Posted in

El Final Que Nadie Imaginó: La Trágica Caída de José José

Su casa estaba llena de música, pero también, según se ha contado, de tensión. Su padre, José Sosa Esquibel, era un cantante de formación, un tenor, un hombre con verdadero talento y a la vez un hombre atrapado por el alcohol. Se dice que en aquel hogar no se permitía la música popular, que el padre soñaba para su hijo con un camino distinto, más académico, más respetable a sus ojos.

Pero la voz, como suele pasar, no entiende de prohibiciones, ya aquel niño ya llevaba la música metida [música] en la sangre. Cuando José tenía apenas 15 años, ocurrió la primera gran herida de su vida. Su padre abandonó el hogar, dejó atrás a su esposa y a sus hijos y dejó también a un adolescente que de un día para otro tuvo que dejar [música] la escuela y ponerse a trabajar para ayudar a sostener a su familia.

Es un detalle que conviene no perder de vista porque ayuda a entender casi todo lo que vendría después. La herida de ese abandono y la sombra de esa adicción que había visto de cerca dentro de su propia casa lo acompañarían de un modo u otro durante el resto de su vida. A veces, sin saberlo, repetimos justo aquello que más nos dolió.

El joven se refugió en lo único que sentía verdaderamente suyo, cantar. Aprendió a tocar la guitarra, se formó casi de oído, escuchando, imitando, probando y empezó a buscarse la vida en serenatas y en pequeños grupos que tocaban donde se pudiera. A finales de los años 60 formó un trío y más tarde un conjunto de Bozanova y jaz llamado Los PEG.

Grabaron, lo intentaron una y otra vez, tocaron en sitios pequeños ante públicos pequeños, pero el gran éxito, ese que se sueña, no llegaba. Fueron años de esfuerzo silencioso, de constancia, de fe en un talento que todavía nadie más parecía ver con claridad. Y entonces, en 1968, ocurrieron dos cosas que cambiarían su historia para siempre.

La primera fue profundamente dolorosa. Su padre murió, según se ha relatado, a consecuencia del alcoholismo. Aquel hombre del que había heredado la voz y también la ausencia se marchaba definitivamente. La segunda cosa fue en cierto modo un homenaje a esa pérdida. Cuando el joven cantante decidió por fin lanzarse como solista, eligió un nombre artístico que era en realidad una manera de honrar a ese padre y a la vez de no soltarlo del todo.

Tomó su propio nombre José y le sumó el de su padre. Así nació sobre el escenario José José. Él mismo aseguró siempre que de su padre había heredado la voz. Quizá sin pretenderlo heredó también algo más oscuro. El momento que lo cambió todo, el instante exacto en que dejó de ser un desconocido, llegó en 1970. En el marco del festival de la canción latina celebrado en la ciudad de México, José José interpretó un tema compuesto por el maestro Roberto Cantoral, una balada que parecía escrita a la medida de su voz, [música] El triste.

Aquella noche, frente a un auditorio exigente y ante las cámaras de la televisión que llevaban su imagen a millones de hogares, [música] hizo algo que dejó a todos sin aliento. Su voz se elevó con una potencia y un control que parecían imposibles en un muchacho tan joven y de aspecto tan frágil. Se cuenta que aunque en el concurso no obtuvo el primer lugar, la reacción del público fue tan abrumadora que el resultado oficial dejó de importar.

La ovación lo convirtió en cuestión de minutos [música] en una estrella nacional. De pronto, todo el mundo quería saber quién era ese chico de La Voz Imposible. Y es que su instrumento era sencillamente extraordinario. Se hablaba de un rango que abarcaba varias octavas, [música] de una afinación perfecta, de una técnica que parecía no tener límites.

Pero lo más importante no era nada de eso. Lo más importante era su capacidad casi sobrenatural para transmitir emoción. José José no solo cantaba [música] bonito, hacía sentir. Cada frase parecía salir directamente de una herida verdadera. Y eso en la música romántica. vale más que cualquier técnica del mundo. Había nacido un ídolo.

Lo que casi nadie sospechaba todavía era cuánto le iba a costar con el paso de los años sostener todo aquel peso sobre los hombros. Los años 70 fueron sin discusión suyos. Tras aquel arranque fulminante con el triste, José José encadenó un éxito tras otro y el público le entregó un título que lo acompañaría para siempre hasta el día de hoy.

El príncipe de la canción no era un apodo cualquiera de esos que se ponen y se olvidan. era el reconocimiento sincero a alguien que había tomado la balada romántica, ese género que a veces se mira por encima del hombro [música] y la había elevado a la categoría de arte mayor. En 1977 publicó un disco que muchos consideran todavía hoy el punto más alto de toda su carrera, Reencuentro.

De ese álbum salieron canciones que se convirtieron en himnos imborrables en parte del patrimonio sentimental de varias generaciones. Gabilano Paloma, El amar y el querer, buenos días, amor. Y a ese disco lo siguieron otros igual de poderosos, [música] con temas como volcán, lo pasado, pasado, almohada o Lo dudo.

Eran canciones que hablaban de amor, de despecho, de celos, [música] de nostalgia, con una hondura que conectaba con cualquiera que alguna vez hubiera amado de verdad o que hubiera perdido a alguien. Y todos, tarde o temprano, amamos y perdemos. Por eso sus canciones eran de todos. Su fama traspasó cualquier frontera, llenaba estadios y plazas, agotaba localidades, vendía discos por millones y su nombre se volvió sinónimo de elegancia y de sentimiento en toda América Latina, en España, [música] en cada rincón del planeta donde se hablara español. No era

un éxito de una temporada, era un [música] fenómeno sostenido año tras año. También incursionó con éxito en el cine, protagonizando películas que aprovechaban tanto su voz como su imagen de galán melancólico y elegante. Una de ellas llevó precisamente el título de una de sus canciones más queridas, Gabilano Paloma, y otra, ya en los años 90 se tituló Perdóname todo.

El príncipe estaba en todas partes. En lo personal, también parecía tenerlo absolutamente todo. Se casó con Anel Noreña, [música] una mujer hermosa y muy conocida del medio artístico, y con ella formó una familia. Llegaron sus dos primeros hijos, José Joel y Marisol, que con el tiempo seguirían los pasos artísticos de su padre.

Desde fuera la fotografía parecía perfecta, casi de cuento. El cantante más admirado del momento, una esposa bella, dos hijos, dinero, reconocimiento, el cariño incondicional de un continente entero. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Pero detrás de esa imagen impecable había una presión que muy pocos alcanzan a imaginar. Conviene detenerse aquí porque es la clave de toda esta historia.

Cuando tu mayor don, aquello que te hace único, es una voz prodigiosa, cada concierto se convierte en una prueba. El público no paga la entrada para escuchar una versión cualquiera, una noche regular. Paga para escuchar el milagro, ese milagro que escuchó en un disco o que le contaron. Y mantener un milagro vivo, intacto, noche tras noche, gira tras gira, ciudad tras ciudad, año tras año, es agotador de un modo que cuesta describir.

Read More