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CHELÍS CRUZ: His Darkest Madness… The Dirty Bribe That Knocked Him Out of Football

Una ciudad de interior volcánico, de montañas enormes rodeándola de una historia que mezcla lo prehispánico con lo colonial en cada esquina. Una ciudad donde el fútbol es pasión de siempre, pero donde la gloria futbolística siempre pareció llegar con décadas de retraso. El club Puebla, [música] conocido popularmente como la franja por los colores azul y blanco de su camiseta, era en 2006 un equipo del ascenso MX.

[música] No era un equipo de Liga MX, era de segunda. Era un club que había conocido mejores tiempos en otras décadas, que había tenido momentos de competitividad real en el máximo circuito mexicano, pero que en los primeros años del siglo XXI apenas sobrevivía en los márgenes del fútbol profesional del país. [música] Sus aficionados recordaban glorias que ya se sentían tan lejanas que a veces parecían leyendas inventadas.

Y el club no daba señales de que eso fuera a cambiar en el corto plazo. El José Luis Sánchez Sola no era ningún nombre consagrado cuando llegó al Puebla en 2006. Era un entrenador formado en la Escuela Nacional de Directores Técnicos, la endit de la Federación Mexicana de Fútbol y pertenecía a la primera generación de esa institución, lo que le daba una formación seria y académicamente sólida, pero que en el mundo del fútbol mexicano de esa época no abría ninguna puerta de manera automática.

El fútbol en México era [música] y en muchos aspectos sigue siendo un mundo de compadrazgos arraigados, de nombres familiares que se pasan de generación en generación, de linajes técnicos donde lo importante a veces no es lo que sabes ni lo que puedes hacer en la cancha, sino a quién conoces y qué debes. Un mundo donde los técnicos extranjeros llegaban con mayor facilidad que los nacionales, porque la cultura de la colonia intelectual todavía operaba en los rincones del poder deportivo.

El Cheliz llegó a Puebla siendo casi un desconocido para el gran público. No venía de haber dirigido equipos grandes. No traía en el currículum campeonatos de Liga MX que le dieran peso específico. No llegaba recomendado por algún directivo poderoso de la Ciudad de México. Lo que traía era una metodología propia desarrollada en años de trabajo en categorías menores, una intensidad en el trabajo cotidiano que resultaba contagiosa para los grupos que dirigía y algo que muy pocos entrenadores en cualquier nivel del fútbol mundial saben hacer de manera

genuina. Hablar con sus jugadores de una forma en la que ellos realmente lo escuchan. de una forma en la que se sienten vistos y valorados como individuos, no solo como piezas de un sistema táctico. Grábate esto porque es fundamental para entender todo lo que viene después. El primer ingrediente del cheliz no era táctica ni sistema de juego, ni preparación física actualizada, era el trato humano, era la capacidad extraordinaria de hacer que un jugador de segunda división que llevaba meses sin creer en sí mismo se sintiera

como si estuviera a punto de jugar en el estadio más grande del mundo. para generar identidad colectiva en un grupo donde antes de su llegada muchos de los integrantes ya habían bajado los brazos y firmado mentalmente con su propia mediocridad. La situación en Puebla en 2006 era seria.

El equipo estaba en el ascenso MX, que en ese momento era lo que hoy conocemos como la liga de expansión, si el segundo nivel del fútbol organizado mexicano. Y no estaban simplemente en esa categoría con tranquilidad y buenos resultados. Había riesgo real de seguir bajando, de perderse todavía más, de volverse irrelevantes para el mapa del fútbol nacional.

El proyecto que se le planteó al Cheliz cuando llegó no era el de construir un equipo campeón ni el de soñar con títulos, era el de detener la sangría, era el de poner freno a una caída que parecía no tener piso visible. Lo que hizo Cheliz con ese Puebla entre 2006 y 2007 fue en términos futbolísticos extraordinario por las circunstancias en las que ocurrió.

No solo detuvo el descenso, no solo estabilizó al equipo en la categoría, en el torneo de clausura 2007 llevó al Puebla al título del ascenso MX y consiguió el boleto de vuelta la primera división de México, la Liga MX, en menos de un año con un plantel sin grandes figuras reconocidas, con un presupuesto que no se comparaba ni de lejos con los equipos punteros de esa categoría, sin nombres que brillaran, sin jugad adores que generaran expectativas previas solo con trabajo, con identidad, con esa capacidad del Cheliz para transformar a un grupo de

individuos en un equipo que creía en algo. Escucha esto con cuidado. El Puebla llevaba más de 15 años sin llegar a la liguilla de la Liga MX. 15 años. Más de una generación completa de aficionados que crecieron sin ver a su equipo en la fase final del torneo más importante del fútbol mexicano. 15 años en los que los camoteros habían sido en el mejor de los casos, un equipo de tabla media sin aspiraciones reales y en los peores un club peleando por sobrevivir en la categoría.

Y este hombre, este técnico que llegaba sin pedigrí de élite, sin nombre conocido en los grandes medios, sin los contactos que abren puertas en la Liga MX, lo estaba haciendo posible. Los jugadores lo adoraban. No es una exageración ni un adorno narrativo. Cuando en 2008, después de una racha de resultados negativos que acumuló cuatro empates, tres derrotas y solo una victoria, la directiva del club Puebla decidió cesarlo por primera vez.

Los propios jugadores del plantel tomaron la iniciativa de salir públicamente a pedir su regreso y la directiva se dio ante esa presión. No es algo que suceda con frecuencia en el fútbol profesional de ningún país. Un plantel que presiona colectivamente para que vuelva su técnico es una señal de algo muy específico y muy profundo que Chelis había construido con esa gente.

Algo que iba más allá del sistema de juego o de los resultados puntuales. El gobierno del estado de Puebla, encabezado entonces por Mario Marín [música] Torres, también lo respaldaba de manera visible y pública. Grábate ese nombre. [música] Mario Marín Torres. un gobernador que se convirtió en protagonista de uno de los escándalos más vergonzosos de la política mexicana moderna, [música] el llamado Gover precioso, quien fue condenado y encarcelado años después por violaciones graves a los derechos humanos. Un hombre que tenía intereses

directos en el club Puebla y que, según el propio Cheliz reconoció en una entrevista años después, era quien pagaba la nómina del equipo cuando los directivos [música] del club se lavaban las manos quincena tras quincena. El Chelis lo describió con una claridad desconcertante. Llamaba a un directivo y le decía que no había dinero para pagar a los jugadores.

Llamaba al otro directivo y lo mismo, la misma historia. Y entonces recurría al gobernador Marín Torres para que los jugadores cobraran lo que merecían por su trabajo. Piensa en eso un momento. El entrenador más popular de un equipo de Liga MX, el ídolo de una afición entera, teniendo que depender del dinero de un político para que sus propios jugadores recibieran su salario.

Eso ya te dice algo muy específico sobre el ambiente en el que el Cheliz operaba durante sus años de gloria. Un ambiente donde las reglas del negocio eran difusas cuando convenía que lo fueran, donde los límites entre el deporte al negocio y la política eran borrosos por conveniencia de todos los involucrados y donde sobrevivir como técnico requería navegar en aguas que no siempre eran transparentes.

Pero en ese momento, en 2008 y 2009, nadie en las gradas miraba todo eso con desconfianza. Lo que el público veía era un milagro deportivo en tiempo real. El Clausura 2009 fue sin ninguna duda, el momento más alto de toda la carrera del Cheliz como director técnico. El Puebla terminó en quinto lugar de la tabla general del torneo, una posición que le daba acceso directo a la liguilla.

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