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Sita Devi: La Maharaní que Vació el Tesoro de un Reino… y Murió Sola y Olvidada

Desde muy pequeña, todos los que la rodeaban notaban lo mismo en ella. No era solo bonita, aunque lo era y mucho, era magnética. Tenía algo en la mirada, una manera de entrar a una habitación, una seguridad que hacía girar las cabezas sin que ella tuviera que pronunciar una sola palabra. Los sirvientes lo notaban, los visitantes lo notaban, su propia familia lo notaba con una mezcla de orgullo y de inquietud, porque la niña tenía también otra cosa, algo que en una mujer de su época y de su mundo podía volverse peligroso, una ambición que no

cabía dentro del pequeño reino de su padre. Las niñas de su rango tenían un destino escrito de antemano, palabra por palabra, casarse con quien la familia decidiera, tener hijos, administrar una casa enorme, lucir bien en las fotografías oficiales, callar lo que pensaran. A los 18 años, Cita cumplió con ese guion al pie de la letra.

La casaron con un hombre rico y respetable, un terrateniente poderoso de la región, el samindar de Buyuru, dueño de extensiones de tierra que daban de comer a pueblos enteros sobre el papel era un matrimonio perfecto. Riqueza, posición, respetabilidad. Tuvo al menos un hijo de aquella primera unión.

Tenía a los 20 años todo lo que una mujer de su tiempo y de su clase podía soñar. La casa de su primer marido era cómoda, enorme, llena de sirvientes que adivinaban cada deseo antes de que ella lo pronunciara. Tenía jardines, salones, todo lo que el dinero de la tierra podía comprar en aquella región de la India.

Y sin embargo, para una mujer como cita, esa comodidad tenía algo de jaula, una jaula amplia y dorada, pero jaula al fin. Se pasaba las horas observando un mundo que sentía demasiado pequeño para ella. Las mismas caras de siempre, las mismas conversaciones, las mismas fiestas provincianas donde ella era, sin discusión, la mujer más deslumbrante del salón y donde precisamente por eso se aburría hasta la médula.

Ser la más bella en un lugar pequeño no le bastaba. Quería ser la más bella en el lugar más grande de todos. Había nacido para las cortes de verdad, no para administrar graneros. Lo sentía en cada gesto, en cada mirada, que se le escapaba más allá de los muros de la propiedad. Mientras otras mujeres de su rango se resignaban a su destino y aprendían a encontrar paz en los pequeños placeres de la vida, ella vivía con una impaciencia que no la dejaba dormir.

La sensación constante de estar esperando algo, algo que tenía que llegar, algo que el mundo le debía. No sabía todavía qué forma tendría aquello. No sabía que vendría montado entre la multitud de un hipódromo, una tarde de carreras con el eco de 21 cañonazos a sus espaldas. Pero lo esperaba y las mujeres que esperan así con esa hambre casi siempre terminan encontrando lo que buscan, aunque el hallazgo termine por destruirlas.

Y aún así no era suficiente, nunca lo fue, porque Cita Devi no se sentía hecha para ser la esposa tranquila de un terrateniente, por muy rico que fuera, se sentía hecha en lo más hondo para los palacios de verdad, para las coronas de verdad. Miraba a su alrededor, a esa vida cómoda y previsible, y sentía que el mundo le debía mucho más de lo que le había entregado, y estaba dispuesta, llegado el momento, a cobrárselo entero.

Lo que todavía no sabía en aquellos años de su primer matrimonio era que el destino estaba a punto de poner frente a ella exactamente lo que buscaba y que el precio que tendría que pagar sería mucho más alto de lo que cualquiera podría haber imaginado. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen.

Madras, 1943, el hipódromo. En una tarde calurosa del sur, la multitud elegante se abanica bajo los sombreros. Los caballos pasan como rayos levantando polvo. En el aire se mezcla el olor del cuero, del perfume caro y del sudor de los animales. Un día de carreras como tantos otros. Entre el público hay un hombre que no pasa desapercibido para nadie, Pratapsing Gaiad, el Maharajaá de Baroda.

Y no es un príncipe cualquiera. En aquellos años, las revistas del mundo entero lo describen como el octavo hombre más rico del planeta, el segundo príncipe más rico de toda la India. Su fortuna es tan colosal que cuesta ponerla en cifras que de verdad signifiquen algo. Se calcula que sus ingresos rondaban los 8 millones de dólares al año en una época en que esa suma era casi inconcebible.

Para entender lo que era Baroda, hay que dejar de pensar en un reino y empezar a pensar en una montaña de oro. Era uno de los principados más ricos y poderosos de la India. Su dinastía, los Gaikad, tenían derecho a un saludo de 21 cañonazos, el honor más alto reservado a los grandes soberanos. Su residencia, el palacio Laxmi Vilas, era tan inmenso que, según se decía en la época, varias veces el tamaño del palacio de Buckingham habría cabido dentro de sus muros y en sus arcas dormían tesoros que llevaban más de un siglo acumulándose.

Pratapsín amaba los caballos, amaba el lujo en todas sus formas. Y esa tarde, entre la multitud del hipódromo, sus ojos se detuvieron de golpe en una mujer. Cita Deby. Lo que ocurre a continuación parece sacado de un guion de cine. El hombre más rico de la India, casado, padre de familia, gobernante de un reino entero, queda fulminado por una mujer que también está casada.

No es un capricho de una tarde. Quienes los vieron juntos en aquellos primeros días aseguraban que fue algo inmediato, eléctrico, imposible de detener. Dos personas acostumbradas a tenerlo todo, reconociéndose la una en la otra al instante. Había, sin embargo, un problema enorme. Dos, en realidad, él estaba casado.

Ella estaba casada en la India de 1943. Esto no era un detalle que se pudiera barrer bajo la alfombra, era un muro de piedra. Pero Prataps Gayquad estaba acostumbrado a que los muros se apartaran a su paso y Cita Devi a su manera también. Entonces llegó la solución y fue tan audaz, tan escandalosa, que medio país hablaría de ella durante años.

Los abogados del Maharajá estudiaron el caso a fondo. La ley hindú no permitía a Cita divorciarse con facilidad de su primer marido, pero encontraron una rendija, un atajo legal que muy pocos se habrían atrevido a usar. Si Cita Devi dejaba de ser hindú, si se convertía al Islam, su matrimonio anterior podía disolverse bajo una ley distinta.

Y eso fue exactamente lo que hizo. Una princesa hindú criada entre los dioses, los templos y los rituales de su infancia cambió de religión. No por fe, no por una revelación espiritual. Lo hizo para poder casarse con el hombre más rico de la India. Fue un cálculo frío y exacto, hecho por una mujer que sabía con total claridad lo que quería y lo que estaba dispuesta a sacrificar para conseguirlo.

En la India de los años 40, la religión no era un trámite, era la columna vertebral de la identidad de una persona, lo que la unía a su familia, a sus antepasados, a su lugar en el universo. Cambiar de fe era para muchos casi como morir y volver a nacer siendo otro. Y cita Devi lo hizo con la misma frialdad con la que se firma un contrato.

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