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THE SAINT: THE DISGUSTING SECRET BEHIND HIS DEATH REVEALED

Y en cada una de esas películas, el santo ganaba un sueldo fijo, no porcentaje, no regalías, sueldo. El productor era el que se quedaba con los derechos de la imagen. El productor era el que vendía la película a Estados Unidos, a Argentina, a Venezuela, a España. El productor era el que cobraba cuando la película pasaba en televisión 5 años después.

El santo, ¿no? Cuando un fan le pedía un autógrafo y le decía, “Señor santo, gracias por tantas películas”, el santo sonreía debajo de la máscara y firmaba. Pero por dentro sabía que esas películas no eran suyas, eran de otros, y que él después de filmarlas no veía un peso más. Y aquí es donde aparece por primera vez el nombre del hombre que iba a destruirlo.

No es el hombre que esperas. Pero te aviso una cosa, cuando sepas quién fue, vas a entender por qué la familia legítima del Santo lleva 40 años callando. A finales de los años 70, el santo ya tenía 60 años. El cuerpo le pesaba. Las funciones de lucha libre eran cada vez más cortas. Las películas habían dejado de funcionar en taquilla.

La gente joven prefería el cine de Hollywood, las películas de Bruce Lee, las series de televisión. La era del santo, sin que él quisiera reconocerlo, estaba terminando y necesitaba dinero. Por primera vez en 40 años de carrera, el santo necesitaba dinero. La casa de la colonia Cuautemoc, donde vivía con María de los Ángeles y los hijos que aún quedaban en casa, tenía gastos altos.

Los nietos empezaban a llegar, las facturas se acumulaban y los sueldos que cobraba por funciones de lucha libre de barrio no alcanzaban. Fue en ese momento, en 1981, cuando se acercó a él un hombre, un empresario del medio del espectáculo, un hombre con contactos en televisión, en cine, en producciones de teatro, un hombre que le ofreció lo que en aquel momento sonaba a salvación.

un contrato, un contrato grande, un contrato que iba a poner al santo de vuelta en la primera línea del entretenimiento mexicano. El empresario lo invitó a comer a un restaurante de la zona rosa, le llevó vino, le habló con respeto, le dijo que él, de niño, había visto las películas del Santo en el cine de su barrio, que su propio padre lo llevaba los domingos al cine Chapultepec, que para él era un honor poder ofrecerle una nueva etapa.

Le pintó un futuro con películas grandes, con giras por Estados Unidos, con presencia en televisión norteamericana, con merchandising oficial que iba a generar dinero suficiente para que ni los nietos del Santo trabajaran nunca. El santo escuchó, pidió tiempo para pensarlo, lo platicó con María de los Ángeles esa noche en la cocina de la casa.

Ella, que conocía a su marido como nadie, le dijo que tuviera cuidado, que ese tipo de hombres no aparecen por amor al espectáculo, que aparecen cuando huelen dinero por sacar. El santo le contestó que no tenía mucho que perder, que las funciones de barrio ya no daban, que las ofertas grandes ya no llegaban, que era esa propuesta o quedarse quieto esperando a morirse.

10 días después, el santo volvió a la oficina del empresario en una segunda planta de un edificio de la colonia Roma, calle Tabasco, Conorizaba. una oficina amplia, alfombrada, con un escritorio de madera oscura y un retrato del propio empresario colgado en la pared y firmó. Esa firma duró 12 segundos y costó 40 años después la vida del ídolo más grande de México.

El contrato cedía al empresario los derechos de explotación comercial del nombre, la imagen y la máscara del santo por 10 años. 10. por una suma de dinero modesta al inicio y un porcentaje de las ganancias futuras sobre el papel parecía un buen acuerdo. Sobre el papel parecía una nueva etapa.

Pero las letras pequeñas, las que el santo no leyó con cuidado, las que su abogado tampoco revisó a fondo, decían otra cosa. Decían que cualquier uso de la imagen del santo en cualquier formato, en cualquier país, en cualquier medio, durante los siguientes 10 años pasaba por el empresario. Decían que si el santo aparecía en televisión sin autorización, había multa.

Decían que si el santo se negaba a cumplir las funciones que el empresario le marcara, había penalización económica. Decían que si el santo intentaba romper el contrato antes de tiempo, tenía que pagar una suma que no tenía, una suma que ni vendiendo la casa tenía. El santo había firmado, sin darse cuenta del todo, su propia jaula.

Los primeros meses parecieron normales. Hubo dos funciones grandes en arenas de provincia. Hubo una aparición en un programa de variedades de la televisión. Hubo una entrevista en una revista de espectáculos. Los pagos llegaban puntuales. El empresario lo llamaba con respeto. El santo se sintió por un tiempo a salvo.

Pero a partir del segundo año las cosas cambiaron. El empresario empezó a programarle funciones más frecuentes, funciones en plazas chicas, funciones lejos de la capital. funciones que el cuerpo de un hombre de 64 años ya no podía sostener. El santo le pidió que bajara el ritmo. El empresario le contestó que el contrato establecía un mínimo de apariciones anuales y que si no se cumplía había multa.

Esa fue la primera vez en que el santo entendió con frío en el estómago que había firmado algo que no entendía del todo. Llamó a su abogado. El abogado revisó el documento y le dijo con voz seca al otro lado del teléfono que el contrato era prácticamente irrompible, que las cláusulas estaban hechas para que el que firmara no pudiera salir, que para deshacerlo había que pagar una cantidad astronómica.

y que ni siquiera vendiendo todos sus bienes la junta. El santo colgó el teléfono, se quedó sentado en su sillón de la sala mirando la televisión apagada y por primera vez en 40 años de carrera sintió que ya no era dueño de sí mismo. Pero todavía no era lo peor. Lo peor vino dos años después, en el otoño de 1983, cuando el empresario empezó a cobrar la deuda con intereses.

A finales de 1983, el santo ya tenía 66 años. La salud del corazón le había empezado a fallar. Su médico, el Dr. Cárdenas, de la colonia Roma, le había dicho que tenía que parar, que las funciones de lucha libre se le iban a llevar la vida si seguía, que el corazón ya no respondía como antes.

El santo le hizo caso a medias, redujo el número de funciones, pero no podía parar del todo porque el contrato con el empresario lo obligaba a cumplir un número mínimo de apariciones por año. Y si no las cumplía, tenía que pagar la penalización. Y si pagaba la penalización, perdía la casa de la colonia Cuautemoc. Esa casa, esa colonia, esa cuadra entera era lo único que le quedaba para dejarles a sus hijos.

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