregunta. No buscaba que yo le dijera que sí lo había demostrado, que claro que lo había querido bien, que no se torturara. Esas respuestas las da la gente que no sabe estar en esos momentos. Ella no necesitaba consuelo fácil.
Necesitaba que alguien estuviera ahí mientras ella ponía en palabras algo que llevaba horas dando vueltas dentro sin encontrar la salida. Así que me quedé callada y la dejé. Él me lo dijo una vez, que yo tenía una manera de estar que dejaba a la gente fuera sin querer, que construía paredes sin darse cuenta.
Hizo una pausa y yo le dije que no era verdad. Y qué exageraba. Otra pausa. Pero si era verdad. Lo dijo sin llorar todavía con esa calma terrible que tiene la gente cuando el golpe ha sido tan grande que el cuerpo todavía no ha encontrado la manera de procesárselo del todo. Me levanté, le puse la mano en el hombro un momento y volví a sentarme.
No dije nada y ella tampoco dijo nada más esa noche, pero lo que me había dicho era suficiente. Era más de lo que jamás le había escuchado decirle a nadie. Y en esas pocas frases estaba todo lo que yo había visto durante años, desde la cocina y el pasillo y la sala, todo lo que había callado porque no era mi lugar decirlo.
Ella lo [música] sabía, siempre lo había sabido. Solo que saberlo y poder hacer algo con eso son dos cosas distintas. [resoplido] Y a veces el momento en que una por fin puede hacer algo con lo que sabe llega demasiado tarde. Los meses que siguieron fueron los más duros que viví en aquella casa. y mira que había vivido cosas difíciles en 20 años.
Pero el duelo de Isabel Pantoja fue algo que me enseñó más sobre el dolor humano que cualquier otra cosa que haya visto en mi vida. Porque ella no se rompió de la manera que la gente esperaba. La gente esperaba derrumbe. Esperaba que alguien que quiere tanto y pierde tanto se cayera al suelo y no pudiera levantarse.
Y hubo [resoplido] momentos así, claro que los hubo, momentos que yo vi y que no voy a contar porque son demasiado íntimos para sacarlos aquí. Pero lo que más me sorprendió fue otra cosa, fue que el dolor la hizo más grande. Hay personas que el sufrimiento las encoge, las vuelve más pequeñas, más cerradas, más protegidas.
Y hay personas que el sufrimiento las abre de una manera que no se puede planificar ni construir, que las hace llegar a un lugar dentro de sí mismas al que no habrían llegado de otra manera. Isabel fue de las segundas. Lo vi en su voz antes de verlo en nada más. La voz cambió, no en la técnica que esa ya la tenía de siempre, sino en el fondo, en lo que había detrás de las palabras cuando cantaba.
Algo se abrió ahí que antes estaba cerrado. Algo que venía de haber perdido de verdad, de haber tocado fondo de verdad, de haber tenido que preguntarse en una cocina a las 3 de la mañana si había querido bien. Eso no se finge, eso se tiene o no se tiene. Y a partir de entonces ella lo tuvo.
Yo seguí con ella varios años más después de aquello. La vi construirse de nuevo. La vi tomar decisiones, algunas buenas y otras que a mí me parecían menos buenas, pero que no era mi lugar juzgar. La vi rodear de personas que a veces la querían de verdad y otras veces la querían por lo que representaba. Y aprendí que ese es el problema de llegar a donde llegó ella, que a cierta altura ya no se sabe bien quién está porque te quiere y quién está porque le conviene estar. Eso la afectó.
[música] Con el tiempo la afectó mucho. Hubo una conversación ya hacia el final de mis años con ella que resume muchas cosas. Estábamos las dos solas en la cocina otra vez. La cocina era siempre el lugar de las conversaciones reales en aquella casa, [resoplido] como si fuera el único sitio donde las cosas se podían decir sin que el espacio las cambiara.
Me dijo, “Dolores, ¿usted se arrepiente de algo?” Le dije que de algunas cosas sí, que todo el mundo se arrepiente de algo. Me preguntó de qué me arrepentía. Yo le dije que de las veces que había callado cuando debería haber hablado y de las veces que había hablado cuando debería haber callado, que nunca había terminado de aprender cuándo era cuál.
Sonrió una sonrisa pequeña y cansada me dijo. Yo también le pregunté de qué se arrepentía. Ella tardó en contestar. miró por la ventana un rato y luego me dijo algo que no he olvidado. Me dijo de haber creído que el tiempo era infinito, que siempre habría otro momento para decir las cosas, otro día para estar de verdad.
Siempre hay algo urgente, Dolores. Siempre hay algo que parece más importante en ese momento. Y mientras tanto, la gente que te quiere espera y espera. Y llega un día que ya no espera más. Lo dijo mirando por la ventana todavía. Y yo pensé en paquirri en la puerta con el abrigo, en esa mirada de resignación tranquila, en los 15 minutos esperando en el salón y luego marchándose sin decir nada.
Había esperado durante años había esperado. Y llegó un día de septiembre en Pozoblanco, donde el tiempo se acabó para los dos. Para él de una manera y para ella de otra, porque ella siguió viviendo. Pero algo en ella se quedó en ese septiembre para siempre. Yo lo veía en cómo a veces se quedaba con la mirada perdida en medio de una conversación, en cómo ciertas canciones le cambiaban la cara de una manera que intentaba disimular y no siempre conseguía.
En cómo había fechas del año que la ponían de un humor que nadie en su entorno se atrevía a comentar, pero que todos reconocíamos. Él seguía ahí de una manera que no ocupa espacio físico, pero que ocupa todo lo demás. Me fui de aquella casa cuando mis rodillas empezaron a fallarme y el trabajo se hizo demasiado físico para lo que yo podía dar.
Me fui con buenas palabras y el respeto de quien sabe que lo que se va es irreemplazable en la manera en que solo son irreemplazables las personas que han estado en los momentos que nadie más vio. El último día, cuando me despedí de ella, me abrazó de una manera que no era habitual en ella. Isabel Pantoja no era mujer de abrazos fáciles.
Los guardaba para cuando lo sentía de verdad. Ese lo sentí y me dijo al oído muy bajito, tres palabras. Gracias por todo. Tres palabras que en boca de otra persona serían una fórmula de cortesía. En la suya eran 20 años resumidos en seis sílabas. Me fui a Sevilla. Volví a mi vida de siempre, que había seguido ahí esperándome como siguen las vidas cuando una se ausenta durante mucho tiempo.
Mis hijos, mis nietos, mi barrio, mi mercado del jueves. Y con el tiempo fui viendo desde lejos todo lo que vino después, las cosas que salieron a la luz, los juicios, las portadas, los años duros que vinieron y que yo seguía desde mi sofá con una mezcla de tristeza y de algo que no sabría llamar de otra manera que comprensión, porque yo la había visto de cerca.
Sabía lo que había detrás. No lo justifico todo. Hay cosas que pasaron que yo tampoco entiendo del todo. Pero cuando llevas 20 años mirando a alguien de verdad, sin el filtro de las cámaras, ni de las revistas, ni de las opiniones de la gente que nunca estuvo cerca, te vuelves incapaz de reducirla a un titular.
[resoplido] Ella era mucho más que cualquier titular. Era la chica de Triana con hambre de hacerlo bien. Era la mujer que se sentaba en la silla de la esquina a las 3 de la mañana. preguntándose si había querido suficiente. Era la voz que cambió para siempre después de perder lo que más quería.
Era la persona que me dijo que el tiempo no es infinito y que mientras tanto la gente que te quiere espera. Eso era Isabel Pantoja, la que yo conocí. Y hay una cosa que me llevo de todos esos años que creo que es importante decir. Una cosa que tiene que ver con Pquirri y con lo que él me preguntó aquella tarde en el salón. Esperad a que ella llegara.
¿Usted cree que Isabel es feliz? Yo entonces no supe contestar. Le dije que la veía bien, que el trabajo la llenaba. Una respuesta cobarde de quien no quiere meterse donde no la llaman. Pero si me lo preguntara hoy con todo lo que sé y todo lo que vi, le diría otra cosa. Le diría que Isabel era feliz a ratos, como lo somos todos, que había momentos de felicidad real que yo presencié y que eran luminosos de una manera que no tenían trampa.
y que había otros momentos, muchos otros, en que la felicidad se le escapaba precisamente porque buscaba algo que el mundo del espectáculo no puede dar, algo que solo puede dar una persona concreta que te ve de verdad y que está ahí cuando cierras la puerta y el mundo de fuera se queda [música] fuera.
Paquirri le daba eso y quizás ella tardó demasiado en entender lo que valía o quizás lo entendía y aún así no sabía cómo cambiar lo que era. Porque hay cosas de una misma que una sabe que están ahí y que aún así no puede mover, que forman parte de lo que eres de una manera tan profunda que cambiarlas sería ser otra persona.
Y no siempre se puede ser otra persona aunque se quiera. Eso también es humano. Eso también merece comprensión. Paquirri murió sin que las cosas se dijeran del todo, con esa grieta sin cerrar que yo había visto crecer durante años desde la cocina y el pasillo. Y ella siguió viviendo con eso dentro, con el peso de lo que quedó a medias, con las conversaciones que no pasaron y los días que no se aprovecharon y el tiempo que creyó infinito y no lo era.
¿Tú qué habrías hecho en su lugar? Yo me lo he preguntado muchas veces y no tengo respuesta porque las vidas de la gente son complicadas por dentro de una manera que nunca se ve bien desde fuera. Y juzgar es muy fácil cuando no has estado en esa cocina a las 3 de la mañana escuchando a alguien preguntarse, aquí si bien yo estuve y lo que me llevé de estar ahí es que el amor no siempre falla por falta de amor, a veces falla por falta de tiempo, por falta de atención, por exceso de todo lo demás que llena la vida y que parece urgente y
que al final no lo era tanto. y que las personas que más nos quieren a veces se cansan de esperar que les hagamos un hueco y se van o les pasa algo que los lleva antes de que nosotros hayamos terminado de entender lo que valían. Eso es lo que vi en 20 años al lado de Isabel Pantoja. Eso es lo que me llevo. [resoplido] Y si hay algo que espero que te lleves tú de esta historia, es lo mismo que a mí me dejó esa noche de cocina y manzanilla y silencio.
Que el tiempo no es infinito, que la gente que te quiere de verdad espera, sí, pero no siempre para siempre. Y que hay cosas que una vez que no se dicen, ya no encuentran el momento de decirse nunca. Díselas hoy. Haz el hueco hoy. Deja que te vean hoy, porque los septiembre llegan sin avisar. [resoplido] Gracias por escucharme hasta aquí.
Cuéntame abajo desde dónde me escuchas, que estas historias merecen llegar lejos.