El mundo del espectáculo y de la música tropical ha quedado completamente conmocionado tras el fallecimiento del legendario cantante dominicano Alex Bueno. Apenas tres días después de su partida física, el silencio sepulcral y los rumores malintencionados que rodeaban sus últimas semanas de vida han sido disipados por completo. Sara Arias, la mujer que permaneció a su sombra como su esposa, escudo y pilar fundamental en las etapas más tormentosas, decidió romper el silencio de manera definitiva. A través de un desahogo cargado de dolor pero con una firmeza inquebrantable, Arias ha destapado una serie de verdades incómodas sobre el infierno personal, financiero y médico que consumió a una de las voces más prodigiosas y queridas de todo el Caribe.
Detrás de la fachada de aplausos, trajes impecables y éxitos musicales que pusieron a bailar a millones de personas entre finales de los años 80 y los 90, la vida real de Alex Bueno fue una constante y despiadada bajada a los infiernos. Su viuda relata con el alma rota cómo el ascenso al estrellato internacional ocurrió de manera paralela con su hundimiento en el oscuro pozo de las adicciones. Desde la alarmante edad de 13 años, el artista comenzó a consumir alcohol y tabaco, sustancias que terminarían gobernando gran parte de su existencia. A los 16 ya experimentaba c
on la marihuana y, al cumplir los 17, se adentró en el consumo de la cocaína. Esta peligrosa dependencia se vio alimentada por un entorno artístico descontrolado en el que el polvo blanco circulaba libremente en salas de grabación y banquetes, utilizado por muchos como un simple combustible para soportar extenuantes jornadas y conciertos interminables de los que pocos lograban escapar ilesos.

Arias aclara uno de los mitos más persistentes de la música popular dominicana, desvinculando categóricamente a Fernando Villalona como el responsable de iniciar a su esposo en los vicios. Según las propias confesiones que el intérprete le hacía en la intimidad, “El Mayimbe” intentó en múltiples ocasiones advertirle sobre el abismo al que se dirigía antes de que arruinara su prometedora carrera. Sin embargo, las advertencias cayeron en saco roto en una época de demencia total en los camerinos, donde las drogas se manejaban como trofeos de estatus y poder, ejemplificado en un turbio episodio en Nueva York donde un empresario musical los recibió con una bandeja de plata organizada con los nombres de ambos en cocaína, desatando una fuerte disputa por ver a quién se le otorgaba mayor importancia en el negocio.
A las adicciones destructivas se sumó una encarnizada y asfixiante guerra financiera. Tras cansarse de ser tratado como un peón mal pagado en la orquesta de Andrés de Jesús, Alex Bueno firmó con el sello Karen Records de Bienvenido Rodríguez. El lanzamiento del disco “Colegiala” en 1985 lo catapultó a la cima del éxito comercial, facturando sumas de dinero brutales que jamás llegaron a verse reflejadas en sus ahorros. Su viuda denuncia que la discográfica se aprovechó de las debilidades emocionales y las constantes crisis mentales del cantante para arrebatarle el control de sus obras maestras y despojarlo de sus regalías. El terror que el artista le profesaba a este gigante corporativo era tal que prefería “no alborotar el avispero” antes que arrastrarlos a los tribunales, un cóctel de rabia y desesperación que lo llevó a abandonar la banda en 1987 y esfumarse por completo en los rincones más fríos de Nueva York.
La etapa transcurrida entre 1988 y 1990 expone la vulnerabilidad extrema que padeció el artista. Convertido en un fugitivo de las leyes migratorias, completamente desamparado y sin un solo centavo en los bolsillos, la voz más hermosa del Caribe terminó durmiendo en el suelo de los vagones del metro neoyorquino para no morir congelado en las calles. Aunque Bienvenido Rodríguez lo rastreó tiempo después para financiar su rehabilitación y devolverlo a la República Dominicana bajo el éxito de “Jardín Prohibido”, la realidad es que el cantante regresó atado a los mismos contratos leoninos. Arias describe escenas dantescas de los años 90, como el día en que encontraron a Alex Bueno en un estado de desconexión mental absoluta subido a la copa de un árbol antes de un concierto masivo, mientras la multitud enfurecida apedreaba a los músicos en el escenario. Quienes lo rodeaban preferían exhibir a un hombre destruido y empujarlo a la tarima antes que suspender un show y devolver las ganancias de la taquilla.

El colapso de su fortuna no se debió únicamente al despilfarro en juergas interminables y parásitos que se hacían llamar amigos, sino a una constante persecución por parte de lo que Arias denomina “buitres financieros”. En medio de costosos e infructuosos internamientos de desintoxicación que superaban los 400,000 pesos por estancia, diversos prestamistas y empresarios se ensañaron con su vulnerabilidad. La viuda rememora con indignación cómo el empresario Bolívar Jaqués intentó validar un contrato de exclusividad leonino que hipotecaba los derechos musicales de Alex Bueno por cinco años, obligándolo a dar conciertos gratuitos para cubrir préstamos personales mínimos, un documento que le hicieron firmar con engaños mientras el cantante se encontraba dopado con antipsicóticos y postrado en la camilla de un hospital batallando por su vida. A esto se le sumaron serios reveses legales, como una condena de dos años de prisión efectiva dictada por la Suprema Corte de Justicia tras un accidente automovilístico fatal en 2001 que involucraba a un vehículo de su empresa, un expediente que lo catalogó internacionalmente como prófugo, además de litigios internacionales por derechos de autor con el cantautor español Dani Daniel.
A pesar de que a partir de 2013 la pareja buscó un nuevo comienzo en Nueva York, logrando que el cantante se mantuviera limpio, alejado de las drogas y con un testimonio público de superación, las facturas biológicas de una vida llevada al límite absoluto terminaron por cobrarse de la forma más cruel. En septiembre de 2025, tras sufrir un bajón crítico de azúcar y episodios severos de desorientación en plena entrevista televisiva, los médicos descubrieron una pequeña lesión en la zona frontal de su cerebro. Aunque el entorno intentó camuflar la gravedad del diagnóstico ante la prensa alegando un cuadro de prediabetes por exceso de trabajo, los estudios avanzados realizados tras trasladarlo de urgencia a los Estados Unidos confirmaron la peor de las pesadillas: la protuberancia extirpada dio positivo a células malignas. Alex Bueno entabló su última y más dura batalla contra un agresivo cáncer cerebral. A pesar de las quimioterapias y de su inquebrantable fe por demostrar que era un hombre renovado, el organismo no resistió el embate del monstruo silencioso. Al cerrar los ojos para siempre, Sara Arias asegura quedarse con el consuelo de que su amado esposo falleció limpio, en paz y cerca de Dios, pero con el firme e impostergable deber de exigir que la verdadera historia de su vida no sea sepultada ni manipulada por los mismos verdugos que lo explotaron hasta el final.