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Noé Hernández: A gunshot wound ended his life… The sordid death of the medalist who survived hell

Y la segunda, la que sí se abriría tiempo después, cambiaría su vida por completo y para siempre. Un profesor de educación física en la secundaria vio en él las cualidades necesarias para dedicarse a la marcha atlética. Fue ese profesor quien le enseñó los fundamentos de la caminata atlética, quien le explicó la técnica, quien detectó que ese muchacho tenía algo especial en la forma de moverse.

La marcha atlética no es un deporte intuitivo que cualquier persona puede comenzar a practicar viendo un par de videos. No es como el fútbol que cualquier niño entiende en 5 minutos. Tiene reglas técnicas muy específicas que regulan cada paso, que determinan si estás marchando correctamente o si en realidad estás corriendo de manera disfrazada.

Un pie debe estar siempre en contacto con el suelo. La pierna de apoyo debe estar completamente extendida en el momento del contacto con el suelo. Esas dos reglas parecen simples hasta que intentas mantenerlas durante 20 km a ritmo competitivo, mientras un juez te mira desde el borde de la pista y puede descalificarte en cualquier momento.

Noé aprendió esas reglas, las internalizó, las convirtió en movimiento automático y lo hizo en las calles de terracería de Chimalhuacán, sin pista oficial, sin equipamiento específico, con la ropa que tenía y el calzado que podía conseguir. Y los vecinos del barrio lo miraban caminar de esa manera tan extraña y tan rítmica, esa manera de moverse que no es correr ni es el paso normal de una persona.

Y no entendían qué demonios estaba haciendo ese muchacho. Lo miraban con curiosidad, con extrañeza, a veces con burla directa, y él seguía marchando kilómetro tras kilómetro, día tras día. Para esa época, Noé tenía que trabajar para vivir. No era un estudiante que entrenaba a tiempo completo en un centro de alto rendimiento con beca, comidas cubiertas y equipo médico disponible.

Era un adolescente que necesitaba generar ingresos para mantenerse y para ayudar en casa. A los 14 años vendía figuras de unicel de personajes animados en los semáforos de la Ciudad de México. También trabajaba de albañil. Me daban 50 pesos por colado”, dijo en múltiples entrevistas a lo largo de su vida.

50 pesos por jornada de trabajo en la construcción y con ese dinero tenía que mantenerse, comprar lo mínimo que necesitaba para entrenar y contribuir al hogar familiar donde había cinco hijos que alimentar. Escucha esto con atención. Al mismo tiempo que vendía figuras de unicel en los cruceros y mezclaba cemento en las obras de construcción, no entrenaba.

Después de la secundaria se inscribió en la vocacional 10, aunque eventualmente tuvo que abandonar los estudios porque las demandas del entrenamiento y las competencias se volvieron incompatibles con el horario escolar y con la necesidad de trabajar. Esa es otra de las decisiones imposibles que los atletas de escasos recursos tienen que tomar y que los atletas con sistemas de apoyo sólidos nunca necesitan enfrentar, [música] estudiar o entrenar.

Para Noé, el deporte ganó esa batalla y el resultado fue una medalla olímpica. Pero también fue un hombre que llegó a la vida adulta sin título universitario, dependiendo exclusivamente de lo que el atletismo pudiera darle mientras durara su carrera y sin formación académica de respaldo para cuando el atletismo terminara.

Grábate. Esto es importante. [música] El hombre que subiría al podio olímpico en el año 2000 ante 80,000 personas. entrenaba en terracería, se alimentaba con lo que podía, se pagaba sus primeras competencias con dinero de albañilería y no contaba con un sistema de apoyo institucional sólido. No había beca significativa, [música] no había nutricionista asignada, no había médico de equipo en sus primeras competencias internacionales.

Había voluntad, talento natural y ese instinto de movimiento que el profesor de la secundaria había sabido detectar a tiempo. [música] En 1994, cuando Noé tenía 16 años, participó en una prueba de fondo en los reyes La Paz. Ese dato es inquietante cuando conoces el final de la historia. Los Reyes La Paz es exactamente el municipio donde 18 años después recibiría el balazo que lo mataría.

[música] Pero en 1994, los Reyes La Paz fue el lugar donde ganó sus primeros 300 pesos en una competencia deportiva. 300 pesos de premio. Ese fue uno de sus primeros estímulos económicos en el deporte. Al año siguiente, en 1995, quedó segundo en la carrera José Pedraza, un circuito de marcha local y ese resultado le mereció una beca en la escuela mexicana de caminata.

Parecía que el sistema finalmente lo estaba viendo. Parecía que había una estructura institucional que iba a recibirlo y a desarrollarlo de manera sostenida. Pero meses después esa escuela desapareció y con ella la beca, sin explicaciones claras de por qué cerró, sin alternativa inmediata para los atletas que estaban en ella. Simplemente dejó de existir.

Así era el deporte mexicano en los años 90 en muchos aspectos. Y así sigue siendo en demasiados casos hoy. Estructuras que aparecen y desaparecen según los ciclos políticos y presupuestarios. Becas que se crean y se eliminan. Atletas que quedan en el limbo sin que nadie asuma responsabilidad por lo que ocurre con su desarrollo.

En 1997 participó en la Olimpiada Juvenil y fue descalificado en esa ocasión. Pero en ese torneo ocurrió algo que cambiaría el rumbo de su carrera. Conoció al entrenador Pedro Aroche. Ese encuentro fue determinante. Aroche vio lo que los demás no veían todavía en ese joven que se había pasado años caminando por las calles de Chimaluacán sin dinero para el pasaje.

Lo ayudó a ingresar al centro deportivo Olímpico Mexicano, que era una de las pocas rutas reales que tenía un atleta sin recursos para acceder a Termitan a entrenamiento de calidad en México. El CDM era ese espacio donde los atletas que el sistema había identificado podían desarrollarse de manera más profesional, con instalaciones, con técnicos, con estructura.

Y para Noé entrar ahí fue un salto cuántico respecto a entrenarse en terracería mientras los vecinos lo miraban sin entender. También en 1997 en Apodaca, Nuevo León, Noe tuvo su primera oportunidad para competir a nivel internacional. El resultado fue suficientemente bueno. Consiguió su boleto al Campeonato Centroamericano y del Caribe de atletismo que se celebraría en 1999 en Bridgetown en la isla de Barbados.

Y en ese campeonato, frente a la competencia regional más fuerte del continente americano en marcha atlética, Noé Hernández se colgó la medalla de oro en los 20 [música] km. Medalla de oro en el Caribe. Para un joven que había entrenado en terracería y se había pagado los primeros gastos trabajando de albañil, eso era un salto al universo.

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