Columba volvió a su libro, pero no entendía las letras. Las miraba. pero no las entendía. Se quedó así con los ojos sobre la página mucho rato, hasta que Adela, sin levantar la cabeza, dijo, “¿Les caliento el agua para el baño?” Columba no supo que contestar. Adela, al ver que no decía nada, se bajó del banco y se fue a la cocina.
Puso una olla grande en el fogón, la llenó de agua, encendió la lumbre. Tenía 7 años. 7 años después, Adela contó ella misma con rabia. dijo que su padre llevaba mujeres a la casa todo el tiempo y que le pedía a ella, a la niña, que les preparara el baño, porque a él no le gustaba estar con ellas si antes no se aseaban y se ponían los perfumes que él compraba.
7 años tenía Adela preparándoles el baño a las amantes de su padre. Y en ese momento, aunque no lo dijo en voz alta, Columba ya sabía más de lo que estaba dispuesta a admitir y ella, en el comedor, con el libro en la mano escuchando como Adela ponía la olla, sabiendo, sin decir nada, sin hacer nada.
Porque cuando tienes 15 años y vives en una casa que no es tuya, con un hombre que te descubrió y te metió en su vida, aprendes una cosa rápido. Aprendes a no preguntar, porque preguntar es empezar a contestarse y contestarse es empezar a irse. Y Columba, a los 15 todavía no quería irse. Emilio estaba preparando una película nueva, Maclovia, protagonizada por María Félix, la diva [música] de las divas, y decidió que el papel antagónico, el de la rival, se lo iba a dar a Columba, a la chica de 19 años que vivía en su casa. Columba, cuando se lo dijo, no lo
podía creer. Se tiró a sus brazos, lo abrazó, lloró y él la apartó suavemente. Pórtate bien con María, no le lleves la contraria en el set. Columba asintió. Y no te pongas más guapa que ella. Columba se ríó. No habló en broma. Columba dejó de reírse. El rodaje fue durísimo. Mlovia [música] era una historia de celos con una escena clave donde las dos mujeres, los dos personajes, se pelean en pantalla.
Se supone que es una escena coreografiada, actuada, fingida. No lo fue. Columba lo contó muchos años después [música] en una entrevista. Dijo que María la agarró del brazo con tanta fuerza que le hizo sangre. Le hizo sangre de verdad. La sangre chorreándole por el brazo delante de las cámaras. Y Columba, que para entonces ya llevaba 5 años aguantando de todo, decidió que no iba a aguantar una más.
le devolvió el agarrón con todas sus fuerzas”, dijo ella misma literal. Como ella tenía unos brazos gordos, con mis manos le agarré nada más un pedazo. No me alcanzaba mi mano para más y casi le arranco yo también un pedazo. Dije, “Si se trata de divorcio, me divorcio, pero ahorita el cacho se lo quito a la vieja.
” Esas son sus palabras textuales de una mujer a la que si la mirabas en pantalla parecía una muñeca frágil, pero que por dentro ya estaba rota de tanto tragar y tenía 19 años. La escena quedó. Ese es el jaloneo que todavía hoy se ve cuando ponen maclovia, dos mujeres sacándose sangre y todo México creyendo que eran actrices, pero no estaban actuando.
Estaban pegándose de verdad y cuanto mejor le iba fuera, peor empezaban a ponerse las cosas dentro de esa casa. Y luego vino Pueblerina ese mismo año, la película que iba a convertir a Columba en una estrella internacional. Una historia durísima. Una mujer de pueblo a la que un hombre le hizo daño y que vuelve al pueblo señalada, expulsada.
Una mujer que carga con una vergüenza que no es suya. Emilio le dio el guion y le dijo, “Tú eres ella.” Columba leyó el guion en una noche. Cuando terminó, a las 4 de la mañana estaba sentada en la cama con las manos temblando. Subió al estudio. Emilio estaba ahí bebiendo. No sé si puedo hacer este papel. Emilio la miró. Claro que puedes.
Tú ya lo has hecho en la vida. Y volvió a sus papeles. Columba se quedó con el guion en la mano. No le preguntó qué quería decir con eso. Bajó al cuarto, cerró la puerta y no lloró, porque a los 19 ya había aprendido a no llorar. Rodaron en Michoacán. En pueblos de tierra, con calor, con polvo, Columba desaparecía en el personaje.
Había una escena clave, sin palabras, donde la protagonista vuelve al pueblo después de todo. Solo camina, la cámara la sigue. La primera toma no le gustó a Emilio, la segunda tampoco, la tercera tampoco, a la cuarta se acercó delante del equipo entero. No estás sintiendo nada, Columba no respondió.
Se supone que eres una mujer a la que le pasó algo horrible y caminas como si fueras a la panadería. Le puso la mano en la mandíbula, levantó la cara. Acuérdate de algo feo. Columba lo miró y algo se le movió por dentro muy rápido. Un pensamiento que no quería tener. Una imagen. Un momento. Emilio lo vio. Eso, eso. Y la soltó.
Se dio la vuelta y gritó a la cámara otra vez. Y Columba caminó. Y esa toma fue la que quedó, la que todavía hoy cuando se proyecta Pueblerina en festivales hace que la gente se quede callada. Nadie ha sabido nunca qué pensó Columba ese día para conseguir esa cara. Ella no [música] lo contó ni entonces ni después, porque hay algo que Columba nunca explicó y que empieza exactamente aquí.
Pero mientras Pueblerina ganaba premios en Europa, en México estaba pasando otra cosa, porque Emilio tenía una obsesión, una obsesión que Columba no podía tocar. Dolores del Río. Dolores era la actriz más grande del cine mexicano. Una mujer elegante, fina, educada en Estados Unidos, amiga de Orson Wells, [música] amiga de todo el Hollywood dorado.
Y Emilio estaba enamorado de ella desde hacía años. antes de conocer a Columba, antes de la fortaleza, antes de todo. Y Emilio en 1949 dirigió la malquerida con Dolores como protagonista y puso a Columba como coprotagonista. Adela, [música] la hijastra contó años después que Columba siempre odió a Dolores. Odio esa palabra, un odio silencioso, elegante, de los que no se dicen, pero se notan.
Y hubo una escena violenta en esa película. Una escena donde Dolores tenía que abofetear a Columba. No fue una bofetada de cine. Le dio de verdad. Tan fuerte le cayó que Columba tuvo la cara hinchada durante dos días. Tuvieron que parar el rodaje, no pudo trabajar. Dos días con la cara partida, dos días en casa con hielo, sola, [música] sabiendo que esa mujer que le había pegado era la mujer que su marido quería de verdad.
Y ahora imagina, tienes 20 años, vives con un hombre que te descubrió a los 14. Ese hombre lleva años enamorado de otra [música] que no le hace caso. Esa otra aparece un día en el set, te da una cachetada real, te parte la cara y tu marido no te defiende porque tu marido, en el fondo, sigue enamorado de ella. Esa es la casa en la que vivía Columba, esa es la vida que tenía.
Y así pasaron los años, un dos 5 si películas, otras mujeres, borracheras, gritos, silencios largos. Y entonces, en 1952, [música] Columba se quedó embarazada. Se lo dijo una mañana en el desayuno. Emilio dejó la taza de café en la mesa muy despacio. No, no, qué no quiero más hijos. Y en ese momento Columba entendió algo, que ese hijo para él no era un regalo, era un problema. Pues ya viene.
Pues no venga. Columba apretó los dientes. Va a venir Emilio. Él se levantó, se fue al estudio, cerró la puerta. Estuvo una semana sin dirigirle la palabra. Columba hacía vida normal. Se sentaba a comer enfrente de él, le servía el café, le dejaba la ropa preparada y él no la miraba como si no existiera.
Y un día, al final de esa semana, Columba hizo una maleta sola, sin avisar. Cuando Emilio bajó del estudio esa noche, ella estaba en el recibidor con la maleta al lado. Me voy. Emilio la miró. No dijo nada. Columba esperó unos segundos por si la agarraba del brazo, por si le pedía que no se fuera. No hizo nada.
Columba salió, pasó por delante de los leones de cantera, caminó por la calle Dulce Olivia hasta la esquina, paró un coche y se fue. Adela, desde una ventana del segundo piso, la vio irse. Tenía 10 años. Columba tuvo a su hija sola. La llamója caranda como la flor morada que florece en marzo en la ciudad de México, el mismo mes que ella había nacido.
Y aquí la historia se complica porque Columba no se quedó quieta llorando, al contrario, tomó a su hija las dos maletas que tenía y se fue a Europa. se fue a Italia concretamente a rodar una película que se llamaba Ledera, protagonista en italiano, fuera de México, fuera del indio, por primera vez, sola, a los 22 años. Y en Europa, Columba conoció a otro hombre, un actor español.
Se llamaba Francisco Raval, pero todos le decían Paco. Un hombre guapo, dulce, culto, [música] de los que tratan bien, de los que miran sin pedir permiso, pero sin asustar. Empezaron algo, no se sabe exactamente qué. Algunos dicen que fue un romance corto, otros que fue algo más serio. Lo que sí está documentado es que Paco Raval poco después tuvo que viajar a México a rodar una película con Luis Buñuel y la prensa mexicana sacó un titular, uno solo, pero devastador.
Francisco Raval llega a México para casarse con Columba Domínguez. Emilio leyó ese titular y Emilio, que cuando quería algo no preguntaba, lo hacía. Hizo lo que sabía hacer. Se metió la pistola en el cinto, se subió al coche y se fue al set de Buñuel a matar a Paco Rabal. Lo que pasó ahí dentro no lo sabe casi nadie, pero lo que sí se sabe es que Luis Buñuel, [música] el director, se metió en medio, habló con Emilio, le calmó, le quitó la idea de encima y Paco Rabal salió vivo de esa tarde.
[música] Y aquí es donde esta historia deja de ser lógica, porque cualquier persona en el lugar de Columba habría hecho una cosa y ella hizo justo la contraria, porque Columba se enteró. se enteró de que el hombre del que se había separado, el hombre al que había dejado en la fortaleza, el padre de su hija, había cruzado medio país con una pistola para matar al hombre con el que ella estaba empezando algo nuevo.
Y ahora piensa por un momento, ¿cómo interpretas eso con 22 años? Porque hay dos formas de interpretarlo. Una es hombre es un peligro. Este hombre me va a arruinar la vida. Este hombre me va a matar a mí o a quien se me acerque. La otra es, [música] este hombre no puede vivir sin mí. Este hombre por mí es capaz de todo.
Columba eligió la segunda. Y ese ese es el punto donde la injusticia se vuelve más cruel. Porque Columba, cuando tuvo la oportunidad de irse en serio, [música] de armar una vida distinta en Europa con un hombre que la trataba bien, no lo hizo. Volvió a la órbita de Emilio. No a vivir con él. Eso no. Pero tampoco lejos, nunca lejos del todo.
Y aquí quiero que me acompañes un segundo, porque si esta historia te está recordando a alguien que conoces o a ti misma o a una tía o a una amiga que sabes que no sale de donde debería salir, entonces esto no es una anécdota del cine mexicano. Esto [música] es la historia de millones de mujeres. Mujeres que tuvieron una salida y no la tomaron.
Mujeres que confundieron el miedo con el amor. Mujeres que pensaron, “Si este hombre es capaz de matar por mí, es que me quiere.” Cuando en realidad lo que ese hombre estaba diciendo era otra cosa muy distinta. Estaba diciendo, “Tú eres mía y si no eres mía, no serás de nadie.
” Columba nunca lo entendió así o lo entendió, pero no quiso creerlo. Y si eres honesta contigo misma, sabes que esto no es tan raro como parece. sabes que a veces una no se va, incluso cuando ya sabe que debería haberse ido. Y aquí voy a decirte algo muy claro. Si esta parte de la historia te está removiendo por dentro, no es casualidad. A veces no nos quedamos en ciertos sitios porque queramos, nos quedamos porque ya estamos demasiado dentro y hay cosas que cuesta mucho reconocer, incluso a una misma.
Si te gusta que contemos las historias así, sin suavizarlas, sin mentirte, darle al botón de seguir este canal es la forma más directa de decir que quieres más, porque lo que viene ahora ya no tiene vuelta atrás. Y empezaron los reencuentros. Columba volvió a México. Trabajó con Buñuel en el río y la muerte, con Ismael Rodríguez, con Fernando Méndez.
hizo una carrera sin Emilio, pero cada vez que le iba bien, él volvía a aparecer. Un estreno, una cena, una coincidencia. [música] Y ahí estaba. La primera vez en el 55 Columba pasó por delante de él sin saludarlo, pero esa noche en su casa no pudo dormir. La segunda vez, un año después, [música] ya le habló y él le dijo, “Tienes que ver a la niña.
” “¿Qué niña, Adela? pregunta por ti. A la semana siguiente, sin avisar a nadie, Columba tomó a Jacaranda de la mano y fue a la fortaleza. [música] Después de 4 años sin pisarla, Adela, que ya tenía 14, le abrió [música] la puerta. Ya era hora y se hizo a un lado para que entrara. La tercera vez que volvió, Columba ya no supo por qué había vuelto y mientras tanto, oficialmente, Emilio hizo su vida.
En el 56 se casó con una mujer llamada Gloria. tuvo con ella otra hija, Sochitl. Columba se enteró por el periódico desayunando. Abrió el diario y ahí estaba la foto. El vestido de traje, Gloria vestida de blanco, los dos sonriendo. Jacar desde la trona le tiró un trozo de papilla a la cara. Columba se la limpió despacio con una servilleta y se puso a darle de comer como si no hubiera visto nada.
Pero esa noche no salió de la cama. Ni la siguiente, ni la siguiente. Algo se rompió ese día que no se arregló nunca. Y cuando parecía que ya no podía ir a peor, fue a peor. 1976, Emilio tenía 72 años. Estaba en Torreón, Coahuila, buscando locaciones para una película nueva, Un remake de Pueblerina. 30 años después, él seguía dándole vueltas a la película que había hecho con Columba.
El 30 de mayo, en un ejido llamado Benustiano Carranza, Emilio tuvo un altercado con un campesino, un hombre llamado Javier Aldecoa Robles. Nadie sabe exactamente qué pasó entre los dos. Lo que sí se sabe es lo que hizo Emilio. Le disparó en el pecho y huyó. 4 días después lo detuvieron en Guatemala. Lo trajeron de vuelta, lo condenaron a 4 años y 6 meses por homicidio y lo metieron en la cárcel municipal de Torreón. Columba se enteró por la radio.
Estaba en casa. Escuchó el nombre de Emilio. Escuchó la palabra homicidio. Escuchó el nombre del campesino. Se sentó en una silla de la cocina [música] y ahí se quedó. Horas. No lloró, no llamó a nadie, no hizo nada. Emilio desde la cárcel empezó a escribirle cartas. Tres 5 10. Columba no contestó ninguna, pero no las tiró.
Las guardó en un cajón cerradas. sin abrir y aquí es donde mucha gente piensa que por fin todo se rompe. No se rompió hasta que una tarde cualquiera abrió el cajón, sacó [música] las cartas y las leyó todas. Esa misma noche tomó un avión a Torreón. La cárcel municipal de Torreón era fea. Una sala de visitas pequeña, con mesas de metal, con luz blanca, con guardias en las esquinas.
Columba esperó media hora sentada en una silla. Mientras esperaba, pensó una cosa rara. Pensó que lo había visto dirigir a 50 hombres a la vez. Lo había visto hacer callar a María Félix con un gesto. Lo había visto entrar en un salón y que todo el mundo se girara. Y ahora estaba [música] ahí, al otro lado de esa puerta de metal, esperando que alguien le abriera. Y pensó algo peor.
Pensó que ese hombre que iba a entrar por esa puerta ya no daba miedo y no supo si eso la aliviaba o la rompía. Se abrió la puerta. Entró Emilio, más viejo, más gordo, con una camisa gris que no le iba bien, con las manos hinchadas, caminando mirando al suelo, la vio, se paró. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Al hombre que nunca lloraba, al hombre que había matado a otro hombre tres semanas antes. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Caminó hasta la mesa. Se sentó enfrente. “Viniste.” Columba no contestó. Emilio le tomó una mano. Columba no la retiró. Pero tampoco se la apretó. Al final, Emilio dijo una cosa muy bajito para que los guardias no oyeran.
Sácame de aquí, Columba. Como si no supiera lo que acababa de hacer, como si ella no hubiera estado ahí todo el tiempo, Columba lo miró y asintió. Y Emilio, por primera vez en toda esa conversación sonrió. Pagó parte de la fianza ella. Nadie lo supo en ese momento. No salió en los periódicos, no se contó en los libros, pero una parte, una parte concreta salió de la cuenta de Columba.
Dos años después pasó lo peor. Jakaranda había crecido. Tenía 26 años. Era actriz como su madre. Estaba empezando. Tenía una vida por delante. Noviembre del 78. Vivía en un departamento en la colonia Cuautemoc. compartía con una amiga llamada Lidia Suárez. Esa tarde Jakaranda pasó por casa de su madre solo un momento.
Le había traído un libro que sabía que Columba quería. Se quedaron hablando en la cocina un rato de tonterías de un viaje que Jakaranda quería hacer el año siguiente. Al irse ya en la puerta, Jacaranda se giró. Mamá, te quiero. Columba sonrió. Yo también, mija. Y Jacar se fue y Columba no sabía que esa iba a ser la última vez que la vería viva.
Esa noche había mucha gente en el departamento, música, alcohol, risas. En algún momento, Jacaranda y Lidia empezaron a discutir. Nadie supo por qué. Se asomó al balcón y cayó desde el tercer piso. Murió en el acto. A Columba le avisaron a las 2 de la mañana. Tomó el teléfono, escuchó, dijo, “Ya voy” y colgó. No lloró. se vistió, bajó a la calle, paró un taxi.
En el taxi iba mirando por la ventanilla, [música] con las manos muy quietas sobre el regazo. Cuando llegó al departamento había gente. Policía, amigos, gente sentada en el suelo en shock. Columba pasó entre todos sin mirar a nadie. Fue directa al balcón. Se asomó. Abajo, en la acera, [música] había un cuerpo tapado con una sábana blanca.
se quedó ahí mirando un minuto entero. Dos, tres. Nadie se atrevió a acercarse. Al final se dio la vuelta y preguntó en voz muy tranquila, como quien pregunta una dirección. ¿Dónde está Lidia? Nadie contestó, “¿Dónde está Lidia?” Una chica llorando le dijo que se la habían llevado los policías. Columba asintió y se fue. Sin una palabra más, las autoridades cerraron el caso como un acto voluntario.
Columba lo llamó hasta el último día de su vida de otra manera. Decía en las pocas entrevistas donde habló de eso. Imposible que mi hija negara la vida. Imposible. Y en esa frase suelta está toda la rabia contenida de una madre que no aceptó nunca esa palabra. Y a partir de ese momento, Columba dejó de decir muchas cosas, pero no dejó de pensar ninguna.
A Emilio le avisaron esa misma madrugada. Él estaba en la fortaleza. Cuando se lo dijeron, no contestó. Se fue al estudio, se sirvió un vaso, se lo bebió de un trago, se sirvió otro. Al amanecer estaba borracho. No fue al entierro, no fue. Y Columba, en el panteón jardín enterró a su hija sola. Sin él, después del entierro, Columba volvió a la fortaleza.
No a quedarse, a buscarlo. Entró al estudio. Emilio estaba tirado en el sofá con la misma ropa del día anterior, con una botella vacía en el suelo. Columba lo miró desde la puerta. No le gritó, no le pegó, no le dijo nada, solo lo miró. Un minuto, dos, y después se fue sin cerrar la puerta del estudio. Y estuvo 8 años sin volver a pisar esa casa.
[música] 8 años. En esos 8 años, Emilio envejeció mal. Siguió bebiendo, siguió haciendo películas cada vez menos, cada vez peores. Siguió metiéndose en peleas, en problemas, en escándalos pequeños que ya no eran noticia porque ya nadie le tenía miedo. Y Columba hizo su vida. Pintó, cantó, trabajó menos, envejeció también.
No se hablaron ni una vez. En 8 años hasta el 86. Principios del 86, Emilio se cayó en Acapulco, en un balneario. Se rompió el fémur, la cadera, [música] la mano, lo operaron. Se recuperaba mal. Un día desde el hospital le pidió a alguien que llamara a Columba. Alguien llamó. Columba no contestó al principio.
Al segundo intento. Sí, sí, Columba, es Emilio. Te está buscando. Columba no respondió enseguida. Solo el ruido de la nevera, el reloj, un coche pasando por la calle, cerró los ojos. Voy. Y volvió. Volvió a la fortaleza después de 8 años, después de la hija muerta, después del estudio sin cerrar, después de todo.
Porque volver cuando alguien todavía puede darte algo es discutible, pero volver cuando ya no queda nada, eso ya es otra cosa. Y eso es lo que nadie ha sabido explicar nunca, no que volviera. Eso lo había hecho muchas veces. Lo que nadie entiende es por qué volvió justo entonces, cuando él ya no podía darle nada, cuando él ya no podía ni reconocerla.
Cuando le preguntaron, ella solo dijo esto. Era mi esposo. Y en una entrevista, años después de que él ya hubiera muerto, Columba dijo una frase que se lleva por delante todo lo demás. No solo fueron los meses en el hospital, fue una vida de experiencias maravillosas, de momentos difíciles, como cuando estuvo en los reclusorios, cuando perdimos a mi hija.
Son muchas cosas que ahora se me vienen a la memoria. Léelo otra vez despacio. Una vida. Reclusorios en plural, porque a Emilio lo habían metido preso más de una vez. Y la frase, la única, [música] la que lo explica todo. Cuando perdimos a mi hija, perdimos. Ella seguía hablando de ellos dos como un nosotros. 40 años después de todo.
Los últimos meses en la fortaleza fueron raros. Emilio ya no era él. El cuerpo no le respondía. Se quedaba sentado mucho rato. A veces se le olvidaban palabras. A veces decía cosas que no iban. Y Columba lo cuidaba. Le ponía la comida, le ayudaba a vestirse, le cambiaba las sábanas. Adela en la casa, hacía lo mismo desde otra habitación.
Las dos mujeres se cruzaban en los pasillos, [música] se saludaban con una inclinación de cabeza, no se hablaban casi. Una noche, Emilio desde la cama, miró a Columba. ¿Te acuerdas de la boda? Columba levantó la vista del libro que estaba leyendo. ¿Qué boda, la boda, donde te vi por primera vez? Columba sonrió un poquito. Sí, me acuerdo.

Yo te dije, ya sé lo que me dijiste. Emilio cerró los ojos, sonríó. Me salí con la mía y se quedó dormido. Columba lo miró un rato. No le contestó, no pudo. El 5 de agosto, por la noche, Emilio estaba animado. Le dijo que al día siguiente iban a ir a Cuautla, a pasar el día, a descansar. “Voy a amanecer, chingón”, le dijo. “Y nos vamos.
” Columba le sonrió, le ayudó a acostarse, apagó la luz y se fue a su cuarto, que no era el de él. Hacía años que no era el de él. La mañana del 6 de agosto hacía frío en Coyoacán. Columba se levantó temprano, encendió la chimenea del cuarto de él para que no pasara frío, lo ayudó a levantarse, a vestirse y él, que quería estrenar el paseo, se puso su traje de charro, su traje bueno, el que siempre había sido su símbolo.
Se sentó en la cama ya vestido esperando y entonces levantó la mirada y miró a la mujer que tenía delante y no supo quién era. “Sáquenme de aquí. Esta no es mi casa.” Columba no le contestó, no le dijo, “Soy yo, no le dijo, soy la que volvió, no le dijo nada, le puso la mano en el pecho, le dio un pequeño masaje con las palmas, como se hace cuando no se sabe qué más hacer.” Pero Emilio ya no respondía.
Dos bocanadas de aire cortas y se fue en sus brazos, vestido de charro, sin saber quién era ella, y Columba se derrumbó sobre la cama. Y por primera vez en 40 años lloró sin parar. Antes de morir, Emilio le había pedido una cosa, una sola. Le había dicho, “Entrega esta agenda a Adela.” Y le había dado una agenda.
Su última voluntad no era para Columba, era para Adela. Ni siquiera al final la eligió a ella. El entierro fue multitudinario. Vinieron actores, actrices, productores, políticos. Columba iba de negro, sin velo, con el pelo recogido. Se quedó al lado de la tumba, quieta, Adela al otro lado, las dos sin mirarse. Cuando acabó todo, se le acercó una mujer mayor, una actriz que había trabajado con ellos en los 40.
Le tomó la cara con las dos manos. Mija, ya se acabó. Columba la miró. ¿Qué se acabó? La mujer se quedó sin palabras, le soltó la cara, se fue y Columba se quedó ahí al lado de la tumba pensando en lo que acababa de preguntar, porque no lo había preguntado para hacer una frase bonita, lo había preguntado de verdad, porque una cosa se acababa, pero la otra, la de dentro, [música] no se acababa y nunca se iba a acabar.
Al día siguiente, Adela llegó a la fortaleza con unos papeles. La casa es mía. Yo era la esposa. ¿Dónde está el acta? Columba no contestó. Esa foto tuya, la de novia, es de la bienamada. Es una película, no es una boda. Columba se quedó callada. Una semana, dijo Adela y se fue. Y aquí está la última bofetada.
Porque Columba, la mujer que había vivido en esa casa desde los 15 años, la que había parido ahí, la que lo había cuidado hasta el último día, la que acababa de cerrarle los ojos, se enteraba ese día de una cosa, que nunca había estado casada con él, que la foto que durante 40 años había enseñado como si fuera su boda era una foto de una película, una película que se llamaba La bienamada.
No era una boda, era una escena. Nunca hubo boda, nunca hubo papeles, nunca hubo nada legal. 40 años de vida, de cama, de hija, de cárcel, de muerte, de vestirlo de charro, de darle masaje en el pecho, de llorar sobre su cuerpo. Y a ojos de la ley, ella no era nadie. [música] Adela se quedó la casa, se quedó la fortaleza, se quedó los cuadros de Diego Rivera, se quedó los muebles, se quedó hasta la agenda.
A Columba le dieron una semana para sacar sus cosas. Columba no recogió nada ese día, ni al siguiente se movía por la casa como en cámara lenta, abriendo cajones, mirando cosas, volviéndolas a dejar. Encontró en el estudio una caja de madera. La conocía. La había visto mil veces [música] en el estante de arriba, detrás de los libros de cine.
Nunca la había bajado. Nunca había querido bajarla. La bajó. Dentro había cartas atadas con un cordón, con una letra que no era la suya, firmadas solo con una inicial, una T. Columba se sentó en el suelo con las cartas en el regazo. Empezó a leer. Las cartas eran de los años 40, de los años en que ella vivía en esa casa, en que ella dormía en esa cama, en que ella calentaba el agua del baño para que él se la bañara a otra.
Columba leía sin sorpresa. No estaba descubriendo nada. Estaba confirmando que había pasado toda su vida mirando hacia otro lado. Leyó todas una por una. Cuando terminó, las volvió a atar con el cordón, las metió en la caja, cerró la caja, la dejó donde estaba. Esa última noche durmió en la cama grande, no en la suya, en la de él.
La cama donde Emilio había muerto vestido de charro, se tumbó encima de la colcha con la ropa puesta mirando al techo, y habló en voz alta. despacio, como si él todavía pudiera oírla. Le dijo lo de las cartas, le dijo lo de la niña, le dijo lo del balcón, paró, respiró y entonces entendió algo que llevaba 40 años evitando decir en voz alta y lo dijo muy bajito, como quien confiesa algo que lleva 40 años guardando, yo sabía.
Y se quedó dormida con la luz encendida. A la mañana siguiente hizo una maleta pequeña, ropa, papeles, un cuaderno de dibujos a medio terminar y una foto, una sola, jacaranda, con 3 años, sentada en el patio con un vestido blanco, una foto de Emilio. Al salir [música] se paró en el recibidor. Encima de la consola había un retrato suyo que le había pintado Diego Rivera.
[música] Ella con 30 años, el pelo suelto, los ojos mirando a otro lado, [música] lo miró unos segundos y lo dejó ahí colgado para Adela o para nadie. Vivió otros 28 años. Pintó casi siempre de espaldas mirando por ventanas. Nunca pintó a Emilio, nunca a Jacaranda. En 1987, un año después de la muerte de Emilio, escribió un libro.
Lo tituló Emilio, el indio que amé. No lo publicó. Se quedó inédito en un cajón, como las cartas, como todo. En 2013, a los 84 años, le dieron el premio Ariel de Oro por toda su carrera. Murió un año después, el 13 de agosto de 2014, una semana después del aniversario de la muerte de Emilio. Una semana.
Ni siquiera se fue en una fecha suya. Cuando Columba murió, los que recogieron sus cosas encontraron poco. Ropa oscura, algunos libros, un cuaderno de dibujos a medio terminar, la foto de jacaranda y encima del escritorio un sobrecerrado sin destinatario, sin dirección, solo una palabra escrita en la parte de delante con letra inclinada y fina.
Emilio, nadie lo abrió. Lo raro no es que nadie lo abriera, lo raro es que ella sí sabía lo que había dentro y aún así decidió callarse. Sí.