Posted in

Audrey Hepburn: el hambre que le robó el único sueño que tenía

Para un adulto, una separación puede tener explicaciones. Para una niña solo tiene una consecuencia, la sensación de que algo fundamental acaba de romperse. Años más tarde, cuando Audrey Heppern ya era una de las mujeres más famosas del planeta, un periodista le preguntó cuál había sido el momento más doloroso de su vida.

Muchos esperaban que hablara de la guerra, del hambre, de las pérdidas. Odre respondió algo diferente. Dijo que el dolor más profundo de su vida había sido cuando su padre se fue, porque una parte de ella siempre pensó que tal vez había hecho algo mal, que tal vez no había sido suficiente para que se quedara.

Esa idea silenciosa y persistente se queda con ella durante años. Aparece en sus relaciones, aparece en la forma en que busca aprobación, aparece incluso en la manera en que soporta cosas que no debería soportar. Hay algo en la historia de Audrey que muchas mujeres entienden inmediatamente. Ese momento en el que alguien importante en tu vida simplemente se va y durante años una parte de ti sigue preguntándose lo mismo.

Si hiciste algo mal, si podrías haber sido diferente. A muchas nos ha pasado. Si mientras escuchabas esto sentiste que esta historia también hablaba un poco de ti, suscríbete al canal porque este espacio existe para mujeres que ya han vivido mucho y que saben reconocer ciertas cosas cuando aparecen en una historia. Pero cuando su padre se fue, Audrey todavía no sabía todo eso.

Lo único que sabía era que había algo que todavía la hacía feliz, algo que podía hacer incluso cuando el mundo parecía inestable, bailar. El ballet entró en su vida cuando tenía 5 años. Desde el primer momento, el movimiento le ofreció algo que ninguna otra cosa le ofrecía. Orden. En el ballet todo tiene una forma, una posición exacta, un equilibrio.

Cuando levantas los brazos, sabes exactamente dónde deben estar. Cuando giras, el cuerpo responde a una lógica que el caos del mundo exterior no puede tocar. Para Audrey, el ballet se convirtió rápidamente en algo más que una actividad. Se convirtió en una promesa, la promesa de que algún día sería bailarina profesional, de que había un futuro con forma definida esperándola al otro lado de todo lo que el presente tenía de inestable.

Y durante varios años nada parecía impedirlo. La familia se instala en Arnem, en los Países Bajos. Odre va a clase, practica ballet, aprende idiomas con esa facilidad de los niños que han crecido moviéndose entre países, inglés, francés, holandés. Los idiomas son otra forma de adaptarse, otra forma de sobrevivir en espacios que nunca fueron completamente suyos.

Y entonces Europa empieza a cambiar. En mayo de 1940, los aviones alemanes aparecieron en el cielo de Holanda y la infancia de Audrey Heepn terminó de golpe. Lo que ocurrió en los 5co años siguientes no es solo la historia de una ocupación, es la historia de cómo una niña aprende que el mundo puede quitarte casi todo y de lo que decides hacer con lo poco que queda. Arnem. Mayo de 1940.

Odry se despierta con el sonido. Es de madrugada y hay un ruido que no debería estar ahí. Un ruido que llena el cielo de una manera que ningún ruido natural llena el cielo. Se levanta y va a la ventana. Afuera. La oscuridad está rota por luces que no deberían existir a esa hora. Tiene 11 años y entiende perfectamente lo que está viendo.

Los días siguientes cambian todo. Los soldados alemanes aparecen en las calles de Arnem. Las banderas, las órdenes, el nuevo vocabulario del miedo que una ciudad entera aprende en pocos días. Ella Van Jimstra reúne a sus hijos, explica lo que puede explicar, el tono de su voz, esa voz de varonesa acostumbrada a contener las emociones dice más que las palabras que esto es serio, que hay que tener cuidado, que hay cosas que a partir de ahora no se hacen, no se dicen, no se muestran.

Audri aprende rápido. Ha estado aprendiendo a leer el peligro desde que tenía 6 años y su padre se fue sin explicación. Ha estado aprendiendo a no llamar la atención, a hacerse pequeña cuando la situación lo requiere. La ocupación le pide exactamente lo mismo, solo que a mayor escala en la familia Van Himstra hay pérdidas que Audrey no habla en público durante décadas.

Un tío fusilado por los nazis, un hermanastro deportado a un campo de trabajo en Alemania. La aristocracia holandesa no protege a nadie de esto. La guerra no distingue apellidos. Las clases de ballet continúan en la medida de lo posible. En un estudio pequeño con una profesora que entiende que el movimiento es lo único que mantiene a algunos de estos niños con algo parecido a la cordura, pero las clases tienen que ser silenciosas.

Sin música cuando los soldados patrullan cerca, sin zapatos de punta que golpeen el suelo demasiado fuerte, Odrey aprende a bailar en silencio y a veces, cuando la profesora no puede abrir el estudio, baja al sótano de su casa con los pies descalzos sobre la piedra fría, con la música solo en su cabeza, con los brazos en la posición correcta y el cuerpo haciendo lo que sabe hacer, aunque afuera el mundo se haya convertido en algo irreconocible.

Y entonces llega el invierno de 1944 y con él algo que Arnem no había visto todavía. El hunger Winter, el invierno del hambre. Los alemanes han cortado los suministros de alimentos en respuesta a una huelga ferroviaria holandesa. En toda Holanda occidental las raciones caen a menos de 500 calorías diarias. No como exageración, como hecho documentado, 500 calorías.

Un adulto necesita más del triple solo para mantener el cuerpo en funcionamiento. En la casa de los Van Himstra, la comida empieza a desaparecer de la mesa. Primero desaparece la carne, luego la mantequilla, luego el pan. Después desaparecen cosas que nadie hubiera imaginado que podían desaparecer. Las patatas, la leche, la harina.

Las familias cocinan sopas hechas con agua y restos de vegetales. Hierven bulvos de tulipán porque son lo único que queda en los jardines. Comen lo que pueden encontrar. A veces funciona, a veces no. Audre tiene 15 años. Es una edad en la que el cuerpo debería estar creciendo, fortaleciéndose, construyendo músculo, hueso, energía para lo que viene.

Pero el cuerpo de Audri empieza a hacer exactamente lo contrario. Ella Vanimstra hace lo que puede. Lo que puede ese invierno no es suficiente, nunca es suficiente. Hay días en que lo que hay para comer cabe en la palma de una mano y hay que repartirlo entre varias bocas y nadie dice nada porque no hay nada que decir. Odre nota los cambios con esa atención que los bailarines tienen hacia sus propios cuerpos.

La fatiga que no desaparece con el descanso, el frío que cala diferente cuando no hay suficiente dentro. Los mareos al levantarse rápido. La anemia se instala. El edema también, esa hinchazón particular que produce la malnutrición severa, una plenitud falsa que esconde vaciamiento real. El cuerpo que se está formando se forma con déficit.

Read More