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Soraya: Amada por un Rey… y Olvidada por Todos

 Una melancolía natural, una tristeza suave que vive en sus ojos verdes como una niebla permanente. No es una tristeza de dolor, es una tristeza de soledad. La soledad de quien ha vivido en demasiados países para sentirse de alguno. La soledad de quien habla tres idiomas, pero no tiene un idioma del corazón. Esa tristeza, esos ojos, el mundo los llamará más tarde, los ojos más tristes del mundo, y no se equivocarán.

 Lo que Soraya no puede imaginar mientras lee sus novelas en Suiza es que a miles de kilómetros en un palacio de Teerán, un rey joven y solitario está buscando esposa y que alguien, una princesa de la corte que conoce a la familia Sfandery, acaba de deslizar una fotografía de Soraya sobre el escritorio del sha.

 Una fotografía, una sola imagen y el destino de Soraya cambia para siempre. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Mohamed Reza Polovi Shah de Irán tiene 29 años cuando ve la fotografía de Soraya por primera vez en la superficie. Es el soltero más poderoso de Medio Oriente, joven, delgado, bigote fino, ojos oscuros que mezclan arrogancia y vulnerabilidad, pero por dentro es un hombre bajo presión, una presión que pocos en el mundo pueden comprender. Lleva apenas 7

años en el trono, un trono al que no llegó por mérito, sino porque los británicos y los soviéticos forzaron la abdicación de su padre, Resa Sha, durante la Segunda Guerra Mundial. Lo pusieron ahí porque pensaron que sería fácil de controlar. Un joven de 21 años, sin experiencia, sin aliados, sin la fuerza de carácter de su padre.

 Las potencias extranjeras querían un rey débil en Teerán y durante un tiempo eso es exactamente lo que tuvieron. Pero Mohamed Risa no es tan débil como parece. tiene ambiciones, tiene visiones de modernización, de grandeza imperial, de un Irán que rivalice con las potencias occidentales. Y para todo eso necesita algo que ningún tanque ni ningún tratado puede darle. Un heredero.

La dinastía Pahlaví tiene apenas 25 años de existencia, es nueva, es frágil. Y en un país donde las tribus, los religiosos y los militares conspiran constantemente por el poder, una dinastía sin heredero es una dinastía muerta. Sin heredero la dinastía muere. Sin dinastía, Irán se hunde en el caos.

 Al menos eso es lo que el Sha cree. Y esa creencia correcta o no dictará cada decisión importante de su vida. y acaba de divorciarse de su primera esposa, Fauzia de Egipto, hermana del rey Faruk, una princesa de la más alta nobleza del mundo árabe. Belleza deslumbrante, dicen que cuando Fauzia entraba en una habitación, la luz parecía cambiar, pero su carácter era gélido como el mármol de los palacios del Cairo donde creció.

 Odiaba Teerán con una intensidad que no se molestaba en disimular. Consideraba que la corte iraní era provinciana, ruidosa, indigna de una princesa egipcia. Y para colmo, el único hijo que dio al shan, una niña, no un heredero. En la lógica dinástica, un fracaso. El shapa, bella, porque el mundo debe ver que el rey de Irán puede atraer a la mujer más espectacular, de buena familia, porque la corte no aceptará a una plebella y capaz de darle un hijo varón.

 Todo lo demás es secundario. Cuando la fotografía de Soraya llega a sus manos, algo se enciende. No es solo la belleza, es algo en esos ojos verdes, algo que el Sha reconoce porque lo lleva él mismo. Una soledad profunda disfrazada de elegancia. El encuentro se organiza con precisión diplomática. La familia Esfandiari es contactada.

 Soraya, 16 años, todavía en Suiza, recibe una carta de su padre, el Sha de Irán, desea conocerla. Ella no sabe qué pensar. No ha soñado con ser reina, no ha planeado esto. Pero su padre es diplomático, su familia es bactiari y cuando el rey de Persia expresa un deseo, no se dice que no.

 El primer encuentro tiene lugar en la embajada de Irán en Londres, en el otoño de 1948. Soraya tiene 17 años. Lleva un vestido sencillo, probablemente elegido por su madre con esa meticulosidad alemana que no deja nada al azar. Los nervios la devoran por dentro, pero su rostro no lo muestra. Ya ha aprendido esa habilidad de las niñas que crecen entre diplomáticos, sonreír cuando por dentro todo tiembla.

 Y esos ojos verdes, que no saben todavía el poder que tienen, miran al hombre más poderoso de Irán con una mezcla de curiosidad y miedo que resulta, sin que ella lo pretenda, absolutamente irresistible. El Sha, según los testimonios de quienes estuvieron presentes, se queda paralizado al verla. No dice nada durante varios segundos, simplemente la mira como si algo que llevaba años buscando acabara de materializarse delante de sus ojos.

 Su ayudante de campo recordaría años después que nunca había visto al Sha nervioso, ni siquiera cuando los soviéticos amenazaron con invadir el norte de Irán. Un rey que había enfrentado a las superpotencias del mundo sin pestañar estaba temblando frente a una adolescente de ojos verdes. Y en esa mirada todo queda decidido.

 Él tiene 29, ella 17. Él es rey. Ella es una adolescente que prefiere los libros a las fiestas. Él busca una esposa que le dé un heredero. Ella no busca nada. Le dijeron que viniera y vino. Fue amor. El Sha siempre juró que sí. Soraya nunca lo desmintió. Pero entre el amor y la obediencia hay una zona gris, especialmente cuando uno de los dos es un rey y la otra es una adolescente sin poder de decir que no.

 Lo que sí es seguro es que después de ese encuentro todo se acelera con una velocidad que no deja tiempo para pensar, ni para dudar ni para decir que no. El compromiso es anunciado en los periódicos de Teerán con una pompa que hace temblar las rotativas. La familia Espandier pasa de ser una familia respetable de la tribu Bactiari a ser la familia de la futura reina de Irán.

 La madre de Soraya, Eva, la alemana que nunca imaginó que su hija terminaría en un trono persa, se encuentra de pronto organizando una juar digno de una emperatriz con las mejores costureras de Europa. Y Soraya, la niña tímida que leía novelas en su habitación del internado, se ve proyectada a una velocidad vertiginosa hacia un destino que no eligió, que no planeó y para el que nadie, absolutamente nadie la ha preparado. tiene 17 años.

 No sabe nada de política iraní. No sabe nada de protocolo real. No sabe nada de lo que significa ser la esposa de un hombre que gobierna 30 millones de personas. Solo sabe que un rey la ha elegido y que decir que no no es una opción. La boda se prepara durante meses con una meticulosidad obsesiva. El Sha quiere que el mundo entero vea que Irán es un país moderno, rico, poderoso.

 Quiere que esta boda borre el recuerdo del fracaso con Fausía. Quiere que Soraya sea la reina más espectacular que el mundo haya visto. Pero hay un detalle que nadie menciona. Un detalle que flota en el aire como un perfume venenoso. El Sha no se casa solo por amor, se casa por necesidad, necesita un heredero. Y todo lo que viene después, la boda, las joyas, los viajes, las portadas de revista, todo depende de una sola cosa, que Soraya le dé un hijo.

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