Las dos estaban empezando ya un vínculo que iba a durar más de seis décadas, [música] pero esa no era todavía la parte más dura. Sara creció en ese colegio, estudió, pintaba muy bien, le gustaban los versos, las comedias, montar pequeñas obras con sus compañeras. [música] Algunas testigos contaron que cuando llegaba el santo de alguna maestra era Sara la que organizaba todo, la que se ponía delante, la que hacía reír y llorar a los demás.
[música] Y ahí, sin darse cuenta, ya estaba pasando algo importante. Aquella niña huérfana había encontrado un lugar donde sentirse viva. El escenario. Después fue maestra. Sí. Antes de actriz fue maestra. [música] Daba dibujo, daba clases a niñas más pequeñas que ella. Y como premio, cuando se portaban bien, les dejaba hacer comedia, como si ya tuviera claro, sin saberlo, que el teatro era su salvación.
Hasta aquí esta podría ser la historia de cualquier mujer fuerte de aquella época. Una niña que perdió a sus padres, que aguantó, que estudió, que se hizo trabajadora honrada. Hay miles de mujeres así en México. Probablemente has conocido alguna, quizá tu abuela, quizá tu madre, [música] quizá una vecina que siempre vestía igual y que nunca se quejaba.
Pero la vida de Sara dio un giro cuando, ya joven, [música] descubrió que sí podía dedicarse a lo suyo, que sí había sitios donde pagaban a la gente por subirse a un escenario y que tenía algo que muy pocas mujeres tenían, una voz potente, una adicción clarísima [música] y un instinto para meterse en personajes que no eran ella. Porque lo que iba a hacer años después no nació de la nada, nació aquí.
[música] En 1917 entró por primera vez a un set de cine. Eran los principios del cine en México. Todo estaba por hacerse. Todo era pequeño, casi familiar. Una amiga del colegio, que ya se dedicaba al cine, la metió como extra. Y luego, poco a poco, Sara empezó a conseguir papelitos en el teatro.
Eran tiempos de compañías que viajaban por todo el país montando obras en pueblos y en ciudades. Sara se iba con ellas, se subía a los trenes, dormía en pensiones, comía cuando podía [música] y aprendía. En una de esas giras conoció a un hombre, se llamaba Fernando Iváñez, actor también, guapo, [música] le hablaba bonito. Sara se enamoró. Tenía 20in pocos años.
Era una mujer joven, hambrienta de cariño, sin padre, sin madre, [música] sin más familia que sus amigas. Se casaron y aquí empieza otra parte de su vida que duele mucho. En 1920, [música] en una parada de gira en Tepiic, Nayarit, Sara dio a luz a una niña. Le pusieron Fernanda, María Fernanda Iváñez García. [música] Sara la quiso con todo.
Era su hija, sí, pero era también por fin alguien suyo. Después de tantas pérdidas, tantos entierros, tantas habitaciones vacías, Sara por fin tenía una persona en el mundo a la que podía decir, “Tú eres mía.” Pero el matrimonio se rompió pronto. Fernando le era infiel. Le era infiel descaradamente. La engañaba con compañeras de la propia compañía donde trabajaban.
Y Sara, que ya había aprendido a no rogar, se separó. A los 25 años, Sara ya lo había confirmado, que en esta vida los hombres que te hacen promesas no siempre las cumplen. Y que cuando una mujer se queda sola con una niña en brazos, el mundo entero te mira distinto. ¿Sabes lo que era ser madre soltera en México en los años 20? [música] Era casi un escándalo.
Una mujer separada con una niña intentando trabajar en compañías de teatro donde casi todos los que mandaban eran hombres. Era una mujer marcada. La miraban distinto. Las puertas se cerraban más rápido, los papeles se daban a otras. La gente murmuraba y Sara aguantó. Aguantó porque tenía una niña que dependía de ella.
Aguantó porque no había otra opción. Si alguna vez te tocó ser fuerte porque no había otra. Si alguna [música] vez tuviste que aceptar trabajos que no querías porque tenías que pagar la luz o darle de comer a un hijo. [música] Si alguna vez sentiste que no tenías derecho a hundirte porque alguien dependía de ti, entonces conoces, aunque sea un poco, lo que Sara estaba viviendo en aquellos años.
No estás sola, no fuiste la primera. No vas a ser la última. Y todavía no estamos en el momento clave, pero ya estamos más cerca de lo que parece. Y aquí es donde la historia empieza a cambiar, porque un día, casi por casualidad, [música] Sara entró en una corsetería del centro de la Ciudad de México.
Iba a buscar [música] vestuario para un papel y detrás del mostrador había una mujer que la miró fijo, una mujer que se quedó sin palabras al verla, una mujer a la que ella conocía, a la que conocía desde antes de tener uso de razón. Era Rosario, la misma Rosario del colegio, la misma Rosario del barco. Las dos estaban divorciadas, las dos llevaban a la espalda un montón de cosas que no se habían contado a casi nadie.
Las dos sabían lo que era estar solas en una sociedad que no era amable con las mujeres solas. Se abrazaron, lloraron, se rieron. Y según cuentan quienes recogieron esa historia, ese día decidieron no separarse nunca más. A partir de ahí, la vida de Sara se construyó alrededor de Rosario. Se fueron a vivir juntas.
Rosario ayudaba a criar a la niña, llevaba la casa, se encargaba de las cuentas, organizaba lo que Sara no tenía cabeza ni tiempo para organizar. [música] Sara salía a trabajar y volvía sabiendo que había alguien esperándola, alguien que la cuidaba, alguien que la conocía de verdad. ¿Eran amigas? Sí, lo [música] eran. eran familia elegida, sin duda.
Pero en muchas biografías, en muchas voces de personas que las trataron, [música] también se cuenta que fueron mucho más que eso, que fueron compañeras de vida, [música] pareja, que ese pacto de honor, amor, fraternidad y hermandad indisoluble del que escribió uno de sus biógrafos, Fernando Muñoz Castillo, no era solamente un voto de amistad, era un voto de vida.
[música] Y aquí hay que tener mucho cuidado al contarlo, porque Sara nunca lo dijo en voz alta. No podía decirlo. En aquella época una mujer no podía y menos una mujer que estaba a punto de convertirse en el símbolo número uno de la familia tradicional mexicana. [música] Si Sara hubiera dicho públicamente, “Esta mujer es el amor de mi vida”, le habrían quitado todo.
Sara hablaba poco de su vida más íntima y no porque no tuviera vida, sino porque había cosas que en aquella época una mujer como ella no podía permitirse decir. Lo que sí sabemos es que vivieron juntas más de 60 años. Lo que sí sabemos es que cuando Sara murió, dejó como heredera única a Rosario.

Lo que sí sabemos es que están enterradas juntas en el mismo lugar. junto a la hija de Sara. Y lo que sí sabemos es que años después de la muerte de las dos, varias personas que las conocieron de cerca, compañeros de trabajo de Sara, gente que entró en su casa, contaron sin titubear que aquellas dos mujeres eran pareja. No es morvo, no es chisme, [música] es algo más triste y más hermoso a la vez.
Es la historia de una mujer pública que nunca pudo decir en voz alta a quién amaba. [música] una mujer que tuvo que esconder durante toda su vida a la persona que la sostenía. Mientras tanto, [música] esa misma mujer iba a ser convertida por el cine en el rostro nacional del amor familiar. Piénsalo despacio. La actriz que iba a representar a la mamá perfecta, a la abuelita [música] perfecta, a la matriarca de los hogares decentes, era en privado una mujer divorciada que vivía con otra mujer y que callaba ese amor por puro instinto
de supervivencia. Eso fue lo más duro de todo. Tuvo que callárselo durante 60 años y nunca pudo decir, “En una entrevista, en una foto, en una pregunta de un periodista, el nombre de la persona que la sostuvo toda la vida, esto también fue parte del precio. Hago una pausa muy rápida antes de seguir porque hay algo importante que quiero pedirte.
Si estás viendo esto desde la televisión, mira un momento la pantalla, [música] hay un botón que dice suscribirse, es gratis. Y antes de volver a Sara, déjame decirte una cosa. Si alguna vez tuviste que cambiar algo de ti para que te dejaran estar, suscríbete, [música] porque historias como esta las hacemos para ti. Y volvemos a Sara. Volvamos.
A finales de los años 20 y principios de los 30, Sara seguía buscando trabajo donde podía. [música] El cine sonoro estaba empezando. El teatro seguía siendo su pan, pero había un problema. Sara tenía ya tre y tantos años. En aquella época, una actriz de tre y tantos [música] ya no era la dama joven del teatro y todavía no tenía edad para ser la madre o la abuela del melodrama.
[música] había caído en una tierra de nadie, en un lugar donde los papeles escasean, donde las directoras no existen casi, donde los productores te miran y te dicen con desprecio. Tú ya estás mayor para esto, pero todavía joven para aquello. ¿Te suena? [música] A miles de mujeres les ha sonado. A miles de mujeres les sigue sonando todavía hoy.
En 1932 murió Fernando. [música] Su exmarido. Murió de Sirrosis. Sara, sin pretenderlo, se había convertido en viuda antes incluso de cumplir los 40. Y mientras tanto, en su carrera sentía que nada terminaba de despegar. Tenía oficio, tenía voz, tenía una manera de mirar a cámara que no se parecía a la de nadie, pero le faltaba un golpe, un golpe de los que cambian una [música] vida. El golpe llegó en 1934.
Una compañía española había llegado a México para montar una obra que se llamaba Mi abuelita la pobre. Necesitaban una actriz para el papel principal, el papel de una abuela. Sara fue a la audición y según se cuenta, el productor la miró y le dijo que era demasiado joven, que necesitaban a una actriz mayor, que aquello no era para ella.
Cualquier otra persona se habría ido a casa, habría llorado en su cuarto [música] y habría buscado otro trabajo. Sara, no. Sara dijo, “Está bien, pero ya volveré.” Se fue a buscar a una mujer que se dedicaba al maquillaje y a la caracterización en otra compañía. Le pidió ayuda, [música] se puso una peluca, se puso ropa de anciana, se ensombreció la cara, bajó los hombros, cambió la voz, se hizo pasar por una vieja y al día siguiente, [música] disfrazada, volvió al teatro y pidió hablar con el productor.
Cuando el hombre la atendió, ella simplemente preguntó con voz cansada [música] de abuela. “¿Qué le parece, señor? ¿Es mío el papel?” El productor se quedó frío, no la había reconocido y allí mismo, en aquel teatro de la Ciudad de México, le dieron el papel. Tenía 39 años y acababa de descubrir algo que iba a marcar el resto de su vida.
Si jugaba a ser vieja, podía trabajar siempre. A los 39 años, Sara ya había decidido algo más profundo, que si la mujer real que ella era no encajaba en el cine, inventaría otra que sí encajara y se iba a convertir en esa otra hasta el último día. Pero el público del teatro era una cosa, el cine era otra. En el teatro, una peluca y un buen maquillaje pueden engañar a cualquiera.
[música] La distancia ayuda, la luz ayuda. El cine es distinto. La cámara cuando se acerca no perdona. La cámara B. La cámara nota cuando una mujer joven está fingiendo. Nota cuando los pómulos no son los de una abuela. Nota cuando los dientes son demasiado bonitos. Y aquí es donde llegamos a la decisión, la famosa decisión, la que muchos cuentan como anécdota, [música] la que muchos repiten en programas de televisión como si fuera un dato curioso, sin pararse a pensar en lo que significa.
Yo no quiero contártela así. Y aquí es donde todo cambia, porque una cosa es querer un papel y otra muy distinta es lo que Sara decidió hacer para conseguirlo. Una cosa es querer trabajar y otra muy distinta es lo que Sara [música] estuvo dispuesta a pagar. Sara García aceptó que un dentista le sacara 14 piezas de la boca, 14 dientes sanos suyos, para que su boca se viera por dentro como la de una mujer mayor.
14 Para que veas lo brutal que es. Una boca adulta tiene normalmente 32. A Sara [música] le quitaron casi la mitad. Y no se los quitaron porque estuvieran enfermos, se los quitaron porque la industria pensaba que una abuela no podía hacerla a una mujer joven y porque [música] Sara, antes que rendirse prefirió cambiar su cuerpo para que el cine la dejara entrar.
Eso tuvo que doler y Sara [música] lo sabía, pero necesitaba trabajar porque cuando una mujer no tiene muchas opciones, [música] a veces acepta cosas que nadie debería pedirle. Si alguna vez sentiste que tenías que cambiar algo de ti para que te aceptaran, aunque fuera algo pequeño, sabes a lo que me refiero.
Lo que pasa es que Sara lo hizo de la forma más visible y más concreta que pueda haber. Lo hizo en su propia boca y lo peor no fue eso. Y aquí pasa lo que cambia toda la historia porque la decisión funcionó y vaya si funcionó. Eso fue lo que se vio, lo que se contaba en los periódicos, lo que la gente todavía cuenta hoy.
Pero hubo otras cosas que ella tuvo que callar y esas son las que duelen verdad. A partir de los años 40, Sara García se convirtió en una de las actrices más solicitadas del cine mexicano. La industria estaba entrando en lo que después llamaríamos la época de oro. Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas, [música] Dolores del Río, Joaquín Pardabé, María Félix, toda una generación de estrellas estaban haciendo.
Y al lado de cada uno de esos hombres y mujeres jóvenes hacía falta alguien que representara a la madre, a la matriarca, a la abuela. [música] Y ahí estaba Sara, inconfundible, con su voz, con su autoridad, con esa boca y esos pómulos hundidos que parecían tallados por el tiempo, aunque [música] ella en realidad apenas estuviera entrando en sus 40 y tantos años.
En 1941 hizo una película que la consagró Cuando los hijos se van. Trabajó al lado de Fernando Soler y aquella historia de una madre que ve como sus hijos crecen y se van marcando, [música] marcó para siempre la idea que muchas familias mexicanas tenían de lo que era la madre buena, la [música] madre fiel, la madre que aguanta.
Sara se metió en la pantalla y en la pantalla se quedó. Después vinieron muchas más. Los tres García, de 1946, donde hacía de abuela mandona de matriarca rancha de una familia entera, fumando puros y poniendo en su lugar a sus nietos. [música] Vuelven los García, la continuación, películas con Pedro Infante, películas con Joaquín Pardabé, [música] películas como Elisano Jalil, donde interpretó a la esposa de un inmigrante libanés en México y mostró lo que era el cariño humilde de las familias trabajadoras.
Si tienes hoy más de 60 años, casi seguro que viste alguna de esas películas con tu papá, con tu mamá, con un tío, en el cine de barrio, en blanco y negro, o más tarde en la tele cuando las pasaban los domingos por la tarde. Quizá te reíste con los tres García, quizá lloraste con Cuando los hijos se van, un día de las madres.
Quizá repetías de niño la frase de Pedro Infante hablándole a la abuela. Esa abuela de la pantalla era ella. [música] La gente la veía, la aplaudía, la quería, pero nadie estaba en su casa cuando se apagaban las luces y nadie sabía lo que había tenido que hacer para estar ahí. Lo que pasó después [música] explica por qué Sara nunca volvió a ser la misma.
Pedro Infante, ese ídolo nacional, aquel cantante guapo que ponía a llorar y a suspirar a media república, terminó siendo casi como un nieto para Sara. Cuentan que al principio Sara no lo tragaba, que le parecía un mujeriego, impuntual, un poco chulo, pero un día hablaron de verdad y Sara descubrió que aquel hombre estaba inseguro, [música] que dudaba, que sentía que no iba a llegar lejos en el cine, que lo que él quería era [música] cantar.
Y Sara le dijo lo que le tenía que decir. Lo aconsejó, lo regañó, lo abrazó, lo trató como una abuela trata a un nieto que se está perdiendo y Pedro nunca lo olvidó. Esa relación quedó fijada en muchas películas que hicieron [música] juntos y el público, que no es tonto, lo notaba. La gente sentía que entre Sara y Pedro había algo más que un guion, algo de verdad, algo de cariño real, y ese cariño llenaba las alas.
Pero detrás de cada gran éxito siempre hay un dolor que la cámara no enseña. Mientras Sara estaba haciendo de abuela en pantalla, mientras la gente se reía con sus chistes y se conmovía con sus regaños, la vida real le había dado un golpe que nunca se terminó de curar. Era octubre de 1940. Sara estaba actuando en una obra de teatro.
Cuentan que aquella noche, justo antes de salir a escena, [música] recibió un mensaje. Su hija, su única hija, María Fernanda, [música] acababa de morir. Tifoidea, según unas fuentes, complicaciones de un embarazo según otras. Sara apenas tuvo tiempo de asimilarlo. La obra ya iba a empezar y Sara salió. salió a hacer su personaje, hizo reír al público, hizo llorar al público y nadie en aquella sala supo en ese momento que sobre el escenario había una mujer que acababa de perder a su hija.
Cuando años después le preguntaron cómo había podido hacer eso, cómo había sido capaz de actuar la misma noche en que se moría su hija, la respuesta de Sara fue tremenda. dijo más o menos que ella en el cine y en el teatro tenía que actuar para el público y que en la vida privada ella misma [música] se administraba su dolor. Léelo despacio. Yo me administro mi dolor.
¿Sabes lo que cuesta decir esa frase? Solo la dice quien ya entendió después de mucho sufrir [música] que ya nadie va a venir a salvarlo, que llorar no le va a devolver lo perdido, que tiene que seguir adelante porque no queda otra. Sara había enterrado a sus padres, había enterrado a hermanos que no llegó a conocer, se había separado del único hombre que llamó marido y ahora enterraba a su única hija.
Una hija que [música] además estaba a punto de empezar también una vida de mujer adulta porque había estado relacionada sentimentalmente, según se ha contado, con el mismísimo Jorge Negrete antes de su muerte temprana. Sara no se hundió, pero algo dentro de ella se cayó para siempre. Eso también tuvo que callárselo, tuvo que tragárselo, tuvo que esconderlo para que el público esa misma noche no notara que la mujer que estaba haciendo reír desde el escenario acababa de perder a su única hija y, sin embargo, tuvo que seguir saliendo a sets
de cine y haciendo de abuela buena, dulce, regañona, simpática. tuvo que dar abrazos a hijos de mentira, [música] mientras a ella la única hija que había tenido en la vida se le había ido para siempre. Tuvo que escuchar a otras actrices más jóvenes hablar de sus embarazos, de sus bodas, de sus suegras, [música] mientras ella regresaba a una casa donde no había niños corriendo, donde solo estaba Rosario, [música] esperándola con la cena lista y un vaso de agua.
Esto es lo que casi nadie cuenta cuando habla de la abuelita de México. Esto es lo que casi nadie ve cuando recuerda las películas en blanco y negro de los domingos. Que la mujer que abrazaba a Pedro Infante en la pantalla [música] en su propia casa, ya no tenía a nadie a quien llamar hijo. En serio, si alguna vez has sentido que todos te quieren por lo que das, pero pocos se preguntan cómo estás de verdad, entonces sabes lo que es vivir como vivió Sara durante muchos años.
Por fuera, abuelita querida, por dentro, mujer rota a la que casi nadie le preguntaba cómo estaba. [música] Y aquí es donde aparece la trampa más triste de toda esta historia, porque una cosa es hacer un papel y otra muy distinta es quedarse atrapada en él. [música] Sara hizo de abuela tan bien, pero tamban bien, que el cine ya casi no la dejó hacer otra cosa.
Si había una película de familia, llamaban a Sara. Si había un melodrama de madre que sufría, llamaban a Sara. Si había una historia de matriarca [música] que pone orden en una hacienda llamaban a Sara. Si había una abuela que tenía que decir frases sabias [música] mientras les daba de comer a los nietos, llamaban a Sara.
Década tras década, película tras película. Sara fue siempre la misma. La [música] abuela, la matriarca, la señora mayor. Hay una palabra fea en el cine para esto. Se llama [música] encasillamiento. Quiere decir que un actor o una actriz queda atrapado en un solo tipo de papel y ya no lo dejan salir de ahí. Le pasó a muchos.
[música] A las actrices guapas las querían siempre como la chica buena o la mala que rompe matrimonios. [música] A los galanes los querían siempre como héroes de bigote. A los cómicos los querían siempre haciendo reír, aunque por dentro estuvieran [música] tristes. A Sara le tocó la jaula más resistente de todas, la jaula de la abuela. [música] Había sitios donde su voz sí podía entrar, pero ella no.
Y mientras tanto, ella era todavía una mujer. Una mujer con vida, una mujer con deseos, con opiniones, [música] con mal carácter, con buen humor, con cosas para decir que iban más allá de las frases típicas de una abuela. [música] Pero el público la quería de una sola forma y la industria solo sabía pagarle por una sola cosa. Piénsalo así.
Imagínate que tú en tu casa, en tu trabajo, en tu familia, llevas 30 o 40 años haciendo siempre el mismo papel. La fuerte, la que no se queja, la que aguanta, la que cuida a todos, la buena, la que pone la mesa, la que se queda hasta el último día con quien se está yendo. Imagínate que un día [música] después de toda una vida así intentas decirle a alguien, “A mí también me duele algo.
También estoy cansada. También necesito que me cuiden a mí.” Y la gente en lugar de escucharte te mira raro, te dice cosas como, “Pero tú siempre has sido la fuerte, tú siempre has podido con todo.” Te empuja sin querer a volver [música] al papel. Eso fue lo que le pasó a Sara García durante muchísimos años. La gente la quería tanto en su papel de abuela [música] que ya no le permitía hacer nada más.
Hay testimonios de gente que la conoció que dicen que en privado Sara podía tener un carácter difícil, fuerte, hasta despótico cuando estaba cansada. [música] que era exigente, que sabía bien lo que valía y no se dejaba avasallar, que fumaba, [música] le gustaba un buen cigarro y a veces puros, que tenía opiniones políticas, opiniones sobre el cine, opiniones sobre los demás actores, que no era ni de lejos esa señora dulcita y tranquila que la gente se imaginaba al ver el envoltorio del chocolate.
Pero esa Sara no salía a la pantalla, esa Sara casi no salía en las entrevistas, [música] se quedaba dentro. Mientras la otra, la de la pantalla, la de la peluca y la sonrisa sin dientes, era la que se llevaba todo el cariño del público. Y esa mujer real, la de carácter fuerte, la de los puros, [música] la de las opiniones, la del mal humor cuando estaba cansada, se quedó dentro.
La gente no quería verla. La gente quería a la abuelita. Seguro conoces a una mujer así. Una mujer que hizo lo que tenía que hacer, aunque por dentro se estuviera rompiendo. Una mujer que aprendió desde joven a esconder su cansancio para que los demás no se preocuparan. Una mujer que no aceptaba ni un gracias con tranquilidad [música] porque sentía que no se lo merecía.
Una mujer que se reía por fuera [música] mientras por dentro estaba pensando en muchas cosas que nunca iba a contar. [música] Mira a Sara. Sara fue de esas. Solamente que a Sara la cámara la siguió durante 60 años. Y ahora podemos ver su cara a cada rato. La llamaban la abuelita de México, pero quizá muy pocos se preguntaron qué mujer había debajo de esa abuela.
Lo que pasó con el chocolate explica muy bien lo que estaba pasando. En 1973, una empresa chocolatera mexicana, la compañía chocolatera azteca, la marca que hoy conocemos como chocolate abuelita, se dio cuenta de algo muy obvio. La gente, cuando pensaba en una abuela mexicana sirviendo una taza de chocolate caliente en la cocina, no pensaba en su propia abuela, pensaba en Sara.
Le pidieron a Sara que se diera su imagen para el envoltorio. Sara aceptó. Y desde ese momento, en cada cocina humilde de México, donde se preparaba una taza de chocolate, ahí estaba [música] ella. Quizá tu mamá la tenía en la lacena. Quizá tu abuela hacía chocolate caliente los domingos por la mañana con esa tablilla de envoltorio rojo y amarillo, partida a martillazos en un trapo, derretida [música] en leche caliente, batida con un molinillo de madera.
Quizá hoy cuando vas al supermercado todavía la compras tú y cuando la sacas de la bolsa y la dejas en la cocina, esa cara dulce te sigue mirando desde el papel. Esa cara era [música] ella. Para entender lo que esto significa, hay que parar un momento. Una mujer que de niña se quedó huérfana, que de joven se quedó sola con una hija, que de adulta se quitó dientes para poder trabajar, que en privado vivía con otra mujer a la que no podía nombrar como pareja, que había enterrado a la única hija que tuvo.
Esa mujer terminó siendo oficialmente el rostro nacional de la abuela amorosa. Su cara hoy mismo sigue saliendo en las cocinas de millones de hogares mexicanos cada vez que alguien parte una tablilla de chocolate. [música] Eso es ternura, sí, pero también es jaula. Una mujer entera reducida a una imagen, una vida entera resumida en una abuelita simpática.
Y ese fue el precio más raro de todos, que tu cara entrara en las cocinas de millones de hogares y que esa cara no fuera la tuya, sino el personaje que la gente quería que fueras. [música] Y aquí quiero parar otra vez para pedirte algo porque me importa. Hay algo que me gustaría preguntarte. ¿Alguna vez sentiste que tuviste que cambiar para que te aceptaran? ¿Alguna vez te tocó hacer un papel en tu familia, en tu trabajo, en tu casa, en tu pareja y luego ya nadie te dejó salir de ahí? Si te pasó, no hace falta que cuentes los
detalles. Puedes escribir solamente me pasó en los comentarios ahí abajo. Yo te [música] leo. A mí me importa lo que cuentas. A mucha gente que está viendo este video también, porque historias como la de Sara duelen, sí, pero también ayudan a entender que no estamos solos, que esto, lo de borrar una parte de uno mismo para encajar no es nuevo y que hablarlo de alguna forma ya es empezar a sanarlo. Volvamos a Sara.
A medida que pasaban los años, la trampa del personaje se hizo más fuerte y entonces, en 1974, llegó la telenovela que la iba a clavar para siempre en la memoria de México, Mundo de juguete. Si tienes hoy entre 60 y 80 años, es muy probable que aquella novela formara parte de tu vida. Se pasaba en Canal 2 todos los días a [música] las 6 de la tarde.
Empezaba con una canción que cantaba Lupita Dalecio y durante casi 3 años, 2 años y tres meses, para ser [música] exactos, no faltó a la cita. Para una niña, la nana Tomacita, era esa abuelita que vivía en una casita encantada en el patio del colegio. Para una mamá que llegaba cansada del trabajo o de hacer las cuentas de la casa, era una pausa de ternura antes de la cena.
[música] Para una abuelita que ya no podía salir mucho a la calle, era media hora de compañía. Quizá tú estabas ahí sentada en el sillón de tu casa con tu mamá pelando algo en la cocina, con la radio o con la tele puesta, con un vaso de chocolate en la mano y al fondo esa cara dulce de la nana Tomacita diciéndole cosas tiernas a una niña pequeña.
Esa cara era Sara García. Pero piensa lo que es esto. Sara tenía ya casi 80 años cuando hacía a la nana tomacita. [música] Llevaba más de 40 años haciendo de abuela en pantalla, 40 años de su vida, disfrazada de algo que la cámara le [música] había impuesto cuando ella todavía era joven. ¿Te imaginas? Empezar a ser de abuela a los 39 y seguir haciéndolo hasta los 80.
Eso no es una carrera, eso es una vida entera vestida de otra persona. [música] Mientras tanto, la otra Sara, la verdadera, la que vivía en la colonia del valle de la ciudad de México, la que llegaba [música] a casa después de filmar y se quitaba la peluca, esa Sara seguía teniendo su vida. tenía sus amistades, [música] tenía cariño con Rosario, tenía sus comidas con amigas como Dolores del Río o Ema [música] Roldán, tenía sus pequeñas alegrías, pero esa Sara casi nunca apareció en pantalla y para [música] colmo le tocó vivir varias
veces el dolor de despedirse de la gente con la que había construido el cine mexicano. Pedro Infante murió en un accidente de avión en 1957. Jorge Negrete había muerto antes, en 1953. Compañeros, directores, [música] amigos del set fueron desapareciendo uno a uno. Sara se quedaba y cada vez que se moría alguien, ella ya no era solo Sara García.
[música] Era casi un símbolo viviente de una época que se iba apagando. Era casi un monumento, no una mujer. Algunos dicen que en sus últimos años se dejaba ver poco, que cuando salía lo hacía elegante, peinada, vestida con dignidad, pero más callada. Otros dicen que se ponía de mal humor cuando le hacían las mismas preguntas de siempre, que estaba cansada de ser solo [música] la abuelita, que quería que le preguntaran otras cosas por su trabajo, por su técnica, por sus opiniones.
Pero el público le pedía siempre lo mismo, una sonrisa, una frase tierna, un ay [música] hijita, un saludo de abuela, porque cuando una mujer se convierte en símbolo, casi nadie le permite ser persona. Pero el precio real no estaba en [música] la boca. El precio real estaba en otra parte. El precio real era ese, que después de tanto regalar ternura desde la pantalla, en algún momento ya nadie quiso ver a la mujer real que había detrás.
La Sara de carne y hueso dejó de importar. Querían a la abuelita [música] y la abuelita por dentro también necesitaba que la cuidaran a ella. Esa parte la cuidó Rosario. 60 años. 60 años seguidos. La misma mujer, la de la corsetería, la del barco, la del colegio. Cuando Sara empezaba a estar enferma, fue ella la que estuvo.
Cuando entraba a un hospital era [música] ella la que llevaba las cosas. Cuando firmaba contratos, era ella la que revisaba los papeles. Cuando Sara se enojaba con el mundo, era ella la que aguantaba el mal humor. Cuando lloraba bajito por los recuerdos, era ella la que se sentaba al lado. En 1980, en un día de noviembre, Sara se cayó en su casa.
Algunas versiones dicen que se desmayó en la regadera y se rompió una costilla. [música] Otras hablan de una caída en las escaleras. Lo que sigue es lo mismo en todas las versiones. La hospitalizaron. Estaba mal. Tenía un cuadro respiratorio que no se le terminaba de ir. Estuvo entubada. Ya no podía hablar. Tenía 85 años.
Y el día 21 de noviembre su corazón ya no aguantó más. Se fue. Su funeral fue tan multitudinario que tuvieron que cambiarlo de sitio. Empezó en una funeraria, pero la gente no cabía. tuvieron que llevar el cuerpo al teatro Jorge Negrete en la Ciudad de México para que pudieran despedirla. Allí estuvieron sus compañeros, allí estuvieron los actores y actrices que aún quedaban de aquella época de oro.
Allí estuvo, sobre todo Rosario, la testigo silenciosa de toda una vida. [música] Rosario heredó todo, su casa, sus bienes, los derechos de imagen, todo. Y le sobrevivió 3 años. murió en 1983, sola en aquella casa donde habían vivido juntas más de seis décadas. Hoy están enterradas en el mismo lugar, en el panteón español de la Ciudad de México, junto a María Fernanda, la hija de Sara, que murió tan joven, las tres mujeres más importantes de aquella [música] vida, juntas para siempre en el mismo sitio. Y por si quedara alguna duda de
hasta qué punto Sara García tuvo que callar a la mujer que era de verdad en [música] 2024, 47 años después, alguien lo contó. Se llama Alex Ctec, hoy es cantante. De niño, con 9 años le tocó participar en un anuncio de chocolate grabado en casa de Sara, en aquella casa de la calle Repsamen en la colonia del Valle.
Lo que vio aquella tarde se lo guardó dentro durante casi medio siglo, hasta que ya adulto lo dijo en una entrevista, que Rosario en aquel patio le dio un beso en la boca a Sara [música] y que alguien viendo al niño tan callado, se acercó a explicarle por qué las dos vivían [música] así y no fue el único en confirmarlo. En 2014, el actor Manuel el Flaco [música] Iváñez ya lo había dicho sin titubear.
Cualquiera que las tratara de cerca lo sabía. Era muy evidente. Eso era lo que Sara había callado durante 60 años. Eso era lo más duro que tuvo que aguantar, el no poder ni una sola vez en 60 años decir su nombre delante de una cámara. Y aquí [música] está la respuesta a la pregunta del principio.

¿Por qué una mujer de 45 años, sana y fuerte, decidió un día sentarse en un sillón de dentista [música] y pedir que le sacaran 14 dientes? La respuesta no es una, son dos. La primera, ya la sabemos, necesitaba el papel. [música] La segunda es más profunda. Que cuando llegó a aquel sillón, Sara llevaba años aprendiendo que la mujer, que ella era de verdad, no cabía entera en ningún sitio y que iba a tener que callar muchas cosas suyas para que el mundo la dejara estar.
Los dientes fueron lo único que se vio, lo que cabía en una foto, lo que se podía contar como anécdota, pero ella llevaba años callándose otras cosas, cosas que pesaban mucho más [música] desde el día que tuvo que callar a quien amaba, desde el día que entendió que la abuelita de México iba a hacer su disfraz para siempre, porque con ese disfraz puesto nadie le iba a preguntar por la mujer que vivía en su casa.
Lo que queda después de todo esto es una pregunta, porque cuando alguien dice Sara García hoy, 45 años después de su muerte, lo primero que se le viene a la cabeza a la gente es una imagen tierna. La señora del chocolate, [música] la abuelita simpática, la que les daba de comer a los tres García, la nana Tomasita, y eso está bien, eso significa que la quieren, eso significa que su trabajo siguió haciendo bien a la gente.
Pero si solo nos quedamos con eso, le hacemos a Sara la misma trampa que el cine le hizo en vida, le quitamos la mujer y nos quedamos solo con el personaje. La Sara verdadera era todo [música] eso, sí, pero era también mucho más. Era la niña huérfana que sobrevivió cuando 10 hermanos suyos se habían muerto antes de que ella naciera.
Era la jovencita que perdió a su madre por una enfermedad que sin querer le había contagiado ella misma. Era la maestra de dibujo del colegio de las bizcaínas. [música] Era la actriz de provincias que viajaba en trenes con compañías de teatro pobres. Era la mujer divorciada con una niña en brazos que no le tenía miedo a nada.
Era la madre que enterró a su única hija y que esa misma noche salió a actuar al teatro porque no quedaba otra. Era también alguien que entendió antes que casi todos, que el cine podía ser su única salida y que para entrar de lleno en él iba a tener que pagar con su propio cuerpo. Era quien se quitó 14 dientes para poder ser [música] la abuelita que el público quería.
era quien vivió en silencio durante décadas junto a otra mujer a la que muchos creen que amó más que a nadie [música] y era, sobre todo, alguien que se administraba el dolor en privado mientras en público regalaba sonrisas. [música] Sara García no fue solo la abuelita de México, fue una mujer que entendió demasiado pronto que para sobrevivir en una industria dura, en un país duro, en una época dura para las mujeres, tenía que convertirse en algo que [música] los demás pudieran aceptar.
Y lo más triste no fue que hiciera de abuela. Hacer de abuela está muy bien. Hacer de abuela hizo que millones de personas la quisieran. Lo más triste fue otra cosa. Lo más triste fue que después de tantos años [música] ya casi nadie quiso ver a la mujer que estaba debajo. Nadie le preguntaba por sus dolores reales. Nadie le hablaba de aquella hija que se le murió.
Nadie mencionaba a la mujer con la que vivió toda la vida. [música] Nadie quería saber de su carácter, de sus opiniones, de sus luchas. La gente solo quería que sonriera, que dijera, “Ay, [música] hijita!” y que les recordara por un ratito a alguna abuela que ellos también extrañaban. Y Sara, aunque agotada, aunque a veces enojada por dentro, aunque cansada de ese papel eterno, lo daba, lo daba siempre, porque sabía que fuera de ese personaje ya no sabía bien dónde iba a estar su lugar.
Por eso esta historia importa, no porque sea una curiosidad de cine, sino porque si te paras a mirar bien, vas a ver en Sara a muchas mujeres que has conocido. Quizá a tu mamá, quizá a tu abuela, quizá a una tía, quizá a una vecina, quizá a ti misma. [música] Mujeres que en algún momento decidieron que para que las dejaran estar, primero tenían que aceptar borrar una parte de sí mismas.
Esas mujeres son nuestras abuelas. [música] Esas mujeres son nuestras madres. Esas mujeres somos también muchas veces nosotras mismas. Y muy pocas veces alguien se ha sentado a contarles despacio su propia historia. [música] Sara García no fue solo una actriz. Sara García fue una de esas mujeres, [música] solo que a ella, además, el cine la convirtió en un símbolo y los símbolos, ya se sabe, sirven para que la gente sienta cosas, pero también sirven para tapar a las personas que están detrás.
Durante años todos la quisieron, pero casi nadie se preguntó quién era de verdad. La quisieron por algo que no era ella. Hoy, tantos años después, cuando alguien rompe una tablilla de chocolate abuelita y mira el envoltorio, está mirando [música] en realidad a alguien que tuvo una vida durísima, una persona que lo perdió casi todo, [música] que se hizo a sí misma con sus propias manos, que se mantuvo de pie cuando muchas otras [música] en su lugar se hubieran caído.
Alguien que pagó un precio que ninguna otra actriz mexicana de su generación se atrevió a pagar. Y si solo nos quedamos con la imagen tierna, no la estamos viendo, la estamos repitiendo. Por eso, cuando alguien te diga, “Sara García era la abuelita de México, tú vas a saber un poco más. Vas a saber que esa abuela tan querida fue primero una niña que se quedó sola, después [música] una madre soltera, después una mujer enamorada de otra mujer en un país donde eso no se podía decir.
Después, una actriz que se sacó dientes para trabajar. Después, [música] una madre rota porque su única hija se le fue demasiado pronto. Después, un símbolo de un país entero y por encima de todo, una persona, una persona que merecía que alguien alguna vez le preguntara cómo estaba ella de verdad. A los 85 años, cuando se fue, Sara García ya lo sabía todo.
Sabía que millones de personas la querían. [música] Sabía que ninguna de esas personas la conocía de verdad y sabía que la única que sí la había conocido entera durante 60 años estaba sentada al lado de su cama en aquel hospital [música] sin permiso para llamarse pareja, sin permiso para decirlo en voz alta, solo con permiso para cuidarla en silencio hasta el último día.
[música] Esa fue Sara García. ¿Qué tiene que pasar en la vida de una mujer para llegar a hacer lo que ella hizo? [música] que sepa desde muy joven que la versión real de sí misma no cabe en el mundo donde le ha tocado vivir y que entonces se invente otra perfecta, encantadora, [música] simpática, para que la dejen estar. Yo creo que ese es el homenaje más justo que se le puede hacer a Sara García hoy.
No solo recordarla con cariño, no solo seguir poniendo su cara en el chocolate, sino mirarla otra vez [música] despacio y ver detrás de aquella sonrisa sin dientes a la mujer entera que estaba dentro. la que había pasado por demasiado, la que aguantó, la que en silencio hizo lo mismo que tantas otras, se convirtió en lo que los demás necesitaban para poder seguir adelante.
Y si esta historia te ha tocado, si te ha hecho pensar en alguien, déjamelo abajo en los comentarios. Cuéntame quién es en tu familia, esa mujer parecida a Sara, [música] esa abuela que te hacía chocolate caliente los domingos por la mañana, esa mamá que se quedaba despierta hasta que llegabas a casa. Esa tía que nunca se casó y que aguantó por todos.
Esa vecina mayor que te saludaba siempre desde el balcón, aunque por dentro estuviera sola. [música] Mujeres que, como Sara, dieron mucho más de lo que recibieron. Cuéntame su nombre o escribe solamente me acuerdo de ella. Yo te leo. Aquí todos nos leemos. Y si quieres que sigamos contando historias así de mujeres reales, [música] de mujeres que el tiempo casi se llevó, suscríbete con ese botón que tienes en la pantalla.
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