Pero antes de llegar ahí hay que entender el [música] mundo en el que Sasa Montenegro existía en ese momento. El cine mexicano de los años 70 estaba en un periodo de transición que a veces se describe con cierta nostalgia y que en realidad era mucho más complicado de lo que la nostalgia permite [música] ver. La época de oro había terminado.
Los grandes estudios seguían funcionando, pero con una energía diferente, con una industria que buscaba su lugar en un mercado que estaba cambiando y que ya no podía depender de las fórmulas que habían funcionado 20 años antes. Las actrices [música] de ese periodo vivían esa transición de maneras muy concretas.
Los proyectos disponibles [música] no siempre eran los que habrían elegido. Los contratos tenían condiciones que no siempre era posible negociar de [música] igual a igual. Y la línea entre ser una figura establecida y ser alguien que el sistema podía ignorar en cualquier momento era mucho más fina de lo que el glamur de las fotos de alfombra roja hacía parecer.
Sasha Montenegro navegó ese mundo con una inteligencia práctica que las personas que trabajaron con ella describen como uno de sus rasgos más característicos. Sabía qué proyectos le convenían y cuáles solo le convenían en apariencia. Sabía con quién valía la pena tener una relación profesional duradera y con quién bastaba con hacer el trabajo y seguir adelante.
Y sabía, [música] sobre todo, que su posición dentro de la industria dependía de su capacidad de seguir siendo relevante en un medio que tenía la memoria muy corta. Esa conciencia es la que hace que lo que ocurrió después sea tan interesante de analizar, porque Sasha Montenegro, cuando entró en la órbita de José López Portillo, entró con los ojos abiertos de alguien que lleva años leyendo las reglas del poder en una industria donde el poder también tiene sus propias formas de ejercerse.
[música] López Portillo había tomado posesión como presidente de México el primero de diciembre de 1976 después de una campaña en la que fue el único candidato, cosa que en ese México de partido único era lo habitual. Venía de ser secretario de Hacienda en el gobierno de Luis Echeverría. Tenía 55 años.
Estaba casado con Carmen Romano, tenía hijos y tenía esa seguridad en sí mismo que en la política mexicana de la época era parte del perfil esperado de quien llegaba a la silla más importante del país. era también alguien que sabía que el poder cambia las posibilidades [música] de una vida de maneras que resultan difíciles de resistir y que pocas cosas ilustran [música] mejor el alcance de ese poder que el hecho de que un hombre casado, presidente [música] en funciones, hiciera lo que hizo sin que nadie dentro de su entorno se atreviera a decirle que quizás [música] era una
mala idea. El encuentro con Sasha Montenegro ocurrió en algún momento de ese primer periodo de la presidencia. Los detalles exactos varían dependiendo de quién los cuente. Hay versiones que hablan de una fiesta, hay versiones que hablan de una cena oficial, hay versiones que dicen que la presentación fue a través de un intermediario que sabía perfectamente lo que estaba haciendo cuando los puso en la misma habitación.
Lo que sí está documentado es que la relación empezó a construirse con rapidez y que muy pronto dejó de ser algo que las personas del entorno más cercano al presidente pudieran ignorar. México de finales de los 70 era un país donde el presidente tenía una esfera de privacidad que los medios respetaban de maneras que hoy resultarían incomprensibles.
Los grandes periódicos y las televisoras operaban bajo una relación con el gobierno que incluía, entre otras cosas, el acuerdo tácito de no publicar ciertos tipos de información sobre las figuras del poder. La vida personal del presidente era uno de esos espacios protegidos. Lo que López Portillo hacía fuera del ámbito oficial era, en teoría, invisible para la opinión pública.
En teoría, porque dentro del círculo más cercano al poder, dentro de los ministerios y [música] las oficinas y los corredores donde se toman las decisiones reales, todo el mundo sabía. Los funcionarios sabían, los asistentes personales [música] sabían, las esposas de los funcionarios sabían que es quizás [música] la parte que más pesó con el tiempo.
Y Sasa Montenegro, que había entrado en ese círculo desde afuera, aprendió muy rápido las reglas de ese mundo, lo que se puede [música] decir, lo que no se puede decir y la diferencia entre los dos. La relación entre Sasha y el presidente duró prácticamente todo el sexenio. 6 años. 6 años es mucho tiempo para estar en la sombra de la figura más poderosa de un país.
6 años es tiempo suficiente para que alguien que está dentro de esa clase de relación vea cosas, escuche cosas y acumule un conocimiento sobre la persona con quien comparte la vida privada, que va mucho más allá de lo que cualquier biógrafo o periodista [música] puede acceder por vía pública. Y Sasa Montenegro estuvo ahí. durante todo ese tiempo.
¿Qué vio durante esos 6 [música] años? Esa es la pregunta que las personas que han intentado entender mejor ese periodo de la historia política [música] mexicana se hacen con cierta frecuencia, porque el gobierno de López Portillo fue un gobierno que dejó una huella muy específica. el boom petrolero, la promesa de que México iba a administrar la abundancia y no la escasez y después [música] el colapso, la nacionalización de la banca en 1982, la devaluación del peso que destruyó los ahorros de millones de familias
mexicanas y el discurso, ese discurso donde López Portillo lloró frente a [música] cámaras al pedir perdón a los pobres de México, el mismo discurso que años Después se convirtió en uno de los momentos más recordados y más discutidos de la historia política reciente del país.
Sasa Montenegro estuvo dentro de ese mundo durante todos esos años. estuvo cerca de las decisiones. Estuvo [música] cerca del hombre que tomaba esas decisiones en sus momentos más privados, cuando la actuación presidencial se apagaba y quedaba la persona. Lo que ella sabe [música] sobre todo eso, lo que eligió guardar y lo que eligió compartir con el tiempo, es una de las historias más interesantes y menos exploradas de ese periodo.
El boom petrolero de finales de los 70 fue el contexto económico [música] que dio forma a todo el sexenio de López Portillo. México había descubierto reservas de petróleo en el Golfo de México que cambiaron completamente la percepción del país sobre su propio futuro. El gobierno empezó a gastar bajo la premisa de que los ingresos petroleros seguirían creciendo, de que los precios del petróleo en el mercado internacional se mantendrían [música] altos.
y de que el endeudamiento externo que se contrató para financiar [música] el desarrollo era manejable bajo esos supuestos. Todos esos supuestos resultaron ser falsos, o al menos falsos con una rapidez que no todo el mundo dentro del gobierno quería ver cuando todavía había tiempo de actuar de otra manera. Y aquí es donde la posición de Sasa Montenegro se vuelve históricamente [música] relevante, de una manera que va mucho más allá del escándalo personal.
Las personas que estaban dentro [música] del gobierno en esa época, las que participaron en las discusiones sobre política económica y sobre la gestión de la deuda y sobre las señales que venían de los mercados internacionales, dan versiones que tienen diferencias importantes entre sí [música] sobre cuándo exactamente se supo que las cosas iban mal y cuánto tiempo se tardó en admitirlo públicamente.
Hay evidencia de que la brecha entre lo que se sabía en privado y lo que se [música] comunicaba el público fue considerable durante meses, quizás más. Y Sasha Montenegro vivía con el hombre que estaba en el centro de esas decisiones. Las conversaciones que pudo haber escuchado, los estados de ánimo que pudo haber observado, los momentos de duda o [música] de miedo o de algo más difícil de nombrar que pudo haber visto en [música] el hombre que el público veía siempre compuesto y seguro.
En sus apariciones oficiales son información de un tipo que los documentos oficiales no pueden reproducir. El boom petrolero de finales de los 70 fue el contexto económico que dio forma a todo el sexenio de López Portillo. México había descubierto reservas de petróleo [música] en el Golfo de México que cambiaron completamente la percepción del país sobre su propio futuro.
El gobierno empezó a gastar bajo la premisa de que los ingresos petroleros seguirían creciendo, de que los precios del petróleo en el mercado internacional se mantendrían altos y de que el endeudamiento externo que se contrató para financiar el desarrollo era manejable bajo esos supuestos. Todos esos supuestos resultaron ser falsos, o al menos falsos con una rapidez que no todo el mundo dentro del gobierno quería ver cuando todavía había tiempo de actuar de otra manera.
Y aquí es donde la posición de Sasa Montenegro [música] se vuelve históricamente relevante, de una manera que va mucho más allá del escándalo personal. Las personas que estaban dentro del gobierno en esa época, las que participaron en las discusiones sobre política económica y sobre la gestión de la deuda y sobre las señales que venían de los mercados internacionales, dan versiones que tienen diferencias importantes entre sí sobre cuándo exactamente se supo que las cosas iban mal y cuánto tiempo se tardó en admitirlo públicamente. Hay evidencia
de que la brecha entre lo que se sabía en privado y lo que se comunicaba al público fue considerable durante meses, quizás más. Y Sasha Montenegro vivía con el hombre que estaba en el centro de esas decisiones. Las conversaciones que pudo haber escuchado, los estados de ánimo que pudo haber observado, los momentos de duda o de miedo o de algo más difícil de nombrar que pudo haber visto en el hombre que el público veía siempre compuesto y seguro en sus apariciones oficiales.
Son información de un tipo que los documentos oficiales no pueden reproducir. Hay un periodo específico, el de los meses anteriores a la nacionalización de la banca [música] en septiembre de 1982, que los historiadores del México contemporáneo señalan como uno de los más opacos del siglo XX en términos de qué se sabía, quién lo sabía y cuándo.
La decisión de nacionalizar la banca fue anunciada de manera abrupta, sin preparación pública, como un acto presidencial que sorprendió a la mayoría de los actores económicos del país. Pero las conversaciones que antecedieron a esa decisión, los debates internos sobre si era la medida correcta y sobre sus posibles consecuencias son algo que solo las [música] personas que estuvieron en ese círculo íntimo de decisión conocen de primera mano.
Sasha Montenegro estaba en un [música] lugar muy cercano a ese círculo. La ruptura llegó cuando el sexenio terminó. [música] Eso tiene una lógica casi mecánica en la política mexicana. El poder que une también se para y cuando el poder se va, las cosas que construyó empiezan a verse de otra manera. López Portillo salió de la presidencia en diciembre de 1982 en uno de los momentos de mayor desprestigio [música] de un presidente mexicano en el siglo XX. El país [música] estaba en crisis.
La clase media que había creído en la promesa del petróleo había visto desaparecer sus ahorros y la imagen del presidente como símbolo de la corrupción y el derroche del Estado mexicano era ya tan dominante que resultaba difícil de desafiar con ningún argumento. Sasha Montenegro quedó expuesta a esa tormenta de una manera que fue muy específica, porque en el momento en que el poder protector del presidente desapareció, ella quedó como el blanco más visible de un resentimiento que tenía muchas direcciones posibles, pero que se
concentró en ella con una fuerza que en retrospectiva dice mucho sobre como México de esa época procesaba el escándalo dirigiéndolo hacia la mujer. La esposa oficial Carmen Romano fue retratada en la mayoría de los relatos del periodo como la víctima. Sasha Montenegro fue retratada como la causante.
Esa distribución de roles [música] que tiene una historia muy larga en la manera en que se cuentan las infidelidades de los hombres poderosos, se aplicó al caso con una rigidez que no admitía [música] muchos matices. Y Sasa tuvo que vivir con eso. Lo que hizo con esa situación dice mucho sobre quién era.
Podría haber optado por el silencio total por retirarse del espacio público y esperar a que la tormenta pasara. podría haber optado por el camino contrario, [música] contar todo, vender la historia al mejor postor, convertir los 6 años que pasó cerca del poder en el tipo de revelaciones que en cualquier otro [música] contexto habrían generado un escándalo de proporciones monumentales.
Eligió un camino diferente. Siguió trabajando, siguió apareciendo, siguió siendo Sasha Montenegro, actriz, figura pública, [música] con una carrera que continuó después de que el escándalo tendría que haberla destruido y mantuvo sobre lo que sabía un silencio que era deliberado y que era, a su manera una forma de poder propio.
¿Por qué ese silencio? Hay personas que creen que el silencio de [música] Sasha Montenegro sobre lo que vivió durante esos 6 años tiene que ver con protección propia, que hablar habría implicado [música] exponerse a consecuencias que en el México de los años 80 podían ser muy concretas y muy desagradables. Los hombres que habían estado [música] en el entorno del poder que ella había frecuentado seguían siendo personas [música] con influencia, aunque ya no estuvieran en el gobierno.
Y el México de esa época no era un lugar donde una mujer que revelaba secretos de estado salía bien parada. Hay otras personas que creen que el silencio tiene que ver con algo más personal, que Sasa Montenegro, después de 6 años de una relación con alguien que de alguna manera quiso, aunque las circunstancias de esa relación fueran lo que fueron, tomó la decisión de no convertir esa historia en un espectáculo, que hubo cosas que se dijeron entre ellos, que ella consideró que pertenecían a esa intimidad y que sacarlas a la luz habría
sido una traición de una clase diferente a la que ya se le atribuía. Y hay quien dice que el silencio de Sasa tiene un tercer componente, [música] que las otras dos explicaciones no alcanzan a cubrir del todo, que parte de lo que sabe sobre ese periodo es tan específico, tan concreto, tan verificable [música] si alguien con los recursos adecuados se pusiera a verificarlo, que sacarlo a la luz habría tenido consecuencias que iban mucho más allá de la vida personal de dos personas y que habrían han afectado a muchas otras. Eso no es especulación.
Hay gente que lo dice con palabras bastante claras cuando [música] habla del tema de manera extraoficial. El gobierno de López Portillo tuvo episodios que con el tiempo se han documentado con mayor detalle. La corrupción sistemática de la que el propio López Portillo fue parte y símbolo los contratos del boom petrolero que enriquecieron a personas específicas de maneras que nunca se investigaron del todo, las decisiones sobre la deuda externa que se tomaron con información que el público [música] no tenía y que
afectaron a millones de familias. Todo eso está en mayor o menor grado en el [música] registro histórico, pero el registro histórico tiene sus límites. Documenta a lo que se puede documentar, [música] lo que dejó rastro en papeles y en testimonios formales y en procesos judiciales que llegaron o no llegaron a alguna parte.
Lo que Sasa Montenegro sabe está en conversaciones, en momentos, en la clase de información que se comparte entre dos personas que confían la una en la otra y que no deja rastro en ningún archivo porque nunca fue pensada para que lo dejara. Hay una entrevista que Sasha Montenegro dio en los años 90 en uno de esos programas de televisión que en esa época hacían el intento [música] de adentrarse en las historias que los medios habían mantenido fuera por años, donde se acercó más que en cualquier otra ocasión a hablar de ese periodo. El
entrevistador intentó varias veces llevar la conversación hacia lo que ella sabía sobre las decisiones del gobierno, sobre lo que había visto desde adentro. Y Sasha, cada vez que se acercaba al borde daba un paso atrás, cambiaba el ángulo, respondía con algo que sonaba como una respuesta, pero que en realidad era un cierre elegante de una puerta que ella había decidido mantener cerrada.
Uno de esos intercambios que la gente que lo vio recuerda [música] con claridad fue cuando el entrevistador le preguntó directamente si había cosas sobre ese periodo que el público mexicano tenía derecho a saber. Sasa lo miró durante un momento antes de responder y cuando respondió dijo algo que se puede interpretar de muchas maneras, pero que ninguna de esas maneras lleva a la interpretación [música] de que no hay nada que contar.
dijo, “Hay cosas que una aprende cuándo deben [música] decirse y cuándo deben callarse.” Y hay cosas que uno calla no porque no existan, sino porque decirlas en ese momento no serviría a nadie. Ese en ese momento es el detalle que nadie siguió de cerca porque implica que hay un momento diferente, que hay condiciones bajo las cuales decirlas tendría sentido, que el [música] silencio no es definitivo, sino estratégico.
¿Llegó ese momento alguna vez? Lo que sí ocurrió con el tiempo fue que Sasa Montenegro construyó una vida que el escándalo inicial no destruyó, aunque lo intentó. Siguió haciendo cine y televisión. Mantuvo una presencia pública que era la de alguien que había tomado la decisión de seguir existiendo en el espacio [música] donde le correspondía existir, sin pedir disculpas por una historia que no fue solo suya, aunque el [música] mundo tendió a tratarla como si lo fuera.
Esa persistencia tiene su [música] propia narrativa, la del personaje que el escándalo tendría que haber borrado y que, sin embargo, siguió ahí con una dignidad que en el tiempo fue siendo reconocida por personas [música] que en el momento de mayor tormenta la habían señalado. Los años 80 para Sasha Montenegro fueron un periodo de reconstrucción.
Hay personas que trabajaron con ella en esa época que hablan de una actriz que llegaba a los sets con una profesionalidad que desafiaba lo que estaba pasando en su vida pública, que se separaba de la tormenta mediática cuando cruzaba la puerta de trabajo, que hacía su trabajo con una concentración que muchos de sus colegas encontraban [música] admirable precisamente porque sabían el contexto en que esa concentración se estaba ejerciendo.
Eso requería una fortaleza y esa fortaleza también requería que algo se guardara, que [música] el peso de lo que sabía, de lo que había vivido, de lo que había visto desde adentro del poder, no saliera en conversaciones casuales ni en entrevistas donde la guardia pudiera bajar.

Los años 80 para Sasa Montenegro fueron un periodo de reconstrucción. Hay personas que trabajaron con ella en esa época, que hablan de una actriz que llegaba a los sets como una profesionalidad que desafiaba lo que estaba pasando en su vida pública, que se separaba de la tormenta mediática cuando cruzaba la puerta de trabajo, que hacía su trabajo con una concentración que muchos de sus colegas encontraban admirable precisamente porque sabían el contexto en que esa concentración se estaba ejerciendo.
Eso requería una fortaleza y esa fortaleza también requería que algo se guardara, que el peso de lo que sabía, de lo que había vivido, de lo que había visto desde adentro del poder, no saliera en conversaciones casuales [música] ni en entrevistas donde la guardia pudiera bajar. Hay algo específico sobre la manera en que Sasha [música] Montenegro manejó los medios en esa época que merece atención.
Aprendió con una velocidad que sorprendió a algunos periodistas que la cubría [música] habitualmente a dar entrevistas que parecían reveladoras y que en realidad [música] revelaban exactamente lo que ella quería revelar y nada más. Era una habilidad que no todas las personas públicas [música] desarrollan, la capacidad de aparecer abierta, de generar la sensación de que estás compartiendo algo real mientras simultáneamente mantienes una reserva sobre las partes de la historia que has decidido que no van a ser públicas. Esa
habilidad es la que explica por qué durante 40 años la pregunta de qué sabes Montenegro sobre ese periodo sigue sin respuesta definitiva. Porque cada vez que alguien cree que está cerca de una respuesta, la pregunta cambia de forma bajo sus pies y eso en sí mismo dice que hay algo que proteger.
López Portillo murió el 17 de febrero de 2004. Tenía 82 años. murió [música] en Ciudad de México en circunstancias que ya no generaban [música] el tipo de cobertura que habría generado décadas antes. El país [música] había cambiado, la política había cambiado. El nombre López Portillo ya no era sinónimo de un momento específico, sino de un periodo más largo y más complejo de la historia mexicana.
Cuando murió, Sasha Montenegro dio algunas declaraciones, breves [música] medidas. El tipo de declaración que da alguien que ha pensado [música] mucho en qué decir cuando llegue ese momento y que ha encontrado las palabras que dicen lo necesario [música] y nada más que lo necesario. ¿Qué realmente cuando le dijeron que había muerto el hombre con quien había vivido 6 años de su vida en la cercanía más intensa que puede existir entre dos personas? Eso es algo que solo ella sabe.
Las personas que la rodeaban en ese periodo dicen que lo procesó con la misma privacidad con que había procesado todo lo demás relacionado con esa relación, que no hubo escenas públicas, que no hubo declaraciones que se extendieran más allá de lo estrictamente protocolar, que fue hasta el final coherente con la decisión que había tomado [música] décadas antes sobre qué compartir y qué guardar.
lo que él le había dicho, lo que ella guardó, lo que habría pasado si en algún momento hubiera [música] decidido no guardarlo. Hay una cosa sobre los secretos que la gente que los carga sabe mejor [música] que nadie, que el peso del secreto cambia con el tiempo, que hay secretos [música] que con los años se vuelven más livianos porque dejan de importar, porque las personas a las que afectarían ya no están, porque el contexto en que eran peligrosos ya no existe.
Y hay secretos que con los años se vuelven más pesados porque el mundo que los rodea sigue cambiando y porque mantenerlos requiere cada vez más atención, más cuidado, más decisiones activas de seguir callando. Los secretos que Sasha Montenegro guarda sobre ese periodo parecen del segundo tipo. Cada vez que hay una conversación sobre la historia política de México, sobre ese sexenio específico, sobre lo que ocurrió detrás de las decisiones que destruyeron la economía del país, el nombre de López Portillo aparece y cada vez que aparece
la pregunta [música] de qué sabe Sasha Montenegro y qué eligió no decir flota cerca que nadie la formule del todo. Los historiadores que han trabajado sobre ese periodo del México político han señalado en distintos momentos y con distintos niveles de explicit [música] que hay fuentes que podrían enriquecer el registro histórico de esos años y que por razones de distinta naturaleza han preferido no hablar.
Sasha Montenegro no suele aparecer explícitamente en esas conversaciones académicas, pero hay un consenso implícito entre las personas que han investigado esa época. de que alguien que estuvo tan cerca del centro del poder durante tanto tiempo tiene información que el registro oficial no tiene. Esa información tiene un valor que va más allá del chisme, tiene un valor histórico, tiene el tipo de relevancia que convierte a ciertos testimonios personales en documentos que las generaciones futuras buscarán cuando intenten entender cómo se tomaron
ciertas decisiones y por qué. Lo sabe, Sasha Montenegro? Probablemente sí. Las personas que guardan secretos de la calidad de los que ella parece guardar generalmente tienen conciencia del peso de lo que guardan. La decisión de callarse [música] implica entender lo que hay en ese silencio y elegir que siga ahí.
La imagen pública de Sasa Montenegro con el tiempo fue encontrando una narrativa más compleja que la que dominó los años inmediatamente posteriores al escándalo. Fue pasando de ser la amante del presidente a ser algo más difícil de categorizar. Una mujer que había vivido dentro de la historia, que sabía cosas que el público no sabía y que había elegido con plena conciencia lo que compartía y lo que guardaba.
Eso le da una autoridad de un tipo muy [música] específico, la autoridad de quien tiene más información de la que muestra, la que hace que la gente que la escucha en entrevistas siempre sienta que hay algo más detrás de cada respuesta, la que hace que incluso sus silencios sean elocuentes. Hay una cosa que Sasa dijo en algún momento en una de esas ocasiones donde habló de ese periodo de su vida con más apertura [música] que de costumbre.
que se quedó en la memoria de quien la escuchó. Hablando de la relación con López [música] Portillo, de la manera en que tuvo que vivir esa relación dentro de un mundo que la observaba y la juzgaba, dijo algo sobre la diferencia [música] entre la persona pública y la persona privada, que resultó más reveladora de lo que probablemente [música] pretendía ser.
dijo que el hombre que el mundo veía en la televisión y el hombre que ella conocía en privado [música] eran personas que a veces parecían no tener mucho que ver, que el presidente [música] que daba discursos y tomaba decisiones que afectaban a millones de mexicanos tenía una vida interior mucho más complicada de lo que esa imagen pública permitía ver, que había miedos, que había dudas, que había [música] momentos donde el peso de lo que tenía entre manos lo aplastaba.
de una manera que ningún discurso oficial podía ocultar del todo cuando estabas ahí al lado. Eso dice mucho, pero también deja sin decir mucho más. ¿Qué clase de dudas? Sobre qué decisiones específicas. Hubo momentos donde López Portillo supo, antes de que el público lo supiera, que la política económica que estaba siguiendo iba a terminar mal.
Hubo conversaciones donde admitió [música] cosas que en público nunca admitiría. Hubo información sobre el estado real de las reservas, sobre el verdadero [música] alcance de la deuda, sobre las consecuencias que los asesores le presentaban [música] en privado y que él decidía manejar de otra manera en público.
Sasha Montenegro estuvo en [música] ese mundo cuando esas conversaciones ocurrían y la pregunta de qué llegó a sus oídos [música] de manera deliberada o simplemente por la cercanía inevitable que da vivir al lado de alguien es la que toda esta historia deja planteada sin respuesta completa. El legado de la relación entre Sasha Montenegro y José López Portillo es una de esas historias que [música] México guardó en un cajón durante mucho tiempo y que fue sacando despacio con el tipo de lentitud que tiene la revisión histórica cuando implica [música]
figuras que todavía estaban vivas o cuyos herederos todavía podían sentirse afectados. Con el tiempo y sobre todo con la muerte de López Portillo en 2004, [música] ese proceso se aceleró un poco. Aparecieron libros, aparecieron [música] testimonios de personas del entorno que decidieron que ya podían hablar.
Apareció documentación que antes estaba guardada y que los historiadores pudieron empezar a trabajar con más libertad. Y sin embargo, el testimonio de Sasha Montenegro sobre ese periodo sigue siendo el que está fragmentado, medido, [música] con esa característica específica que tienen los relatos de alguien que sabe más de lo que dice y que lo sabe.
¿Escribirá alguna vez el libro que la gente del ámbito [música] periodístico y académico ha sugerido que podría escribir? Hay personas que dicen [música] que lo ha considerado, que en algún momento de los últimos años estuvo más cerca de esa decisión [música] de lo que nunca había estado, que hubo conversaciones con personas del mundo editorial sobre un proyecto que habría [música] sido, si hubiera llegado a materializarse, uno de los documentos más interesantes sobre ese periodo de la [música] historia política mexicana escritos desde adentro. Ese proyecto, si
existió, no llegó a ningún lado visible. Isasha [música] Montenegro sigue siendo lo que ha sido durante décadas. alguien que vivió algo enorme, que lo guardó con una disciplina, [música] que tiene algo de admirable y algo de frustrante, dependiendo desde dónde se mire, y que de vez en cuando, en entrevistas [música] o en declaraciones que nadie del todo esperaba, deja caer algo que da la vuelta al relato oficial, lo suficiente como para recordarle al público [música] que hay una historia más grande ahí.
La historia más grande sigue esperando y Sasa [música] Montenegro sigue siendo la única persona que puede contarla completa. Si esa historia alguna vez sale, va a cambiar la manera en que México [música] entiende ese sexenio. Va a añadir dimensiones a un periodo que el Registro Oficial ha tendido [música] a contar en términos económicos y políticos, dejando afuera el nivel humano, donde las grandes decisiones a veces tienen sus raíces. más profundas.
va a darle voz a [música] alguien que durante décadas fue tratada como personaje de una historia que era de otros y que en realidad fue desde adentro uno de los observadores más cercanos de una época que todavía no terminamos de entender del todo. Mientras tanto, [música] el silencio de Sasha Montenegro sobre lo que sabe sigue siendo uno de los silencios más significativos [música] de la historia reciente de México.
un silencio que habla, que tiene peso, que hace preguntas [música] con su sola existencia y que dice más claramente que cualquier [música] declaración que ella haya dado, que hay algo ahí que todavía no se ha dicho. Eso es lo que guarda Sasha Montenegro. Eso [música] es lo que México nunca terminó de escuchar.
Y mientras esa historia permanezca guardada, la figura de Sasha [música] Montenegro va a seguir siendo lo que ha sido durante cuatro décadas más interesante por lo que calla que por lo que dice. Una mujer que entró en la historia grande por una puerta [música] que nadie esperaba que entrara, que vio lo que vio desde un lugar donde muy pocas personas han estado y que tomó [música] la decisión consciente y sostenida en el tiempo de ser el archivo [música] vivo de algo que el registro oficial nunca tendrá en sus anaqueles.
¿Habrá alguien que eventualmente abra esa puerta? Los que la conocen de manera más cercana dicen que la posibilidad existe, que hay conversaciones que se han tenido en los últimos años que sugieren que Sasa Montenegro está evaluando a esta altura de su [música] vida qué hacer con lo que sabe. Que el cálculo que hizo hace 40 años sobre cuándo conviene hablar y cuándo conviene callar quizás está cambiando.
que la distancia con los eventos, la muerte de los protagonistas principales, el paso del tiempo que convierte los secretos políticos en historia, puede estar creando las condiciones que ella mencionó décadas atrás como las necesarias para que decir ciertas cosas tuviera sentido. Pero eso es especulación.
Lo que no es especulación es lo que ya está en el registro, los fragmentos que ella ha dejado escapar a lo largo de los años, las frases que dicen más de lo que parecen decir, los silencios que hablan cuando las palabras terminan. Con esos fragmentos ya se puede construir algo y lo que se construye es la silueta de una historia que todavía no tiene su forma definitiva, pero que ya tiene suficiente contorno para entender que es más grande de lo que cualquier escándalo telenovela podría contener.
Eso es lo que hace que la historia de Sasa Montenegro sea la historia que es. Y eso es lo que la mantiene viva décadas después de que el escándalo que la puso en el centro de la conversación pública debería haberse convertido en nota al pie. Las notas al pie no hacen preguntas. Esta historia todavía las hace. Yeah.