Posted in

INGRID BERGMAN: el AMOR que le hizo perderlo TODO, incluida su propia HIJA

Lo que Ingrid tenía era diferente, una credibilidad [música] que el público sentía como algo real. como algo que no había sido fabricado en una oficina de marketing de un estudio. Cuando Ingrid Bergman sufría en la pantalla, el público sufría con ella porque había algo en esa manera de sufrir que no se parecía a actuar, se parecía a vivir.

Casa Blanca en 1942. Il Salund, la mujer entre dos hombres, entre dos amores, [música] entre dos versiones de sí misma. Una película que el mundo entero conoce y que la convirtió en algo que pocas actrices consiguen ser. Una imagen, no una persona, una imagen, la mujer que el mundo quería que fuera.

Y ahí estaba la trampa. Hollywood había construido alrededor de Ingrid Bergman una imagen de pureza, de nobleza moral, de mujer que encarnaba todo lo que el mundo de posguerra quería creer que era posible. Era católica, [música] era fiel, era madre. Era todo lo que una mujer debía hacer. El problema es que las imágenes no son personas y las personas tarde o temprano hacen cosas que las imágenes no pueden hacer.

En 1948, con su carrera en el punto más alto, con dos Oscars, con el amor del público americano asegurado, con su matrimonio funcionando sobre el papel, Ingrid Bergman vio una película italiana Roma, ciudad abierta. del director italiano Roberto Roselini, que filmaba las ruinas de la guerra con una cámara en mano que parecía que estaba ahí mientras ocurría, no reconstruyendo después.

Y algo en esa película, algo en esa manera de filmar que no se parecía a nada de lo que Hollywood hacía, le produjo un efecto que ella misma describió después como una revelación. Tomó papel, escribió la carta en inglés porque era el único idioma que compartían. Lo que decía esa carta, lo que le escribió a un hombre al que nunca había visto, en un idioma que no era el de ninguno de los dos, iba a cambiar todo lo que vino después, para bien y para mal, más para mal al principio, pero de una manera que solo se entiende del todo

cuando se sabe lo que decía. La carta que Ingrid Bergman le escribió a Roberto Roselini en 1948 es uno de los documentos más extraordinarios de la historia del cine. No porque sea literariamente brillante es directa, casi torpe en su honestidad, sino porque revela en cada línea a una persona que ha tomado una decisión y que la está tomando con los ojos completamente abiertos.

Antes de seguir con lo más importante de esta historia, me permito interrumpir un momento con mi propia voz. Quería darte las gracias por estar ahí al otro lado de la pantalla. Como ves, en este canal nos tomamos muy en serio estas investigaciones porque creemos que estos grandes artistas merecen ser recordados con respeto.

Si tú también lo crees, me ayudaría muchísimo que te suscribieras ahora mismo. Es un gesto pequeño para ti, pero es lo que permite que yo pueda eh seguir dedicando días enteros a rescatar estos recuerdos. Es Y [música] ahora sí, volvamos a lo que estábamos contando. Le decía que había visto Roma. ciudad abierta, que había visto paisá, que lo que él hacía en esas películas era algo que ella nunca había podido hacer dentro del sistema de Hollywood, algo que parecía verdadero de una manera que el cine de estudio no podía permitirse y

que si él necesitaba una actriz sueca que hablaba inglés perfectamente, el italiano bastante mal y el alemán algo mejor. Aquí estaba disponible, dispuesta. Cono, sin el permiso de Hollywood. Roselini leyó la carta y respondió, y lo que respondió desencadenó una de las historias más extraordinarias y más brutalmente castigadas del cine del siglo XX.

En 1949, Ingrid Bergman viajó a Italia para rodar con Roselini. Strombol, una película sobre una mujer extranjera atrapada en una isla volcánica italiana entre dos mundos que no terminan de reconocerla, sin salida posible en ninguna dirección que no tenga un precio. La ficción y la realidad se mezclaron de una manera que ninguno de los dos había planeado del todo.

Ingrid Bergman y Roberto Roselini iniciaron una relación durante el rodaje. Hasta aquí nada que Hollywood no hubiera visto antes. Los rodajes generaban relaciones, los actores se enamoraban, los matrimonios se rompían, era parte del negocio, de la vida, [música] de la naturaleza humana. Hollywood lo sabía. Hollywood lo aceptaba cuando le convenía callarlo.

Lo que no estaba dispuesto a aceptar [música] era que Ingrid Bergman lo hiciera. Porque Ingrid Bergman no era cualquier actriz, era la imagen, [música] era la pureza, era la mujer que el público de posguerra había elegido para representar todo lo que quería creer que era bueno y posible. Y cuando la imagen hace algo que las imágenes no pueden hacer, cuando la imagen tiene una aventura, [música] se queda embarazada, abandona a su marido y a su hija de 9 años para quedarse en Italia con un director que tampoco era libre.

El sistema que construyó esa imagen reacciona de la única manera que sabe reaccionar con violencia. Mientras otros actores hacían exactamente lo mismo. A ellos nadie los nombró. A ellos nadie los llamó nada en el Congreso. A ellos el sistema no les cerró las puertas. La violencia tuvo un nombre concreto, Edwin C.

Johnson, senador demócrata por Colorado. El 14 de marzo de 1950, Johnson se levantó en el Senado de los Estados Unidos y pronunció un discurso sobre Ingrid Bergman que duró más de una hora. La llamó una famosa, la llamó una amenaza a la institución del matrimonio, la llamó, en la frase que quedó grabada en la historia, un átomo de suciedad moral y pidió que se le retirara el visado de entrada a los Estados Unidos.

Mientras hablaban de ella en el congreso, su nombre se decía en voz alta, como si fuera una advertencia, no como actriz, como ejemplo de lo que le pasaba a una mujer que no seguía las reglas. Un senador en el Congreso, dedicando más de una hora de tiempo legislativo a destruir a una actriz porque había tomado una decisión sobre su propia vida.

Eso no fue un malentendido, fue una advertencia para ella y para cualquier otra mujer que estuviera pensando en hacer lo mismo. Hay algo que vale la pena detenerse a mirar en ese momento. Edwin Johnson no era un extremista marginal, era un senador demócrata del estado de Colorado, un político respetado dentro del sistema que se suponía debía proteger las libertades individuales de los ciudadanos.

y eligió usar ese poder, esa plataforma, ese tiempo legislativo para destruir la reputación de una mujer que había tenido una relación extramatrimonial. [música] El discurso duró más de una hora. Fue el 14 de marzo de 1950. Johnson habló de la moralidad de la nación, de la responsabilidad de las figuras [música] públicas, de la familia americana, de la amenaza que representaban las personas públicas, [música] que no seguían las normas que el ciudadano común sí seguía, de la responsabilidad especial que tenían las estrellas de cine de ser ejemplos para

el público que las admiraba, de cómo Ingrid Bergman había traicionado esa responsabilidad. Una hora y 10 minutos en el Senado de los Estados Unidos sobre una actriz que había tenido una aventura amorosa mientras el Senado debatía otras cosas. La guerra de Corea que había empezado ese mismo año, la amenaza nuclear, la situación económica, los millones de americanos que vivían en pobreza, Edwin Se Johnson dedicó más de una hora a Ingrid Bergman y nadie en ese Senado le pidió que parara.

Read More