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“BOFO” BAUTISTA: Consumed by VICES… the FORBIDDEN Parties that Ruined His Career

Pero si alguien hubiera prestado atención a cómo creció, a cómo se formó, a cómo aprendió desde muy chico a relacionarse con el mundo que lo rodeaba, hubiera encontrado señales, señales claras, señales que estaban ahí desde el principio. [música] Adolfo era el séptimo de ocho hijos, cuatro varones y cuatro mujeres en una familia donde el fútbol no era un hobby del fin de semana, sino casi una tradición de sangre que corría por las venas de varias generaciones.

[música] Su hermano mayor, Joaquín, ya había incursionado en el mundo del balonpié profesional, militando en un club de San Miguel de Allende antes de pasar a las filiales de los extintos tecos de la UJe en Guadalajara. y su hermano más chico, Gonzalo, también entrenaba en divisiones inferiores de la misma organización de Zapopand.

Un sobrino suyo entrenaba en el Morelia. El fútbol era el idioma de la familia Bautista Herrera, el lenguaje con el que hablaban del mundo, con el que construían expectativas, con el que medían el éxito y el fracaso. Y el fútbol rápido en las calles de Dolores Hidalgo fue la primera escuela del pequeño Adolfo. Piensa en ese contexto un momento.

Un municipio guanajuatense de tamaño mediano, una familia numerosa con los recursos justos para salir adelante, campos de maíz y frijol en las afueras de la ciudad. Una cerámica artesanal que atrae turistas, pero que no genera las fortunas que el joven Adolfo necesitaría [música] para cambiar su historia. Y un chico que desde los primeros años de vida mostró que con un balón entre los pies era capaz de hacer cosas [música] que los demás simplemente no podían replicar.

No era rapidez pura, no era una potencia física especial, era algo más difícil de explicar y más difícil de enseñar. Tenía visión. tenía [música] lo que los viejos aficionados y los viejos entrenadores llaman magia natural. Esa cosa que no se aprende en ningún [música] manual y que o naces con ella o jamás la tienes.

El bofo nació con ella. La familia Bautista Herrera [música] no era adinerada. Sus padres, Joaquín Bautista y Cristina Herrera dorantes, trabajaban con lo que tenían y sacaban adelante a ocho hijos con lo que Dolores Hidalgo podía ofrecer. Y en ese entorno de escasez relativa, de necesidad real, el fútbol representaba para Adolfo algo que iba mucho más allá de un juego de barrio.

Representaba una salida concreta y tangible, una posibilidad real de cambiar el destino que la geografía y la economía familiar le tenían marcado desde antes de que él pudiera elegir algo. Los visores de los tecos de la Universidad Autónoma de Guadalajara lo encontraron siendo relativamente joven todavía y lo que vieron los convenció sin demasiada duda.

Ese chico de Dolores Hidalgo tenía algo especial, algo que merecía una oportunidad en las fuerzas básicas del club. Grábate este detalle porque es el punto de partida de todo. Adolfo Bautista debutó en la primera división de México el 7 de marzo de 1998. Tenía 18 años y algunos meses. Fue con la playera de los tecos de la UAG en el estadio Nemesio Díz de Toluca en un partido de la jornada 11 del torneo verano 1998.

Los diablos rojos del Toluca ganaron aquel partido 2 a 1. No fue un debut glorioso en términos de resultado colectivo, pero ese chico moreno de cabeza rapada, con un andar que algunos cronistas de la época describían como desgarbado y lento, que a muchos les recordaba al uruguayo Sebastián Loco Abreo por su forma de moverse.

Ya tenía algo que los demás jugadores en la cancha ese día no tenían. Esa tarde en el Nemesio Díaz, aunque su equipo perdiera, ya había personas en las tribunas y en las bancas de ambos equipos, pensando que ese número iba a ser importante en el futuro del fútbol mexicano. Lo que vino después fue un proceso de 4 años en Los Tecos que le enseñó el oficio sin demasiada presión mediática.

En Guadalajara vivió sus primeros años de vida profesional, lejos de los grandes focos mediáticos, aprendiendo los ritmos del fútbol de primera división a su propio ritmo, ganando minutos de a poco, equivocándose, cayendo, levantándose, creciendo. Pero también, y esto es absolutamente clave para entender todo lo que vendría después, desarrollando dentro de la cancha y fuera de ella una personalidad que no reconocía demasiado bien los límites ni las jerarquías que el fútbol profesional impone de manera natural. El Bfo desde sus primeros años

en Los tecos de la UAG, era alguien que no le tenía miedo a nadie dentro de la cancha, que discutía cuando creía tener razón, que expresaba su inconformidad sin filtros y sin demasiada consideración por el momento o el contexto en que lo hacía. En ese momento de su carrera, cuando era joven y promisorio, esas actitudes se leían como carácter ganador, como la mentalidad del crack que no acepta la derrota, como la chispa del jugador especial que no se deja amedrentar por nadie.

Solo mucho tiempo después, cuando los goles ya no llegaban con la misma frecuencia y el cuerpo ya no respondía igual, quedaría claro que esa misma personalidad era también su mayor punto ciego, el talón de Aquiles que nadie le había señalado con suficiente claridad cuando todavía había tiempo de trabajarlo. En el año 2002, Adolfo Bautista dejó los tecos y firmó con el monarcas Morelia.

Tenía 23 años y ya era considerado en los círculos del fútbol mexicano como uno de los delanteros más interesantes de la Liga MX en su generación. Con los monarcas vivió una etapa de consolidación importante para su carrera. disputó dos finales con el equipo michoacano, llegando a dos instancias definitivas del campeonato nacional y comenzó a construir los números y la reputación que lo pondrían definitivamente en el radar de los clubes grandes, con ambiciones de título.

Sus goles, su capacidad de asociación con los compañeros, su visión para el último pase, su habilidad para moverse entre líneas y crear espacios donde no lo sabía. Todo eso empezaba a llamar la atención de una manera que era imposible de ignorar, pero junto con el talento, y esto es algo que todos los que lo conocían en aquella época también notaban, también viajaba siempre su carácter.

En Morelia se empezó a ver con más claridad lo que los viejos del mundo del fútbol mexicano ya susurraban en los pasillos. El bofo era brillante cuando quería estar, pero también era un jugador que podía estallar en cualquier momento si algo no le cuadraba, si una decisión técnica lo incomodaba, si sentía que no le estaban dando el protagonismo que merecía.

Grábate esto porque es importante para entender el patrón que se va a repetir. En el apertura de 2003, con apenas unos meses portando la camiseta del club Pachuca de Hidalgo, Adolfo Bautista logró su primer campeonato de Liga MX. Los tuos del Pachuca, dirigidos por el reconocido técnico Víctor Manuel Buscetic, se coronaron campeones en aquella edición del torneo.

El Bofo, con 24 años tenía su primer título de liga. Era uno de los principales artífices de aquella conquista histórica para el club hidalguense. Parecía que todo estaba dado para una carrera ascendente, sin techo aparente, sin obstáculos en el horizonte. El primer título a los 24 años, el talento reconocido. La proyección internacional comenzando a hacerse realidad.

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