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AMLO acusó a Bukele de autoritarismo; segundos después recibió una dura respuesta

 Al escuchar al presidente de México decir que los pandilleros encarcelados [música] eran jóvenes inocentes y que el país era una pesadilla, doña Rosa rompió a llorar, [música] pero no de tristeza, sino de una rabia pura e incontrolable. ¿Dónde estaban los derechos humanos [música] de mi hijo? Soyosó apretando su delantal.

¿Dónde estaba este señor mexicano cuando nos descuartizaban en las calles? Nuestro presidente Bukele nos salvó la vida y este hombre defiende a los monstruos. Ese sentimiento se multiplicó [música] por millones. En el centro histórico de San Salvador, los taxistas que antes no podían cruzar fronteras invisibles [música] sin recibir un disparo, apagaban sus motores para maldecir la pantalla de sus radios.

 En Los Ángeles, Washington y Milan, [música] la vasta diáspora salvadoreña estalló en las redes sociales. Un veterano del ejército que había [música] perdido una pierna luchando contra el crimen organizado, publicó un video llorando de frustración. López Obrador dice que vivimos [música] en una dictadura. Dictadura era cuando no podíamos salir al parque.

 Bukele [música] nos devolvió la libertad. México tiene a los cárteles gobernando y su presidente se atreve a juzgarnos. [música] La gente se sentía herida, traicionada. Sentían que AMLO estaba escupiendo [música] sobre las tumbas de los cientos de miles de salvadoreños que murieron durante las décadas oscuras del bipartidismo corrupto y la hegemonía de las maras.

 Atacar [música] las políticas de Bukele en foros académicos era una cosa, pero hacerlo desde el púlpito presidencial de una de las naciones más grandes del [música] mundo, defendiendo indirectamente a los victimarios, cruzaba cualquier línea moral. Mientras el país servía en cólera y [música] dolor, a pocos kilómetros de allí, en la moderna y blindada oficina [música] de la casa presidencial Caprz, el ambiente era de una tensión eléctrica.

 Las pantallas de monitoreo parpadeaban en rojo con las métricas [música] de las redes sociales. Los teléfonos de los asesores vibraban sin descanso. [música] El equipo de comunicaciones estaba al borde del colapso. En el centro de la sala, sentado en su silla de cuero con su característica gorra [música] con la visera hacia atrás y una taza de café intacta, sobre el escritorio estaba el presidente Nayib Bukele.

 Él mismo había visto el clip de López Obrador no una vez. sino tres veces. A diferencia de su equipo, [música] Bukele no estaba gritando, no estaba paseando de un lado a otro por [música] la habitación. Estaba perfectamente inmóvil. Su rostro era ilegible, tallado en piedra, pero todos los que lo conocían sabían que esa calma era la parte más peligrosa de él.

Era la calma del ojo del huracán. Era la postura de un [música] hombre que no reacciona por impulso, sino que calcula cada variable [música] antes de soltar un golpe devastador. Una joven asesora de redes sociales, con los ojos llorosos [música] por la indignación, rompió el silencio.

 Señor presidente, el [música] pueblo está furioso. Nos están llegando miles de mensajes por minuto. Las madres del régimen de [música] excepción están orando por usted. Sienten que el presidente de México no solo lo atacó a usted, sino que atacó a cada salvadoreño que ha sufrido. ¿Quieren que digamos algo? ¿Quieren que los defendamos? Bukele exhaló lentamente, se reclinó en su [música] silla, entrelazó los dedos sobre su regazo y miró a su equipo.

 Su voz sonó baja, firme, casi fría. “¿Saben por qué López Obrador [música] hace esto?”, preguntó Bukele rompiendo la tensión. porque tiene miedo. Está aterrorizado. [música] Sus propias políticas han fallado miserablemente. Su país está en llamas, bañado en sangre [música] por los cárteles.

 Cuando los mexicanos ven a El Salvador, ven que el crimen sí se puede derrotar y eso destruye el modelo de AMLO. Taca El Salvador porque somos el espejo que refleja su propio fracaso. No le importan los derechos humanos. le importa mantener su narrativa ideológica viva, aunque le cueste la vida a su gente. El ministro de seguridad, que estaba en la esquina de la sala, asintió enérgicamente.

 Presidente, tenemos que responder. El Salvador no puede permitir que otro [música] país dicte cómo debemos sobrevivir. Bukele se levantó lentamente. Caminó hacia el inmenso ventanal de su despacho que ofrecía [música] una vista panorámica de San Salvador. La ciudad brillaba bajo el sol [música] de la tarde. El tráfico fluía tranquilamente.

Niños jugaban en las canchas que antes eran [música] cementerios clandestinos de la MS13. El Salvador respiraba [música] paz. Bukele apoyó una mano en el cristal. Sintió el peso de sus decisiones, [música] el peso de los 6 millones de salvadoreños que confiaban en él ciegamente. “No voy [música] a emitir un comunicado de prensa”, dijo Bukele sin apartar la vista de la ciudad.

 No voy a escribir [música] un simple tweet. Preparen las cámaras, preparen salón de honor. Voy a hablar con mi pueblo y luego le voy a dar una lección de realidad a Andrés Manuel López Obrador que toda América Latina [música] va a recordar para siempre. Apenas unos minutos después de que se diera la orden, Capresó [música] en una maquinaria de guerra mediática.

Los pasillos se llenaron de técnicos, [música] luces, cables y personal de seguridad, pero a pesar de la prisa, había un silencio reverencial. Todos sabían que estaban a punto de presenciar historia. Bukele se encontraba en una pequeña sala de espera anexa al salón principal. Se ajustó [música] el saco, respiró hondo y cerró los ojos por un instante.

 Recordó los días [música] oscuros, las madres llorando en las morgas, los policías asesinados [música] en emboscadas. recordó por qué había construido el Secot, centro de confinamiento del terrorismo. No era [música] por ego, era por justicia y nadie, ni siquiera el presidente de México, iba a pisotear ese sacrificio. “Estamos en vivo [música] en 30 segundos, señor”, susurró el director de cámaras.

 Las inmensas puertas de madera del salón de honor se abrieron de par en par. Las luces de los flashes iluminaron el camino. Bukele caminó hacia el podio con pasos firmes, pausados. No había prisa [música] en su andar. Cada paso resonaba con la autoridad de un líder que había desafiado al [música] destino y ganado.

 Al llegar a la drill, colocó ambas manos sobre los bordes. Miró directamente [música] a la lente central. Durante los primeros segundos no dijo una sola palabra. Ese [música] silencio estratégico capturó la atención de millones. En México los periodistas dejaron de [música] escribir. En Colombia, en Argentina, en Estados Unidos, todos contuvieron la respiración.

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