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José José: Por ESTO Sus Hijos Pelearon por Su Cuerpo… Nadie Sabía Dónde Estaba

Pero esa noche, aunque el jurado le dio el tercer lugar, el pueblo le dio algo mucho más grande. Le dio un nombre. A partir de esa noche, a José José empezaron a llamarlo el príncipe de la canción. Y aquí quiero que te detengas un segundo conmigo, porque la canción con la que se volvió leyenda se llamaba El triste, una canción sobre una despedida que duele [música] hasta los huesos.

 Nadie pensó esa noche en lo que ese título significaría con el tiempo. Nadie imaginó que la palabra triste iba a perseguir a José José toda la vida como una sombra que no lo soltaba. Lo llamaron el triste por una canción y sin saberlo le pusieron nombre a su destino. Después de esa noche, la vida de José José se volvió un huracán.

De un día para otro pasó de ser un muchacho que cantaba en cafés a ser el nombre que todos repetían en cada esquina. Ya antes, en 1969, [música] había grabado una canción que lo empezó a poner en el mapa, la nave del olvido. Pero fue el triste lo que lo mandó directo al cielo. Las disqueras se lo peleaban.

 Las estaciones de radio no paraban de ponerlo. Las mujeres gritaban su nombre como si fuera uno de esos ídolos que solo se veían en las películas de Hollywood. Para que me entiendas bien, lo que pasó con José José en los 70 fue una fiebre parecida a la que provocaban los grandes de la música mundial, pero en español y con un muchacho pobre de clavería.

Y lo más impresionante es que aguantó arriba durante años, durante décadas. Un disco tras otro, un éxito tras otro. Es que te quiero. Vive. Buenos días, amor. Volcán y aquella que tantas parejas pusieron en sus bodas y en sus aniversarios, amar y querer. Cada disco que sacaba era de entrada garantía de éxito.

 Las plazas lo reclamaban. Donde se parara llenaba. Y todo, fíjate bien en esto, todo lo hizo con una herramienta tan frágil como una simple garganta humana, la misma garganta que años más tarde lo iba a traicionar de la peor manera. Lo que vino después fueron los años de oro. Y aquí necesito que cierres los ojos un momento y te acuerdes de cómo era todo entonces.

No te voy a dar una lección de historia, te voy a recordar tu propia vida. Tú llegabas de trabajar o de la escuela o de la casa de tu mamá, prendías el radio y ahí estaba esa voz en la cocina, en el coche, en la consola del cuarto, en esos discos de acetato que se rayaban de tanto escucharlos. La nave del olvido, el amar y el querer.

Gabilán o paloma, almohada, lo dudo, lo pasado, pasado. Esas canciones no eran solo canciones, eran la banda sonora de tu vida. Te casaste con una de ellas sonando, lloraste un desamor y a lo mejor hasta el día de hoy hay una que no puedes oír sin que se te haga un nudo en la garganta y te lleve de golpe a una época que ya no existe.

Y déjame decirte por qué pegaba tanto, por qué se metía tan adentro. Porque José José no cantaba canciones alegres para bailar en la fiesta. Cantaba lo que duele. Cantaba el desamor, la traición, la copa de más, el orgullo herido, la mujer que se va y no vuelve. Le cantaba a los hombres que no sabían llorar y los hacía llorar a escondidas.

Le cantaba a las mujeres que aguantaban en silencio y las hacía sentir comprendidas por primera vez. En una época en la que un hombre tenía prohibido mostrarse débil, José José se subía a un escenario y enseñaba toda su fragilidad delante de miles de [música] personas sin pena con la frente en alto. Por eso lo amaron como lo amaron, porque decía en voz alta lo que casi nadie se atrevía a decir dentro de su propia casa.

Eso era José José para México y para toda América Latina. una compañía, una voz que entraba a tu casa todas las noches y se quedaba a vivir ahí. En 1983 grabó un álbum llamado Secretos con composiciones del maestro español Manuel Alejandro y de ahí salieron canciones como Lo dudo y El amor acaba. Ese disco vendió alrededor de 4 millones de copias.

 4 millones fue el álbum más vendido de toda su carrera. Lo escuchaban en México, en Estados Unidos, en Centroamérica, en Sudamérica, en España y hasta en lugares tan lejanos como Japón y Rusia, donde no entendían una sola palabra de español, pero igual se quedaban callados al oír esa voz. Más de 95 millones de discos a lo largo de su carrera.

Para que te des una idea de lo que eso significa, muy pocos artistas latinos en toda la historia han llegado a esa cifra. casi ninguno. Y no era solo en los discos. José José estaba en todas partes, en la televisión de los domingos, en esos programas enormes de variedades que reunían a toda la familia frente al televisor, en los palenques, cantándole de cerca a la gente del pueblo en las ferias, en los teatros más elegantes y en las plazas más humildes.

Lo mismo lo escuchaba la señora encopetada que la muchacha que limpiaba su casa. Esa fue siempre su magia. Le cantaba igual a todos y todos sentían que les cantaba solo a ellos. Se vestía impecable. Smoking, traje bien cortado, el pelo perfecto, la sonrisa de Galán de cine. Un caballero a la antigua de los que ya casi no se ven.

Heredó de su padre el tenor, esa elegancia para pararse en un escenario y la juntó con algo que el padre nunca tuvo. Millones de personas comunes y corrientes que lo sentían parte de la familia. Llegaron los premios, por supuesto. En 2004, la Academia Latina de la Grabación le entregó el premio a la excelencia musical.

 Ese mismo año le pusieron una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Su nombre grabado en el suelo de los Ángeles, entre las grandes leyendas del mundo. Y aún así, fíjate en este detalle porque dice mucho de su vida. El Grami, el grande, el de Estados Unidos, lo nominaron varias veces y nunca se lo dieron, nunca lo ganó.

El hombre que vendió 95 millones de discos, el que hizo llorar a tres generaciones, se quedó sin el premio que muchos consideran el más importante de todos, como si hasta en los reconocimientos la vida le guardara siempre el tercer lugar. igual que aquella noche en el teatro ferrocarrilero. Pero detrás de esa voz prodigiosa había una maquinaria y aquí está la parte que casi nunca te cuentan, la parte que de verdad importa.

El mundo del espectáculo de aquella época funcionaba como una fábrica. Las disqueras, los empresarios, los managers, la prensa, todos vivían del artista, todos cobraban del artista y el artista muchas veces era el último en enterarse de cuánto dinero estaba generando su propia garganta. Te lo voy a explicar cómo es para que se entienda bien.

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